La reconfiguración del poder en Oriente Medio avanza sin que Israel ocupe el lugar central que históricamente le corresponde. Mientras Donald Trump moldea un acuerdo directo con Irán que podría implicar la liberación de miles de millones de dólares congelados y la restructuración de fuerzas en la región, Benjamin Netanyahu ha quedado relegado a una posición incómoda: la de espectador de una negociación que lo afecta profundamente pero en la cual tiene cada vez menos influencia. Este giro inesperado marca un quiebre sin precedentes en la relación entre el premier israelí y la administración estadounidense, un vínculo que durante años fue considerado casi blindado. Las implicancias trascienden lo diplomático: definen quién decide qué en Medio Oriente, quién paga el costo de las decisiones y quién será responsable si todo se desmorona.
Del protagonismo al desplazamiento: cómo cambió todo en cuatro meses
Apenas hace algunos meses, la película mostraba un guión completamente diferente. Netanyahu había logrado lo que parecía imposible: convencer a Trump de que invirtiera poder político y militar en una acción coordinada contra Irán. El premier israelí, quien durante su extensa carrera política había sabido negociar con cinco presidentes estadounidenses distintos, había alcanzado su objetivo: tener a Washington como aliado en una confrontación directa. Las presentaciones que realizó ante la Casa Blanca parecían haber funcionado. El escenario pintaba para una alianza renovada, reforzada, casi invencible. Pero eso fue hace apenas cuatro meses. Hoy, la realidad es radicalmente distinta.
El quiebre comenzó a hacerse visible cuando Netanyahu decidió lanzar ataques contra objetivos en Líbano precisamente el día en que Trump se disponía a anunciar un tratado de paz. Fue una decisión estratégica que el premier justificó en términos de seguridad nacional, pero que Trump interpretó como un acto de sabotaje diplomático. En una conversación privada que luego trascendió públicamente, Trump expresó su enojo en términos desacostumbrados para un presidente estadounidense hablando de un premier israelí: dijo estar "tan furioso" y cuestionó el juicio de Netanyahu. Lo más notable no fue solo el contenido del mensaje, sino el hecho de que la conversación fuera filtrada, una humillación diplomática sin precedentes. En declaraciones públicas posteriores, Trump fue aún más directo: criticó los ataques contra Líbano, sugirió que Netanyahu no mide las consecuencias civiles de sus operaciones y remarcó que "no necesitas derribar un edificio de apartamentos cada vez que buscas a alguien".
Estos intercambios no son meros desacuerdos entre aliados. Representan un cambio fundamental en la ecuación del poder. Netanyahu, quien había invertido décadas en construir una relación privilegiada con Washington, se encontró con que esa relación ya no lo protege como antes. El premier intentó minimizar la situación en una conferencia de prensa del lunes por la noche, diciendo que existen desacuerdos ocasionales con Trump y que él debe priorizar la seguridad de Israel. Pero sus palabras sonaron defensivas, algo inusual en alguien acostumbrado a dominar los escenarios públicos.
El dilema de una paz impuesta desde afuera
El acuerdo entre Washington e Irán aún no ha sido publicado en su totalidad, pero sus contornos ya generan preocupaciones en Tel Aviv. La liberación de fondos congelados iranís, que Trump había criticado duramente cuando fue anunciada bajo la administración Obama años atrás, ahora aparece como parte de la negociación que él mismo está promoviendo. El texto del acuerdo permanece en la penumbra, lo cual genera especulaciones sobre qué otras concesiones podrían estar sobre la mesa. Netanyahu ha intentado frenar entusiasmos de sus críticos, pidiendo que nadie juzgue un documento cuyo contenido completo aún desconoce. Pero esa cautela no cambia el hecho de que está siendo dejado de lado en decisiones que impactarán directamente en la seguridad regional.
La cuestión de Líbano es particularmente espinosa. Estados Unidos ha indicado que no exigirá la retirada de fuerzas israelíes del sur de Líbano, y que Israel mantiene derecho a defenderse si es atacado. Pero esas garantías vienen con matices importantes: funcionarios estadounidenses han estado trabajando discretamente para contener a Netanyahu, buscando evitar que sus acciones descarrilen un acuerdo que Washington considera estratégico. Un funcionario de alto nivel de la administración Trump declaró que el retiro israelí "no era una condición del acuerdo", pero al mismo tiempo subrayó que el cese de fuego no será unidireccional y que si Irán no logra controlar a Hezbollah, entonces Israel podrá responder. Ese lenguaje ambiguo deja a Netanyahu en una posición vulnerable: no tiene garantías de que Washington lo respaldará si decide actuar de manera independiente.
La presión política interna agrava el panorama. Netanyahu enfrenta elecciones en el otoño, y en un país donde la guerra goza de apoyo popular, declarar una paz negociada desde el extranjero podría ser políticamente costoso. Sin embargo, continuar una confrontación sin apoyo estadounidense directo también le resultaría problemático. Ha conducido a Israel a través de tres guerras distintas —en Gaza, Líbano e Irán— sin lograr victorias definitivas, y esa trayectoria ya genera cuestionamientos sobre su gestión de política exterior. Un acuerdo impuesto podría empeorar su posición electoral, pero rechazarlo lo dejaría aislado internacionalmente.
La negociación que no incluye a quien más importa
Lo más extraordinario de esta coyuntura es la nueva arquitectura diplomática que está emergiendo. Washington ahora negocia con Irán a través de intermediarios del Golfo Pérsico y Pakistán, canales que eluden completamente la participación directa de Israel. Funcionarios de la administración Trump han resaltado las conversaciones de alto nivel que Estados Unidos está manteniendo directamente con la dirigencia iraní, un hecho que habría sido impensable hace apenas unos meses. Los especialistas en relaciones internacionales han notado la ironía: Netanyahu vendió a Trump un plan de acción para enfrentar a Irán, pero ese plan se modificó rápidamente cuando los costos políticos de mantenerlo se volvieron evidentes. Ahora, Trump quiere salir de esa guerra lo antes posible, y Netanyahu es visto como un potencial obstáculo para esa salida.
Un analista de relaciones internacionales señaló que el mundo ha llegado a un punto de inflexión. Netanyahu convenció a Trump para actuar, pero la acción se tornó problemática rápidamente, y ahora el presidente estadounidense busca desactivarla con la mayor celeridad posible. El analista agregó que Israel es el único país en el mundo donde una guerra de estas características mantiene apoyo popular genuino, lo cual genera un contraste notable con la posición de Washington. Esto crea una asimetría: Estados Unidos necesita terminar la confrontación para otros objetivos geopolíticos, mientras que Netanyahu requiere mantener cierto nivel de respaldo doméstico. Esa fricción será el telón de fondo de las próximas semanas, meses y probablemente años.
Los expertos en diplomacia han subrayado que Trump tiene un poder de leverage incomparable. Nunca antes un presidente estadounidense había hablado de un premier israelí de la manera en que Trump ha hablado de Netanyahu. Nunca antes se había permitido que conversaciones privadas entre ambos fueran filtradas con lenguaje tan hiriente y burlón. Esto revela una realidad incómoda: la relación entre ambos líderes ha erosionado significativamente, y esa erosión tiene consecuencias concretas en el terreno.
El factor tiempo: la ceremonia de firma como punto de quiebre
Los próximos días resultan críticos. Se espera que el viernes próximo se realice una ceremonia de firma del acuerdo, un evento que formalizará públicamente lo que ya está ocurriendo en la sombra. Antes de esa fecha, Netanyahu deberá navegar decisiones difíciles: qué postura adoptar frente a un tratado que no fue negociado con su participación, cómo explicar a su electorado una paz que podría parecer impuesta, si debe intentar sabotear las negociaciones o si debe aceptar la nueva realidad geopolítica. Algunos analistas consideran que Netanyahu aún podría esperanzarse en que el acuerdo fracase si ejerce presión suficiente desde diversos ángulos. Otros sostienen que la dinámica ha girado tanto que sus intentos de sabotaje solo lo aislarían aún más.
Las semanas posteriores a la firma prometen ser aún más tensas. Los observadores prevén un período de ceasefire frágil, donde los términos del acuerdo serán constantemente testeados y reinterpretados. Israel buscará mantener su capacidad de respuesta rápida ante cualquier incidente, mientras que Estados Unidos presionará para que demuestre flexibilidad y restraint. Irán, por su parte, intentará consolidar los beneficios del acuerdo sin ser visto como débil ante sus propias audiencias domésticas. En medio de esta compleja danza, Netanyahu debe encontrar un espacio donde pueda reivindicar que defiende los intereses de Israel sin quedar completamente aislado de su principal aliado estratégico.
Implicancias de un nuevo orden regional
El resultado de esta confrontación entre Netanyahu y la administración Trump —porque eso es lo que está sucediendo, más allá de las cortesías diplomáticas— determinará no solo el futuro inmediato de Israel, sino también la estructura del poder en Oriente Medio durante años. Si Washington logra consolidar el acuerdo con Irán sin que Netanyahu logre sabotarlo, se habrá establecido un precedente importante: que un presidente estadounidense está dispuesto a negociar directamente con adversarios de Israel incluso si ello compromete la posición del premier israelí. Si, por el contrario, Netanyahu logra generar suficiente fricción como para que el acuerdo fracase, habrá demostrado que aún posee capacidad de veto sobre las decisiones estadounidenses. Otros escenarios posibles incluyen un acuerdo que se mantiene formalmente pero que es constantemente minado por acciones israelíes, generando un estado crónico de tensión; o una separación más clara entre los intereses estratégicos de Washington y Tel Aviv, con Israel apuntando hacia otras alianzas regionales o globales. Cada uno de estos resultados implicaría dinámicas distintas para la región, afectando a Palestina, Líbano, Siria, Iraq y los estados del Golfo Pérsico de maneras que aún no pueden predecirse completamente.


