La cumbre del G7 que se desarrolla en la ciudad balnearia francesa de Évian-les-Bains enfrenta un desafío inédito: lograr que siete líderes de las potencias más industrializadas del mundo logren consensos significativos mientras uno de ellos—el anfitrión estadounidense—mantiene un historial de abandonos estratégicos y comportamientos disruptivos durante estos encuentros multilaterales. Emmanuel Macron, quien oficia como anfitrión, ha estructurado cuidadosamente una agenda intentando minimizar fricciones, pero nadie en el palacio presidencial francés tiene certeza de cuántas horas permanecerá su invitado de honor antes de desplegarse en alguna dirección inesperada. Este dilema resume las tensiones geopolíticas contemporáneas: cómo mantener viva la arquitectura de cooperación internacional cuando los actores principales juegan con reglas constantemente cambiantes.

El historial no es alentador. Durante la cumbre anterior celebrada en Canadá, en territorio de Kananaskis, el mandatario estadounidense se retiró anticipadamente argumentando compromisos relacionados con la escalada del conflicto en Irán. Antes de partir, además, lanzó críticas públicas contra Macron, calificándolo de "buscador de publicidad" y aseverando que el líder francés "de manera intencional o no, siempre se equivoca." El presidente galo optó por no responder con igual agresividad. De hecho, ejecutó una maniobra diplomática poco convencional: trasladó el inicio formal de la cumbre actual para permitir que Trump celebrara su octogésimo cumpleaños con un evento de artes marciales mixtas en el jardín de la Casa Blanca. Es un cálculo político que revela tanto sobre la nueva realidad de las relaciones internacionales como sobre la disposición de Macron de hacer concesiones inusuales para mantener a Washington en la mesa de negociaciones.

La incertidumbre como protagonista silenciosa

Macron ha llegado a esta cumbre con una década de experiencia acumulada en encuentros del G7, habiendo participado en diez ediciones anteriores. Sabe cómo funcionan estos espacios, cómo se construyen consensos, dónde están los puntos de flexibilidad y dónde los gobiernos dibujan sus líneas rojas. Sin embargo, toda esa experiencia se relativiza cuando el factor de incertidumbre fundamental es el comportamiento de quien ocupa la oficina más poderosa del planeta. Las señales que llegan desde Washington sugieren un estado de ánimo poco propicio para ejercicios de cordialidad. Reportes indican que Trump no ha estado en un talante celebratorio, y las posibilidades de que lance insultos contra los otros seis líderes presentes—que representan a Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón y Reino Unido—son significativas, especialmente si considera que carecen de lealtad suficiente para adherirse a su plan original de reapertura forzada del Estrecho de Ormuz.

Como incentivo para mantenerlo en territorio francés durante las tres jornadas completas, Macron organiza una cena en Versalles la noche del miércoles. Funcionarios de París insisten en que Trump experimenta una fascinación particular por el esplendor aurífero del palacio, y que entre ambos mandatarios existe un respeto mutuo que trasciende las manifestaciones públicas de fricción. Aunque esta afirmación resulta cuestionable a la luz de los antecedentes, refleja el esfuerzo deliberado de Macron por construir narrativas que humanicen la relación y generen incentivos psicológicos para la permanencia. El golf también juega un rol: el campo de Évian, en funcionamiento desde 1904, ha sido clausurado durante los tres días de la cumbre, pero su existencia misma representa una válvula de escape potencial para el golfista más famoso del planeta cuando la diplomacia se vuelve demasiado exigente.

La guerra en Irán como telón de fondo económico

La sombra del conflicto iraniano planea sobre cada decisión y cada conversación programada. El impacto económico global ha sido brutal y sistemático. El Banco Mundial ajustó sus proyecciones de crecimiento económico mundial de 2.9% a 2.5%, ubicándolo en el nivel más deprimido desde la pandemia de Covid-19. Instituciones financieras globales reaccionan con nerviosismo: el Banco de Japón se prepara para elevar tasas de interés a máximos de 31 años, mientras que los precios mayoristas han experimentado incrementos sin precedentes en tres años. El Banco Central Europeo, que había mantenido tasas estables desde 2023, se vio obligado a aumentarlas nuevamente el miércoles ante el fantasma de una inflación que amenaza con superar el 3% anual. Emmanuel Moulin, gobernador del banco central francés y exjefe de gabinete de Macron, ha advertido sobre "persistencia" en las presiones inflacionarias.

Las consecuencias concretas se materializan en cifras brutales: los costos de transporte marítimo de contenedores se han duplicado desde el inicio de la confrontación, sin perspectivas claras de reversión en el corto plazo. Las materias primas, según proyecciones del Banco Mundial, experimentarán aumentos de 22%, un giro dramático respecto a las caídas del 7% que se anticipaba a comienzos del año. El ministerio de relaciones exteriores francés ha emitido advertencias sobre el impacto desproporcionado en los sectores más vulnerables de la población mundial, señalando que fertilizantes y alimentos enfrentarán presiones alcistas sostenidas. A esto se suma un fenómeno que amplifica el sufrimiento: el endeudamiento crónico se profundizará conforme los bancos centrales mantienen tasas elevadas. En paralelo, según documentación del Banco Mundial, la asistencia internacional para el desarrollo está cayendo y se espera que continúe disminuyendo, "eliminando uno de los últimos amortiguadores disponibles para que los países mantengan sistemas de educación, atención médica y programas de alimentación."

Trump, sin embargo, parece operar bajo una lógica distinta. En conversaciones recientes con Fox News, expresó que los aumentos de precios petroleros habían sido menores a lo predicho por analistas, agregando una reflexión que resultó particularmente desconcertante: "Saben qué es lo que realmente me encanta. Me encanta la inflación." Esta afirmación sugiere una desconexión importante entre la lectura que hace el mandatario estadounidense de la realidad económica global y los datos verificables que circulan entre economistas y banqueros centrales de las principales potencias. En la agenda de Macron, el envío de un memorándum de entendimiento entre EE.UU. e Irán sobre la restauración de la libertad de navegación ocupa un lugar central, lo que implícitamente reconoce que los otros G7 rechazan la lógica de confrontación militar que Trump promociona. Una tarea fuerza naval franco-británica, tal como fue esbozada, requeriría movimientos rápidos, y el desminado urgente de la zona será imprescindible para que los cientos de buques tanque acumulados puedan circular nuevamente hacia los mercados globales.

Ukraine, Gaza y la redistribución del liderazgo geopolítico

Más allá del Estrecho de Ormuz, dos conflictos adicionales competirán por la atención: Ucrania y Gaza. Macron busca consolidar un rol protagonista de Europa en la solución de ambas crisis, argumentando que es el continente europeo—no Estados Unidos—quien está evitando la quiebra financiera de Kiev. Giorgia Meloni, primera ministra italiana, impulsa la creación de un enviado de la Unión Europea específicamente dedicado a Ucrania, con el presidente finlandés Alexander Stubb como nombre mencionado para el cargo, aunque Macron mantiene escepticismo respecto a esta iniciativa. La credibilidad defensiva europea se ha visto comprometida por el fracaso del proyecto FCAS de cazabombarderos franco-alemán, mientras que la renuncia del secretario de defensa británico, John Healey, evidencia las dificultades fiscales que enfrenta Londres.

Volodymyr Zelenskyy participará en el encuentro el martes, y los recientes avances en el terreno de batalla le permiten recordar a Trump que posee más cartas de juego de las que el mandatario estadounidense puede haber considerado inicialmente. Sin embargo, esta posición de fortaleza relativa coexiste con un dato atroz: la cifra de muertes civiles en Ucrania durante mayo alcanzó el máximo histórico desde el inicio de la guerra. Francia también presionará para que Washington resuelva el estancamiento en Gaza relacionado con el desarmamento de Hamas. Trump sostendrá encuentros bilaterales con líderes de Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Egipto para abordar la crisis y sus consecuencias derivadas de la escalada iraniana. Pero no habrá intento de firmar un comunicado conjunto sobre estos conflictos; Macron optará por emitir un resumen de conclusiones en su lugar.

Inteligencia artificial y el dilema del comercio global

Entre los invitados especiales del miércoles figuran Sam Altman, director de OpenAI, y Arthur Mensch, fundador francés de Mistral AI. Su presencia permite a Macron promocionar iniciativas regulatorias propias, incluyendo la prohibición de redes sociales para menores de 15 a 16 años. Este componente de la cumbre revela una tensión contemporánea: mientras los conflictos geopolíticos tradicionales aún dominan la geopolítica, los desafíos emergentes relacionados con tecnología, datos y gobernanza digital demandan igual o mayor atención.

Una decisión notoria fue la exclusión deliberada de la crisis climática de la agenda formal, precisamente porque Macron anticipa que generaría confrontaciones irreconciliables. En cambio, optó por elevar los desequilibrios económicos globales como eje central de las discusiones, eufemismo que apunta directamente a las exportaciones chinas en expansión y las acusaciones de que subsidios estatales chinos alimentan un superávit comercial récord. El éxito chino en productos de alto valor, particularmente vehículos eléctricos, ha generado alarma particular en Europa, sectores que Occidente suponía dominaría de forma natural. Para Francia y otros Estados miembros de la UE enfrentando pérdidas de empleo manufacturero, la solución parece aproximarse peligrosamente hacia proteccionismo y aranceles comunitarios contra productos chinos. Pero Macron ha navegado cuidadosamente para enmarcar este debate no como hostilidad hacia China, sino como solidaridad colectiva, buscando evitar que lo que queda del sistema comercial multilateral se fragmente completamente.

En un evento de la semana anterior transmitido por video, Macron expresó que el G7 debería "ayudar a China a generar la demanda interna que realmente necesita," mientras asistía el vicepremier chino Zhang Guoqing. A Europa, agregó, le corresponde abordar la subinversión crónica. Zhang, por su parte, se apegó al guión habitual de negación de prácticas comerciales inequitativas, argumentando que China apenas podría ser responsabilizada por perseguir una política industrial exitosa. Este diálogo de sordos reflejó las limitaciones del multilateralismo contemporáneo: dos visiones de mundo fundamentalmente incompatibles intentando coexistir en un marco de cooperación que ya muestra grietas estructurales profundas.

La cumbre de Évian representa, en síntesis, un ejercicio de diplomacia realista: no se buscan soluciones transformadoras ni compromisos históricos, sino más bien mantener operativo un mecanismo que ha perdido parte de su capacidad vinculante. Macron intenta negociar cada jornada, cada cena, cada conversación bilateral como si fuera el último encuentro posible, consciente de que el sistema de instituciones multilaterales que sostuvo el orden global posterior a 1945 enfrenta presiones que podrían fragmentarlo definitivamente. Las perspectivas varían ampliamente respecto a qué emergerá de este encuentro: algunos analistas anticipan que la necesidad compartida de contrapesar la influencia económica china generará cooperación inesperada; otros advierten que las divisiones sobre Irán, Ucrania y Gaza impedirán cualquier convergencia significativa; mientras que una tercera lectura sugiere que el G7 seguirá funcionando como espacio de coordinación de facto entre democracias liberales, aunque sin la autoridad o capacidad de implementación que caracterizó décadas anteriores.