Un acto de fe contracorriente se desplegó en las calles pulverizadas de Nabatieh mientras los ecos de la artillería retumbaban en las colinas circundantes. Lo que debería haber sido una conmemoración religiosa tradicional se convirtió en un testimonio viviente de la devastación que ha consumido gran parte del sur del Líbano en los últimos meses. La ceremonia de Ashura, rito milenario que rememora un acontecimiento del siglo VII, adquirió este año un significado radicalmente distinto: ya no solo recuerda una batalla antigua, sino que funciona como espejo de la tragedia contemporánea que está transformando la geografía humana y física de la región.
El conflicto entre Israel y Hezbollah ha dejado un saldo de más de 3.900 muertes en territorio libanés, cifra que refleja la magnitud de una confrontación que se prolongó durante cien jornadas ininterrumpidas de operaciones militares. Nabatieh, ubicada estratégicamente en el territorio meridional, concentró una porción desproporcionada de este castigo bélico. Los bombardeos destruyeron estructuras masivas, desplazaron la práctica totalidad de su población —aproximadamente 80.000 residentes—, y dejaron un paisaje donde los escombros compiten con los edificios todavía en pie. En este contexto de desolación, cuando un alto el fuego fue anunciado el lunes precedente, las autoridades locales enfrentaron una decisión inusual: ¿cancelar la conmemoración anual o intentar realizarla pese a las circunstancias adversas?
Preparativos acelerados en tierra de ruinas
La decisión de proceder con la ceremonia reveló más sobre la determinación colectiva que sobre cualquier cálculo de conveniencia. Los equipos de defensa civil, normalmente dedicados a labores de rescate y atención médica de emergencia, intercambiaron sus maletines médicos por escobas y herramientas de limpieza. En el transcurso de apenas dos días—cuando habitualmente se dedica un mes entero a los preparativos—, voluntarios trabajaron para despejar los escombros de la mezquita central, colgando banderolas negras para ocultar los agujeros abiertos en las paredes por impactos aéreos. Mehdi Sadek, de 45 años y responsable del servicio de ambulancias local, describió la urgencia de la tarea mientras removía una olla con cebollas y especias destinadas a alimentar a los asistentes. La ironía de la situación —un responsable de emergencias médicas convertido en cocinero—capturó la naturaleza improvisada y, sin embargo, profundamente significativa de lo que estaba por ocurrir.
Cuando la procesión finalmente se puso en movimiento, apenas doscientas personas participaron en ella, una cifra que revela el abismo entre la escala esperada de participación y la realidad presente. En años anteriores, durante momentos de relativa normalidad, esta conmemoración atraía multitudes de hasta 30.000 asistentes que llenaban las calles con lamentaciones colectivas y rituales ancestrales. Este año, el silencio predominante era tan ensordecedor como los cantos de duelo. Los asistentes entonaban frases que conectaban la batalla histórica de Karbala—donde fue asesinado el Imán Husein en el año 680—con la realidad inmediata que los rodeaba. "Esta es la tragedia de Karbala, Oh Imán Hussein, mira. Esta es la tragedia de Karbala," clamaban mientras caminaban entre montículos de tierra removida y metal retorcido, limpiados apenas dos días antes de las vías públicas. Entre los participantes estaba Ismail Yaghi, de 50 años, quien reflexionaba sobre la transformación del significado ritual: "Este año Ashura tiene un sentido especial para nosotros. Hemos vivido la batalla de Karbala cada día durante esta guerra."
Carteles de mártires y esperanzas frágiles
Las calles de Nabatieh funcionaban como un memorial improvisado. Carteles con fotografías de los fallecidos cubrían las estructuras que permanecían en pie, algunas de ellas mostrando los rostros de decenas de combatientes de Hezbollah que habían perdido la vida. En la rotonda de acceso a la aldea vecina de Harouf, un póster de tres metros de altura exhibía los rostros de cincuenta jóvenes luchadores muertos solamente en esa localidad. El testimonio de Hussein Nahleh, ingeniero de 33 años desplazado a Beirut por la guerra, ilustraba la complejidad emocional de ese momento: a pesar de que su vivienda había sido completamente destruida, decidió retornar para participar en Ashura, siendo alojado por familias cuyas casas aún resistían de pie. Para muchos participantes, la distinción entre el duelo ritual y el duelo vivencial se había disuelto completamente. Los asistentes portaban botones y camisetas con imágenes de los fallecidos, transformando sus prendas en monumentos personales a la pérdida.
Sin embargo, la violencia no había terminado realmente. Mientras los fieles se concentraban para la ceremonia, drones israelíes circulaban en el cielo observando la concentración de personas. El viernes por la mañana, el fuego se intensificó nuevamente: Hezbollah atacó posiciones israelíes, resultando en cuatro soldados israelíes muertos, tras lo cual Israel respondió con oleadas de ataques aéreos alrededor y dentro de la ciudad, generando dieciocho muertes y treinta y tres heridos entre la población civil. Sadek describía la realidad contradictoria: aunque técnicamente existía un alto el fuego, Israel y Hezbollah continuaban intercambiando fuego en la denominada "zona de seguridad" ocupada por tropas israelíes, que comprende cientos de kilómetros cuadrados del territorio meridional libanés. Las posiciones militares israelíes se encontraban apenas al otro lado de la colina Ali Taher, en las afueras de la ciudad. La precariedad de la tregua quedó patente cuando tropas israelíes atacaron a civiles que intentaban regresar el martes anterior, lo que motivó al ejército libanés a bloquear accesos a sectores superiores de la ciudad y aldeas fronterizas.
Entre la reconstrucción incierta y la supervivencia inmediata
El contraste con la experiencia de noviembre de 2024—cuando terminó el anterior conflicto entre Hezbollah e Israel—resultaba brutalmente evidente. En aquella ocasión, los residentes retornaron en masa e inmediatamente comenzaron trabajos de reconstrucción en sus comercios y domicilios. Sadek reflexionaba sobre las esperanzas que habían motivado la realización de Ashura: "Esperábamos que las cosas fueran mejores de lo que son ahora. Queríamos un verdadero cese al fuego. Decidimos realizar Ashura en Nabatieh porque queríamos crear una razón para que la gente regresara." Sin embargo, esa estrategia funcionó solo parcialmente. Algunos vehículos circulaban por las calles devastadas, sus ocupantes realizando inspecciones rápidas de sus propiedades antes de marcharse nuevamente. La ecuación de riesgo-beneficio seguía inclinándose hacia la evacuación.
Mientras los fieles marchaban en la procesión, equipos de defensa civil trabajan simultáneamente extrayendo cuerpos de entre los escombros. Habían marcado durante la guerra los lugares de impactos aéreos en zonas que resultaban inaccesibles, y ahora aprovechaban la tregua relativa para buscar restos humanos entre las ruinas. No todas las áreas eran alcanzables: el martes anterior, fuerzas israelíes habían bombardeado cerca de ambulancias que se aproximaban a sectores ubicados al sur de la ciudad para apagar un incendio. Hussein Fakih, coordinador regional de defensa civil de Nabatieh, capturó la incertidumbre prevaleciente con una frase que resumía la experiencia colectiva: "Aquí en Nabatieh, sigue siendo lo mismo; es incluso más difícil. No está claro si existe un cese al fuego o no." Durante una entrevista, Fakih recibió una llamada telefónica de su hija informándole que su propia vivienda había sido destruida, momento en el cual sus ojos se llenaron de lágrimas mientras intentaba mantener la compostura profesional.
La realización de la ceremonia de Ashura en Nabatieh este año representa un punto de intersección entre la resistencia cultural y la vulnerabilidad material. Los aspectos religiosos y comunitarios de la conmemoración adquieren nuevas capas de significado cuando se practican sobre un territorio devastado y bajo la amenaza continua de violencia. La participación reducida, los preparativos improvisados, la simultaneidad entre rituales de duelo ancestral y operaciones de rescate de cadáveres contemporáneos, todos estos elementos convergen en una narrativa compleja que desafía interpretaciones simples. Las perspectivas sobre las implicaciones futuras varían considerablemente: algunos analistas sugieren que la determinación de realizar la ceremonia refleja una resistencia psicológica que podría facilitar la reconstrucción gradual; otros sostienen que la persistencia de la violencia durante la supuesta tregua indica que los acuerdos carecen de solidez institucional y que nuevos ciclos de confrontación resultan probables; un tercer grupo enfatiza que la situación humanitaria continúa siendo crítica independientemente de consideraciones estratégicas o políticas. Lo que permanece indiscutible es que Nabatieh ha experimentado una transformación profunda de su realidad material y social, y que las consecuencias de estos cien días de conflicto moldearán la vida de sus habitantes durante décadas venideras, más allá de cualquier acuerdo de alto el fuego o pausa temporal en las operaciones militares.



