La arquitectura política europea se tambalea. No es por un terremoto repentino, sino por un desmoronamiento lento y sostenido que ahora exhibe grietas irreversibles. En las últimas elecciones estatales realizadas en Sajonia-Anhalt, Alemania, una formación política clasificada oficialmente como extremista de derechas confirmado por los servicios de inteligencia domésticos germanos logró capturar casi 44% de los sufragios, duplicando prácticamente su desempeño electoral de hace cinco años. Mientras la agrupación ultraderechista avanzaba sin freno, la Unión Demócrata Cristiana —el partido de la cancillería— se desplomaba a menos de la mitad de su votación anterior, quedando apenas por encima del 17%. La socialdemocracia, que gobernó Alemania durante casi seis décadas de manera alternada, apenas rascaba el 9%. Lo ocurrido no es un incidente aislado en una región empobrecida: representa el síntoma más alarmante de una transformación electoral que está reconfigurado todo el continente, donde casi uno de cada cuatro votantes europeos respalda formaciones de extrema derecha, una proporción que se ha multiplicado casi por cinco en tres décadas.
Cuando la moderación pierde credibilidad
La cuestión que inquieta a los líderes europeos no es simplemente matemática. 39 legisladores controla la fuerza de extrema derecha en un parlamento de 83 bancas: números que la acercan peligrosamente a la mayoría parlamentaria en un estado alemán, algo que ningún partido de ultraderecha había logrado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. El impacto psicológico trasciende las fronteras: nacionalistas celebran en toda Europa lo que califican como un triunfo histórico apenas incipiente, mientras los gobiernos tradicionales advierten sobre un momento crítico para el continente. Los ejemplos no faltan: Suecia votará legislativamente la próxima semana, Francia enfrenta elecciones presidenciales de importancia decisiva en primavera, y competiciones parlamentarias cruciales se desarrollarán durante el año en Italia, España y Polonia. En todos estos escenarios, las fuerzas de extrema derecha encabezan o compiten seriamente en las mediciones de intención de voto. No se trata de especulaciones sino de una tendencia verificable: investigaciones coordinadas por más de 150 politólogos distribuidos en 31 naciones documentan que la proporción de europeos votando por extremistas de derechas en sus elecciones legislativas más recientes alcanzó más del 23% durante 2026, comparado con aproximadamente 10% hace una década y apenas 5% hacia mediados de los años noventa.
Sin embargo, algunos analistas advierten contra sacar conclusiones apresuradas del desempeño en Sajonia-Anhalt. El estado que eligió masivamente a la extrema derecha posee apenas 1.8 millones de electores y posee un historial de décadas como fortaleza ultraderechista: durante el último decenio, las mediciones en elecciones federales y estatales allí duplicaron consistentemente el promedio nacional de apoyo a esta fuerza. Especialistas universitarios en política europea subrayan que una victoria regional de extremistas en Alemania no constituye un fenómeno más preocupante que resultados equivalentes en Francia, Reino Unido u Holanda. Aún así, el avance es innegable: la formación ultraderechista lidera sondeos nacionales, encabeza las preferencias en Mecklemburgo-Pomerania Occidental donde próximamente habrá comicios estatales, e incluso disputa fuertemente en Berlín, una ciudad de vocación liberal.
El fracaso de contenerlos sin gobernar
Una pregunta incómoda atraviesa los despachos de las cancillerías y los círculos académicos: ¿ha resultado contraproducente el aislamiento político impuesto a estos partidos? Durante décadas, gobiernos en Francia y Alemania establecieron lo que se conoce como un "cordón sanitario" o "cortafuegos": la negativa sistemática de alianzas con fuerzas extremistas. El argumento era evidente: impedir que accedan al poder significaba cortarles las oportunidades de gobernar mal, exponerse a fracasos y perder atractivo. Pero un creciente sector de observadores políticos sostiene que la estrategia ha producido un efecto inverso. Al mantener a la extrema derecha fuera del gobierno, los partidos centrados la han blindado de algo decisivo: las compromisos y los fracasos inherentes a ejercer la autoridad. Mientras tanto, los gobiernos del centro han experimentado lo opuesto: alianzas incómodas que apenas logran ponerse de acuerdo en nada sustancial, generando resultados políticos escasos y profunda frustración electoral.
Especialistas en consultorías de riesgo político describen un círculo vicioso autorreferencial: cuanto menores son los logros legislativos de los gobiernos convencionales, menos terreno común encuentran para acordar políticas, menos resultados concretos producen. Menos resultados significa mayor exasperación en el electorado, que a su vez migra hacia opciones radicales. La fórmula se retroalimenta. Sin embargo, la comunidad académica internacional no es unánime respecto de culpar al cordón sanitario. Investigaciones rigurosas estudiando más de 1.300 gobiernos diferentes en 57 países revelan algo paradójico: los partidos de extrema derecha que efectivamente entraron en gobiernos no se debilitaron electoralmente; por el contrario, promediaron seis puntos porcentuales más en la siguiente contienda electoral. Esto sugiere que el problema trasciende el debate sobre estrategias de aislamiento.
Las ideas que nadie logra contener
Los investigadores especializados en fenómenos políticos radicales convergen en un diagnóstico distinto. El verdadero motor del avance ultraderechista no radica en si estos partidos gobiernan o no, sino en la normalización gradual y constante de sus ideas fundamentales. Las actitudes ciudadanas respecto de temas nucleares de la extrema derecha —como restricción migratoria— no han variado substancialmente a lo largo de las décadas. Lo que ha cambiado radicalmente es cuán determinantes resultan estos asuntos a la hora de votar. La cobertura mediática y la adopción de marcos discursivos propios de la extrema derecha por parte de partidos convencionales han legitimado estas perspectivas, convirtiéndolas en temas respetables para debatir en espacios públicos. Un fenómeno que politólogos de universidades europeas describen como la erosión de cualquier frontera real entre lo considerado aceptable y lo marginal.
Cuando se analiza el panorama global de gobernanza, la lista de fuerzas ultraderechistas ejerciendo poder o participando en coaliciones de gobierno es extensa: integran gobiernos en Croacia, Chequia, Italia y Finlandia; sostienen administraciones minoritarias en Suecia; encabezan sondeos en Austria, Bélgica, Francia y Alemania. Aunque han experimentado derrotas recientes —como en Holanda, donde una formación de extrema derecha perdió casi un tercio de sus curules parlamentarias, o Hungría, donde una agrupación nacionalista fue derrotada electoralmente por rivales del centro-derecha en abril— el patrón general apunta en una dirección inequívoca: estos actores políticos radicales se han instalado permanentemente en el tablero electoral europeo, tan establecidos como los partidos que alguna vez dominaron sin cuestionamientos. Como afirman expertos en extremismo político, su apoyo fluctúa como el de cualquier otra formación partidaria, pero su presencia estructural parece consolidada.
El debate sobre responsabilidades es complejo. Algunos señalan que al impedir que la extrema derecha acceda al gobierno mediante cordones sanitarios, se la ha protegido de exponerse a las realidades de gobernar, donde las promesas radicales colisionan con limitaciones presupuestarias y presiones electorales. Otros contraargumentan que la presencia constante de ideas extremistas en la agenda pública, toleradas y reiteradas incluso por políticos convencionales, ha normalizado lo que debería permanecer en los márgenes del discurso democrático. Lo cierto es que los gobiernos centrados enfrentan crisis económicas persistentes, deterioro del poder adquisitivo, incapacidad para entregar soluciones concretas a electores desencantados. En ese contexto de frustración, formaciones radicales encuentran terreno fértil para expandir influencia. El continente europeo se prepara para una sucesión de elecciones decisivas en los próximos meses, donde el resultado no será solo cuántos votos obtengan los extremistas, sino qué tipo de gobiernos resultará posible formar cuando las opciones convencionales se debilitan sistemáticamente.



