Un enclave desértico y rocoso en medio del océano ha pasado a controlar buena parte del destino económico del mundo. La captura de la isla de Perim —también llamada Mayun— por parte de las fuerzas Houtí marca un punto de inflexión en la escalada de tensiones que viene sacudiendo Yemen desde hace años. Lo que sucedió en este territorio volcánico, ubicado en el estrecho de Bab al-Mandab, tiene repercusiones que van mucho más allá de las fronteras de Oriente Medio: afecta directamente los precios de la energía global, amenaza la seguridad de las rutas comerciales internacionales y reconfigurar la distribución del poder en una región ya de por sí convulsionada.

La importancia de este territorio radica en su ubicación estratégica. El estrecho de Bab al-Mandab constituye el vínculo entre Asia y Europa a través del mar Rojo y el canal de Suez. Por este pasaje transita aproximadamente el 12% de todos los bienes comercializados a nivel planetario. La isla de Perim, ubicada cerca del punto más angosto de este canal, funciona como una especie de puerta de control. Dividir la vía navegable en dos ramales, permitiendo a quien la domina ejercer una influencia decisiva sobre el tráfico que cruza dicho corredor. La toma de esta posición por las fuerzas respaldadas por Irán no constituye un simple episodio de una guerra civil; representa la consolidación de un nuevo poder sobre uno de los canales más vitales para la economía mundial.

El avance Houtí y sus alcances militares

Los movimientos militares de los últimos días en territorio yemení han sido vertiginosos. Antes de hacerse con Perim, las fuerzas Houtí ya habían capturado la ciudad portuaria de Mocha, en un avance que sorprendió por su rapidez a observadores internacionales. Las tropas alineadas con el gobierno respaldado por Naciones Unidas —con base en Adén— abandonaron las posiciones tras una serie de derrotas consecutivas a lo largo de la costa occidental de Yemen. En respuesta, Arabia Saudita, principal patrocinador del gobierno yemení oficial, lanzó incursiones aéreas contra posiciones Houtí en Mocha apenas un día después de su caída.

Los números revelan la magnitud de lo ocurrido. Según informes de las propias fuerzas Houtí, sus operaciones militares recientes resultaron en la expulsión de tropas del gobierno de seis distritos en las regiones de Taiz y Hodeidah, permitiéndoles capturar aproximadamente 4.500 millas cuadradas de territorio. Las cifras de bajas varían según la fuente, pero las fuerzas Houtí reportan haber afectado siete divisiones militares de sus adversarios, con cientos de soldados muertos, capturados o heridos. Paralelamente, aseguran haber liberado a cientos de prisioneros que habían estado bajo custodia de fuerzas vinculadas al gobierno rival durante años. El costo humanitario de esta ofensiva ha sido grave: más de 500 personas han perdido la vida y alrededor de 46.000 han sido desplazadas, de acuerdo con informes de organismos de migración de las Naciones Unidas.

La cadena de disrupciones energéticas y comerciales

El control Houtí sobre el Bab al-Mandab se suma a una serie de interrupciones que ya venían afectando los flujos energéticos globales. Arabia Saudita ha dependido cada vez más de estas rutas marítimas para exportar su petróleo crudo, justamente porque Irán ha estado atacando sistémicamente embarcaciones en el estrecho de Ormuz, otro paso crucial miles de kilómetros al este. Ante esta presión combinada, el reino saudita construyó a lo largo de las décadas un sistema alternativo de exportación a través de tuberías terrestres. Sin embargo, recientemente la situación se ha vuelto más tensa cuando un ataque con drones —presumiblemente originado en Irak— impactó en el oleoducto este-oeste de Arabia Saudita, conocido también como Petroline.

Este ducto, con una extensión de 1.201 kilómetros, conecta los yacimientos de Abqaiq en la región oriental del reino con la ciudad portuaria de Yanbu en el mar Rojo. Fue construido durante la década de 1980 precisamente para sortear la vulnerabilidad que generaba la dependencia del estrecho de Ormuz. Tras el ataque a esta infraestructura, Arabia Saudita anunció su cierre temporal "como medida precautoria", aunque paradójicamente esto significa reducir su capacidad de exportación energética justamente cuando enfrenta presiones en todas las vías disponibles. La potencia del Golfo declaró que no respondería de inmediato al ataque para otorgar al gobierno iraquí "una oportunidad para tomar las medidas necesarias".

El impacto en los mercados ha sido inmediato. Los precios del petróleo han superado la barrera de los 100 dólares por barril a medida que la escalada en Yemen se ha intensificado. Lo que antes parecía una contienda regional se ha transformado en un factor determinante para la economía global. Si las fuerzas Houtí mantienen y consolidan el control total del Bab al-Mandab, sumándose al control que Irán ejerce sobre el estrecho de Ormuz, ambas potencias geopolíticas —o al menos las fuerzas que actúan en su órbita— habrían logrado posicionarse como guardianes de dos de las arterias más importantes para el comercio de energía en el planeta.

La dimensión política y las fracturas del bando anti-Houtí

Detrás de la rapidez de los avances Houtí hay un factor que los observadores internacionales no pueden pasar por alto: la fragmentación del frente que se suponía debía contenerlos. Arabia Saudita ha gastado una década y recursos enormes en financiar, entrenar y equipar fuerzas que pudieran enfrentarse a los Houtí, particularmente a través de alianzas con actores locales en el sur de Yemen. Sin embargo, esa estructura de poder se ha resquebrajado dramáticamente. El Consejo de Transición del Sur, la organización política y militar que dominaba el territorio sureño y que llegó a disponer de aproximadamente 80.000 combatientes, ha sido debilitado sistemáticamente.

A principios de 2025, Arabia Saudita bombardeó tropas del Consejo de Transición, cerró su estructura política y detuvo en Riad a cerca de veinte de sus líderes. Una promesa de diálogo sobre "la cuestión del sur" hecha en ese mismo momento nunca se concretó. Esta fractura ha tenido consecuencias devastadoras para la capacidad de resistencia contra los Houtí. Según representantes de esta organización política, la violación de compromisos ha generado una población sureña renuente a abandonar sus territorios para combatir a los Houtí en el norte. Organizaciones de derechos humanos han documentado además que protestas pro-Consejo de Transición en Adén han sido reprimidas con violencia desproporcionada. Cuando el principal actor militar que durante una década fue el sostén de la estrategia saudita siente que ha sido traicionado, la coherencia operativa del frente anti-Houtí se desmorona.

Las críticas desde dentro del mismo bloque anti-Houtí son severas. Representantes del Consejo de Transición han acusado a Arabia Saudita de "incompetencia estratégica" y de alienar precisamente a las fuerzas del terreno que más capacidad tienen para combatir a los Houtí. Argumentan que ocasionales bombardeos aéreos no son suficientes sin una estrategia nacional, regional e internacional comprensiva. Tawakkol Karman, premio Nobel de la Paz en 2011 y figura prominente en la política yemení, ha utilizado plataformas públicas para exigir al presidente Rashad al-Alimi que destituya y juzgue al general de división Tareq Saleh, líder de las Fuerzas de Resistencia Nacional que se retiraron de Mocha. Saleh ha argumentado que la retirada era necesaria para reagrupar sus efectivos, pero sus críticos la interpretan como un acto de negligencia o peor.

Irán en la sombra, redefiniendo el tablero regional

Mientras Arabia Saudita lidia con estas contradicciones operativas, Irán ha permanecido estratégicamente paciente. Los Houtí, aunque actúan con cierto grado de autonomía respecto de Teherán, han sido aliados históricos desde que asumieron el poder en Yemen en 2014. La república islámica emitió su primera declaración oficial extendida sobre los combates renovados en Yemen el viernes de esta semana, hallando en los avances Houtí una confirmación de su capacidad de proyección regional. Desde la perspectiva iraní, cada paso que ganan los Houtí en Yemen representa un dividendo geopolítico significativo sin que Irán tenga que invertir recursos militares directos de manera masiva.

El contexto más amplio de estas maniobras incluye negociaciones entre Irán y los estados del Golfo Pérsico sobre el futuro control del estrecho de Ormuz, la disputa central entre Washington e Irán desde hace años. Irán ya ha alcanzado acuerdos sobre rutas de navegación aprobadas temporalmente con Omán, país que comparte la costa meridional del estrecho. Estos acuerdos están siendo discutidos en el contexto de una reunión de ministros de relaciones exteriores del Consejo de Cooperación del Golfo programada para la ciudad costera omaní de Salalah. Si un acuerdo regional que incluya rutas de envío bajo control ampliamente iraní logra consenso entre los estados del Golfo, ello generaría presión sobre Estados Unidos para que levante el bloqueo altamente efectivo que mantiene sobre los puertos petroleros iraníes, un embargo que está causando daño severo a la economía de la república islámica.

La lógica de la posición iraní es clara: mientras que Arabia Saudita y sus aliados occidentales lidian con los Houtí en el sur y el oeste, Irán puede negociar desde una posición de fortaleza sobre el destino del Ormuz. El precio que pagan los Houtí en vidas y recursos es, desde esta óptica, una inversión valiosa para la estrategia regional persa.

Ausencias notables y cambios en la ecuación internacional

Un factor que ha sorprendido a observadores internacionales es la aparente inacción de determinadas potencias que históricamente han intervenido en Yemen. Fuentes diplomáticas británicas han indicado que no esperan que Donald Trump autorice ningún bombardeo estadounidense contra posiciones Houtí en Yemen, a pesar de que Arabia Saudita ha hecho solicitudes explícitas en ese sentido. Esto contrasta con décadas de presencia militar estadounidense en la región y refleja posiblemente un cálculo diferente sobre prioridades estratégicas globales.

Asimismo, Arabia Saudita armó una coalición naval internacional de catorce naciones en agosto para proteger la libertad de navegación en el Bab al-Mandab y el Golfo de Adén. Esta coalición incluye a Baréin, Pakistán, Somalia, Yibuti, Turquía y Egipto, entre otros. Sin embargo, según observadores, la coalición ha permanecido "invisible" hasta el momento, aunque Riad sostendría que una coalición de este tipo requiere tiempo para ensamblarse y ser operativa. Los Houtí, por su parte, han continuado ofreciendo garantías privadas de que no atacarán barcos estadounidenses o de banderas aliadas en el mar Rojo, aunque mantienen abiertamente como objetivo a los tanqueros petroleros sauditas. Esta precisión en sus amenazas sugiere un cálculo político sofisticado: mantener abiertas las líneas de comunicación con potencias extrarregionales mientras persiguen objetivos específicos contra sus enemigos declarados.

La historia de Yemen bajo dominio extranjero ha sido turbulenta. Reino Unido consideró al territorio prácticamente un protectorado británico hasta 1967. Esa herencia de intervención externa ha dejado cicatrices profundas en la política yemení y ha generado desconfianzas duraderas hacia actores externos. Sin embargo, la paradoja actual es que ninguna potencia desea involucrarse militarmente de manera decisiva en el conflicto, lo que crea un vacío que los Houtí han sabido explotar.

Dilemas sin soluciones claras a la vista

Arabia Saudita enfrenta ahora un dilema que ha atormentado a muchas potencias a lo largo de la historia: ¿negociar un acuerdo con un adversario que parece estar ganando, o intentar revertir los avances militares mediante una escalada mayor? La opción de intensificar la presión militar implica movilizar recursos que el reino ya encuentra estirados. Simultáneamente, negociar desde una posición de debilidad potencial podría significar ceder sobre cuestiones que considera fundamentales para su seguridad energética y su proyección regional.

Los analistas también advierten sobre las implicaciones de la presencia de armamento occidental en manos sauditas y su uso en Yemen. Existe preocupación en capitales occidentales respecto de si las operaciones aéreas sauditas cumplen efectivamente con la ley internacional humanitaria y si pueden ser consideradas legítimamente como actos de autodefensa. Esta tensión entre los aliados occidentales de Arabia Saudita y sus operaciones militares agrega otra capa de complejidad a un conflicto ya multifacético.

La captura de Perim y el avance Houtí representan un punto de bifurcación cuyas consecuencias se extenderán por años. Si las fuerzas Houtí consolidaran el control sobre el Bab al-Mandab, la geometría del poder energético global se alteraría fundamentalmente. Los precios de los combustibles se verían sometidos a volatilidad estructural. Las rutas comerciales enfrentarían mayores costos de aseguramiento. La capacidad de Occidente para proyectar poder en la región se vería limitada por la hostilidad de actores que controlan infraestructura crítica. Alternativamente, si una escalada militar lograra revertir estos avances, el costo en vidas, recursos económicos y estabilidad regional sería considerable, con consecuencias que afectarían a civiles durante décadas. Lo que suceda en los próximos meses en esta isla volcánica y sus alrededores determinará no solo el futuro de Yemen, sino