La negociación por la paz en Gaza vuelve a encontrarse en un callejón sin salida. En el corazón de este nuevo estancamiento se encuentra una posición intransigente: el gobierno israelí mantiene como condición previa e ineludible el desarmamento total de Hamas antes de cualquier retiro de sus fuerzas militares del territorio palestino. Esta exigencia, planteada directamente por el primer ministro israelí durante encuentros de alto nivel celebrados en Jerusalén, choca frontalmente con las demandas de la otra parte y crea una situación donde ambas posiciones parecen mutuamente excluyentes. Los hechos recientes ponen en evidencia cuán profundo es el abismo que separa a las partes involucradas en una de las crisis humanitarias más graves de la actualidad.
Las conversaciones de tres horas que se llevaron a cabo en territorio israelí incluyeron a figuras clave del esquema diplomático estadounidense, entre ellas el yerno del presidente estadounidense y su enviado especial, acompañado además por integrantes de lo que se ha denominado como una estructura consultiva internacional. Durante esos encuentros, quedó claro que no hubo avances sustanciales ni cambios en las posiciones de las partes. Los funcionarios israelíes dejaron registrado que el gobierno rechazaba cualquier posibilidad de retirada de las Fuerzas de Defensa Israelíes y que estas continuarían ejecutando operaciones militares en la franja costera. Esta declaración llegaba apenas días después de que la misma administración rechazara de manera contundente un plan de quince puntos respaldado por la administración estadounidense, plan que había sido presentado como una hoja de ruta para desbloquear el acuerdo congelado desde hace meses.
El nudo gordiano: quién se retira primero
El conflicto de fondo gira en torno a una cuestión de secuencia que aparenta ser simple pero que contiene implicancias geopolíticas profundas. Israel insiste en que Hamas debe entregar todas sus armas antes de que cualquier soldado abandone Gaza, mientras que el movimiento palestino exige la retirada israelí previa como condición para comenzar cualquier proceso de desarmamento. Este círculo vicioso refleja la desconfianza mutua acumulada a lo largo de décadas. Según planteos del lado israelí presentados durante estos encuentros, se solicitó incluso que un general estadounidense supervisara personalmente la entrega de armamento por parte de Hamas, una propuesta que añade otra capa de complejidad al asunto.
Las cifras hablan por sí solas sobre la magnitud del territorio controlado: fuerzas israelíes mantienen bajo su dominio aproximadamente el 60% de la extensión total de Gaza. La otra parte sostiene que debe establecerse primero lo que denominan la "línea amarilla", una frontera nunca precisamente delimitada que separa las zonas. Sin embargo, reportes indican que las posiciones militares israelíes ya han traspasado esa línea, lo que complejiza aún más cualquier negociación sobre retiradas graduales. El primer ministro incluso ha expresado públicamente su intención de ampliar el control territorial israelí hasta alcanzar el 70% del territorio, una declaración que ciertamente no contribuye a generar confianza en procesos de negociación.
Diferencias irreconciliables sobre los pasos siguientes
A la semana previa, el enviado estadounidense había mantenido conversaciones separadas con la cúpula política del movimiento palestino en El Cairo. En esas reuniones, Hamas reiteró su posición: Israel debe retirarse primero de la mayor parte del territorio antes de que cualquier proceso de desarmamiento pueda comenzar. El movimiento reconoce haber aceptado la hoja de ruta que incluye sus propios mecanismos de desarmamento, pero subraya que tales compromisos están condicionados a que mediadores ejerzan presión sobre Israel para que se adhiera al plan. Funcionarios que participaron en esas conversaciones transmitieron que Hamas está dispuesto a iniciar un período de negociaciones de catorce días para trabajar en los detalles de implementación, pero únicamente si todas las partes aprueban previamente la hoja de ruta completa.
Lo que comienza a emerger con claridad es que los últimos diez meses desde que se acordó un cese de operaciones militares a gran escala han visto poco o ningún progreso real en las cuestiones sustantivas. Los hechos sobre el terreno continúan modificándose: reportes de medios indican que desde que se acordó la pausa en operaciones ofensivas a mayor escala, han fallecido más de mil doscientos palestinos y fueron heridos más de cuatro mil según cifras de autoridades de salud locales. Esto sugiere que la denominada "pausa" ha permitido operaciones militares continuadas de menor escala. Simultáneamente, ciudades y pueblos de Gaza permanecen en ruinas, con una población de aproximadamente dos millones de personas enfrentando condiciones humanitarias cada vez más críticas. La reconstrucción sigue siendo un objetivo distante, bloqueada por el mismo desacuerdo sobre el orden de los pasos que deben tomarse.
El contexto político interno también pesa. Se avecinan elecciones nacionales y, según análisis de encuestas, los temas relacionados con Gaza y la responsabilidad del primer ministro en los eventos que precedieron al ataque del 7 de octubre de 2023 constituyen un terreno político delicado para la administración en cuestión. Hay indicaciones de que la administración estadounidense ha expresado frustración respecto a la falta de avances, con sugerencias de que compromisos previos no habrían sido cumplidos adecuadamente. Paralelamente, una serie de potencias regionales —incluidas monarquías del Golfo, países del sur asiático y naciones mediadores como Egipto, Qatar y Turquía— ha emitido declaraciones conjuntas expresando preocupación por lo que describen como obstrucción israelí a los esfuerzos de paz. Esos comunicados instan a la administración estadounidense a tomar medidas concretas e inmediatas para asegurar que ninguna de las partes impida la implementación del plan.
Las consecuencias de un impasse prolongado
Lo que permanece incierto es cómo se resolverá este punto de inflexión. Si la posición israelí se mantiene sin cambios, el acuerdo sobre cese de operaciones seguirá siendo un arreglo precario donde las operaciones militares continúan a menor escala pero sin resolución de los asuntos de fondo. Si Hamas cede en sus demandas de retirada previa, enfrenta el riesgo político de ser percibido como debilitado internamente. Si la mediación internacional logra algún cambio en las posturas, es probable que sea incremental y que tome meses de negociación adicional. Mientras tanto, la población civil en Gaza —ya diezmada por operaciones militares previas— permanece atrapada en un limbo donde ni la guerra a gran escala ha terminado completamente ni hay paz que permita reconstrucción y normalidad. Las diferentes perspectivas sobre cómo proceder reflejan intereses geopolíticos variados, desde la seguridad israelí hasta la legitimidad política palestina, pasando por la influencia regional de potencias mediadoras. La trayectoria que tome esta situación en las semanas y meses venideros determinará si es posible encontrar una salida que responda a las preocupaciones de las múltiples partes involucradas o si, por el contrario, se profundiza un conflicto que ya ha causado sufrimiento humano incalculable.



