Cuando el cielo de Bangkok comenzó a teñirse de tonalidades naranjas y rosadas, las puertas del Palacio Grande permanecían abiertas en espera. Después de casi cuatro años postrada en una cama de hospital, víctima de un colapso sufrido mientras entrenaba a sus perros en diciembre de 2022, la princesa Bajrakitiyabha falleció esta semana a los 47 años. Lo que cambió radicalmente no fue solo el final de una prolongada agonía familiar, sino el reconocimiento público masivo de una vida dedicada a quienes el sistema había dejado atrás. El sábado pasado, su cuerpo recorrió las arterias principales de la capital tailandesa en una procesión fúnebre que paralizó la ciudad y reveló cuán profundamente esta mujer había penetrado en el corazón de millones de ciudadanos anónimos que nunca esperaron ser recordados por la realeza.
La escena que se desplegó en las calles del centro capitalino fue extraordinaria en su solemnidad. Decenas de enfermeros del hospital se postraron boca abajo en el pavimento mientras motocicletas de escolta, automóviles negros y una camioneta plateada avanzaban lentamente entre multitudes vestidas de negro que habían llegado desde el amanecer para presenciar el paso de su princesa. Detrás del vehículo que transportaba los restos, el rey viajaba en un automóvil color crema, cercano pero separado, guardando la distancia que el protocolo real exigía. Los funcionarios presentes realizaban salutaciones militares mientras la muchedumbre, sentada en las aceras durante horas bajo el calor húmedo tropical, inclinaba silenciosamente sus cabezas hacia las manos en gesto de reverencia. Las lágrimas brotaban sin contención entre ciudadanos que sostenían paraguas y abanicos para protegerse de un clima implacable que superaba los treinta grados. No se trataba de una formalidad protocolaria más; era un acto de gratitud colectiva hacia alguien que había trascendido su condición de miembro de la familia real para convertirse en una trabajadora social de facto.
De abogada a defensora de los más vulnerables
Bajrakitiyabha, apodada cariñosamente "Princesa Bha" entre sus compatriotas, no fue una figura de palacio ajena a las realidades del país. Su formación académica como abogada le permitió comprender las complejidades legales que enfrentaban los sectores marginados, y su rol como embajadora ante Austria durante años la exposición internacional a diferentes modelos de políticas sociales. No obstante, fue su participación en la seguridad real y sus funciones diplomáticas las que menos definieron su legado. Lo que genuinamente transformó su vida pública fue su compromiso incesante con proyectos dirigidos a personas en situación de pobreza extrema, especialmente en regiones del norte del país como Chiang Mai, donde sus iniciativas llegaron a transformar realidades concretas.
Wanida Lainun, una de las miles de personas que se congregaron en las calles portando incluso un broche con la imagen de la princesa, explicó cómo su propia tía había sido beneficiaria directa de uno de sus programas asistenciales. Anchalee, una mujer de la misma edad que la fallecida, recordó haberse encontrado con ella años atrás como estudiante universitaria, en un momento en que la princesa se acercaba a quienes consideraba sus compatriotas más necesitados. "El trabajo que realizó en Tailandia tocó mi corazón", expresó Anchalee, quien había aguardado en las calles desde las diez de la mañana participando antes en la ceremonia de baño ritual en el Palacio Grande, un acto ceremonial budista en el cual se vierte agua bendita en recipientes ceremoniales colocados ante retratos de la persona fallecida. Otro aspecto crucial de su labor fue su campaña persistente por los derechos de las mujeres encarceladas, una población sistemáticamente ignorada en los debates públicos tailandeses.
La huella en las catástrofes que marcaron una nación
El momento que probablemente definió la trayectoria de Bajrakitiyabha como figura humanitaria llegó en 1995, cuando Bangkok enfrentó inundaciones devastadoras que dejaron a poblaciones enteras aisladas sin acceso a alimentos, medicinas ni auxilio. En lugar de permanecer en estructuras de poder, la princesa y su madre preparaban personalmente comidas, empacaban medicamentos y vadean zonas cortadas del acceso terrestre para entregar ayuda directamente a los ciudadanos atrapados. Esa experiencia directa con el sufrimiento la impulsó a fundar, en octubre de ese mismo año, el proyecto "Amigos en Necesidad (de 'Pa')" bajo el auspicio de la Cruz Roja tailandesa. Esta iniciativa no era asistencialismo superficial; proporcionaba a comunidades vulnerables herramientas concretas para evacuar antes de que nuevas catástrofes las alcanzaran, ofrecía servicios de primera línea durante emergencias y, fundamentalmente, acompañaba procesos de reconstrucción y salida de la pobreza una vez que las aguas retrocedían.
Tres décadas después, mientras decenas de miles esperaban bajo el implacable clima de Bangkok para honrar su memoria, testimonios como el de Anchalee evidenciaban el alcance duradero de esa filosofía de acción. "Ella y su equipo llegan de inmediato para ayudar", recordó refiriéndose a la capacidad de respuesta que caracterizaba sus operaciones en terreno. La generación de tailandeses que vivió las inundaciones de 1995 y sus consecuencias no solo recordaba a una princesa; recordaba a una persona que había estado físicamente presente en sus momentos más desesperados, que había comprendido que la dignidad no se restaura mediante decretos sino mediante presencia y acción sostenida. Cuando Bajrakitiyabha colapsó en diciembre de 2022, aquellos que la habían conocido o cuyas familias habían sido tocadas por sus proyectos comenzaron a rezar por su recuperación, esperando durante años el milagro de su despertar.
La ceremonia de baño ritual que se llevó a cabo en el Palacio Grande reunió no solo a ciudadanos anónimos sino al primer ministro Anutin Charnvirakul encabezando miembros del gabinete tailandés en el cumplimiento del rito. Este acto subraya cómo figuras de la política institucional reconocieron públicamente la relevancia de Bajrakitiyabha más allá de sus funciones diplomáticas formales. Desde el 27 de junio, tras quince días de ceremonias de mérito budista que incluyen cantos monásticos, el público tendrá acceso al Salón del Trono del Palacio Grande para ofrecer sus respetos ante los restos de la princesa. Un antecedente histórico relevante es el de su padre, el rey Bhumibol Adulyadej, cuyo cuerpo permaneció en estado de reposo durante más de un año después de su muerte en octubre de 2016, precediendo a una ceremonia de cremación ceremonial extraordinariamente elaborada. Hasta ahora, no se ha anunciado fecha alguna para la ceremonia de cremación de la princesa, dejando abierta la posibilidad de un protocolo similar que extienda el duelo nacional.
Reflexiones sobre un vacío institucional y social
La masiva concurrencia a las calles de Bangkok para despedir a Bajrakitiyabha plantea interrogantes sobre el rol que instituciones públicas y privadas cumplen en la atención de poblaciones vulnerables. Su fallecimiento tras casi cuatro años en estado de coma, y la respuesta popular que generó, sugieren que existe en Tailandia un déficit de figuras públicas que combinen poder institucional con compromiso operativo en el terreno. Algunos observadores podrían argumentar que su labor evidenciaba la necesidad de que estructuras estatales amplíen sus alcances en áreas como derechos carcelarios y asistencia ante desastres. Otros, en cambio, podrían sostener que su ejemplo demuestra que incluso dentro de sistemas jerárquicos como la monarquía tailandesa, el cambio social es posible cuando existe voluntad individual. Lo que permanece incontestable es que una persona de 47 años, cuyo acceso al poder pudo haberla mantenido aislada de realidades incómodas, eligió repetidamente estar donde el sufrimiento era más visible y menos atendido por mecanismos convencionales.



