La geografía emocional de un territorio puede borrarse en cuestión de meses. Lo que durante décadas fue refugio de memorias, rutinas y esperanzas cotidianas puede convertirse en un paisaje de escombros donde ya no hay nada que reconocer. Eso es lo que está ocurriendo en Líbano, y los números que circulan internacionalmente apenas alcanzan a capturar la magnitud de una transformación que alcanza dimensiones civilizacionales. Mientras grandes porciones del planeta occidental parecen encoger de hombros ante lo que sucede, existe una narrativa paralela que sostiene erróneamente que las poblaciones del Medio Oriente poseen una capacidad innata para tolerar la violencia sistemática. Nada podría estar más alejado de la verdad. Las personas que habitan esta región no nacen con una resiliencia genética especial frente al horror. No lloran menos a sus hijos. No se acostumbran a que sus casas sean bombardeadas simplemente porque la historia regional ha sido turbulenta. Esa creencia, tan extendida como falsa, forma parte de un andamiaje orientalista que permite que atrocidades se normalicen cuando suceden lejos de Europa occidental.

El contraste entre el ayer y el hoy

Hace apenas quince años, en enero de 2009, una de las publicaciones más influyentes del mundo occidental posicionaba a Beirut como el destino número uno para visitar ese año. La capital libanesa estaba experimentando un renacimiento cultural y económico. Hoteles de lujo se inauguraban regularmente. Restaurantes de clase mundial competían por atraer turismo internacional. Los analistas hablaban de recuperación, de inversión, de un futuro tangible. En esa época, la realidad cotidiana del Líbano pulsaba con una vitalidad contradictoria: había momentos de calma relativa intercalados con sobresaltos de violencia, pero la sensación predominante era la de un país que se reconstruía a sí mismo. Las ruinas del Baalbek seguían fascinando a visitantes. Los viñedos del Valle de la Bekaa producían cosechas respetables. Los senderos de montaña permitían caminatas entre gente que invertía en su apariencia personal con dedicación casi ceremonial. Era un Líbano caótico, sí, pero también hermoso y único. Era un lugar donde la vida seguía su curso a pesar de todo.

Esa misma década anterior vio episodios traumáticos que sin embargo no anularon la esperanza. En 2006, los padres de quien narra estos hechos quedaron varados en el extranjero durante meses debido a que el país estallaba en conflicto armado con un vecino regional. En 2008, hubo jornadas de enfrentamientos que obligaron a las familias a permanecer confinadas en sus hogares. Incluso existió el incidente de una madre que casi es víctima de un atentado con bomba dirigido contra un político. Y sin embargo, a pesar de estos episodios, la población seguía adelante. El tejido social se mantenía. La ciudad respiraba. Ahora, esa capacidad de recuperación está siendo puesta a prueba de maneras que trascienden cualquier precedente reciente.

La replicación de un modelo de destrucción

Lo que está sucediendo en Líbano en la actualidad no puede ser analizado como un enfrentamiento tradicional o como una respuesta defensiva convencional. Se trata de la implementación sistemática de una metodología que ya fue desplegada en otro territorio cercano con resultados catastróficos. Pueblos enteros en el sur del país han sido borrados del mapa. Aldeas que existían hace meses simplemente desaparecieron. El gobierno israelí ha expresado públicamente su intención de controlar una zona de seguridad que penetra 30 kilómetros dentro del territorio libanés. Funcionarios de alto nivel, incluyendo al ministro de Finanzas y al ministro de Seguridad Nacional, han hablado abiertamente sobre la necesidad de expandir aún más la campaña militar. El ministro de Defensa ha propuesto la ocupación indefinida de territorios del sur libanés, con el Río Litani como nueva frontera norte y la consecuente expulsión de 600.000 personas de sus hogares.

Hezbollah, la milicia respaldada por Irán que surgió de las cenizas de la invasión israelí de 1982 y fue envalentonada por la posterior ocupación de dieciocho años, tampoco puede ser eximida de responsabilidad. Ha lanzado miles de cohetes hacia el norte. Pero como ha sucedido en situaciones similares, la reacción de Israel traspasa significativamente los límites de lo que podría considerarse defensa proporcional. Presuntos crímenes de guerra ocurren casi a diario. Los bombardeos aéreos han golpeado sistemáticamente infraestructura sanitaria. Hay evidencia documentada de ataques selectivos contra personal médico utilizando tácticas de doble impacto. Organizaciones especializadas en derechos humanos han registrado el uso de fósforo blanco en zonas pobladas. Acusaciones de ecocidio han sido presentadas formalmente. De acuerdo con estimaciones de organismos internacionales especializados en infancia, desde el 2 de marzo hasta mediados de mayo, el equivalente a casi catorce menores diarios han perdido la vida, incluso durante períodos que fueron denominados oficialmente como ceses de fuego.

La realidad detrás de los números

Las cifras, por desgarradoras que sean, nunca alcanzan a transmitir la experiencia vivida de quienes permanecen en el territorio. Una vecina de setenta años, a quien se identificará con la inicial D, relata por teléfono cómo la realidad cotidiana se ha transformado en una existencia de supervivencia pura. Ella es una de los afortunados: todavía puede permitirse comer cuando muchas otras personas enfrentan precios prohibitivos en alimentos. Hay escasez de agua, electricidad y combustible. Los drones israelíes suenan continuamente, un zumbido incesante e irritante que marca el ritmo de la vida. Más de un millón de personas, aproximadamente el 20% de la población libanesa, se encuentran desplazadas de sus hogares. Algunas se refugian en escuelas convertidas en albergues. Otras logran hospedarse con amigos o familia. Muchas simplemente no encuentran dónde ir.

La irrupción de desplazados ha generado una transformación social adicional: el vecindario de la narradora está repleto de personas sin hogar. Pero existe un fenómeno más inquietante que los números no capturan. Israel ha advertido a comunidades cristianas y drusos que no alberguen a musulmanes chiíes. Como consecuencia, según relata D, la gente ahora teme alquilar viviendas a población chiíta por miedo a que los edificios sean atacados. La arquitectura social del país está siendo reconfigurada por el miedo. Las relaciones entre vecinos, que constituyen el tejido fundamental de cualquier sociedad, están siendo erosionadas. "Lo que más me asusta es una guerra civil", expresó D en esa conversación. "Que la gente comience a volverse una contra la otra. No sé cómo esto es sostenible." Sus temores no son paranoia infundada. Analistas han advertido que la cólera pública hacia Hezbollah por haber arrastrado al país entero a un conflicto que la población mayoritaria no eligió podría desatar una nueva oleada de enfrentamientos internos, una perspectiva que algunos han señalado que Israel podría estar deliberadamente buscando fomentar.

La pregunta sobre la proporcionalidad

Existen momentos en que la injusticia es tan clara que requiere ser articularla sin ambigüedad. Cuando se destruye un edificio residencial de once pisos en una ciudad importante porque se alega, sin evidencia presentada, que existe dinero de una organización en el sótano, estamos hablando de un acto que violaría normas internacionales ampliamente reconocidas. Si esa misma acción fuese ejecutada contra un edificio residencial en una capital europea importante, la reacción del mundo occidental sería de indignación universal. Y sin embargo, cuando sucede en Beirut, tiende a ser registrada como un acontecimiento más en una región que supuestamente siempre ha sido conflictiva. Los residentes de ese edificio destruido —ingenieros, médicos, profesores— perdieron todo. Afortunadamente no hubo muertes en ese caso específico, pero sus vidas fueron radicalmente alteradas en cuestión de minutos. Este tipo de eventos, multiplicados cientos de veces, constituyen el tejido cotidiano de la experiencia actual libanesa.

Las cicatrices que permanecen después de la paz

Quien escribe estas líneas manifiesta la esperanza de que algún día podrá regresar a Líbano. Pero es consciente de que ese retorno será necesariamente incompleto. Los lugares que poblaban sus recuerdos de juventud, los espacios que formaban parte de su cartografía personal, ahora son escombros. Sin embargo, reconoce que perder fragmentos del propio pasado es insignificante comparado con lo que representaría para la población libanesa la pérdida de su futuro. Las personas desplazadas no regresarán a hogares que ya no existen. Los que perdieron familiares cargarán ese duelo de por vida. La infraestructura destruida requerirá años de reconstrucción. Las cicatrices psicológicas de una población que ha sido sistemáticamente bombardeada tardarán décadas en sanar, si es que alguna vez lo hacen completamente. Cuando fue confrontado verbalmente con la pregunta sobre qué más decir, D respondió con un suspiro profundo: "No queda nada que decir." Su respuesta captura la exhaustión de quienes viven en medio de la catástrofe.

Reflexiones sobre lo que vendrá

Las trayectorias que se abren desde aquí son múltiples y ninguna de ellas resulta particularmente alentadora. Un escenario posible es que la violencia continúe indefinidamente, perpetuando un ciclo de represalia que beneficiará a quienes se alimentan de la inestabilidad regional. Otro escenario contempla la materialización de los temores de D: una fragmentación interna que transforme al Líbano en un estado fallido donde las comunidades se enfrentan entre sí, reproduciendo divisiones que han sido deliberadamente fomentadas desde afuera. Un tercer escenario podría ver el surgimiento de reconstrucción y reconciliación, aunque tal resultado requeriría voluntades políticas internacionales que actualmente no parecen estar presentes. Existe también la posibilidad de que la población libanesa logre articular una respuesta colectiva que rechace tanto la ocupación como la polarización sectaria, aunque la historia sugiere que tales procesos requieren condiciones que la situación actual no parece estar generando. Lo que es evidente es que cualquiera sea el camino que se tome, la sociedad libanesa no será la misma que fue. Las transformaciones en curso van más allá del daño físico: son transformaciones en la estructura social, en las relaciones de confianza entre vecinos, en la capacidad colectiva de imaginar un futuro compartido. El mundo observa, interpreta según sus propias narrativas preconcebidas, y generalmente sigue adelante hacia la próxima noticia. Pero en Líbano, para millones de personas, no hay siguiente. Solo hay el presente de la supervivencia y la incertidumbre sobre si habrá mañana.