Mientras diplomáticos estadounidenses recorren las cancillerías del Golfo Pérsico esgrimiendo promesas de seguridad regional, sobre el terreno ocurre algo radicalmente distinto: una proliferación de fuerzas militares no estatales financiadas, armadas y controladas por las mismas potencias que supuestamente negocian la paz. El panorama que emerge de los últimos meses revela una paradoja desconcertante: cuanto más se habla de acuerdos y desescaladas, mayor es la inversión en estructuras de guerra delegada que funcionan como extensiones armadas de estrategias nacionales. Este fenómeno no es nuevo en la región, pero su escala y sofisticación han alcanzado dimensiones sin precedentes, transformando el mapa político y militar de Oriente Medio en un tablero donde los actores estatales juegan mediante peones cada vez más autónomos e impredecibles.

Los líderes de los estados del Golfo expresan preocupaciones profundas sobre cómo la reciente negociación entre Washington y Teherán deja sin resolver las ambiciones regionales de Irán. Específicamente, reclaman que cualquier arreglo debe abordar no solo el arsenal nuclear de la República Islámica, sino también su entramado de patrocinios: Hamas controlando sectores de Gaza, Hezbollah dominando territorios en Líbano, milicias armadas enquistadas en Iraq y los Houthies operando desde Yemen. Lo que muchos observadores internacionales no visibilizan con claridad es que esta red de grupos no surge de la nada. Son entidades cuidadosamente construidas, equipadas y financiadas durante décadas como instrumentos de proyección de poder. Irán invirtió más de cuarenta años en tejer esta red, comenzando con la fundación de Hezbollah en el Líbano con apoyo directo del cuerpo de élite de la Guardia Revolucionaria Islámica. Lo que está en juego ahora es si esa inversión colosal se desmorona o se adapta y fortalece.

La apuesta iraní: regeneración tras el golpe

Analistas y funcionarios de seguridad occidental coinciden en un diagnóstico inquietante: luego de los enfrentamientos prolongados entre 2024 y 2025, Irán probablemente intensificará su apoyo a estos grupos irregulares en lugar de reducirlo. Hezbollah, considerada la piedra angular de la coalición de proxies iraní en todo Oriente Medio, sufrió bajas significativas y no logró cumplir su función estratégica principal: disuadir a Israel de realizar ataques directos. A pesar de estos fracasos tácticos, Teherán mantiene su compromiso con la organización libanesa. Expertos en geopolítica regional sostienen que los líderes revolucionarios iranís interpretan la situación como una "mala fase temporal" de la cual Hezbollah se regenerará eventualmente. Para la estructura de poder en Teherán, resulta absolutamente imprescindible reconstruir y fortalecer sus redes de proxies en toda la región y asegurar que sus órganos decisorios permanezcan bajo control central. Esta lógica explica por qué Irán condicionó cualquier eventual tregua con Estados Unidos a que también cesaran los combates en Líbano, generando así fricciones significativas entre Israel, deseosa de continuar su ofensiva contra Hezbollah, y Washington, que busca una salida diplomática.

Los Houthies, grupos yemenitas con fuertes vínculos históricos con Teherán, solo se sumaron a los enfrentamientos recientes en sus últimas fases. Sin embargo, demostraron capacidades relevantes: lograron lanzar ataques contra objetivos israelíes, aunque con daño limitado, e interrumpieron rutas comerciales internacionales en el Mar Rojo. A diferencia de otras estructuras patrocinadas por Irán, estos grupos mantienen un grado mayor de autonomía operativa. Funcionan conforme a su propia lógica de decisión, que no siempre se alinea con las prioridades de sus patrocinadores. En Iraq, las milicias de mayoría shií, nutridas y respaldadas por Irán durante más de veinte años, ejecutaron movimientos durante el conflicto pero nunca desplegaron toda su capacidad ofensiva. Grupos estas formaciones reclamaron responsabilidad por docenas de ataques con drones y cohetes contra instalaciones estadounidenses y objetivos en Kuwait, pero no movilizaron la totalidad de sus fuerzas. Los contraataques letales de Estados Unidos y la complejidad de la política doméstica iraquí llevaron a muchos líderes de facciones a mantener una prudencia estratégica, evitando escalar los enfrentamientos con Washington de manera irreversible. Estos grupos, según especialistas, mantienen un perfil de aversión al riesgo superior al que preferiría Teherán.

El tablero israelí y estadounidense: proxies con resultados contradictorios

Israel e indirectamente Estados Unidos han invertido recursos en movilizar fuerzas irregulares propias, con resultados dispares. En enero pasado, Washington e Israel intentaron activar grupos armados entre minorías étnicas de Irán: árabes del suroeste y baluchis del sureste. Los intentos resultaron fallidos. Los contactos iniciales existieron, pero nunca cristalizaron en movilizaciones significativas. De manera similar, la estrategia estadounidense-israelí con facciones kurdas del norte iraquí tampoco rindió los frutos esperados, a pesar de los lazos históricos entre estas comunidades y ambas potencias. Durante más de dos décadas, un plan estadunidense permaneció archivado, listo para activarse en caso de confrontación directa: movilizar varios miles de combatientes kurdos ligeramente armados, acompañados por fuerzas especiales estadounidenses, para cruzar hacia el noroeste iraní. Protegidos por cobertura aérea de Estados Unidos e Israel, estos combatientes avanzarían lo más rápido y lejos posible con el objetivo de desestabilizar el régimen en Teherán e incitar levantamientos en otras regiones. Las fuerzas militares convencionales y paramilitares iraníes se verían obligadas a defender contra este avance, exponiéndose así a bombardeos devastadores.

Los analistas y oficiales militares que conocen este plan archivado divergen en sus evaluaciones sobre sus probabilidades de éxito. Algunos sostienen que una fuerza kurda con asesores estadounidenses incrustados podría haber penetrado Irán con rapidez sorprendente; otros sugieren que avanzar más allá de las regiones controladas por kurdos en el noroeste habría sido extraordinariamente difícil, quizá imposible. En la práctica, solo había "algunos cientos" de combatientes disponibles para despliegue inmediato, y los líderes kurdos guardaban reservas sobre Washington tras lo que percibían como un "abandono" en Siria semanas antes, cuando Estados Unidos respaldó un acuerdo que subordinó las autoridades civiles y militares kurdas al control del gobierno central. Tanto funcionarios estadounidenses como kurdos confirmaron que el plan original requería un período de preparación de doce a veinticuatro meses para entrenar suficientes combatientes, distribuir armamento y crear un mando unificado. Sin embargo, la Casa Blanca parecía operar bajo la ilusión de que la operación podría ejecutarse en cuestión de días. Un factor determinante fue la oposición personal del presidente turco Recep Tayyip Erdoğan, que persuadió a Donald Trump a reconsiderar su posición después de varios días durante los cuales cazas israelíes bombardeaban comisarías policiales, cuarteles y puestos fronterizos iraníes para abrir corredor a posibles operaciones kurdas.

En Siria, los servicios de inteligencia israelíes han suministrado efectivo, información clasificada y armamento a una nueva milicia druza surgida recientemente. Funcionarios militares israelíes describieron la creación de este Consejo Militar como una medida defensiva para resguardar a la minoría religiosa druza, amenazada en la región. No obstante, expertos advierten que esta estructura también busca resistir la consolidación de autoridad del nuevo gobierno sirio en territorios donde viven drusos, lo que favorece los intereses estratégicos israelíes. En Gaza, Israel ha desarrollado una serie de milicias palestinas para combatir a Hamas, que ha recuperado autoridad sobre los 2,3 millones de palestinos que habitan territorios no ocupados por Israel, que representa el 60 por ciento o más del enclave. Estas fuerzas auxiliares han llevado a cabo incursiones contra Hamas y tareas tácticas muy limitadas, pero con resultados altamente inconsistentes. Evaluadores independientes sostienen que estas milicias no alterarán en absoluto la situación estratégica en Gaza: carecen de apoyo popular y no pueden representar alternativa alguna frente a Hamas.

La trampa de los proxies: eficacia ilusoria y caos garantizado

A lo largo de Oriente Medio existe un esfuerzo explícito para desmovilizar milicias y fortalecer las instituciones estatales como mecanismo para contrarrestar la inestabilidad creciente. Paradójicamente, la tentación de recurrir a fuerzas irregulares persiste a pesar de los riesgos manifiestos. Conflictos recientes y en curso en Siria, Libia, Sudán y en otras latitudes han demostrado extensamente cómo las fuerzas proxy se multiplican sin control. Especialistas en seguridad regional subrayan una conclusión que emerge de la experiencia acumulada: los proxies no son simplemente inútiles desde una perspectiva estratégica de largo plazo. Causan daño activo. Fragmentan estructuras de autoridad, generan dinámicas de competencia entre patrocinadores rivales, y crean incentivos perversos para que grupos locales continúen armados indefinidamente en busca de financiamiento externo. La lógica que sostiene el uso de fuerzas irregulares es seductora para los tomadores de decisión en potencias regionales y globales: permite proyectar poder sin exponerse directamente, compartir costos políticos y militares con terceros, y mantener plausible denegación sobre operaciones que ocurren en territorio ajeno. Sin embargo, esta racionalidad a corto plazo choca frontalmente con los resultados a mediano y largo plazo: estados debilitados, instituciones deslegitimadas, poblaciones civiles atrapadas entre múltiples fuerzas sin lealtad clara, y finalmente, una inestabilidad que se perpetúa a sí misma.

La paradoja de Oriente Medio en este momento reside en que cada actor principal—Irán, Israel, Estados Unidos—opera bajo supuestos que tienen sentido desde su perspectiva táctica inmediata pero que colectivamente generan un resultado que ninguno de ellos desea realmente: un caos regional profundo y persistente. Irán busca mantener su influencia mediante redes de proxies para compensar su debilidad militar convencional. Israel utiliza fuerzas irregulares para alcanzar objetivos de seguridad sin asumir completamente los costos políticos internacionales de operaciones estatales directas. Estados Unidos intenta manipular dinámicas locales mediante aliados proxy para limitar su presencia militar directa y reducir bajas estadounidenses. Cada una de estas lógicas es comprensible desde adentro, pero su suma produce un sistema de incentivos perverso donde la estabilidad no emerge naturalmente de las interacciones entre actores, sino que requeriría un grado de coordinación y acuerdo que actualmente parece estar fuera del alcance. Las negociaciones diplomáticas continúan en las oficinas de los ministerios de relaciones exteriores, mientras en las calles, pueblos y ciudades de Líbano, Gaza, Iraq, Siria y Yemen, fuerzas armadas no estatales continúan sus operaciones conforme a lógicas que sus patrocinadores apenas controlan completamente y que, en muchos casos, obedecen a dinámicas políticas, sectarias y territoriales locales que escapan a la comprensión de Teherán, Tel Aviv o Washington.