La historia de las interferencias estadounidenses en asuntos electorales latinoamericanos no comienza en 2024 ni terminará en 2026. Pero lo que está ocurriendo en Brasil en este momento representa un fenómeno peculiar: una intervención externa que opera a plena luz del día, sin los velos de secretismo que caracterizaron las campañas de manipulación política del siglo pasado. Con menos de dos años para que los brasileños acudan a las urnas en octubre de 2026, la administración Trump ha montado una estrategia que combina presión económica mediante aranceles masivos, designaciones de grupos criminales como organizaciones terroristas, y movimientos diplomáticos que generan tensiones bilaterales sin precedentes. Lo que genera inquietud entre analistas y activistas políticos brasileños es que estos mecanismos parecen diseñados específicamente para debilitar la campaña del presidente izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva y favorecer al senador de extrema derecha Flávio Bolsonaro, hijo del ex mandatario derrotado Jair Bolsonaro, actualmente condenado a 27 años de prisión por conspiración golpista.

El patrón histórico: cuando Washington jugaba en las sombras

Para entender la magnitud de lo que está sucediendo ahora, es necesario retrotraerse a un momento clave de la Guerra Fría en América Latina. En 1962, la administración Kennedy enfrentaba una preocupación que dominaba su agenda regional: la creciente influencia de fuerzas políticas identificadas con la izquierda en Brasil, específicamente en torno al presidente João Goulart. Los funcionarios estadounidenses de entonces consideraban la región como su patio trasero exclusivo, territorio que no podía permitirse perder bajo la amenaza comunista que, en su narrativa, avanzaba desde el Caribe. La respuesta fue clandestina pero sistemática: agencias como la CIA y el Departamento de Estado canalizaron millones de dólares hacia candidatos opositores y hacia estructuras propagandísticas diseñadas para generar malestar social y fortalecer grupos anticomunistas.

El mecanismo funcionaba mediante dos organizaciones en particular. La primera fue el Instituto Brasileño de Acción Democrática, que según los historiadores Lilia Schwarcz y Heloisa Starling, distribuyó dinero ilícito a las campañas de cientos de legisladores y ocho candidatos a gobernadores. Su objetivo estratégico era claro: construir una oposición robusta en el Congreso que pudiera bloquear iniciativas del gobierno, socavando así su legitimidad política. La segunda fue el Instituto de Pesquisas e Estudos Sociais, que operaba específicamente en la desestabilización del gobierno Goulart mediante financiamiento de propaganda anticomunista y movilizaciones antigu­bernamentales. El éxito de estas operaciones fue asombroso: contribuyeron al contexto que culminó en 1964 con un golpe militar que instauró una dictadura de dos décadas, durante la cual cientos de personas fueron asesinadas o desaparecidas.

Lo que resulta particularmente relevante ahora es que Chico Rubens Paiva, un activista político contemporáneo cuyo abuelo congresista Rubens Paiva investigó la injerencia estadounidense en una audiencia parlamentaria de 1963, vuelve a advertir sobre patrones similares. El abuelo de Paiva no solo investigó la conspiración externa, sino que fue posteriormente asesinado por la dictadura respaldada por Washington. Ese linaje de sufrimiento, de victimización por fuerzas que se movían bajo el amparo de la política exterior estadounidense, proporciona una perspectiva única y aleccionadora sobre lo que está ocurriendo en el presente.

Del dinero secreto al arsenal económico abierto

Lo que distingue la intervención actual de aquella de los años sesenta es precisamente su naturaleza descarada. Donde antaño operaban transferencias encubiertas de fondos, hoy funcionan aranceles del 25 por ciento sobre la mayoría de las importaciones brasileñas. Donde antes se financiaba propaganda en sombras, ahora se utiliza la maquinaria del Estado para designar a Comando Rojo de Río de Janeiro y el Primer Comando de la Capital de São Paulo como organizaciones terroristas extranjeras. Los analistas brasileños sospechan que esta medida, más allá de cualquier justificación de seguridad, responde a una estrategia comunicacional: permite que la derecha acuse al gobierno Lula de ser blando ante el crimen organizado, erosionando su legitimidad política en un contexto donde la seguridad pública es una preocupación central para los votantes.

En julio pasado, el gobierno brasileño denegó visas de entrada a dos funcionarios estadounidenses que, según reportes, tenían planes de reunirse con Flávio Bolsonaro. Las sospechas del gobierno apuntaban a que estos enviados buscaban sembrar dudas sobre la confiabilidad del sistema electoral brasileño, tradicionalmente respetado a nivel internacional por su integridad técnica. El matrimonio entre este tipo de acciones diplomáticas y la narrativa electoral es claro: los Bolsonaro han hablado repetidamente sobre supuestas vulnerabilidades electorales, y la presencia de emisarios estadounidenses dedicados al mismo tema sumaría peso a tales cuestionamientos. Poco después, la visa del embajador brasileño en Washington fue revocada, escalando una confrontación que no tiene antecedentes en la relación bilateral moderna.

Celso Rocha de Barros, analista político y comunicador de podcast reconocido en Brasil, fue explícito en su diagnóstico: "La mayor superpotencia de la historia humana está explícitamente respaldando a un candidato en nuestra elección y está estrangulando la economía brasileña para ayudarlo a ganar". Según Barros, la economía brasileña está bajo ataque, y esto debería ocupar el centro del debate público preelectoral. Sin embargo, sostenía que el tema no recibía la cobertura mediática que su urgencia ameritaba. Este vacío de información es en sí mismo significativo: en un entorno donde las redes sociales y algoritmos concentran cada vez más poder sobre el flujo informativo, la ausencia de debate sobre interferencias externas puede facilitar precisamente el tipo de manipulación que se intenta ocultar.

El espectro de Trump y Rubio en la política latinoamericana

Detrás de la presión contra Brasil se vislumbran dos figuras con objetivos convergentes pero no necesariamente idénticos. Donald Trump, con su énfasis en transacciones económicas y su alineamiento con gobiernos de derecha, ve en Bolsonaro un actor útil en el juego de poder regional. Pero Marco Rubio, secretario de Estado y hijo de inmigrantes cubanos, trae una dimensión adicional: su obsesión de largo plazo con derrocar el gobierno comunista cubano, su experiencia en política latinoamericana y su aparente aspiración a una candidatura presidencial en 2028 lo colocan como un jugador con ambiciones personales sobre el tablero regional.

Los historiadores especialistas en este período advierten sobre los paralelos. James N. Green, académico de la Universidad de Brown que ha escrito extensamente sobre la época, observa que tanto en los sesenta como ahora, Washington buscaba "hacer todo lo posible para debilitar el gobierno" en Brasil. La diferencia es fundamental: en el pasado, la CIA sabía que había furia pública si se descubría el financiamiento directo de candidatos, por eso operaba con secretismo. Hoy, la escala es incomparablemente mayor y la operación completamente abierta.

Green identifica dos objetivos estratégicos en la campaña de presión actual. Primero, debilitar y deslegitimar al gobierno Lula, haciendo más difícil que Brasil, la democracia más grande de América Latina, desafíe la campaña de asfixia económica estadounidense contra Cuba. Segundo, neutralizar fuerzas de izquierda en la región en general y fortalecer a la derecha con la esperanza de multiplicar los gobiernos alineados con Trump. Desde 2023, una sucesión de gobiernos populistas de extrema derecha ha llegado al poder en Argentina, Chile, Costa Rica y Colombia, en lo que algunos analistas han llamado la "onda naranja" latinoamericana, aludiendo al color asociado a Trump.

El precedente argentino y la arquitectura del cambio de régimen

El patrón no es nuevo en la región. El año pasado, Trump fue acusado de interferir en la política argentina cuando respaldó abiertamente al presidente derechista Javier Milei en el marco de elecciones legislativas cruciales. Milei, poco después, asistió al lanzamiento de campaña de Flávio Bolsonaro en Brasil y utilizó su discurso para atacar a Lula como "ladrón". La sincronización entre estos líderes de derecha y su respaldo estadounidense sugiere algo más que simpatía ideológica: indica un patrón coordinado de alineación geopolítica.

Paiva, quien ahora es candidato a diputado por el Partido Socialista Brasileño de centroizquierda, percibe el objetivo final con claridad: fortalecer la dominación estadounidense en una región que Washington considera su esfera de influencia histórica. Esgrime el ejemplo de Venezuela: el arresto de Nicolás Maduro en enero permitió que Estados Unidos colocara en el poder a Delcy Rodríguez, su vicepresidenta, quien ya ha comenzado a abrir el país a empresas estadounidenses de petróleo y minería. Ese es el modelo: acciones que aparentan ser sanciones o medidas de seguridad, pero que producen cambios de gobierno que generan gobiernos complacientes con los intereses estadounidenses.

Barros va más lejos en su análisis: "La verdad es que esta es una elección entre Lula y Marco Rubio". Según este diagnosticador, Rubio es el verdadero motor de la campaña, utilizando el "éxito" de entregar América Latina a los intereses estadounidenses como demostración de su capacidad para una eventual candidatura presidencial. En cuanto a Bolsonaro específicamente, Barros sostiene que será elegido "porque Flávio dará todo lo que quieren". Dará acuerdos de tierras raras que ningún otro presidente haría. Permitirá que los gigantes tecnológicos estadounidenses operen sin restricciones en Brasil. Reducirá la relaciones económicas con China al máximo que sea posible. Los seguidores de Bolsonaro, señala, llevan banderas estadounidenses a sus actos de campaña, una señal visual de la naturaleza de la alianza.

El rol de las plataformas digitales en la batalla electoral venidera

Existe una dimensión tecnológica en esta interferencia que merece atención particular. Paiva advierte sobre el riesgo de que las compañías de redes sociales estadounidenses, concentradas en Silicon Valley y cada vez más alineadas con la órbita Trump, puedan "entrar en juego" a medida que se acerca el día electoral. Los cambios algorítmicos tienen, según su análisis, un "impacto brutal en la forma en que la información llega a las personas". Durante los años anteriores, se documentó ampliamente cómo pequeñas modificaciones en los algoritmos de Facebook, Instagram y otras plataformas pueden amplificar exponencialmente ciertos contenidos políticos mientras suprimen otros. En un país donde decenas de millones de personas obtienen sus noticias principalmente de redes sociales, este tipo de manipulación algorítmica podría traducirse fácilmente en votos.

Paiva destaca "el giro aterrador" que han dado los empresarios de Silicon Valley hacia el campamento Trump durante su segundo término. Esta cercanía entre el poder político estadounidense y las corporaciones que controlan la infraestructura informativa global es quizás el aspecto más inquietante de la interferencia contemporánea. No requiere dinero secreto ni operaciones encubiertas: una modificación en los algoritmos, una promoción diferenciada de contenidos, una demora en la verificación de desinformación, pueden alterar el paisaje informativo de millones de brasileños sin que dejen rastro de conspiración abierta.

Dinámicas y consecuencias en disputa

La negación oficial estadounidense resulta predecible. El Departamento de Estado rechazó categóricamente las acusaciones de interferencia, calificándolas de "mentira sin base". Afirmó respetar a los brasileños y su derecho a elegir libremente, y señaló que Washington mantiene relaciones exitosas con gobiernos de ambos espectros políticos. Sin embargo, la simultaneidad entre la imposición de aranceles, las designaciones de grupos criminales, la revocación de visas diplomáticas y los expresos respaldos a candidatos de derecha compone un cuadro que trasciende las declaraciones oficiales.

Las implicaciones futuras son múltiples y complejas. Si Bolsonaro gana, Brasil podría realinearse significativamente con la órbita estadounidense, reduciendo su autonomía en asuntos como la política exterior hacia Cuba y otros países bajo sanciones estadounidenses, y posiblemente facilitando el acceso de empresas y tecnologías estadounidenses en términos que gobiernos anteriores rechazaron. Si Lula logra retener el poder a pesar de la presión económica y diplomática, Brasil reforzaría su capacidad de actuar como contrapeso regional, pero también enfrentaría consecuencias económicas sostenidas derivadas de los aranceles. En cualquier caso, la cuestión de si una potencia externa puede alterar legitimamente el resultado de una elección soberana mediante herramientas de poder económico y mediático permanece como una interrogante sin respuesta clara, tanto en Brasil como en el conjunto de América Latina, donde patrones similares están redefiniendo el equilibrio político continental.