La geografía no perdona y los intereses estatales tampoco. Lo que sucedió en las costas de Ceuta durante las últimas semanas funcionó como un espejo brutal: reflejó no solo la capacidad de un Estado norteafricano para desestabilizar la política europea, sino también la fragilidad de un continente que confió demasiado en socios cuyas prioridades no siempre son las suyas. Cuando más de 70.000 personas cruzaron hacia el territorio español en un lapso breve, generando caos administrativo y ondas expansivas políticas, pocos cuestionaron el rol de quien controla esos accesos: Marruecos. Sin embargo, detrás de esa pregunta sin respuesta oficial yacen interrogantes más profundas sobre quién ejerce el poder real en la región y bajo qué condiciones.
La secuencia de hechos es conocida en sus contornos básicos. Sin embargo, lo que permanece en la penumbra es más reveladoras que lo que brilla bajo los reflectores. Expertos en asuntos norteafricanos coinciden en que Marruecos, aunque probablemente no orquestó de forma deliberada el movimiento masivo, sí contaba con información detallada sobre lo que ocurría en sus propias fronteras. Las redes sociales bullían de rumores sobre la apertura de pasos fronterizos. Las fuerzas de seguridad marroquíes monitoreaban esas conversaciones digitales. Y luego, según los analistas, tomaron una decisión crucial: no intervenir. Permitir que sucediera. Dejar que el caos europeo hablara por sí solo. Este acto de negligencia estratégica, si así puede llamársele, entrelaza directamente con la relación que Rabat ha cultivado meticulosamente con Donald Trump y su administración.
La alianza dorada entre Rabat y Washington
La complicidad política entre Marruecos y Estados Unidos no es un secreto de Estado. Hace apenas meses, el monarca marroquí King Mohammed VI anunció que una nueva carretera de mil millones de dólares que flanquea el territorio disputado del Sáhara Occidental llevaría el nombre del presidente estadounidense. Fue un gesto que marcó con fuego la alianza. Antes de eso, Marruecos se convirtió en el primer país africano en sumarse a la iniciativa de Trump denominada "Board of Peace" (Junta de la Paz). Ambos movimientos, separados por semanas, configuran un mensaje inequívoco: Rabat está poniendo todas las fichas en su relación con la capital norteamericana.
Esta cercanía no surge del vacío. Remonta a la administración anterior de Trump, cuando Marruecos aceptó normalizar relaciones con Israel a cambio de que Estados Unidos reconociera sus reclamaciones sobre el Sáhara Occidental, un territorio que permanece en disputa desde hace décadas. Aquel acuerdo de 2020 fue un punto de inflexión. Desde entonces, los responsables de política exterior marroquí han intensificado sus esfuerzos para mantener a todos los grandes tomadores de decisión en Washington sintonizados con los objetivos del reino. El objetivo es cristalino: asegurar que esta administración estadounidense respalde, sin titubeos, el denominado "plan de autonomía marroquí" para el Sáhara Occidental. Pero la ambición marroquí se extiende más allá. Un reciente informe congressional estadounidense utilizó un lenguaje revelador al referirse a Ceuta: la describió como "administrada por España" en lugar de "parte de España", una distinción semántica que abre puertas a futuras reclamaciones territoriales.
Mientras España enfrentaba el flujo migratorio, la respuesta desde Washington fue sintomática. El vicepresidente estadounidense JD Vance y el Departamento de Estado culparon al gobierno socialista de España por la crisis. Trump amplificó el mensaje, advirtiendo que elegir demócratas haría que lo ocurrido en España "pareciera insignificante". En ningún momento mencionaron a Marruecos ni su posible rol. El silencio fue atronador. Además, el antipático que el círculo trumpista alimenta hacia el primer ministro español Pedro Sánchez es de público conocimiento: su negativa a permitir el uso de bases aéreas estadounidenses durante la guerra de Irán, su rechazo a cumplir el objetivo de gasto en defensa del 5 por ciento, su crítica vocal a las acciones israelíes en Gaza. Todo ello convirtió a España en la nación europea menos querida por esta administración estadounidense.
La vulnerabilidad de Europa ante sus propios vecinos
Hay un patrón que se repite aquí, aunque muchos prefieran no verlo. En mayo de 2021, Marruecos ya había utilizado una táctica similar. Relajó sus controles fronterizos permitiendo que más de 8.000 personas cruzaran hacia Ceuta en apenas unos días. El motivo: España había permitido que un líder proindependencia del Sáhara Occidental viajara a territorio español para recibir tratamiento médico por Covid-19. Esta vez, la escala fue distinta. Casi 10 veces más personas cruzaron las aguas que separan Marruecos del enclave español. Los números cuentan historias. Y esta historia habla de una potencia norteafricana dispuesta a utilizar lo que los estudiosos denominan "tácticas híbridas" para lograr sus objetivos políticos. Es decir: herramientas que operan en la zona gris entre la paz y el conflicto, que no son abiertamente militares pero que generan consecuencias geopolíticas tangibles.
Lo particularmente dañino para Europa en este episodio no fue solo lo que Marruecos hizo, sino cómo los europeos respondieron. En lugar de una reacción coordinada, unificada, que aprovechara el músculo económico de la Unión Europea (Marruecos es altamente dependiente del comercio europeo y de las inversiones que provienen del continente), hubo señalamientos cruzados, desunión, vulnerabilidad expuesta. Los gobiernos de la UE terminaron haciendo exactamente lo que la Casa Blanca esperaba: erosionar la solidaridad entre socios europeos. El círculo de interés de Trump y sus aliados en Israel mantuvieron el foco en Ceuta durante días consecutivos, algo inusual que sugiere que el territorio en disputa adquirió una relevancia nueva en los cálculos estratégicos regionales. Europa, que durante décadas confió en que sus socios norteafricanos cooperarían en materia migratoria a cambio de inversión y comercio, descubrió que esa confianza tenía un precio que podría cobrarse en cualquier momento.
Los funcionarios marroquíes han negado públicamente cualquier complicidad en los eventos de Ceuta. Desde institutos de análisis político en Rabat se sostiene que la relación entre Marruecos y Estados Unidos vive su "era dorada". Sin embargo, incluso desde esas mismas instituciones reconocen que los responsables de política exterior marroquí son pragmáticos. Entienden el estilo transaccional de Trump, ese enfoque donde todo es negociable y todo tiene un precio. Por eso, mientras cultivan intensamente la relación con Washington, también mantienen vínculos con la Unión Europea, con China, con los estados del Golfo. Marruecos intenta preservar su autonomía estratégica. Pero la realidad geopolítica sugiere que el equilibrio, si alguna vez existió, está inclinándose visiblemente hacia un lado.
Las consecuencias de una dependencia invisible
Lo que quedó al desnudo en Ceuta es una vulnerabilidad estructural de Europa: su dependencia casi absoluta de que estados norteafricanos actúen de manera responsable en materia de control migratorio. Marruecos es un socio, sin duda. Pero es un socio con sus propios intereses, sus propias ambiciones territoriales, su propia lectura de lo que le deben sus aliados internacionales. El episodio funcionó como un recordatorio de que esa dependencia convierte a Europa en rehén de decisiones que toma alguien más. Y ese alguien más, en este caso, recibe señales muy claras desde Washington de que sus reclamos sobre territorios en disputa tienen apoyo en la capital estadounidense. Las próximas semanas y meses dirán si Marruecos interpreta esa apertura como una invitación a ser más asertivo. Algunos analistas advierten que no debería sorprender si así fuera. Europa podría no estar lista para lo que viene después, porque las complejidades de la región tienden a profundizarse cuando las reglas de juego cambian sin previo aviso.



