Después de tres años de conflicto armado que transformó el territorio en un escenario de destrucción permanente, cientos de niños volvieron al agua. No en piscinas olímpicas ni en instalaciones deportivas convencionales, sino en estructuras precarias levantadas manualmente en las costas del centro gazatí, donde voluntarios excavaron arena y apilaron sacos rellenos de tierra para crear depósitos que funcionan como oasis de normalidad en un paisaje de ruinas. El agua que contienen estas construcciones artesanales representa algo que trasciende lo deportivo: es la posibilidad de escapar, aunque sea brevemente, de una realidad que marca a fuego la psicología infantil en tiempos de conflicto prolongado.
Las dimensiones del trauma que atraviesan las nuevas generaciones de Gaza adquieren magnitudes casi incomprensibles cuando se analizan los datos. Encuestas realizadas hace pocos meses revelaron que el 96% de los menores experimenta la sensación de que la muerte es inminente. Uno de cada diez integrantes de la población infantil previa al conflicto ha sido asesinado o herido en ataques. La cifra de amputados entre la población pediátrica gazatí es la más elevada del planeta. Organismos internacionales de derechos humanos advierten que la discapacidad entre infantes palestinos ha dejado de ser una condición médica individual para constituirse en una característica demográfica definitoria de toda una generación. La hambruna provocada deliberadamente mediante el cerco ha dejado secuelas que marcarán para siempre el desarrollo cognitivo y físico de miles de criaturas. Durante tres años consecutivos no existió educación formal: de los casi 700.000 niños en edad escolar que habitan el territorio, solo una minoría accede a improvisadas aulas improvisadas bajo carpas instaladas por organizaciones humanitarias. Las estructuras educativas fueron prácticamente obliteradas. Los sobrevivientes viven hacinados en campamentos precarios, bajo tiendas de campaña sofocantes, sin acceso a agua potable ni servicios sanitarios básicos.
El fundador que se negó a rendirse
Hace más de veinte años, Amjed Tantesh inauguró la primera academia de natación de Gaza. Su motivación inicial no provenía de una vocación olímpica frustrada, aunque eso jugaba un rol. A mediados de los noventa, Palestina había alcanzado su debut en los Juegos Olímpicos de Atlanta, abriendo una ventana a sueños que parecían inalcanzables. Tantesh deseaba competir, pero comenzó su carrera deportiva demasiado tarde. Entonces reorientó su propósito: transmitir a generaciones posteriores lo que él no pudo lograr. Sin embargo, existía una motivación igualmente poderosa y más inmediata. Cada estación estival traía un saldo de ahogamientos en el mar Mediterráneo. Familias enteras se dirigían a las playas buscando alivio del calor sofocante, pero la mayoría carecía de habilidades básicas de nado y no existían socorristas. Los números eran espeluznantes: decenas de personas perecían anualmente en las aguas que rodeaban Gaza.
Con esta doble motivación, Tantesh enfrentó su primer obstáculo titánico: el miedo cultural. Los padres y madres rechazaban la idea de que sus hijos aprendieran a nadar. El océano representaba una amenaza casi mitológica, una entidad voraz que devoraba vidas sistemáticamente. Fue necesario un trabajo de persuasión paciente, constante, para transformar esa percepción. Gradualmente, la aceptación creció. Los primeros entrenamientos tuvieron lugar en el puerto gazatí, donde los rompeolas naturales ofrecían protección contra las olas turbulentas. Posteriormente, Tantesh expandió la operación construyendo una serie de piscinas a lo largo de la costa. La más ambiciosa de estas instalaciones, edificada con escombros provenientes de hogares demolidos durante los bombardeos de 2014, superaba los 1.000 metros cuadrados. A través de estas estructuras, aproximadamente 11.000 personas aprendieron a nadar. Era un legado de seguridad, de vidas salvadas, de infancia rescatada del peligro.
La devastación y la reconstrucción imposible
Los ataques aéreos iniciados en 2023 aniquilaron toda esa infraestructura. Las piscinas fueron arrasadas. El equipamiento desapareció. Pero la pérdida material palidece ante la humana: decenas de estudiantes de natación murieron, junto con un mínimo de seis entrenadores certificados. Otros tantos padecieron heridas graves. Cuando Tantesh contempló lo que quedaba, la sensación fue de derrota absoluta. Reanudar las clases parecía un acto de locura. ¿Cómo reconstruir cuando no existen máquinas pesadas disponibles? ¿Cómo motivar a niños traumatizados para que confíen nuevamente en el agua? Sin embargo, Tantesh movilizó a docenas de voluntarios dispuestos a trabajar sin remuneración. La metodología fue primitiva pero efectiva: excavación manual de enormes cantidades de arena, llenado de sacos con tierra, apilamiento de estas estructuras improvisadas para formar muros que contuvieran el agua marina. Mediante el esfuerzo colectivo, surgieron cinco estanques improvisados en las playas del centro de Gaza, cubiertos parcialmente con lona para proteger del implacable sol mediterráneo.
Las historias de quienes ahora disfrutan de estas piscinas revelan el abismo emocional del cual emergen. Alma Shabat tiene trece años. Hace menos de cuatro meses presenció cómo un ataque aéreo asesinaba a su madre. Asistió a las clases durante tres semanas y aprendió a realizar el estilo libre. Hizo amigas nuevas. Superó el terror ancestral a las olas y al mar abierto. Sus palabras son lacónicas pero cargadas de significado: la natación le otorga la oportunidad de escapar de la guerra, de las preocupaciones cotidianas que definen su existencia. Visitar la playa ya no es una amenaza sino una experiencia hermosa y placentera. Maryam al Musri tiene diez años y perdió a su padre en el conflicto. Su testimonio enfatiza lo que representa estar en la playa: entrenamiento físico, juego, aire fresco, ruptura respecto del sofocante ambiente de las tiendas de campaña donde viven hacinados. Laila Qahman tiene catorce años. Su hermano menor, de apenas siete, fue asesinado cuando una mezquita cercana al lugar donde jugaba fue bombardeada. Ella sueña con ser farmacéutica, un proyecto que parece distante y casi irreal. Sin embargo, la natación le proporciona algo tangible: la posibilidad de relajarse, refrescarse, olvidar temporalmente que habita bajo un toldo donde los sonidos de la artillería y el miedo constituyen la banda sonora constante. Antes de aprender a nadar, Laila evitaba el agua. Ahora nada con confianza renovada.
Hasta el momento, 700 menores completaron seis semanas de instrucción, pero Tantesh alberga ambiciones mucho más vastas. Aspira a que miles más accedan a estas clases durante los próximos meses, siempre que logre financiamiento para pagar a los instructores (actualmente todos trabajan de manera voluntaria) y cubrir gastos operacionales elementales. Cada sesión matutina está destinada específicamente a niños que perdieron a uno o ambos progenitores. Por las tardes, las piscinas se abren al público general y se convierten en imanes que atraen multitudes de menores buscando sumergirse en aguas tibias que ofrecen alivio físico e inmediato del calor abrasador y, más profundamente, de la opresión psicológica. El proceso de reconstrucción también ha operado en un nivel personal para Tantesh. Su hermano mayor, Bahjat, era campeón de karate. Fue quien le enseñó a nadar en primer lugar, quien lo inspiró a perseguir la excelencia deportiva como joven adulto. Hace poco más de un año, mientras ambos huían de sus hogares bajo orden de evacuación impuesta, Bahjat murió en sus brazos. La restauración de las clases no es solo un proyecto comunitario sino un acto de duelo transformado en acción, una manera de seguir viviendo cuando la vida parece haber perdido su significado.
Las implicancias futuras de esta iniciativa se extienden más allá de lo inmediato. La reconfiguración del tejido social en territorios sometidos a conflictos prolongados depende, entre otros factores, de la capacidad de recuperar espacios de normalidad y alegría incluso bajo circunstancias extremas. Las estructuras deportivas y recreativas funcionan como anclajes psicológicos que contrarrestan la fragmentación emocional inducida por la violencia sistemática. El acceso a educación acuática también mitiga riesgos concretos: la natación salva vidas cuando ocurren accidentes en el agua. Por otra parte, la sostenibilidad de estas operaciones depende de factores externos como financiamiento continuado y, más fundamentalmente, de la resolución del conflicto que las originó. La pregunta que permanece abierta es cuánto tiempo estos oasis de normalidad pueden subsistir en un desierto de caos, y si la construcción de piscinas con escombros constituye un acto de esperanza genuina o una forma de resistencia que, sin cambios estructurales más amplios, corre el riesgo de ser nuevamente destruida.



