Una escalada de violencia sin precedentes en los últimos cuatro años convulsiona nuevamente a Yemen. En apenas 72 horas, entre 118 y 169 personas han perdido la vida durante combates que enfrentan a las fuerzas hutíes, respaldadas por Irán, contra los contingentes gubernamentales alineados con Arabia Saudita. Lo que comenzó como una batalla por el control de elevaciones geográficas en la costa occidental ha derivado en una crisis humanitaria de proporciones devastadoras, con miles de civiles huyendo hacia terceros países y el riesgo de que la catástrofe se multiplique exponencialmente en las próximas semanas.
El conflicto yemení, dormido bajo un frágil acuerdo de paz desde 2022, ha despertado con ferocidad tras un movimiento estratégico lanzado por los hutíes hace poco más de tres semanas. La ofensiva representó los avances territoriales más significativos para este grupo en un lustro de guerra civil. Las milicias controladas por Irán han arrebatado vastas extensiones de la costa del Mar Rojo a las fuerzas gubernamentales, consolidando una posición que altera profundamente el equilibrio de poder regional. El número de muertos documentados por fuentes del gobierno yemení asciende a 36 personas, mientras que los voceros hutíes hablan de 118 caídos en sus filas producto de enfrentamientos directos y bombardeos sauditas que han impactado las provincias de Taiz, al-Jawf, Marib y Saada.
Los ataques aéreos sauditas contra objetivos civiles han marcado un punto de inflexión en la percepción internacional del conflicto. Según denuncias hutíes, Arabia Saudita lanzó un ataque sobre la ciudad portuaria de Mocha el martes, resultando en seis civiles fallecidos, dos de ellos menores de edad. Paralelamente, un bombardeo contra una prisión en la provincia de al-Jawf dejó nueve detenidos asesinados. Estos actos, junto con cientos de incursiones aéreas desplegadas por Riad en días recientes, han tenido efectos limitados para contener el avance hutí. La supuesta falta de efectividad de esta estrategia de castigo aéreo marca un cambio táctico inquietante: por primera vez en años, los hutíes lanzaron ataques de represalia contra la capital saudita, Riad, durante el fin de semana pasado, provocando que el gobierno saudita emitiera alertas de inminentes bombardeos en el sur del país.
Las alturas de Kahboub: la llave que redefine el tablero geopolítico
El verdadero centro de gravedad de la contienda actual reside en el dominio de la cordillera de Kahboub, cercana a la costa del Mar Rojo. Estos montes no son una cuestión menor de geografía militar: constituyen un punto de observación estratégico que permitiría a quien los controle ejercer hegemonía sobre toda la zona costera occidental de Yemen y, más críticamente, cortaría completamente las comunicaciones entre Adén —sede del poder ejecutivo yemení respaldado internacionalmente— y el litoral occidental. La pérdida de estos terrenos elevados no solo menguaría la capacidad defensiva del gobierno, sino que complicaría de manera sustancial cualquier futuro contraataque. Los hutíes avanzan simultáneamente por múltiples frentes: particularmente en las afueras de la provincia de Taiz y en la zona costera de Ras al-Ara. Los medios afiliados al grupo insurgente proclaman victorias territoriales, mientras que las fuentes gubernamentales sostienen haber rechazado exitosamente varias incursiones. La realidad del terreno, sin embargo, parece inclinar la balanza hacia los atacantes.
Lo que ocurre en Yemen trasciende ampliamente sus fronteras. Hace apenas tres semanas, los hutíes tomaron control de Mocha y otras ciudades estratégicas, asegurando su dominio sobre el estrecho de Bab al-Mandab, una de las arterias comerciales más cruciales del planeta. A través de este paso marítimo transita aproximadamente el 10% del tráfico marítimo mundial. El cierre simultáneo del estrecho de Ormuz por parte de Irán ha amplificado la importancia geoestratégica de Bab al-Mandab, consolidando la preocupación de potencias occidentales respecto a quién controla estas vías vitales. Arabia Saudita ve con alarma cómo una fuerza alineada con su rival regional, Irán, podría posicionarse como árbitro de dos de los conductos energéticos más relevantes del comercio global. Esta perspectiva ha acelerado las gestiones diplomáticas y militares de Riad en busca de apoyo internacional.
Desplazamiento masivo y crisis humanitaria sin precedentes
Mientras los militares disputan territorio, la población civil experimenta un caos humanitario de magnitudes alarmantes. Desde el inicio de la ofensiva hutí hace tres semanas, los enfrentamientos han provocado la muerte de aproximadamente 700 personas y han desplazado a más de 100,000 individuos. El país ya cargaba con una de las peores crisis humanitarias del mundo: alrededor de 22 millones de personas requieren asistencia humanitaria, y 5.2 millones están internamente desplazadas como producto de más de una década de guerra abierta y conflictividad. Ahora, las nuevas hostilidades presionan hacia el colapso total de estructuras de acogida y asistencia que ya estaban al borde del quiebre. Miles de yemeníes huyen hacia Occidente atravesando el Mar Rojo, buscando refugio en Yibuti. Organizaciones humanitarias internacionales advierten que si la violencia persiste, el desplazamiento interno podría alcanzar 230,000 personas, mientras que más de 10,000 podrían cruzar hacia Yibuti en busca de seguridad.
La dimensión internacional del conflicto se ha multiplicado exponencialmente. El presidente estadounidense Donald Trump consideró lanzar ataques contra los hutíes durante el fin de semana, pero revirtió la decisión en el último momento. Por su parte, el Reino Unido ha ofrecido reabastecimiento aéreo para aviones sauditas que participan en operaciones defensivas, abriendo la puerta a una posible escalada de intervención externa. Miembros del G7 han exigido públicamente a Irán que cese el suministro de armamentos a los hutíes. En una declaración conjunta, estos gobiernos han instado al grupo insurgente a abandonar inmediatamente todas las acciones militares, amenazas y ataques contra el tráfico civil, llamándolos a retornar al proceso político. El príncipe heredero saudita, Mohammed bin Salman, solicitó explícitamente a Trump intervención militar directa contra los hutíes, petición que hasta ahora ha sido rechazada. El máximo mandatario estadounidense sí se comunicó con Rashad al-Alimi, jefe del organismo gubernamental yemení, quien solicitó asistencia militar estadounidense. Trump expresó solidaridad con la causa gubernamental pero eludió comprometerse con apoyo armado concreto.
El escenario que se despliega en Yemen representa un punto de quiebre en la arquitectura de seguridad regional y global. La reactivación del conflicto, tras un período relativo de tregua, plantea interrogantes profundos sobre la viabilidad de acuerdos de paz en contextos donde los actores mantienen capacidades militares y aspiraciones estratégicas irreconciliables. La participación potencial de potencias extranjeras introduce variables impredecibles que podrían convertir a Yemen en un proxy donde compiten intereses geopolíticos de envergadura planetaria. Simultáneamente, la población civil yemení enfrenta una espiral de sufrimiento que expone las limitaciones de la comunidad internacional para proteger a civiles en zonas de conflicto prolongado. Los próximos movimientos diplomáticos, militares e internacionales determinarán si el conflicto se estabiliza en una nueva línea de frente o si continúa expandiéndose, con consecuencias incalculables para la estabilidad regional, el comercio mundial y la vida de millones de personas.



