El fallecimiento de Wim T Schippers a los 83 años en junio pasado cerró un capítulo fundamental en la historia cultural holandesa, pero también inauguró una particular manera de perpetuar su legado. Un museo en Rotterdam decidió que la mejor forma de recordar al artista no era mediante retrospectivas convencionales ni exposiciones de archivo, sino reviviendo una de sus creaciones más provocativas: cubrir el piso de una de sus galerías con 360 kilogramos de mantequilla de maní. La decisión representa mucho más que una excentricidad curatorial; es un acto de fidelidad a la filosofía de un hombre que durante seis décadas desafió sistemáticamente la idea misma de qué puede o debe ser considerado arte, y cómo el público debe relacionarse con él.
Una obra que comenzó en la década del sesenta
La pieza que ahora ocupa el espacio de exposición fue concebida originalmente en 1962, aunque no fue presentada al público hasta 1969. Se llama Pindakaasvloer —literalmente "piso de mantequilla de maní"— y consiste precisamente en eso: una superficie hexagonal completamente cubierta con la sustancia untable. Las instrucciones dejadas por Schippers antes de su muerte son tan específicas como peculiares: los curadores deben aplicar exactamente 15,6 kilogramos de mantequilla de maní sin trozos por cada metro cuadrado, distribuyéndola con la mayor uniformidad posible, tal como si se tratara de un procedimiento técnico riguroso en lugar de una broma conceptual. La obra no puede ser pisada ni utilizada como superficie para recostarse, y bajo ninguna circunstancia debe aproximársele con propósito educativo alguno. Sandra Kisters, directora del Museo Boijmans van Beuningen, expresó que la pieza genera perplejidad deliberada: "Continúa planteando interrogantes sobre si esto es realmente arte, sobre si me está permitido disfrutarlo", explicó. Esa sensación de desconcierto, enfatizó, es precisamente lo que le otorga su valor irreemplazable.
Del dadaísmo radical a la cultura popular holandesa
Nacido como Willem Theodoor Schippers en Groninga, el artista se convirtió en una figura única en el ecosistema cultural de los Países Bajos. Su aproximación al arte combinaba la irreverencia del movimiento dadá con una obsesión casi patológica por lo absurdo y lo burlón. En la década de 1960, fue cofundador del colectivo A-dynamische groep, un proyecto que se alzó contra la comercialización del arte, la solemnidad excesiva y, por encima de todo, contra el aburrimiento como experiencia estética. Sus acciones públicas incluían desde el afeitado de cactus hasta el llenado de galerías con fragmentos de vidrio o sal. La comida emergió como su medio predilecto para la experimentación: además del piso de mantequilla de maní, Schippers tapizó una silla con fideos enlatados y cubrió una mesa con arvejas, transformando lo cotidiano en instalación artística mediante la mera voluntad de hacerlo.
Hacia finales de los años sesenta, su influencia trascendió los circuitos artísticos tradicionales cuando incursionó en la televisión. Su programa de variedades Hoepla fue cancelado luego de transmitir a la primera mujer completamente desnuda en la televisión holandesa en vivo. Posteriormente, concibió el personaje de Sjef van Oekel, un vendedor belga de papas fritas de smoking interpretado por el comediante y cantante lírico Dolf Brouwers, que se convirtió en figura de culto. Para la mayoría de los holandeses, sin embargo, Schippers es principalmente recordado como la voz de Elmo, La Rana René y el Conde von Conde en la versión neerlandesa de Plaza Sésamo. La comparación más precisa podría ser con Monty Python: Schippers operaba bajo la premisa de que la vida y el arte debían ser simultáneamente completamente serios y completamente no-serios.
Su carrera artística nunca se detuvo, incluso en sus últimas décadas. En 1999 realizó Het Is Me Wat (Eso Es Algo), una piedra de grandes dimensiones que flotaba sobre un pedestal mediante electroimanes, desafiando la gravedad de manera literal. El Media Park de Hilversum continúa exhibiendo su escultura de cuatro metros de altura que representa una pila de excremento, titulada Stationnement Gênant (Estacionamiento Molesto), instalada en 2011. En abril de este año, meses antes de su muerte, Schippers comunicó a medios holandeses que estaba trabajando en lo que sería su obra final, con el título profético de Wim is Gone (Wim Se Fue). "Sigo demorándola", confesó entonces, "porque pienso que si la termino voy a morir".
Una obra que se reinterpreta cada vez que se expone
El piso de mantequilla de maní no es la primera vez que ocupa una galería. Ha sido instalado múltiples veces en museos holandeses, y cada exhibición ha generado sus propias variaciones e incidentes. Cuando fue presentado en el Centraal Museum de Utrecht en 1997, un grupo de estudiantes lo vandalizó de manera peculiar: lo cubrieron con virutas de chocolate y rodajas de pan, recreando un popular bocadillo infantil holandés. Según se reportó en su momento, Schippers no quedó disconforme con el resultado, lo cual es coherente con su filosofía de que la obra de arte podía transformarse mediante la interacción espontánea. En 2011, cuando la misma instalación fue exhibida en el Museo Boijmans van Beuningen donde ahora vuelve a presentarse, un visitante despistado caminó sobre ella y resbaló, dañando la superficie. El incidente, en lugar de considerarse un fracaso, evidenció la naturaleza vulnerable y contingente de la pieza: no era un objeto intocable, sino un proceso vivo sujeto a accidentes, interpretaciones y transformaciones impredecibles.
Durante aquella exhibición de 2011, la instituición registró un dato revelador: los visitantes sometieron 648 preguntas escritas sobre la obra a Schippers, quien respondió cada una de ellas personalmente en forma manuscrita. Esas respuestas conforman un documento único que explora los límites conceptuales de la pieza desde múltiples ángulos: qué es permisible preguntar, qué significado tiene, cómo debe experimentarse. El museo actual aprovecha esta oportunidad para mantener esa conversación abierta. La exhibición estará disponible hasta el 6 de septiembre, y durante ese tiempo el restaurante del museo ofrecerá sándwiches de mantequilla de maní con opciones de queso y sambal picante. El comercio del museo, por su parte, venderá mantequilla de maní suave para que los visitantes "puedan hacer su propio arte en casa", una iniciativa que cuestiona deliberadamente dónde termina el consumo cultural y dónde comienza la creación personal.
Las implicancias de honrar una vida a través del absurdo
La decisión de Museum Boijmans van Beuningen de recrear esta obra como tributo plantea interrogantes profundos sobre cómo se preserva el legado de artistas cuya práctica fue inherentemente efímera, participativa y resistente a la institucionalización. Schippers pasó su vida cuestionando precisamente aquello que un museo representa: la fijación de significado, la jerarquización estética, la separación entre observador y obra. Al instalar su piso de mantequilla de maní dentro de estas paredes, la institución asume una contradicción deliberada que probablemente hubiera divertido al propio artista. Las consecuencias de esta aproximación podrían ser variadas. Por un lado, legitima ante el público más amplio una forma de hacer arte que desafía categorías tradicionales y democratiza la experiencia estética al permitir que cualquiera pueda participar o reinterpretarla. Por otro lado, existe el riesgo de que la institucionalización domestique la radicalidad original de la obra, transformándola en una curiosidad museística pulida en lugar de una provocación vigente. Los diferentes públicos que visiten la instalación probablemente extraerán conclusiones distintas: algunos verán un homenaje genuino a un innovador, otros una broma elaborada que desafía la seriedad del arte establecido, y otros simplemente un experimento sensorial único. Lo cierto es que Schippers, quien siempre sostuvo que la vida y el arte debían ser simultáneamente serios y no-serios, continúa planteando estas preguntas incluso después de su muerte.



