La contienda electoral israelí ha tomado un giro que expone las tensiones geopolíticas actuales de manera cruda y sin filtros. El partido Likud, encabezado por Benjamin Netanyahu, ha desplegado una estrategia de campaña que busca vincular directamente al alcalde neoyorquino Zohran Mamdani con figuras consideradas hostiles a los intereses de Israel, colocando su imagen en una valla publicitaria que lo equipara con el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan, el líder supremo iraní Mojtaba Jamenei y Naim Qassem, máximo exponente de la organización armada Hezbollah. El mensaje que acompaña esta yuxtaposición es contundente: "Quieren que Netanyahu pierda... No dejes que ganen". Lo que parecería una jugada política convencional esconde una compleja trama de acusaciones mutuas, discursos polarizantes y un pulso internacional que trasciende las fronteras de ambos países.
Para comprender el contexto actual es necesario remontarse a los últimos meses de turbulencia política. El parlamento israelí, conocido como Knesset, fue disuelto en julio, lo que disparó el cronómetro hacia nuevas elecciones programadas para octubre. Este calendario electoral se inscribe en el marco de los enfrentamientos iniciados hace poco más de un año, cuando operativos de Hamas generaron una crisis humanitaria sin precedentes en la franja de Gaza. Netanyahu ha apostado a mantener su coalición de fuerzas derechistas en el poder, pero las encuestas lo muestran en una posición frágil. Es precisamente en este escenario de debilidad relativa donde la estrategia comunicacional adquiere especial relevancia: cuando los números no acompañan, el factor emocional y la construcción de enemigos externos cobran protagonismo.
Una disputa que atraviesa el Atlántico
Mamdani no es un rival casual en este tablero. El político demócrata, que encabeza la administración municipal de Nueva York, ha erigido su postura crítica respecto a la política exterior israelí como columna vertebral de su discurso público desde el momento mismo en que anunció su candidatura. Sin embargo, el escalamiento de la tensión entre ambos ocurrió de manera abrupta hace apenas semanas, cuando Mamdani pronunció términos de una dureza inusitada. Denominó a Netanyahu como un "criminal de guerra" y agregó que su lugar correspondería al tribunal internacional radicado en La Haya. Fue más allá: instó a las autoridades estadounidenses a que ejecutaran las órdenes de captura emitidas por la Corte Penal Internacional en caso de que el premier israelí concurriera a la Asamblea General de Naciones Unidas, evento que está previsto para septiembre en territorio estadounidense.
La respuesta no se hizo esperar. Netanyahu contraatacó mediante acusaciones que él mismo divulgó a través de sus canales de comunicación digital, señalando que Mamdani estaría "fomentando odio" entre diferentes comunidades religiosas en su jurisdicción. El premier israelí profundizó su crítica al argumentar que personajes políticos como el alcalde neoyorquino representaban un peligro para lo que históricamente ha sido un consenso bipartidista en Estados Unidos respecto al apoyo a Israel. Manifestó su preocupación de que demócratas progresistas, en cuya órbita sitúa a Mamdani, estuvieran erosionando esa tradicional unanimidad. No obstante, existe un dato que complejiza esta narrativa: sondeos de opinión realizados en territorio estadounidense revelan un panorama contraintuitivo. Entre votantes judíos estadounidenses, Mamdani goza de mayor popularidad que el propio Netanyahu. Esta información, lejos de ser anecdótica, sugiere que la polarización no es unidireccional ni que los sectores que Netanyahu pretende movilizar responden de manera automática a sus llamados.
Contexto de negociaciones estancadas y retórica inflamable
El timing de este enfrentamiento no es casual. Mientras Netanyahu agudiza sus ataques contra una figura política estadounidense, las negociaciones bilaterales respecto a un eventual cese de fuego en Gaza atraviesan un momento de estancamiento. Jared Kushner, el yerno del expresidente Donald Trump y actualmente enviado especial en asuntos diplomáticos regionales, sostuviera una reunión de tres horas de duración con Netanyahu el lunes pasado. El encuentro, sin embargo, no arrojó avances significativos. La posición israelí permanece inflexible: no retirará sus tropas del territorio palestino hasta que Hamas acepte un proceso de desmovilización armada. Simultáneamente, Netanyahu ha incursionado en territorios retóricos peligrosos. En una entrevista emitida por la radio del ejército israelí, comparó a Gran Bretaña con una "república islámica", afirmación que refuerza estereotipos islamófobos comunes en círculos de extrema derecha respecto a la población musulmana británica. Llegó al punto de denominar al país europeo como la "primera república islámica en poseer armas nucleares". Estas declaraciones trascienden lo cómico para instalarse en un territorio donde la lógica de la campaña electoral parece haber erosionado los límites del discurso responsable.
Netanyahu, cuya coalición gobernante muestra signos de debilitamiento en las preferencias electorales, ha encontrado en la difusión de su material de campaña un instrumento para amplificar su mensaje a través de plataformas digitales. Publicó tanto una fotografía de la valla publicitaria como un video recopilatorio de declaraciones de Mamdani calificándolo de criminal de guerra, buscando posicionar la narrativa de que elementos externos, particularmente los demócratas progresistas estadounidenses, conspiran contra su permanencia en el poder. Por su parte, Mamdani no ha emitido respuesta pública formal a su inclusión no solicitada en los materiales electorales del premier israelí. Esta ausencia de reacción inmediata podría interpretarse de múltiples maneras: desde una estrategia deliberada de no amplificar el conflicto hasta un cálculo político que considera al alcalde en una posición lo suficientemente robusta como para no necesitar respuesta defensiva.
Lo que emerge de este episodio es una geografía política donde los límites nacionales han perdido relevancia como fronteras de las disputas públicas. Un alcalde estadounidense, un premier israelí y conflictos en Oriente Medio convergen en un espacio donde redes sociales, campañas electorales y política internacional se retroalimentan mutuamente. La decisión del Likud de vincular a Mamdani con personajes considerados adversarios estratégicos de Israel representa una apuesta por vincular la política doméstica estadounidense con la arena electoral israelí. Los resultados de las elecciones de octubre en Israel, así como la evolución de la postura de la administración estadounidense respecto a Gaza, determinarán si esta estrategia resulta efectiva en términos electorales o si, por el contrario, genera rechazos que favorecen a la oposición. Del mismo modo, la trayectoria política de Mamdani en Nueva York dependerá en parte de cómo gestione esta exposición involuntaria en el escenario internacional, pudiendo transformarla en capital político o permitiendo que se disuelva en el ruido de una campaña electoral saturada de declaraciones provocativas.



