La estrategia conjunta entre el Gobierno israelí y la administración estadounidense enfrenta hoy un momento de quiebre que ninguno de los dos líderes involucrados había anticipado cuando hace poco más de dos meses decidieron lanzar un ataque devastador contra Irán. Lo que parecía ser una operación militar de corta duración y resultados predecibles se ha convertido en un conflicto que genera fricciones crecientes entre Washington y Jerusalén, socavando una alianza que ambos gobiernos habían presentado como monolítica y sin fisuras. Las señales de tensión se multiplican: Netanyahu rompe semanas de silencio para insistir públicamente que mantiene "coordinación total" con Donald Trump y que se comunican "casi a diario", pero precisamente esa insistencia repetida levanta sospechas sobre la verdadera naturaleza de la relación. Entre analistas y observadores, la reacción a estas declaraciones fue inmediata: si el premier israelí necesita enfatizar qué bien están las cosas, probablemente significa que están peor de lo que se suponaba.
De la euforia a la decepción: cómo se derrumbó el optimismo inicial
Los hechos que llevaron a esta confrontación interna son claros en su cronología. A finales de febrero pasado, Netanyahu logró lo que había perseguido durante décadas: convencer al presidente estadounidense de que la guerra contra Irán era no solo necesaria, sino inevitable y ganable. Para lograrlo, el premier israelí desplegó una estrategia de persuasión sin precedentes, llegando incluso a inmiscuirse en la política doméstica estadounidense de maneras que ningún líder extranjero había intentado antes. Su obsesión por socavar el acuerdo nuclear multilateral con Irán de 2015 lo llevó a trabajar activamente en 2018 para que Trump abandonara ese pacto, una decisión que paradójicamente llevó a Teherán a intensificar su programa de enriquecimiento de uranio hasta acumular suficiente material fisionable para fabricar una docena de cabezas nucleares.
El factor que aceleró la decisión final fue particularmente revelador del método de Netanyahu. Pocas semanas antes de ordenar los ataques contra Irán, Trump había autorizado una operación encubierta que logró extraer del territorio venezolano al presidente Nicolás Maduro en un golpe de Estado prácticamente incruento. Netanyahu vio en ese suceso un precedente perfecto. Según relatos de diplomáticos israelíes, el premier le describió a Trump el panorama del régimen iranio en términos casi idénticos a los que habían caracterizado la situación venezolana: un sistema en colapso económico, una población al borde del levantamiento, fuerzas de seguridad desmoralizadas y vulnerables. Con el apoyo del director del Mossad, David Barnea, pintó un cuadro de una fruta madura lista para caer del árbol. Le prometió a Trump que juntos podrían derrocar al régimen en cuestión de tres o cuatro días, una promesa que resultaría ser profundamente equivocada en todos sus aspectos.
Pero la realidad de la guerra que comenzó el 28 de febrero desmoronó cada una de las premisas sobre las que se había construido. La población iraní no se levantó contra su gobierno. El régimen no cayó. Los kurdos no atacaron desde el noroeste como se esperaba. Y lo más importante: la Guardia Revolucionaria Islámica no fue sobrestimada en su capacidad de respuesta, sino subestimada. Demostró una capacidad de golpear duramente las bases estadounidenses en el Golfo Pérsico, cerrando el estrecho de Ormuz y desencadenando una crisis económica global. Treinta días después del inicio de los ataques, para finales de marzo, Trump ya mostraba signos de profunda decepción.
El silenciamiento de Netanyahu y la exclusión de las negociaciones
La transformación en la actitud presidencial fue primero silenciosa, luego cada vez más explícita. Trump dejó de mencionar a Israel y a Netanyahu en sus declaraciones públicas sobre la marcha de la guerra, ese tono relentlessly optimista que lo caracteriza. Cuando a principios de abril comenzaron las conversaciones preliminares para un alto el fuego, mediadas por negociadores estadounidenses, sus contrapartes iranís y mediadores paquistaníes, Israel fue sistemáticamente dejado fuera de las mesas de negociación. Los funcionarios israelíes se vieron obligados a recurrir a sus activos de inteligencia para intentar enterarse de qué se estaba discutiendo. Esta exclusión fue particularmente humillante considerando que los temas sobre los cuales Israel tenía máxima preocupación —el arsenal de misiles iranios y el uso de fuerzas proxy regionales— nunca fueron siquiera mencionados en las propuestas de cese al fuego que circulaban.
Cuando Trump sí se refería a Netanyahu en público, era generalmente para reprenenderlo. Cuando Israel bombardeó el campo de gas South Pars, el presidente no dudó en declarar públicamente que le había dicho al premier que no lo hiciera, añadiendo que si su aliado volvía a actuar sin su aprobación simplemente dejaría de permitirlo. Pero el punto de quiebre más visible llegó en abril, cuando después de que Trump aceptara inicialmente la interpretación israelí de que el Líbano quedaba excluido del acuerdo de cese al fuego, cambió de posición drásticamente cuando la tregua corrió riesgo de colapso. El 17 de abril, Trump utilizó sus redes sociales para hacer algo prácticamente inédito en su relación con Netanyahu: le ordenó públicamente y en términos categóricos que Israel dejara de bombardear Líbano. "Israel ya NO bombardeará Líbano. ESTÁ PROHIBIDO por Estados Unidos. ¡Basta es basta!", escribió. La humillación pública fue tan severa que algunos analistas la consideraron un punto de no retorno en la dinámica de la alianza.
Las maniobras israelíes y la ventana de oportunidad que se cierra
Desde entonces, funcionarios del Gobierno israelí han estado filtrando información a la prensa sugiriendo que el cese al fuego no durará, que el retorno a las hostilidades es inevitable. Hace poco más de una semana, múltiples medios israelíes reportaron que la coordinación militar entre Washington y Jerusalén se había reactivado a los niveles previos al acuerdo de tregua, en anticipación de nuevos ataques conjuntos. Sin embargo, esos ataques no han materializado hasta ahora, y la administración Trump se ha esforzado en minimizar el significado de los recientes intercambios de fuego en la zona del estrecho de Ormuz. La pregunta que se plantean los observadores es cuánto tiempo Netanyahu logrará mantener la paciencia antes de reanudar unilateralmente operaciones que considera vitales para la seguridad de Israel.
Trump, por su parte, ya tiene la vista puesta en otro escenario de confrontación que considera potencialmente más importante. En menos de dos semanas está programado un viaje a China donde sostendrá una reunión crítica con el presidente Xi Jinping. Esa cumbre será decisiva para sus planes económicos y geopolíticos globales. El cálculo presidencial es evidente: necesita cerrar el capítulo de Irán antes de viajar a Beijing. Si llega a esa reunión con la guerra aún abierta, estaría en la posición debilitada de alguien que necesita pedir favores a Xi para que presione a Irán a que haga concesiones. Es exactamente lo opuesto a la posición de fuerza que Trump pretende proyectar cuando intente renegociar las relaciones económicas entre Estados Unidos y China. Esa ventana de tiempo se está cerrando rápidamente, y Netanyahu lo sabe.
El ciclo histórico y los precedentes que Netanyahu no olvida
El premier israelí, sin embargo, dispone de un cálculo basado en experiencias anteriores que le permite guardar cierta esperanza sobre el futuro de la alianza. En conflictos previos como los ocurridos en Gaza y el Líbano, Netanyahu ha aprendido que aunque Trump lo fuerce a aceptar un acuerdo de paz temporal que va contra sus intereses estratégicos, la atención presidencial se desvía inevitablemente hacia otros asuntos. Cuando eso sucede, Israel recupera el margen de maniobra que necesita para reanudar operaciones bajo el eufemismo que utilizan los militares israelíes: "segar el pasto", cortando de vez en cuando el crecimiento de amenazas emergentes como el programa de misiles o la capacidad nuclear de sus adversarios. Netanyahu también sabe que existen límites estructurales en cuánto puede separarse Trump de su abrazo geopolítico. El ex asesor de seguridad nacional estadounidense John Bolton ha señalado que Netanyahu posee una capacidad única para generar resonancia política doméstica dentro de Estados Unidos, algo que probablemente ningún otro líder extranjero puede hacer. Incluso Trump, quien históricamente ve cualquier atención mediática como competencia potencial, reconoce tácitamente que Netanyahu continúa gozando de un margen de libertad relativamente amplio, especialmente en el Líbano.
El costo político para ambos líderes
Lo que verdaderamente ata a estos dos líderes con cordones que será extremadamente difícil desatar es el fracaso estratégico compartido. Netanyahu debe convocar a elecciones antes de octubre, y los sondeos actuales sugieren que eso significaría finalmente el término de su mandato después de años dominando la política israelí. Para Trump, aunque no enfrenta elecciones presidenciales inmediatas, las elecciones legislativas que se avecinan podrían dejar al movimiento republicano en una posición debilitada. La guerra que ambos prometieron como breve, victoriosa y transformadora se ha convertido en lo opuesto: prolongada, costosa y fallida en cada uno de sus objetivos declarados. Ninguno de los dos puede permitirse admitir públicamente que fue engañado o manipulado por el otro, porque eso equivaldría a confesar su propia incompetencia o falta de juicio. Ambos necesitan proyectar que el conflicto está bajo control mientras en privado manejan una relación que se ha vuelto tóxica.
La paradoja es que tanto Netanyahu como Trump son figuras políticas que han construido sus carreras sobre el dominio mediático y la capacidad de controlar narrativas. Ambos han sido pioneros en métodos populistas que erosionaban las estructuras constitucionales de sus respectivos países. Ambos compartían cierta admiración mutua por su capacidad de operar fuera de las restricciones normativas. Pero esa misma mentalidad los llevó a cometer el mismo error de cálculo: subestimar la capacidad de resistencia de un adversario y sobreestimar la facilidad con que podían lograr un cambio de régimen. La guerra de Irán se ha convertido en un espejo en el que ambos ven reflejado su propio fracaso, y eso es precisamente lo que hace que la alianza sea tan frágil.
Consecuencias probables y escenarios abiertos
Las implicancias de esta descomposición de la relación entre Washington e Jerusalén se extienden mucho más allá de la esfera bilateral. Un replanteo fundamental de la posición de Israel en Oriente Medio podría acelerar cambios geopolíticos que hace años estaban congelados. La exclusión de Israel de las negociaciones de paz sugiere que Estados Unidos está explorando un camino hacia la estabilización regional que no depende del visto bueno israelí, algo que habría sido impensable hace apenas años. Simultáneamente, el debilitamiento relativo de Trump en su capacidad de presionar a Netanyahu abre interrogantes sobre qué sucederá si el premier israelí decide actuar unilateralmente después de octubre, cuando potencialmente ya no sea el jefe de Gobierno. Algunos analistas especulan que Netanyahu podría incluso ver una salida anticipada de la presidencia como liberadora: permitiría que alguien más enfrente las consecuencias políticas mientras él se prepara para potenciales procesos judiciales por corrupción. Otros argumentan que la experiencia de fracaso compartido podría eventualmente conducir a un replanteamiento conjunto de estrategias en Oriente Medio. Lo que parece claro es que la próxima etapa de la relación Trump-Netanyahu será significativamente distinta a la del triumfalismo de hace apenas cuatro meses, y que las consecuencias de ese cambio serán sentidas muy lejos de las capitales de ambos países.



