Cuando el primer disparo de partida atravesó la madrugada del 14 de junio, más de veinte mil pares de piernas se lanzaron simultáneamente hacia un horizonte incierto. No era una competencia común. Tampoco una simple prueba de resistencia física. Lo que ocurrió aquella mañana en las afueras de Durban, Sudáfrica, representaba algo profundamente más complejo: la metamorfosis de una tradición centenaria que había mutado desde ser un club exclusivo de varones blancos hacia convertirse en un fenómeno social capaz de congregar a guardias de seguridad, empleados de comercios, banqueros y celebridades en una carrera contrarreloj de casi noventa kilómetros. La Comrades Marathon no es simplemente un evento deportivo. Es una cicatriz que se recorre a pie, una catarsis colectiva que ocurre una sola vez al año y que, durante esas horas de esfuerzo extremo, parece disolver temporalmente las fracturas más profundas que atraviesan la sociedad sudafricana.
Los números hablan con claridad contundente sobre la transformación histórica que esta carrera ha experimentado. En 1921, cuando Vic Clapham, un veterano de la Primera Guerra Mundial, ideó esta prueba como homenaje a sus camaradas caídos, apenas treinta y cuatro corredores –todos ellos hombres blancos– se alinearon en Pietermaritzburg para recorrer los 88 kilómetros que descendían hasta la costa. Solo dieciséis terminaron. Un siglo después, la carrera ha completado noventa y nueve ediciones, pausando únicamente durante la Segunda Guerra Mundial y la pandemia de Covid-19, y se ha convertido en el ultramaratón más antiguo y de mayor convocatoria del planeta. La distancia se ha mantenido relativamente estable, promediando poco menos de los ochenta y cinco kilómetros originales. Sin embargo, lo que ha cambiado de manera radical es quiénes corren y qué los impulsa a hacerlo. Ese porcentaje de participantes que logra cruzar la meta en esta edición ronda el 91 por ciento, cifra que revela la masificación y la accesibilidad que caracteriza hoy a una carrera que antaño era patrimonio de una élite.
Del segregacionismo al espectáculo televisivo: el giro decisivo de los años setenta
La verdadera ruptura en la historia de la Comrades ocurrió en 1975, cuando sus organizadores tomaron la decisión de desegregar oficialmente la competencia e abrirla a las mujeres. Cabe recordar que años antes, en 1923, Frances Hayward había logrado terminar la carrera, convirtiéndose en la primera mujer en hacerlo, aunque nunca fue registrada oficialmente. Del mismo modo, en 1935, Robert Mtshali se convirtió en el primer hombre negro en completar la distancia, pero nuevamente sin reconocimiento formal. Durante décadas, la carrera se mantuvo enquistada en su exclusividad masculina y blanqueada, aparentemente destinada a perpetuarse como una persecución de élite, tal como permanecen la mayoría de los ultramaratones contemporáneos. No obstante, el contexto político sudafricano presionaba desde afuera. El régimen del apartheid había convertido al país en un paria internacional, excluyendo a sus atletas de todas las competiciones globales de relevancia. Esta marginación deportiva generaba frustración en una nación obsesionada con el deporte. Algunos líderes del ambiente deportivo sudafricano calcularon que si comenzaban a desintegrar gradualmente las barreras en deportes considerados menores, podrían demostrar ante la comunidad internacional que Sudáfrica no era la sociedad primitivamente racista que su reputación sugería. Era una estrategia de imagen más que un cambio ideológico genuino, pero los resultados fueron transformadores.
La llegada de la televisión en 1976 aceleró exponencialmente este proceso de cambio cultural. El único canal estatal, aunque severamente censurado, comenzó a transmitir resúmenes de la Comrades. Una década después, en 1986, decidió hacer algo sin precedentes: transmitir la carrera completa durante toda la jornada. La población sudafricana quedó hipnotizada. De pronto, personas ordinarias podían ver en pantallas domésticas escenas que años atrás hubieran sido impensables: un repartidor de entregas llamado Hoseah Tjale intercambiando una botella de agua con un corredor blanco, mientras ambos compartían el mismo camino, el mismo esfuerzo, la misma humanidad. En una sociedad tan fragmentada y segregada como la del apartheid, estos gestos aparentemente minúsculos adquirían dimensiones colosales. El deporte se convirtió en espejo donde la nación podía verse a sí misma como deseaba ser, aunque fuera solo durante una mañana.
De la reparación personal a la misión colectiva: historias de transformación en el presente
William Seleka representa la encarnación contemporánea de lo que la Comrades significa para miles de sudafricanos ordinarios. En marzo de 2025, este hombre de treinta y ocho años se encontraba sumido en una depresión profunda tras la ruptura de su matrimonio. La soledad y el dolor lo empujaban hacia territorios oscuros. Fue entonces cuando tomó una decisión que cambiaría su trayectoria: decidió que mantenerse vivo requería mantenerse ocupado. Se incorporó a Run Alex, un club de atletismo local operante en Alexandra, un township de Johannesburgo caracterizado por sus limitaciones económicas y sus dinámicas sociales complejas. Seleka pasaba sus días reparando electrodomésticos para una empresa fabricante, y sus noches las dedicaba a correr. Recorría al menos diez kilómetros cada tarde laboral, después de jornadas agotadoras en el trabajo. Los sábados, se permitía entrenamientos de hasta cincuenta kilómetros con sus compañeros de Run Alex, mientras que los domingos los dedicaba a la recuperación mediante una media maratón. Seis meses después de comenzar, Seleka no había corrido nunca más de diez kilómetros de una sola vez. Sin embargo, completó un ultramaratón de cincuenta kilómetros entre Johannesburgo y Pretoria. Lo que parecía imposible se tornaba realidad. La Comrades, aquella carrera legendaria que escuchaba nombrar en conversaciones casuales, dejó de ser una fantasía inalcanzable para convertirse en un objetivo tangible. "Solía pensar que era locura", reconoció con una mezcla de asombro y determinación. "Pero ahora estoy enfrentando la realidad. Estoy haciendo eso también."
Lo que impulsaba a Seleka no era la ambición de ganar o destacarse entre miles. Era algo más íntimo y fundamental: el deseo de construir un legado para sus dos hijos, uno de quince años y otro de tres. Imaginaba el momento en que pudiera mostrarles la gorra roja de finalizador y la medalla colgada de su cuello, objetos tangibles que representarían no solo el acto de correr, sino el acto de persistir, de no rendirse, de transformar el dolor en propósito. Esta motivación lo sostuvo a través de los kilómetros más brutales. Alrededor de los cincuenta y cinco kilómetros, un error táctico –cambiar a un par de zapatos que no le calzaban correctamente– lo sometió a un sufrimiento casi insoportable. La única manera de distraer su mente del tormento físico era contar pasos o cantar, actividades que realizaba de manera casi inconsciente. "No soy una persona que vaya a la iglesia", confesó mientras la oscuridad caía sobre la ruta. "Pero ese día comencé a cantar. No sé de dónde salieron esas canciones." Fue en ese momento de máxima vulnerabilidad cuando encontró una estación de apoyo de Run Alex donde le prestaron otros zapatos, el gesto de un compañero que conocía de vista y que se convertía, de repente, en su salvación.
Seleka cruzó la línea de meta a las 10:30:49, casi una hora antes del límite de corte de doce horas. Mientras lo hacía, no pensaba en su propia hazaña. Pensaba en su hermana menor, cuya muerte renal en 2018 lo había marcado profundamente. "En el inicio, todo cambió", expresó entre lágrimas. "Dije que ese dolor hoy es para mi hermana menor." Esta es la lógica que estructura la experiencia de la Comrades para miles de participantes: cada cual corre con un propósito que trasciende la competencia deportiva. Cada paso es un tributo, una promesa, una forma de procesar duelos, superar crisis, demostrar capacidades. Seleka ya estaba imaginando su próxima participación, sabiendo que había descubierto algo más valioso que una medalla: había descubierto que después de Comrades vendrían nuevos capítulos, nuevas oportunidades, una renovación de la existencia.
La catarsis en movimiento: cómo una carrera dilata las brechas sociales
En el kilómetro veinticuatro aproximadamente, cuando el sol comenzaba a asomarse sobre el horizonte cerca de Pinetown, un suburbio situado en las alturas sobre Durban, los espectadores alineados a ambos lados de la ruta gritaban palabras de aliento. Seleka apareció ascendiendo por una pendiente, sonriendo a pesar del cansancio que ya se acumulaba en sus músculos. "¡Vamos! ¡Vamos!", le gritaban desconocidos. Él respondía con un abrazo fugaz, una conexión humana que caracteriza a esta carrera como pocas otras en el mundo del deporte profesionalizado. En otras ciudades, en otros contextos, la Comrades se vería completamente distinta. Pero en Sudáfrica, ocurre algo singular. Las familias se reúnen al costado de las rutas para hacer asados improvisados, los clubes de atletismo instalan estaciones de apoyo bajo carpas que bombean música, extranjeros y locales intercambian señales de solidaridad. Por una jornada, la desigualdad racial que sangra la sociedad sudafricana –legado del apartheid que oficialmente terminó hace tres décadas pero que persiste en estructuras económicas y sociales– parece evaporarse bajo el calor del esfuerzo compartido.
Las historias de los últimos corredores son particularmente reveladoras de la magia que genera esta carrera. Mientras la luz se transformaba en tonos dorados y después en oscuridad, algunos atletas cruzaban la meta bailando, con los brazos extendidos hacia el cielo como si celebraran una resurrección. Otros llegaban del brazo de compañeros desconocidos horas antes, unidos por las millas compartidas en una amistad que jamás habría existido en otros contextos. Muchos colapsaban, debían ser cargados en camillas, sus cuerpos empujados al límite de sus capacidades. Luego venían los cortes. El primero sonaba a las doce horas exactas. El segundo poco después. Y sin embargo, aproximadamente un tercio de los finalizadores cruzaba la meta durante esa última hora, en una carrera contra el reloj donde el tiempo se volvía tan competidor como cualquier otro corredor. Entre ellos estaba Shahieda Thungo, la conductora del último "bus" de corredores de doce horas, quien cruzó la línea de meta a las 11:56:34, llevando consigo a docenas de personas que, de lo contrario, habrían quedado fuera. Su grito de victoria fue quizás el más celebrado de la jornada, un acto de liderazgo que trascendía la competencia individual.
Este fenómeno de los "buses" de ritmo es único en el mundo de los ultramaratones de larga distancia. Un conductor experimentado mantiene un ritmo metronómico implacable, acompañado por corredores que cantan y gritan consignas, creando una atmósfera de comunidad móvil que avanza kilómetro tras kilómetro. No es solo transporte deportivo, es catarsis colectiva. Los que no logran mantener el ritmo caen por el camino, algunos sabiendo que habrán fracasado en su intento, como ocurrió con dos mujeres que llegaron segundos después del cierre de puertas. Una de ellas, identificable por el brazalete verde que indicaba su condición de finalizadora de diez ediciones anteriores, se desmoronó sobre sí misma, su rostro enterrado en las manos, el peso de la expectativa y el esfuerzo transformado en pura angustia.
La lógica que sustenta la experiencia Comrades, según Seleka y miles como él, es desarmantemente simple pero profundamente efectiva: todos necesitan una razón para terminar. Sin esa razón, sin ese propósito que ancla la voluntad en algo más grande que el dolor físico, el cuerpo se rinde. Pero cuando se identifica esa razón –una hermana fallecida, hijos que miran desde lejos, una hermandad recuperada, una dignidad reclamada– la carrera se transforma. Deja de ser una prueba de atletismo para convertirse en una misión. Y cuando la misión se cumple, cuando se cruza la meta, comienza un nuevo capítulo. No es el fin de una historia sino el inicio de otra, la apertura de posibilidades que antes parecían selladas por las circunstancias.
Las implicancias de una carrera como esta en el tejido social de una nación son complejas y multidimensionales. Por un lado, la Comrades representa un espacio donde las estructuras de desigualdad que caracterizan a la Sudáfrica contemporánea parecen suspenderse, al menos temporalmente. La participación masiva de trabajadores de barrios de bajos ingresos junto a profesionales y celebridades crea una ilusión de igualdad que es real en el acto mismo de correr, pero que inevitablemente se disuelve cuando los corredores regresan a sus hogares, donde persisten las brechas económicas, educativas y de oportunidades que definen la realidad sudafricana. La pregunta que surge es si experiencias como esta generan cambios estructurales o simplemente proporcionan válvulas de escape emocional que, paradójicamente, pueden retrasar transformaciones más profundas. Algunos argumentarían que el valor reside precisamente en esos momentos de conexión humana auténtica, en la demostración de que la coexistencia pacífica es posible cuando la motivación trasciende las divisiones raciales. Otros sostendrían que mientras la Comrades reúne a miles bajo un objetivo común una vez al año, las políticas de redistribución, educación y oportunidades económicas permanecen estancadas la mayoría de los días del año. Lo cierto es que eventos como este funcionan como espejos donde



