La vida en Oriente Medio ha dejado de ser predecible. Lo que antes era un futuro con cierto grado de planificación se transformó en una existencia marcada por la incertidumbre permanente, donde tener una mochila lista junto a la puerta se convirtió en rutina para cientos de miles de personas. Esta semana, mientras en Washington se anunciaba que un acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán estaba cada vez más cerca, la realidad en el terreno seguía un guión completamente distinto: más bombas cayeron sobre Líbano, las cifras de muertos continuaron en aumento, las economías nacionales se desplomaron y el desplazamiento forzado de poblaciones alcanzó nuevas dimensiones. Para quienes habitan esta región, la brecha entre lo que los diplomáticos prometen y lo que sucede en las calles se ha vuelto un abismo insalvable.

La incursión militar israelí en territorio libanés durante los últimos siete días marcó un hito preocupante: fue la más profunda en más de 26 años. Los ataques aéreos dejaron un saldo de al menos nueve personas muertas y provocaron que cientos de miles de civiles abandonaran sus hogares en el sur del país, buscando refugio en zonas que esperan sea más seguras. Paralelamente, apenas horas después de que Israel y Líbano anunciaran un cese del fuego respaldado por Washington, el ministro de Defensa israelí comunicó públicamente que las operaciones militares terrestres continuarían sin interrupciones. Poco después, el líder de Hezbollah rechazó de plano ese acuerdo, exigiendo una retirada completa de las fuerzas israelíes del territorio libanés. Estos movimientos revelaron una realidad incómoda: los diversos actores en el conflicto operan con agendas propias y contradictorias, y los compromisos diplomáticos se desmorona antes de que siquiera comiencen a implementarse.

La paradoja de la negociación mientras escalan las bombas

Donald Trump insistió nuevamente esta semana en que Irán estaba "bastante cerca" de firmar un acuerdo de paz con Estados Unidos, un tratado que permitiría la reapertura del Estrecho de Ormuz, ese estrecho pasaje marítimo por donde transita aproximadamente el 20 por ciento del petróleo y del gas natural licuado mundial. No obstante, para quienes viven en la región, esta promesa suena desconectada de la realidad. Los analistas israelíes sostienen que el primer ministro Netanyahu busca ampliar deliberadamente el alcance del conflicto para consolidar su posición política de cara a las elecciones legislativas que se avecinan en el país. Este cálculo electoral explica por qué sectores de extrema derecha dentro de su coalición de gobierno han comenzado a demandar públicamente la anexión de territorios en el sur de Líbano, Gaza y Cisjordania. Mientras tanto, Trump reduce su perfil en estos asuntos, consciente de que la guerra es impopular entre el electorado estadounidense y de que el aumento de los precios del petróleo está impactando negativamente la inflación doméstica.

Los objetivos declarados inicialmente por Israel y Estados Unidos parecen haberse evaporado. Cuando la campaña comenzó, hace más de un año, todo parecía funcionar según lo planeado. Sin embargo, el bloqueo predecible del Estrecho de Ormuz generó un estancamiento estratégico que ha dejado sin claridad cuál sería la definición de una victoria. Lo que era supuestamente un objetivo central del esfuerzo bélico —detener o revertir el programa nuclear de Irán— ahora ni siquiera figura en la mesa de negociaciones. Según especialistas que han analizado la situación, esto augura un fracaso estratégico importante para Israel, independientemente de cuánto territorio controle militarmente. Desde el inicio de las hostilidades con Irán, miles de soldados israelíes resultaron heridos y 23 perdieron la vida en ataques con misiles provenientes de Irán y Líbano, conforme a cifras oficiales de abril del servicio de ambulancias israelí. Para Netanyahu, sin embargo, lo que importa ahora es demostrar ante los votantes israelíes que los logros de seguridad alcanzados desde octubre de 2023 —cuando Hamás mató a 1.200 israelíes e hirió a muchos más— justifican el costo político y humano de la guerra.

Gaza: una catástrofe humanitaria en silencio global

Mientras la atención internacional se concentra en la negociación entre Washington y Teherán, Gaza permanece en un estado de devastación casi completo. Aunque un acuerdo de cese del fuego respaldado por Estados Unidos entró en vigor hace varios meses, más de 900 personas han sido asesinadas en la Franja por bombardeos israelíes continuos desde entonces. El balance total es aún más atroz: más de uno de cada diez integrantes de la población previa a la guerra, que ascendía a 2,3 millones de personas, ha sido asesinado o herido desde que Israel inició su operación militar. Una comisión de las Naciones Unidas ha caracterizado este patrón como genocidio. Los sobrevivientes se encuentran ahora apiñados en una estrecha franja costera mientras las fuerzas israelíes desplazan continuamente la llamada "línea amarilla"—el límite territorial acordado—para anexionar aún más territorio. Israel controla actualmente al menos el 60 por ciento de Gaza, territorio que ha sido prácticamente arrasado: casi toda la infraestructura ha sido demolida y apenas hay espacios donde los palestinos puedan establecer sus hogares.

La crisis humanitaria que azota a Gaza es de una magnitud sin precedentes. A pesar de que el acuerdo de cese del fuego contemplaba un aumento sustancial en la cantidad de ayuda humanitaria que ingresara a la región, las cifras reales muestran que sigue siendo insuficiente. Hay escasez crítica de agua potable, medicinas y alimentos. Decenas de miles de personas padecen hambre. Israel sostiene que la cantidad de ayuda que llega es adecuada, pero la historia reciente contradice esta afirmación: hace poco más de un año, el bloqueo de envíos de alimentos provocó una situación de hambruna generalizada. Los combates continuos matan en promedio a más de 100 personas cada mes, un número que en cualquier otra región del mundo sería considerado indicador de una zona de guerra activa. Sin embargo, la Casa Blanca no parece darle prioridad a esta tragedia. Conforme a reportes, los enviados especiales de Trump dedicados a la cuestión palestina fueron apartados del tema para enfocarse en Irán, presentado como prioridad mayor. La razón es pragmática: Gaza es políticamente incómoda para la administración estadounidense y genera daño en la percepción sobre el costo de vida interno.

El abandono político y la doble moral occidental

Se espera que líderes de la Unión Europea cuestionen a Netanyahu por su expansión continua en Gaza y Líbano en una cumbre próxima en Bruselas. Sin embargo, el historial demuestra que el primer ministro israelí ha rechazado sistemáticamente la crítica internacional, y la UE aún no ha utilizado ninguna de sus herramientas económicas y políticas considerables —es el socio comercial más importante de Israel— para condicionar su apoyo. La situación en Gaza simplemente no parece ser una prioridad para gobiernos alrededor del mundo, más preocupados por cómo el conflicto en la región impacta en los precios del petróleo y la inflación global. Lo que se observa es abundancia de condenaciones verbales pero carencia absoluta de medidas prácticas que mejoren la situación de quienes en Gaza viven en un limbo terrible, sin acceso a servicios básicos ni perspectivas de futuro cercano.

Existe una incongruencia notable en la forma en que Occidente se relaciona con las diferentes trasgresiones al derecho internacional humanitario. Los países europeos, en particular, han sido vocales y comprometidos en responsabilizar a Rusia por bombardear civiles y destruir infraestructura civil en Ucrania. Esa misma energía y determinación brilla por su ausencia cuando se trata de denunciar violaciones similares perpetradas por otros actores. Este doble rasero alimenta un sentimiento de humillación y abandono entre los habitantes de la región. Un empresario de Mashhad, en Irán, resumió recientemente este sentimiento con crudeza: "Me siento humillado. Alguna vez esperé desesperadamente la intervención estadounidense, pero ahora me pregunto si tiene sentido. Esto no es un cese del fuego. Es una subasta sin fin entre Estados Unidos y la República Islámica sobre nuestras vidas y nuestra sangre."

La experiencia libanesa replica esta narrativa de desesperación. Amplios sectores de la población libanesa no respaldan a Hezbollah, pero Israel bombardea Beirut, ocupa el sur y demolisce aldeas completas. Organizaciones de derechos humanos han documentado acciones que deberían investigarse como crímenes de guerra, pero no hay creencia alguna entre los civiles de que este conflicto los llevará hacia la libertad o la prosperidad. Además del peligro inmediato para la seguridad personal, existe un impacto económico devastador que siempre perjudica más duramente a las mujeres, minorías y poblaciones pobres. En Líbano, la dificultad de planificar viajes familiares durante el verano cuando los vuelos internacionales se suspenden es un problema menor comparado con el peso psicológico de la incertidumbre. Por si fuera poco, el país está atravesado por memorias generacionales de la guerra civil de los años ochenta y del conflicto de 2006 con Israel. Esas cicatrices históricas se activan cada vez que suena una sirena de alerta.

¿Pueden las elecciones cambiar el curso?

Algunos observadores externos encuentran esperanza en los próximos comicios electorales programados en Estados Unidos e Israel. Sin embargo, esa esperanza podría ser ingenua. El principal contendiente de la oposición israelí no parece diferir significativamente de Netanyahu en sus posiciones políticas fundamentales. Respecto a Estados Unidos, es difícil predecir cómo Trump reaccionará ante los resultados de las elecciones intermedias que se aproximan: si las interpreta como un triunfo o como una humillación política, es una incógnita. Lo que es conocido y medible es el impacto cotidiano en quienes viven esta realidad día a día, con sus pertenencias empacadas en una bolsa lista para evacuar en cualquier momento. Desde Líbano, Irán y Gaza, millones de personas se formulan la misma pregunta inquietante: ¿por qué las democracias occidentales permiten que Israel pisotee la legislación internacional que protege a los civiles? Esta interrogante refleja una erosión profunda de la confianza en un orden internacional que supuestamente debería garantizar protección igual para todas las poblaciones civiles, independientemente de su ubicación geográfica.

La situación actual en Oriente Medio revela dinámicas complejas sin soluciones claras en el horizonte visible. Cada actor persigue objetivos distintos con métodos que generan consecuencias humanitarias catastróficas. Si los analistas que sostienen que Netanyahu busca mantener abierto el conflicto por cálculo electoral están en lo correcto, entonces los ciclos electorales internos podrían determinar el destino de millones de civiles en la región durante meses o incluso años. Si Trump realmente considera prioritaria la negociación con Irán por razones domésticas, entonces Gaza y Líbano permanecerán fuera de la agenda política estadounidense. La Unión Europea, pese a su capacidad de influencia, ha demostrado históricamente que no utiliza sus herramientas económicas para presionar por cambios de política. Mientras tanto, la población civil continúa viviendo bajo bombardeos, escasez de recursos básicos y la certeza de que el futuro próximo traerá más de lo mismo. Las opciones políticas disponibles para quienes habitan la región generan desconfianza igual: ni creen que una intervención militar occidental traiga mejora, ni confían en que sus gobiernos locales representen sus intereses. Están atrapados en un limbo donde los únicos ganadores aparentes son aquellos en el poder que utilizan la guerra para consolidar posiciones políticas, mientras quienes no tienen poder de decisión cargan con las consecuencias.