La próxima semana llevará a Europa a dos de sus rituales culturales más emblemáticos, pero esta vez bajo una atmósfera enrarecida donde la tensión geopolítica amenaza con eclipsar cualquier discusión sobre creatividad, innovación estética o excelencia artística. La Bienal de Venecia abrirá sus puertas el sábado mientras simultáneamente Eurovisión prepara su 70 aniversario, y en ambos casos el ruido mediático se ha enfocado no en qué se exhibirá o qué se cantará, sino en quién no estará presente, qué pabellones permanecerán cerrados y cuáles países han decidido retirarse en señal de protesta. Este fenómeno plantea una pregunta incómoda sobre el estado actual de los espacios dedicados a celebrar la creación humana: ¿hemos llegado a un punto donde la política consume completamente el oxígeno que necesita el arte para respirar?

Venecia bajo el fuego cruzado: decisiones que desafían gobiernos

La histórica Bienal de Venecia, considerada el evento contemporáneo más importante a nivel mundial, afronta una situación sin precedentes en décadas recientes. El pabellón ruso abrió sus puertas para la prensa el martes pasado con música tecno sonando en su interior, marcando la primera vez desde la invasión a gran escala de Ucrania que Moscú participa en el certamen. Esta determinación partió del presidente de la bienal, Pietrangelo Buttafuoco, quien aparentemente actuó contra los deseos del gobierno italiano que lo designó en su cargo. Las consecuencias financieras de esta posición podrían ser severas: la institución enfrenta la potencial pérdida de 2 millones de euros en fondos de la Unión Europea por violar sus estándares éticos. Funcionarios ucranianos, consultados sobre esta apertura, han caracterizado la decisión como un "paso significativo" hacia adelante, aunque con matices que sugieren una aceptación más pragmática que entusiasta. Sin embargo, hay un detalle importante: cuando el público general tenga acceso el 9 de mayo, las puertas rusas estarán cerradas.

Paralelamente, el pabellón israelí permanecerá abierto al público a pesar de una protesta coordinada que reunió a 200 artistas, curadores y trabajadores del sector cultural quienes sostienen que permitir su participación equivale a otorgar visibilidad a un estado involucrado en prácticas de genocidio y borrado cultural. Este posicionamiento refleja una fractura profunda dentro de la comunidad creativa internacional, donde colegas de diferentes nacionalidades y tradiciones se encuentran en bandos opuestos respecto a una cuestión que trasciende las fronteras de la crítica de arte. El pabellón de Sudáfrica, por su parte, no exhibirá nada en su espacio designado, pero la artista que debía representar al país mostrará su trabajo en una iglesia cercana a los Giardini, después de que el gobierno nacional bloqueara su participación argumentando objeciones que analistas describen como infundadas. Esa obra era un tributo a un poeta palestino fallecido en un ataque aéreo israelí.

En cuanto a Irán, su pabellón permanecerá completamente cerrado. Teherán anunció esta decisión tan solo un día antes de la vista previa para la prensa sin proporcionar justificación oficial, aunque observadores especulan que guarda relación con sus tensiones bélicas con Estados Unidos e Israel. Quizás el golpe más dramático llegó cuando el jurado de premiación se retiró en pleno durante abril, precisamente después de manifestar su intención de no otorgar los máximos honores a Israel o Rusia debido a acusaciones de crímenes contra la humanidad ante la Corte Penal Internacional. Como resultado, por primera vez en cuatro décadas no habrá premios León de Oro ni León de Plata, convirtiendo el evento en algo así como una competencia sin ganadores formales.

Eurovisión enfrenta su propia crisis de legitimidad

A cientos de kilómetros de Venecia, en Viena, se alista otro escenario de tensión similar. El festival de la canción europeo, que celebra su septuagésima edición, verá ausencias notables que rompen la tradición de participación prácticamente universal. Irlanda, España, Países Bajos, Islandia y Eslovenia han decidido no concurrir, cada una de estas naciones justificando su retiro como una postura de protesta contra la participación de Israel en la competencia. Estos cinco países representan una porción significativa del continente europeo tanto geográficamente como en términos de popularidad dentro del festival, y su ausencia genera un vacío inusual en lo que debería ser una celebración de la diversidad musical global. A diferencia de Venecia, donde el debate se centra en cómo gestionar la presencia de ciertos actores, Eurovisión enfrenta el desafío opuesto: qué significa la retirada coordinada de participantes para el concepto mismo de una competencia supuestamente abierta a todos.

El contraste se vuelve aún más revelador cuando se observa lo que sucede en otros festivales de arte europeos. El Festival de Cannes, que abrirá sus puertas el próximo miércoles en la Côte d'Azur, ha permanecido notablemente libre de la polarización política que caracteriza a Venecia y Eurovisión. Esta ausencia de furor y boicots colectivos sugiere algo importante sobre la naturaleza de estos eventos: mientras Venecia y Eurovisión están estructurados bajo la lógica de competencia entre naciones representadas, Cannes funciona como un mercado global que simplemente ocurre estar ubicado en el sur de Francia. Esta diferencia fundamental podría explicar por qué uno logra enfocarse en el arte mientras otros dos se ven constantemente acorralados por la política internacional.

El artista que representa Israel en Venecia: un caso de estudio sobre identidad nacional

Belu-Simion Fainaru, nacido en Bucarest, representa a Israel en el pabellón veneciano. El artista ya había representado anteriormente a Rumania en ediciones pasadas de la bienal. Su instalación, titulada Rose of Nothingness, utiliza un sistema de goteo empleado convencionalmente para riego de campos y ha generado controversia considerable. Los críticos argumentan que la obra celebra implícitamente la narrativa de que Israel "floreció en el desierto" mientras ignora deliberadamente cómo el acceso al agua ha sido utilizado como mecanismo de coerción contra Palestina. Fainaru ha insistido públicamente en que asiste a Venecia como artista libre, independiente de cualquier representación gubernamental, pero esta afirmación colisiona con la realidad estructural de cómo funcionan los pabellones nacionales: el financiamiento, la selección de artistas y la narrativa oficial provienen invariablemente de instancias estatales. Por lo tanto, la distinción entre "artista libre" y "representante nacional" que el creador propone se desmorona cuando se examina el andamiaje institucional que hace posible su presencia en primer lugar.

Una pregunta más profunda: ¿politización del arte o globalización de la creatividad?

Aquí emerge un análisis que va más allá del diagnóstico superficial de que "la política está ahogando al arte". El verdadero problema podría ser que el mundo creativo se ha vuelto tan globalizado que el marco de identidad nacional resulta cada vez más inadecuado para capturar la realidad de cómo viven y trabajan los artistas contemporáneos. Los ejemplos abundan: en Cannes, los trabajos más anticipados provienen de directores que desafían cualquier categorización nacional simplista. El cineasta iraní Asghar Farhadi presenta una película rodada en París con elenco francés. El director ruso exiliado Andrey Zvyagintsev ofrece una coproducción entre Francia, Letonia y Alemania. Paweł Pawlikowski filma en Polonia pero con elenco alemán. El realizador rumano Cristian Mungiu sitúa su obra en Noruega. Ninguno de estos creadores puede ser reducido a una sola nacionalidad sin perder elementos esenciales de su identidad artística.

Esta realidad ha comenzado a calar incluso en instituciones consagradas. La Academia de Cine recientemente modificó sus reglas de nominación para los Premios Óscar, estableciendo que el premio a mejor película internacional será acreditado al director en lugar de al país de origen. Este cambio, aparentemente técnico, representa un giro conceptual profundo: reconoce que en el mundo contemporáneo, atribuir una obra creativa a una nación específica es una ficción cada vez más forzada. Los creadores se mueven, colaboran internacionalmente, financian sus proyectos desde múltiples jurisdicciones y responden a lógicas de mercado global antes que a imperativos nacionales. Sin embargo, hay nostalgia por los artistas que viven según los estereotipos nacionales. El viral éxito reciente de Mind Enterprises, un dúo de revivalists del disco italo, lo demuestra: los músicos consumen cócteles Campari en el escenario, usan pantalones Sergio Tacchini de estética retro, y parecen salidos de una película sobre Italia de los ochenta. El detalle revelador es que residen en Barcelona.

Las consecuencias de una encrucijada sin salida clara

A medida que avanzan hacia sus respectivas inauguraciones, Venecia y Eurovisión enfrentan un dilema sin soluciones obvias que satisfagan todas las perspectivas. Por un lado, existe el argumento que sostiene que los espacios culturales deben mantener cierta autonomía respecto de los conflictos geopolíticos, preservando su capacidad de servir como puntos de encuentro donde la humanidad se comunica a través del arte independientemente de fronteras políticas. Desde esta óptica, la ausencia y los boicots debilitan la función civilizadora que estos festivales deberían cumplir. Por otro lado, quienes suscriben a una postura diferente argumentan que el arte nunca fue políticamente neutral, que pretender serlo es engañarse a uno mismo, y que permitir la participación sin cuestionamiento ético equivale a blanquear o normalizar acciones consideradas inaceptables por amplios sectores de la comunidad internacional. Entre estos dos polos, los organizadores de estos eventos deben navegar decisiones que inevitablemente disgustarán a alguien. Las pérdidas económicas potenciales, el daño reputacional y la fractura de comunidades creativas que alguna vez se consideraban cohesivas son costos reales que aún está por verse cómo afectarán la sustentabilidad futura de estas instituciones históricas. Lo que parece claro es que el modelo tradicional de festivales culturales organizados por naciones competidoras enfrentará presiones crecientes a menos que encuentre nuevas formas de reconocer que el arte contemporáneo ha avanzado ya mucho más allá de las categorías territoriales que lo hospedaban.