La ocupación prolongada de territorios libaneses por parte de fuerzas israelíes ha generado un fenómeno político tan peligroso como inesperado: el Estado libanés se encuentra compitiendo por la legitimidad con una organización que porta armas y mantiene estructuras de poder paralelas. Esta competencia no ocurre en los salones diplomáticos ni en los despachos ministeriales, sino en los hogares de decenas de miles de personas que han perdido todo y deben elegir en quién confiar para sobrevivir. Lo que está en juego trasciende las negociaciones internacionales o los acuerdos de cese del fuego: es nada menos que la viabilidad del Estado-nación libanés como institución capaz de proteger y sostener a su población.

Fátima al-Ashkar, una mujer de veintiséis años residente en Markaba, al sur del país, tuvo que recurrir a los juguetes de sus hijos para explicarles la muerte de su padre. Utilizó soldaditos de plástico para simular una batalla, luego tomó un avión en miniatura e hizo que descendiera sobre las figurillas mientras les decía a los pequeños que "Israel vino y bombardeó aquí". Su esposo, Mohammed Ali, formaba parte de las filas de Hezbollah y fue asesinado en combate contra Israel a principios de abril. Pero lo que distingue este relato de tantos otros es lo que ocurrió después. La maquinaria sofisticada de asistencia social que Hezbollah ha construido durante décadas intervino rápidamente. La fundación de mártires de la organización localizó y amuebló un apartamento completo para al-Ashkar y sus hijos en los suburbios meridionales de Beirut, asumiendo la totalidad del alquiler. Desde entonces, la fundación proporciona estipendios mensuales para cada niño, cubre íntegramente los gastos escolares y financia todos los servicios médicos de la familia. Periódicamente, representantes de la organización visitan el hogar para ofrecer sesiones de apoyo psicológico. "Hezbollah nos está apoyando. Hacen todo por nosotros", expresó al-Ashkar con una gratitud que refleja no solo agradecimiento material sino una certeza: el Estado no estaba allí.

Cuando la institución falla, emergen las alternativas

El fenómeno que ilustra el caso de al-Ashkar se repite en toda la región meridional y en los suburbios de Beirut, donde decenas de miles de personas fueron desplazadas o perdieron a seres queridos durante los conflictos recientes. Frente a la ausencia estatal, muchos residentes se vieron obligados a dirigirse a Hezbollah, no necesariamente por convicción ideológica sino por simple supervivencia. Algunos lo hicieron porque creían en la organización; otros porque literalmente no tenían otra opción. El Estado libanés, atrapado en una crisis financiera profunda y con instituciones debilitadas por décadas de conflicto y corrupción, simplemente no tiene la capacidad de proveer lo que Hezbollah ofrece: vivienda, subsidios económicos continuos, educación gratuita, atención médica integral y contención emocional organizada.

Esta realidad pone al gobierno libanés frente a un desafío que trasciende ampliamente la cuestión del armamento. Estados Unidos e Israel presionan para que Líbano desarm a Hezbollah, asumiendo que la solución es principalmente militar. Sin embargo, las autoridades libanesas comprenden que el verdadero problema es infinitamente más complejo. Deben persuadir a millones de personas de que el Estado puede ofrecerles seguridad y bienestar cuando, hasta el presente, ha demostrado una capacidad limitada para ambas cosas. Simultáneamente, deben contender con un sistema de servicios sociales profundamente enraizado que ha operado durante más de treinta años, construyendo lealtades que van más allá de la política hacia el terreno de la supervivencia cotidiana.

Las divisiones internas sobre Hezbollah se han endurecido tras los últimos enfrentamientos. Los críticos de la organización responsabilizan a ésta por provocar la guerra al lanzar cohetes hacia Israel el 2 de marzo, acción que desencadenó la invasión y ocupación territorial israelí actual. Por su parte, los simpatizantes de Hezbollah acusan al gobierno de humillar al país al negociar directamente con Israel sin responder a sus ataques. "Honestamente, no me importa el Estado. Antes solíamos decir: 'Deberían hablar, deberían hacer algo.' Ahora, hablen o no hablen, no hace diferencia para nosotros", manifestó al-Ashkar, cuyo hogar fue destruido durante lo que supuestamente era un período de cese de fuego en 2024. Su aldea permaneció ocupada por tropas israelíes hasta el año 2000, lo que significa que ella vivió gran parte de su infancia bajo ocupación extranjera.

El Estado intenta reconstruirse, pero Israel sigue pisoteando el terreno

Conscientes de la gravedad de la situación, las autoridades libanesas han identificado tres zonas piloto –territorios recientemente evacuados por las fuerzas de ocupación– como espacios donde podrían demostrar la capacidad estatal de reconstrucción y protección. La estrategia es deliberada: en lugar de permitir que organismos locales vinculados al movimiento Amal, aliado de Hezbollah, conduzcan la reconstrucción como ocurrió en conflictos previos, ahora es el ejército libanés quien encabeza los proyectos de infraestructura. La lógica oficial es que, haciendo visible al Estado en cada proyecto de reparación de caminos o rehabilitación de servicios básicos, los ciudadanos gravitarán hacia las instituciones de Beirut en lugar de hacia las estructuras de Hezbollah. Además, al controlar directamente estos trabajos, el ejército puede garantizar que no se utilicen para propósitos militares, cumpliendo así con los términos de los acuerdos internacionales.

Pero esta narrativa de reconstrucción estatal colisiona permanentemente contra una realidad brutal: Israel continúa bombardeando territorio libanés varias veces al día, y el gobierno libanés no responde militarmente. La semana pasada, tropas israelíes volaron el edificio municipal, una escuela pública y una clínica en la localidad oriental de Zawtar, precisamente frente a una de las zonas piloto. Estos actos socavan inmediatamente cualquier mensaje sobre la capacidad del Estado para defender a su población. Un oficial de seguridad libanés de alto rango, quien pidió anonimato, reconoció sin eufemismos la magnitud del problema: "Esto requiere un enfoque de gobierno integral. Para los simpatizantes de Hezbollah, estamos hablando de tres generaciones de adoctrinamiento social. Hay que comenzar con la cultura, luego lograr inclusión política y solo entonces podemos hablar de seguridad". El funcionario fue brutalmente honesto sobre otra limitación: el Estado no tiene recursos financieros para competir con la red de servicios que Hezbollah ha desplegado. Tia Abdalah, una mujer desplazada de la aldea fronteriza de Aitaroun, articula esta brecha material con precisión: "Recibimos tratamiento médico, medicinas gratis, análisis de sangre de parte de Hezbollah y Samidoun. Del Estado, no hemos recibido nada. Las manos del ejército estaban atadas por el gobierno". Significativamente, Abdalah no tiene afiliación con Hezbollah, pero aun así recibió estipendios mensuales en efectivo y cajas de alimentos de la organización.

Mustapha Hamze, un médico de sesenta y seis años de los alrededores de Nabatieh, representa otra perspectiva del mismo dilema. Hamze es crítico tanto de Hezbollah como del Estado, pero su frustración ilustra cómo ambos generan desconfianza. Un dron israelí le disparó cuando intentaba acceder a su propia casa en los primeros días de la guerra. Desde entonces, solicitó al ejército libanés autorización para visitarla a través de mecanismos de "paso seguro" que existen en el marco de acuerdos de desconflicción con Israel, pero su solicitud permanece sin respuesta. "Israel dice que quiere paz, eso es mentira. Pero Hezbollah también necesita guerras; estos grupos viven a través de la guerra. Tienen armas y te quitan todo. Se parecen entre sí", expresó Hamze. "No hay otra organización política fuerte. Hezbollah quiere que todos estén con ellos y bajo su ala; cualquier otra cosa es inaceptable". Pero también reconoce la incapacidad del Estado: "Tengo poca fe en que el Estado libanés pueda defender mis derechos".

Los oficiales libaneses comprenden que uno de sus mayores desafíos será restaurar la confianza en las instituciones estatales, particularmente entre los simpatizantes de Hezbollah. Este esfuerzo no es meramente técnico o administrativo, sino que implica reescribir narrativas de protección y seguridad que han sido construidas durante tres décadas. Sin embargo, cada bombardeo israelí sin respuesta estatal, cada documento administrativo que no llega, cada promesa de reconstrucción que demora, refuerza el mensaje inverso: que el Estado es débil, que Hezbollah es fuerte, que la lealtad debe fluir hacia quienes demuestran capacidad de respuesta inmediata.

La paradoja fundamental es que los funcionarios libaneses también son conscientes de que las zonas piloto no funcionarán sin un cronograma claro para la retirada israelí. Como expresó el oficial de seguridad: "Queremos expulsar a Hezbollah, pero no queremos parecer que estamos jugando el papel del Ejército del Sur Libanés", haciendo referencia al grupo proxy que Israel utilizó para mantener su ocupación del sur libanés entre los años ochenta y 2000. La legitimidad del Estado está siendo minada no solo por sus propias deficiencias, sino por la ocupación extranjera que continúa en territorio libanés. Para personas como Fátima al-Ashkar, cuyo esposo murió en lo que ella considera la defensa del país contra Israel, el Estado ofrece poco más que promesas vacías. "Israel llama por teléfono al ejército y le dice: 'Abandonen el pueblo', y abandonan el pueblo. Luego no queda nadie defendiéndolo… A veces sientes que trabajan para los israelíes", señaló.

Las consecuencias de una ruptura institucional

Lo que está ocurriendo en Líbano plantea interrogantes sobre los fundamentos mismos de la legitimidad estatal en contextos de ocupación militar prolongada y conflicto crónico. Si el Estado no puede proteger a su población, si no puede garantizar acceso a vivienda o educación o salud, ¿por qué los ciudadanos deberían dirigirse a él en lugar de hacerlo hacia organizaciones que sí pueden proveer estos servicios? Esta pregunta no tiene respuesta fácil. Algunos analistas sostienen que fortalecer las instituciones estatales es la única salida viable a largo plazo; otros advierten que sin cambios en la política de ocupación israelí, ningún esfuerzo de reconstrucción estatal tendrá éxito. Hay quienes plantean que la solución requiere simultaneidad: que Israel se retire, que el Estado libanés se fortalezca y que se negocie algún tipo de transición gradual en el rol de Hezbollah en la sociedad civil. Las perspectivas divergen sobre si esto es viable, probable o simplemente un ejercicio de pensamiento deseable. Lo que parece indiscutible es que el status quo actual –ocupación sin fin, debilidad estatal, fortalecimiento de actores no estatales– conduce a la fragmentación institucional y política del país.