Mientras las temperaturas globales continúan su marcha ascendente, Mongolia enfrenta una batalla cada vez más desigual contra un enemigo que ha acechado sus planicies durante milenios pero que hoy arrasa con una intensidad sin precedentes. Los incendios de estepa y bosque que devastan regularmente el territorio no son una novedad en la región: lo que cambió es su frecuencia, magnitud y capacidad destructiva. En las últimas décadas, el calentamiento climático ha elevado las temperaturas de las estepas euroasiáticas en aproximadamente 2 grados centígrados durante los últimos ochenta años, transformando el paisaje en un tinderbox permanente donde cualquier chispa puede desatar un infierno incontrolable. La respuesta que está cristalizando desde el gobierno y desde los centros de investigación no recurre únicamente a métodos contemporáneos, sino que excava —literalmente— en las profundidades del tiempo para recuperar estrategias que permitieron a pueblos antiguos no solo sobrevivir, sino prosperar en ese mismo terreno hostil.

El descubrimiento arqueológico que reescribe la historia del caballo

En las depresiones rocosas y poco profundas que salpican las estepas mongolas, arqueólogos como Sodnomjamts Damchaabadgar, investigador del Instituto de Arqueología de la Academia de Ciencias de Mongolia, trabajan en excavaciones que arrojan luz sobre un capítulo crucial de la historia humana. Bajo un ger —la tienda nómada tradicional que funciona simultáneamente como refugio y estación de campo— los especialistas examinan sepulturas antiguas que contienen evidencia fascinante sobre la domesticación equina. Lo que emerge de estas investigaciones sugiere que los pueblos antiguos de Mongolia dominaron el arte de someter caballos salvajes aproximadamente en el año 2000 antes de Cristo, mucho antes de lo que la historiografía convencional estimaba. Esta conclusión no es meramente académica: tiene profundas implicancias para entender cómo la vida humana se desarrolló en un territorio donde los recursos escaseaban y los peligros abundaban.

El caballo no fue simplemente un instrumento de conquista militar, como frecuentemente se subraya en los relatos sobre los imperios mongoles. Para las poblaciones que habitaban las estepas, el caballo representaba supervivencia. La capacidad de desplazarse rápidamente sobre el lomo de estos animales permitía a las comunidades esconderse de la mayor amenaza natural que enfrentaban periódicamente: los incendios de gran escala que, avivados por los vientos predominantes, viajaban de norte a sur arrasando todo a su paso. Un fuego en movimiento no puede ser contenido mediante trincheras o métodos pasivos; requiere movilidad, velocidad, conocimiento del terreno y una red de vigilancia extendida. El caballo proporcionaba precisamente eso.

Cuando la naturaleza se vuelve cada vez más amenazante

Durante el siglo veinte y lo que va del veintiuno, el equilibrio precario que las comunidades mongolas habían mantenido durante siglos comenzó a deteriorarse aceleradamente. Entre 1981 y 1995, un promedio anual de 1,74 millones de hectáreas de bosque y estepa fueron consumidas por las llamas durante la estación de incendios. Esa cifra ya era alarmante. Sin embargo, en el período comprendido entre 1996 y 1999, más de 30 millones de hectáreas ardieron en apenas cuatro años, evidenciando una escalada exponencial. Los años 2022 y 2025 reactivaron la preocupación pública, demostrando que el fenómeno no era una anomalía puntual sino una tendencia consolidada.

La investigación contemporánea revela que aproximadamente el 95 por ciento de los incendios de estepa y bosque en Mongolia tienen origen humano. Ya sea por quemadas descontroladas, cigarrillos descartados negligentemente o residuos dejados ardiendo, la acción humana es responsable de casi la totalidad de estos eventos. Lo que comienza como un foco pequeño raramente permanece en esa escala. Los incendios se propagan hacia el sur siguiendo los vientos predominantes, y cuando la velocidad de avance del fuego supera la capacidad de las personas para trasladar ganado o escapar, el escenario pasa de ser uno de contención a convertirse en una cuestión de vida o muerte. Para los guardabosques y vigilantes de incendios, ser los primeros en llegar a un foco, sin importar cuán menor sea su origen, implica una carrera contra el viento tanto como contra las llamas mismas.

La estética de la solución: tradición y tecnología en diálogo

Erdenesuvd Bayaraa, especialista en patrimonio cultural del Centro Nacional para el Patrimonio Cultural de Mongolia, articula una propuesta que no rechaza la modernidad sino que la integra con sabiduría ancestral. Según su perspectiva, la solución reside en la recuperación de lo que sus antepasados comprendían por necesidad: cómo vivir en armonía con el fuego, cómo responder a su amenaza con velocidad y coordenación. Hace apenas algunas generaciones, aproximadamente el 70 por ciento de la población mongola vivía en entornos urbanos actualmente, mientras que la situación era la inversa décadas atrás. Esas comunidades rurales del pasado contaban con equipos de vigilantes montados a caballo que permanecían atentos a cualquier señal de fuego. Cuando los incendios se presentaban, estos jinetes avanzaban rápidamente hacia las llamas, cavaban zanjas para frenar la propagación, abrían pasos para que las personas escaparan y utilizaban grasa animal para romper las líneas de fuego.

Bayaraa y otros líderes locales comprendieron que recuperar esa estructura, adaptándola con herramientas contemporáneas, podría transformar la respuesta ante estos desastres. En 2024, se incorporaron a Preserving Legacies, una iniciativa financiada por la National Geographic Society y dedicada a crear soluciones de adaptación climática que cierren la brecha entre el conocimiento cultural tradicional y la tecnología emergente. Con apoyo de este programa, el gobierno mongol intensificó el fortalecimiento de su cuerpo de guardabosques, implementando un enfoque híbrido que combina técnicas de combate de incendios a caballo —un método documentado en prácticas ancestrales— con sistemas modernos como detección por satélite y modelado meteorológico avanzado.

La infraestructura comunicacional experimentó un salto cualitativo cuando Starlink inició sus servicios en marzo de 2024, permitiendo conexión fluida entre los vigilantes de primera línea, las comunidades y los paracaidistas especializados que se lanzan detrás de las líneas de fuego. Paralelamente, Mongolia lanzó una iniciativa de envergadura junto con el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas y la Agencia China de Cooperación Internacional para el Desarrollo, destinada a fortalecer los sistemas de pronóstico de incendios forestales, reportería y gestión de supresión. Este programa ha distribuido equipamiento contraincendios por un valor de 350 mil dólares estadounidenses entre los vigilantes que trabajan con la Agencia Nacional Forestal, además de expandir capacitaciones con especialistas en salto de fuego provenientes de regiones como Alaska, donde la experiencia acumulada en décadas de combate de incendios es profunda.

El retorno al territorio: incentivos para repoblar la ruralidad

Consciente de que ninguna estrategia de protección es viable sin presencia humana en el terreno, el gobierno mongol diseñó un sistema de incentivos para alentar tanto la permanencia como el retorno de personas a zonas rurales. Estos paquetes financieros buscan revertir la marea de urbanización que despobló amplias regiones, debilitando las redes tradicionales de vigilancia y respuesta. La lógica subyacente es simple pero potente: la mejor defensa contra incendios descontrolados no es la tecnología aislada sino la combinación de tecnología con observación humana constante en el territorio. Un satélite puede detectar un incendio, pero un jinete que vive en la estepa puede detectarlo más temprano aún, con sus sentidos ancestrales afinados a los signos que preceden a una conflagración: el comportamiento de los animales, los cambios en el viento, el olor del humo lejano.

La estancia euroasiática —la más extensa llanura de pasto continuo del mundo, que se extiende más de 5 mil millas desde Hungría hasta el borde occidental de China— fue históricamente no solo un territorio sino una autopista. Facilitó el movimiento de pueblos, el comercio, la transmisión de conocimientos y, lamentablemente, también la guerra. Fue allí donde los señores mongoles a caballo construyeron el imperio terrestre contiguo más grande en la historia mundial. Su éxito no descansó únicamente en superioridad militar sino en algo más fundamental: la capacidad de adaptación. La domesticación del caballo y el modo de vida nómada fueron soluciones ingenieriles ante un entorno desafiante. Esa misma capacidad de adaptación es lo que Bayaraa y otros actores locales buscan activar nuevamente, no para reproducir el pasado sino para tejerlo de manera inteligente con las posibilidades del presente.

Perspectivas futuras: lo que está en juego

Las implicancias de estas iniciativas se extienden más allá de la gestión inmediata de incendios. Si las estrategias híbridas logran demostrar efectividad en Mongolia, ofrecerían un modelo replicable para otras regiones de la estepa euroasiática y más allá. Existe la posibilidad de que este enfoque inspire políticas de adaptación climática en territorios con desafíos similares. Por otro lado, el éxito dependerá de múltiples variables: de si los incentivos financieros resultan suficientemente atractivos para revertir migraciones urbanas de décadas, de si la capacitación de nuevos guardabosques y paracaidistas se mantiene en el tiempo, de si los sistemas de comunicación funcionan sin interrupciones en zonas remotas, de si el cambio climático continúa su trayectoria actual o experimenta alteraciones. Existe también la incógnita de cómo se articularán en la práctica cotidiana las técnicas ancestrales con la infraestructura moderna: ¿lograrán complementarse o entrarán en conflicto? ¿Qué sucederá con las comunidades que retornen si la capacitación no es suficientemente profunda? Los próximos años de implementación de estos programas constituirán un laboratorio natural cuyas lecciones trascenderán las fronteras de Mongolia.