Un episodio que permanecía envuelto en la incertidumbre salió a la luz con claroscuros inquietantes: supuestos esfuerzos coordinados entre potencias occidentales para instalar en el poder a una figura política de Irán cuya trayectoria pública había sido, precisamente, la del enfrentamiento visceral contra esos mismos intereses. La revelación no solo desmorona la narrativa de una conspiración quirúrgica y eficaz, sino que expone la brecha abismal entre las aspiraciones geopolíticas de Washington y Tel Aviv, y la realidad interna de un país cuya estructura de poder dista mucho de ser vulnerable a maniobras externas. Lo que emerge de este relato fragmentado es una lección incómoda: ni el dinero, ni la tecnología militar, ni la inteligencia de agencias de espías pueden garantizar que los pueblos se plieguen a los designios externos.

Según reportes que circularon en los medios especializados, Israel habría estado considerando la posibilidad de posicionar a Mahmoud Ahmadinejad como alternativa de poder en Teherán, un giro tan inesperado que fue recibido con escepticismo generalizado. Ahmadinejad había gobernado Irán entre 2005 y 2013, período caracterizado por declaraciones que desafiaban directamente a Israel y sus aliados occidentales. Sus ataques públicos contra el Estado hebreo fueron sistemáticos y sin matices durante esos ocho años. Sin embargo, tras su salida de la presidencia, su posición dentro de la estructura estatal se deterioró progresivamente, especialmente después de sus fricciones con Ali Khamenei, el máximo líder religioso y político de Irán. En los años subsiguientes, Ahmadinejad se reinventó: pasó de ser el funcionario iconoclasta a presentarse como crítico de la cúpula gobernante y defensor de los intereses de los sectores populares. Esta metamorfosis política lo colocó en una posición paradójica: enemigo del régimen desde adentro, pero también figura demasiado tóxica para los occidentales que supuestamente querían utilizarlo.

Los detalles de una operación cuestionada

El componente militar de este presunto plan tomó forma el 28 de febrero, cuando se registraron bombardeos israelíes contra objetivos en Teherán. Las informaciones iniciales que circulaban en medios iraníes hablaban de un ataque directo contra la vivienda de Ahmadinejad, incluso se especuló sobre su muerte. La realidad que después emergió de las imágenes satelitales fue distinta: el impacto había alcanzado una instalación de seguridad ubicada en las proximidades de su domicilio en Narmak, en el noreste de la capital. Los reportes posteriores indicaban que varios de sus guardaespaldas habían fallecido mientras que el ex mandatario sufrió heridas menores. Según los reportajes que circularon entonces, la hipótesis flotante en círculos políticos era que Ahmadinejad podría capitalizar el caos generado por la agresión aérea para lanzar una ofensiva por recuperar el poder. Sin embargo, esa lectura de los hechos nunca se materializó en la práctica.

La credibilidad de este relato esquemático se erosionó rápidamente. Medios de comunicación iraníes cuestionaron la versión de que Ahmadinejad estuviera bajo arresto domiciliario en ese momento. Expertos en inteligencia y analistas políticos vieron en el relato signos de implausibilidad manifiesta o, en algunos casos, la firma característica de operaciones de desinformación típicas de aparatos de espionaje. Algunos sugirieron que los propios simpatizantes de Ahmadinejad o los servicios israelíes podrían estar filtrando una narrativa diseñada para fortalecer su imagen como perseguido político o para sembrar dudas sobre la cohesión del régimen. Lo concreto es que la anécdota revela algo más profundo que la cuestión de su veracidad: expone cuán mal leyeron Washington y Tel Aviv la arquitectura política interna de Irán y cuán sobrestimaron su capacidad para remodelar realidades mediante el uso de la fuerza aérea.

Las grietas de una estrategia occidental sobredimensionada

La administración estadounidense, en ese contexto de tensiones crecientes, enfrentaba presiones domésticas de consideración. Los precios de la gasolina en el mercado interno habían escalado de manera significativa, generando descontento en la opinión pública. Ante esa realidad política interna, el gobierno buscaba encontrar una salida del conflicto sin perder cara. Donald Trump anunció públicamente que había demorado un nuevo ataque aéreo luego de las gestiones de líderes del golfo. Poco después, sin embargo, mantuvo una conversación telefónica extensa con Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, en la cual se discutieron opciones para una eventual reanudación de las hostilidades. Cuando se le preguntó sobre la capacidad de frenar a Israel en un nuevo envío de ataques, Trump respondió de manera que dejaba poco espacio a interpretaciones: indicó que Netanyahu haría lo que él deseara que hiciera, aunque formuló esta aseveración en términos elogiosos hacia el funcionario israelí.

El presidente estadounidense también comunicó su deseo de ver el estrecho de Ormuz abierto al tránsito comercial, rechazando al mismo tiempo sugerencias de que estuviera bajo presión política por las elecciones legislativas próximas. En sus declaraciones públicas, enfatizaba que no tenía apuro alguno en acelerar operaciones militares. Paralelamente, expresó una preferencia matemáticamente peculiar: indicó que habría preferido que en un enfrentamiento militar muriera "un poco de gente" en lugar de "mucha gente", dando a entender que consideraba ambas opciones como viables dentro de su matriz de decisión. Estas declaraciones ilustraban el nivel de desconexión entre la retórica política y la realidad de las consecuencias de una escalada bélica sin límites definidos.

Desde la perspectiva de Teherán, la situación se interpretaba desde una lógica radicalmente diferente. Las autoridades iraníes manifestaban su convicción de que su control sobre las rutas comerciales y energéticas globales les otorgaba un poder de negociación en expansión. Se rehusaban categóricamente a aceptar las exigencias estadounidenses respecto de políticas nucleares domésticas. Su posición negociadora apuntaba a un objetivo distinto: buscaban que se levantaran las sanciones económicas internacionales que asfixiaban su economía, y ofrecían a cambio el fin del bloqueo que mantenían sobre el estrecho de Ormuz. Los Estados Unidos, por su parte, habían respondido a esa estrategia con un contra-bloqueo de sus propios puertos, intentando detener las exportaciones de petróleo iranío, cuyo principal destino eran las arcas chinas, constituyendo la fuente de ingresos de divisas más importante para el país persa. El Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica emitió advertencias explícitas indicando que de reanudarse los ataques estadounidenses, expandirían el teatro de operaciones más allá de los límites geográficos de Oriente Próximo.

En cuanto a Ahmadinejad, su perfil político había experimentado una degradación sostenida a lo largo de casi dos décadas. Su ruptura con Khamenei en 2011 marcó el comienzo de su declive institucional. Un año después, Ali Larijani, su rival político dentro de la estructura estatal, fue electo como presidente del parlamento. Sus disputas originales habían girado alrededor de nombramientos de funcionarios, decisiones de política económica, y también en torno al nacionalismo que promovía Ahmadinejad, el cual incluía la glorificación de la antigüedad persa preislámica. En 2018, fue detenido después de emitir críticas al gobierno que para entonces conducía Hassan Rouhani, sucesor suyo en la presidencia. Ahmadinejad denunció públicamente que algunos líderes del país vivían desconectados de los problemas cotidianos de la población y no comprendían la realidad de las personas comunes. Le fue vedado de manera reiterada el acceso a candidaturas presidenciales, incluyendo el proceso electoral de 2024. Tras esa exclusión, su voz pública se tornó prácticamente inaudible. Su respuesta a los bombardeos israelíes de febrero fue tan tibia que pasó desapercibida. En un giro que captura el alcance de su transformación, viajó a Hungría en junio para ofrecer una conferencia, un país que mantiene relaciones de carácter favorable con Israel, lo cual habría requerido necesariamente aprobación gubernamental dentro de Irán.

Las implicancias a largo plazo de un fracaso expuesto

El episodio de Ahmadinejad funciona como un espejo que refleja las limitaciones estructurales de las estrategias occidentales en Oriente Próximo. El objetivo estadounidense, formulado explícitamente en las primeras etapas de su campaña de bombardeos, era replicar en Irán el modelo que supuestamente había funcionado con Venezuela. La referencia específica era la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, aunque mantuviendo intacto el aparato estatal caracense. La vicepresidenta Delcy Rodríguez habría cooperado mayormente con Washington bajo este nuevo arreglo. Sin embargo, la dinámica interna de Irán presenta complejidades que no encuentran paralelo en el caso venezolano. La relación entre Ahmadinejad y la estructura de poder de Teherán es demasiado erosionada, demasiado conflictiva, como para que pudiera servir de puente hacia una transición controlada que satisfaga tanto a los ocupantes del poder actual como a los diseñadores de la política exterior estadounidense. Un Ahmadinejad en el poder, aunque crítico del régimen que lo marginó, sería probablemente tan resistente a las demandas externas como lo es la administración Khamenei. Su pasado de hostilidad hacia Israel lo hace aliado implausible incluso para los arquitectos del complot que supuestamente lo colocaron en la mira de los bombarderos israelíes.

La confluencia de estos hechos genera un panorama en el cual múltiples lecturas coexisten sin necesidad de resolverse en una sola verdad. Para algunos observadores, el relato de la operación destinada a instalar a Ahmadinejad representa un acto de disinformación, una maniobra de comunicación política diseñada para generar confusión sobre la cohesión del régimen iraní. Para otros, constituye un testimonio auténtico de planes que nunca llegaron a madurar porque la realidad política simplemente no cooperó con los guionistas. Lo que permanece incuestionable es que tanto Washington como Tel Aviv hicieron apuestas sobre la vulnerabilidad interna del sistema político iranio que no se materializaron. Las instituciones estatales persas, a pesar de sus tensiones internas y sus conflictos faccionarios, demostraron una resiliencia mayor de la que los diseñadores de estas estrategias habían anticipado. La capacidad de proyectar poder militar global no se traduce automáticamente en la habilidad de remodelar las estructuras políticas internas de otros estados. Las economías de la información, los ejercicios de soft power, y las operaciones encubiertas pueden generar perturbaciones, pero no pueden sustituir los cálculos que los actores domésticos realizan sobre sus propios intereses. El caso de Ahmadinejad ilumina estas contradicciones: un personaje que una vez fue símbolo de defensa nacional y confrontación con los poderes occidentales, transformado gradualmente en crítico marginal y finalmente en figura tolerada que transita por capitales aliadas de Israel. Los mecanismos de su transformación fueron internos, resultado de sus propias decisiones estratégicas y de su incapacidad para mantener coaliciones de poder dentro del aparato estatal. Ningún bombardeo aceleró ese proceso; ningún plan occidental fue necesario para su marginación. La lección que se desprende de este episodio es que los poderes externos, por más recursos que movilicen, permanecen fundamentalmente limitados en su capacidad de moldear futuros políticos que no encuentren arraigo en las dinámicas internas de las sociedades que pretenden transformar.