La tensión geopolítica que atraviesa el continente europeo en estos tiempos obliga a la Unión Europea a tejer una estrategia simultánea en múltiples frentes. Mientras negocia de manera acelerada la incorporación de Ucrania —un proceso que ha generado profundas divisiones entre sus miembros—, Bruselas no puede perder de vista a seis naciones de los Balcanes occidentales que esperan señales claras sobre sus posibilidades de adhesión. La cumbre de este viernes en la localidad costera de Tivat, en Montenegro, representa precisamente ese esfuerzo por mantener vigente la promesa de integración europea para una región que, durante demasiado tiempo, fue considerada periférica. Lo que suceda en estos encuentros podría redefinir no solo el futuro de medio centenar de millones de personas, sino también el equilibrio de poder en un área donde potencias rivales como Rusia y China ya compiten activamente por influencia.

Más de treinta mandatarios han confirmado su asistencia al encuentro montenegrino, entre ellos figuras de primer orden como el presidente del Consejo Europeo António Costa, quien ya ha establecido el tono de estas conversaciones. Días atrás, visitando Sarajevo, Costa fue categórico al sostener que el compromiso de la UE con los Balcanes es tan tangible como las oportunidades reales de adhesión. El dirigente europeo no titubeó al caracterizar la ampliación del bloque como un imperativo estratégico en un momento donde Moscú y Beijing tejen sus propias redes de influencia. La aceleración en los procesos de integración responde, en buena medida, a esta competencia silenciosa por ganarse el favor de naciones que se encuentran en una encrucijada histórica. Para la UE, permitir que estos países caigan en órbitas alternativas significaría no solo una derrota diplomática, sino también una fisura en la seguridad continental.

El efecto dominó del caso ucraniano

Apenas hace días se produjo un giro significativo en Budapest. El gobierno húngaro, encabezado por Péter Magyar, levantó el veto que había mantenido bloqueado el avance de Ucrania en las negociaciones de adhesión. Esta decisión, que muchos analistas internos celebraron como un hito fundamental, permite que Kiev y Moldavia inicien conversaciones formales a partir de este mes sobre los primeros capítulos del acervo comunitario, aquellos relativos al estado de derecho y estándares democráticos. El contexto de esta concesión húngara es crucial para entender la dinámica actual: ambas naciones fueron aceleradas hacia la categoría de candidatas en 2022, apenas meses después de la invasión rusa a gran escala, en un proceso sin precedentes que rompió con los tiempos históricos de la ampliación europea.

Pero aquí reside el nudo gordiano. La prioridad otorgada a Ucrania ha generado anxiety entre los países balcánicos, que temen quedar nuevamente relegados en una fila de espera aparentemente interminable. Las instituciones comunitarias son conscientes de esta percepción y, por eso, el encuentro de Tivat servirá para transmitir que los Balcanes no han sido olvidados, que sus aspiraciones europeas permanecen vigentes. Montenegro, que alberga la cumbre, es el candidato más avanzado en su carrera hacia la adhesión, con expectativas de convertirse en el vigésimo octavo Estado miembro para 2028. Su posición privilegiada, sin embargo, ha motivado que los países existentes comiencen a diseñar salvaguardias que eviten repetir episodios como el del anterior primer ministro húngaro Viktor Orbán, quien durante años utilizó su poder de veto para bloquear decisiones comunitarias contrarias a los intereses rusos.

Divisiones europeas sobre el futuro del bloque

La propuesta del canciller alemán Friedrich Merz, presentada en una misiva dirigida a la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen y a Costa, ha avivado las discrepancias internas sobre cómo proceder con Ucrania. Berlin sugiere otorgar a Kiev una categoría de membresía asociada, es decir, representación en instituciones europeas pero sin derechos de voto, como escalón intermedio hacia la adhesión completa. Desde la perspectiva alemana, esta fórmula constituye una propuesta sin precedentes y generosa que aceleraría sustancialmente el camino hacia la incorporación plena de Ucrania. Sin embargo, la reacción en Kiev ha sido fría, e idéntica ha sido la respuesta de varios gobiernos europeos que ven en la propuesta de Berlín un intento velado de mantener a Ucrania en una categoría subordinada indefinidamente. Francia, cuya posición sobre la ampliación siempre ha sido matizada, se perfila como uno de los críticos más severos.

Un diplomático de alto rango advirtió, bajo anonimato, que la propuesta de membresía asociada podría funcionar como "sustituto" de la verdadera adhesión, haciendo "prácticamente imposible" que Ucrania se incorpore posteriormente como miembro de pleno derecho. Esta valoración sugiere que lo que algunos presentan como un puente podría terminar siendo una estación terminal permanente. Las consecuencias de estas tensiones trascienden el caso ucraniano: inevitablemente, la solución que se adopte para Kiev establecerá un precedente que marcará las negociaciones con los países balcánicos. Si la UE demuestra incapacidad para resolver sus contradicciones internas respecto a Ucrania, ¿qué esperanza pueden albergar naciones como Albania, Macedonia del Norte, Kosovo y Bosnia y Herzegovina, cuyos propios desafíos internos ya generan dudas entre varios miembros comunitarios?

Albania es percibida por los funcionarios de Bruselas como el próximo candidato probable para incorporarse, aunque varios gobiernos europeos mantienen escepticismo respecto a su progreso en la lucha contra la criminalidad organizada. Los casos de Macedonia del Norte, Kosovo y Bosnia y Herzegovina están envueltos en nubes de disputas políticas internas y conflictos con naciones vecinas. Y luego está Serbia, cuya trayectoria resulta particularmente preocupante desde la óptica comunitaria: bajo el liderazgo del presidente Alexander Vučić, la nación ha adoptado patrones autoritarios, reprimiendo manifestaciones de oposición y rehusando alinearse con las sanciones europeas contra Rusia. La dispersión de estos contextos nacionales demuestra que no existe un único relato balcánico, sino múltiples realidades que exigen abordajes diferenciados.

Reconfiguración estratégica del concepto de ampliación

Un investigador del Instituto de Geopolítica de Bruselas ha capturado con precisión la transformación en curso. La invasión de Ucrania ha reescrito radicalmente qué significa y para qué sirve la ampliación de la Unión Europea. Históricamente, la lógica era lineal y predecible: los países aspirantes debían alinearse con valores y principios comunitarios, y eventualmente ingresarían. Ucrania quebró ese esquema. La velocidad de su aceleración hacia candidatura —apenas cuatro meses después de la invasión a gran escala— reveló que existe una urgencia geopolítica de naturaleza completamente distinta a la que movilizó las ampliaciones previas. Ya no se trata simplemente de institucionalizar democracia y economía de mercado; se trata de consolidar una barrera estratégica contra la expansión rusa y de integrar económicamente un territorio que será crucial para la arquitectura de seguridad europea en las próximas décadas.

Este reajuste conceptual tiene implicancias directas para los Balcanes. Los funcionarios comunitarios insisten en que no deben esperarse grandes anuncios sobre conversaciones de adhesión durante la cumbre de Tivat. El enfoque será pragmático: demostrar que la UE puede hacer diferencias tangibles en la vida cotidiana de los ciudadanos balcánicos. Un paso concreto ya ha sido seleccionado: el Consejo Europeo ha aprobado una iniciativa para eliminar las tarifas de roaming móvil en los seis países de la región. Esta medida, presentada históricamente como uno de los logros más visibles de la integración comunitaria, será extendida a los Balcanes occidentales una vez que adapten la legislación relevante y se completen negociaciones adicionales. Aunque aún no existe una fecha de lanzamiento definitiva, el esquema permitiría a ciudadanos europeos realizar llamadas, enviar mensajes y utilizar datos sin sobrecostos mientras viajan dentro del Espacio Económico Europeo o en estos seis países.

Esta estrategia de integración gradual en el mercado único europeo se complementa con otros mecanismos menos visibles pero potencialmente más transformadores. Varios países balcánicos ya se han incorporado a esquemas del área única de pagos en euros, que estandariza transacciones electrónicas y permite a consumidores utilizar una sola cuenta y tarjeta en múltiples jurisdicciones que utilizan la moneda comunitaria. Estos pasos técnicos, aunque aparenten ser menores, funcionan como puentes de facto: generan interdependencia económica, familiarizan a poblaciones con procedimientos comunitarios y crean electorados domésticos interesados en la profundización de la integración.

Existe consenso entre observadores de que las próximas decisiones sobre ampliación moldearán la arquitectura política y estratégica del continente durante décadas. Los líderes europeos que se reunirán en Tivat enfrentan el dilema de mantener viva la esperanza de los Balcanes sin ceder ante presiones de ampliación apresurada, mientras simultáneamente resuelven sus propias discrepancias sobre cómo incorporar a Ucrania. Algunos argumentarán que acelerar el proceso con los Balcanes demostraría que la puerta sigue abierta y reforzaría la seguridad regional. Otros sostienen que apresurarse sería contraproducente, exponiendo a la UE a riesgos políticos y de gobernanza similares a los enfrentados previamente. La región, entremedias, espera señales que confirmen que su futuro europeo no es una promesa hueca sino una perspectiva material y alcanzable.