La ciudadanía israelí tendrá la oportunidad de expresar su posición respecto del liderazgo de Benjamín Netanyahu el próximo 27 de octubre, en lo que constituye el primer acto electoral desde los ataques perpetrados por militantes palestinos hace poco más de un año. Este comicio marca un punto de inflexión en la trayectoria política de quien ha gobernado la mayor parte de las últimas tres décadas y que ahora se enfrenta no solo a un potencial cambio de poder, sino también a procesos judiciales por corrupción que lo mantienen bajo investigación. La disolución del Knesset, programada para el próximo viernes, pone fin a una legislatura caracterizada por la aprobación acelerada de leyes controversiales y el fortalecimiento de sectores radicales dentro de la coalición gobernante.

La importancia de estos comicios trasciende los límites domésticos de Israel. Durante los últimos 1.000 días desde los ataques del 7 de octubre, el país ha experimentado transformaciones profundas tanto en su política interna como en su posicionamiento global. Las campañas militares subsecuentes, particularmente la operación en territorio gazatí, han generado divisiones significativas tanto dentro de la sociedad israelí como en la comunidad internacional. Académicos, organizaciones de derechos humanos, líderes de la diáspora judía y comisiones de la ONU han cuestionado públicamente las acciones implementadas bajo la administración Netanyahu, lo que refleja un deterioro sustancial en la legitimidad política del premier en el escenario mundial.

Un gobierno bajo presión y sus últimas iniciativas legislativas

Los integrantes de la coalición gobernante han recibido órdenes explícitas de permanecer en Jerusalén hasta el viernes para garantizar su participación en sesiones legislativas de carácter urgente. Esta movilización responde a un esfuerzo acelerado por consolidar reformas antes de que comience formalmente la campaña electoral. Entre las iniciativas en tramitación se encuentran modificaciones que alterarían significativamente las atribuciones del fiscal general, así como disposiciones que elevarían el estudio de textos religiosos al rango de valor fundacional, equiparándolo con el servicio militar obligatorio. Esta última medida busca avanzar hacia la exención del reclutamiento que reclaman grupos ultraortodoxos, sectores que constituyen un pilar central de la alianza política de Netanyahu.

La naturaleza extremista del gobierno actual resulta relevante en este contexto. Se trata de la administración más inclinada hacia posiciones radicales en la historia moderna de Israel, según caracterizaciones de analistas políticos. Durante el período legislativo que concluye, ha sido testigo de una escalada sostenida de violencia vinculada a objetivos de expansión territorial en Cisjordania, protagonizada por milicias de colonos que cuentan con respaldo político directo desde ministerios. Esta dinámica de confrontación se espera continúe sin interrupciones hasta el día de los comicios, alimentada por la influencia que estos sectores mantienen en estructuras de poder ejecutivo.

Netanyahu bajo fuego: juicio, aislamiento y un legado de crisis

A los 76 años, el premier israelí enfrenta una batalla que combina dimensiones políticas y personales de envergadura. Su situación judicial por corrupción constituye una amenaza concreta a su libertad futura, un aspecto que ha merecido atención incluso de figuras políticas norteamericanas. Donald Trump, en su rol de aspirante presidencial, ha manifestado públicamente su posibilidad de otorgar un perdón preventivo, intervención que subraya la importancia que algunos sectores asignan a esta cuestión. Sin embargo, las encuestas actuales sugieren que los votantes israelíes se inclinarían por su destitución, aunque conviene recordar que Netanyahu posee un historial excepcional de desafiar pronósticos políticos adversos.

Lo acontecido el 7 de octubre de 2023 ocurrió bajo su responsabilidad de gobierno. Ese día, militantes armados lograron atravesar las defensas fronterizas de Gaza, resultando en aproximadamente 1.200 muertes, mayoritariamente de civiles, marcando la jornada más sangrienta de la historia israelí moderna. Los tres años de conflictividad regional que siguieron incluyeron una confrontación bélica con Irán que la mayoría de los israelíes considera fue un fracaso, así como una campaña en Gaza que ha merecido caracterizaciones de genocidio por parte de comisiones de la ONU, académicos, especialistas en derecho internacional, organizaciones de derechos humanos tanto israelíes como extranjeras, y un segmento importante de la comunidad judía en la diáspora. A pesar de estos antecedentes, Netanyahu permanecerá en funciones hasta el término completo de su mandato, un logro que pocos primeros ministros israelíes han alcanzado en décadas recientes, condición que no simplifica su posición electoral.

Desde la perspectiva de su estrategia de campaña, Netanyahu ha centrado su mensaje en cuestiones de seguridad nacional, posicionándose como la única figura capaz de garantizar la protección de la población. Según analistas políticos especializados en estudios electorales como Dahlia Scheindlin, este planteamiento resulta paradójico: o representa una estrategia política sofisticada aunque oscura, o refleja desesperación. Posiblemente ambas dimensiones coexistan. Lo cierto es que su perfil de diplomático experimentado, sustentado en su dominio del idioma inglés y sus conexiones internacionales, ha perdido efectividad en contextos donde su gestión ha generado aislamiento global sin precedentes. Incluso en Estados Unidos, el aliado más crítico, el respaldo se ha erosionado considerablemente. Figuras políticas de peso norteamericano, como Rahm Emanuel —cuyo padre combatió en la guerra de independencia de 1948—, han llegado a caracterizar públicamente a Israel bajo la administración Netanyahu como una "nación paria".

La alternativa electoral y sus límites políticos

El principal candidato de la oposición es Gadi Eisenkot, ex comandante en jefe de las fuerzas armadas israelíes, cuya trayectoria personal resuena con narrativas que la población parece estar revaluando. Su partido, Yashar, superó por primera vez en las encuestas más recientes al Likud de Netanyahu, proyectando 24 escaños contra 23 para el premier si el acto electoral se realizara en este momento. La figura de Eisenkot representa un contraste marcado: hijo de inmigrantes marroquíes, creció alejado de los círculos de poder económico e influencia política de Israel, y su mensaje político enfatiza el éxito profesional combinado con sacrificio personal. Su hijo y dos sobrinos cayeron en combate durante las operaciones en Gaza, un costo familiar que contrasta vivamente con el hecho de que los dos hijos de Netanyahu no participaron en la campaña bélica.

La campaña que Netanyahu dirigió contra Eisenkot a través de sus asesores públicos, burlándose de su acento en inglés, ilustra las diferencias de proyección internacional que ambos candidatos encarnan. Mientras Netanyahu ha construido su credibilidad alrededor de sus habilidades diplomáticas y contactos globales, esa fortaleza aparente ha colapsado a medida que sus políticas de los últimos años han profundizado el aislamiento de Israel en la arena internacional. Eisenkot, por su parte, representa una propuesta estética distinta, aunque su trayectoria no garantiza cambios radicales en la orientación política general. Él comandó operaciones militares en Cisjordania durante la segunda intifada y participó durante casi ocho meses en el gobierno de unidad que Netanyahu formó tras los ataques de octubre, período en el cual Israel suspendió el suministro de alimentos, electricidad y combustible a Gaza, decisiones que contravienen disposiciones del derecho internacional.

Incluso si los votantes decidieran remover a Netanyahu del poder ejecutivo, permanece una interrogante respecto de si su potencial sucesor posee la voluntad política o la capacidad institucional para reorientar sustancialmente las relaciones con la población palestina. La continuidad de políticas fundamentales, más allá de cambios en liderazgo, constituye un escenario probable que merece consideración analítica seria.

Contexto electoral y proyecciones futuras

El sistema electoral israelí funciona mediante asignación proporcional de bancas basada en el total de votos, sin existencia de circunscripciones geográficas. Esta característica transforma a los comicios en un debate nacional de amplitud general, donde preocupaciones locales o regionales poseen impacto limitado. Históricamente, los procesos electorales en Israel se caracterizan por su irregularidad temporal. Elecciones convocadas fuera del calendario ordinario resultan frecuentes producto de dinámicas complejas dentro de coaliciones parlamentarias. La última ocasión en que Israel realizó comicios en fechas previamente programadas remonta a 1988, hace más de tres décadas y media.

Los registros de fallecidos durante la campaña militar iniciada tras los ataques de octubre arrojan cifras que varían según las fuentes, aunque los datos reportados por autoridades sanitarias gazatíes indican que hasta el 5 de junio de 2024 se había producido más de 36.000 muertes palestinas, aproximadamente un tercio de ellas menores de edad. Estas cifras enmarcan el contexto sobre el cual la ciudadanía israelí será llamada a expresarse electoralmente, y constituyen un trasfondo que inevitablemente influye en cómo sectores de la población procesan sus opciones de voto.

La celebración de estos comicios representa un momento de potencial reconfiguración política, aunque sus alcances y limitaciones merecen evaluación sobria. Los votantes israelíes tendrán la oportunidad de expresar su posición respecto de la conducción estatal durante uno de los períodos más convulsos de su historia contemporánea, en un contexto donde las presiones internacionales, las divisiones domésticas y las consideraciones de seguridad intersectan en formas complejas. Ya sea que Netanyahu continúe en el poder o que nuevos liderazgos asuman responsabilidades ejecutivas, la trayectoria futura de la región y las relaciones internacionales de Israel permanecerán en función de decisiones que exceden en amplitud el acto electoral mismo, implicando reformulaciones profundas de orientaciones políticas que trascienden cambios superficiales de personas.