La tierra no se había movido de esa manera en Panamá durante años. El viernes pasado, un terremoto de magnitud 7.7 sacudió la región sur del país y transformó en cuestión de minutos lo que debía ser un día laboral común en una jornada de caos, pánico y evaluación de daños. Aunque el epicentro se ubicó en una zona relativamente despoblada, a unos 200 kilómetros de distancia de la Ciudad de Panamá, las consecuencias se sintieron en toda la extensión del territorio nacional. Lo que sucedió durante esos aproximadamente 60 segundos de sacudidas continuas cambió la percepción de vulnerabilidad de una nación que históricamente no se ha considerado expuesta a este tipo de fenómenos naturales.

Cuando los edificios comenzaron a moverse, la respuesta fue inmediata y visceral. Decenas de miles de personas abandonaron sus lugares de trabajo, sus comercios, sus escuelas. En los rascacielos del centro financiero de la capital, la escena se repitió en cada piso: gente bajando por escaleras, ascensores detenidos, trabajadores con expresiones de incertidumbre y miedo en los rostros. Un residente de un edificio de 15 pisos relató después cómo los muebles pesados, las camas, los objetos de la cocina se movieron como si estuvieran poseídos por una fuerza invisible. La magnitud de las sacudidas fue tal que atravesó los vidrios y las estructuras de acero de las construcciones modernas. Imágenes que circularon en redes sociales mostraban el agua de una piscina ubicada en la azotea de un edificio de más de 20 pisos derramándose hacia las calles como si fuera una cascada urbana. Todo sucedía mientras las personas intentaban procesar lo que estaba pasando.

Una nación en movimiento: pánico y evacuaciones

El Instituto de Geociencias Nacional reportó oscilaciones que duraron alrededor de 40 segundos en algunos sectores, aunque la sensación subjetiva de los habitantes fue de una eternidad. Para muchos ancianos panameños, especialmente aquellos que nunca habían experimentado un evento sísmico de semejante intensidad, los momentos posteriores fueron traumáticos. Se vieron lágrimas en las mejillas de personas mayores mientras descendían a las calles en busca de seguridad. En la ciudad de Penonome, ubicada en la provincia de Coclé hacia el interior del país, una madre vivió momentos de angustia cuando su hija quedó atrapada en la escuela durante las evacuaciones de emergencia. Ella misma describió la experiencia como algo completamente fuera de lo ordinario, una sacudida tan violenta y prolongada que no tenía punto de comparación con nada que hubiera vivido anteriormente.

La profundidad de 12.6 kilómetros registrada por el Servicio Geológico de Estados Unidos fue crucial para que los daños no fueran catastróficos. Un epicentro más superficial en una zona poblada habría significado un desastre de proporciones mucho mayores. Aun así, el presidente en funciones caracterizó lo sucedido como una situación grave, mencionando específicamente que varias carreteras habían sufrido colapsos parciales o totales. Las imágenes de los puentes que atraviesan el canal de Panamá fueron particularmente reveladoras: estructuras que se ondulaban visiblemente mientras los vehículos seguían circulando, demostrando tanto la vulnerabilidad como la resistencia de las infraestructuras. El tráfico en las arterias principales de la capital se convirtió en una pesadilla. Empleados públicos como un trabajador del ministerio de economía se vieron atrapados en las calles, esperando autobuses que probablemente nunca llegarían, preguntándose cómo lograrían regresar a sus hogares después de que todos los edificios de oficinas hubieran sido evacuados.

Las secuelas y el funcionamiento de sistemas críticos

Lo que sucedió después del temblor inicial fue casi tan importante como el evento mismo. Más de 40 réplicas sísmicas continuaron sacudiendo el territorio durante las horas posteriores, manteniendo a la población en estado de alerta permanente. Sin embargo, los sistemas más críticos de la nación mantuvieron su operatividad. El canal de Panamá, esa arteria vital que conecta dos océanos y por la cual transitan buques comerciales de todo el mundo, reportó funcionamiento normal. La mina de cobre Cobre Panamá, uno de los proyectos de infraestructura más importantes del país, también continuó operando. El aeropuerto Tocumén, después de una suspensión inicial de vuelos como protocolo de seguridad, reanudó sus operaciones. Estos datos fueron tranquilizadores en el contexto general, pero no eliminaron la preocupación sobre los daños estructurales generalizados.

La distribuidora de energía eléctrica reportó cortes de suministro en seis provincias del país, afectando a cientos de miles de personas. Sin electricidad, sin información clara, con réplicas continuas, la noche fue larga para muchos panameños. El análisis técnico posterior indicó que aproximadamente 43,000 personas vivían en zonas que habían experimentado exposición severa al terremoto. Las proyecciones de pérdidas económicas resultaban preocupantes: los especialistas del Servicio Geológico estadounidense estimaban daños que podrían oscilar entre el 1% y el 10% del producto interno bruto de Panamá, un rango amplio que reflejaba la incertidumbre sobre la magnitud real de los perjuicios.

Un dato contextual relevante es que Panamá no es una región caracterizada por actividad sísmica frecuente o severa, a diferencia de países como Chile, Perú o Ecuador, donde los terremotos forman parte de la realidad cotidiana y la población está culturalmente preparada. Esta falta de experiencia colectiva con eventos sísmicos mayores explica la intensidad de la respuesta emocional y el nivel de pánico que se manifestó. El gobierno nacional ya tenía planeado realizar un simulacro nacional de evacuación el lunes siguiente, lo que adquirió una ironía involuntaria: el evento real ocurrió antes de que pudiera evaluarse el plan de respuesta. A nivel internacional, la secretaría de estado de Estados Unidos comunicó que estaba monitoreando la situación de cerca y que el país norteamericano estaba disponible para brindar asistencia si fuera solicitada.

Perspectivas futuras y aprendizajes pendientes

Lo que sucedió en Panamá durante esos minutos intensos abre un debate sobre la preparación y la resiliencia de infraestructuras en una región que históricamente no había considerado a los terremotos como una amenaza prioritaria. Las imágenes de piscinas desbordándose, puentes ondulantes, y edificios evacuándose de emergencia generaron cuestionamientos sobre códigos de construcción, normativas de seguridad sísmica y capacitación del personal de emergencias. Algunos especialistas argumentarán que la infraestructura moderna panameña demostró robustez al no registrar colapsos catastróficos. Otros, sin embargo, señalarán que los daños en carreteras, las fallas en el suministro eléctrico y los apagones en seis provincias revelaron vulnerabilidades preexistentes. Lo cierto es que Panamá tendrá ahora que reflexionar sobre cómo prepararse para futuras eventualidades sísmicas, cómo mejorar los protocolos de evacuación, y cómo construir infraestructura que pueda resistir no solo el desarrollo económico acelerado, sino también las fuerzas impredecibles de la naturaleza.