Lo que sucedió el sábado en la Plaza Roja no fue simplemente un acto conmemorativo reducido por cuestiones operativas. Fue, en cambio, la fotografía más elocuente posible del estado actual de una potencia que alguna vez exhibió su músculo militar sin inhibiciones y que hoy se ve forzada a clausurar internet en toda su capital, a desplegar un operativo de seguridad sin precedentes y a mantener un evento que históricamente fue símbolo de poder de apenas cuarenta y cinco minutos. El cambio no es un detalle menor: representa una fractura en la narrativa que el régimen ha intentado construir desde hace más de un año respecto a su situación en Ucrania.
En el micrófono, Vladimir Putin sostuvo el discurso de siempre. Habló de victoria inevitable, de una generación de vencedores cuyas hazañas inspiran a los combatientes actuales, de fuerzas heroicas que avanzan pese al bloqueo de la OTAN. Utilizó, como siempre, la terminología de eufemismo preferida del Kremlin: "operación militar especial". Pero mientras pronunciaba estas palabras, toda Moscú estaba desconectada del mundo digital. Los servicios de internet fueron apagados en la ciudad como medida de protección específicamente diseñada para el mandatario. Drones y misiles de largo alcance ucraniano seguían siendo una amenaza latente, tan concreta que los organizadores debieron suspender lo que durante años fue la pieza central de la ceremonia: el desfile de armamento.
La ausencia ensordecedora del poder militar
Desde 2017, cuando Putin decidió incorporar exhibiciones de hardware bélico a estos actos conmemorativos, los misiles y vehículos blindados se convirtieron en una marca registrada del evento. Servían, en gran medida, como una demostración visual de capacidad destructiva dirigida tanto al público interno como a observadores internacionales. Este año, esa vitrina de poder sencillamente no estuvo. En su lugar, un video mostró capacidades de drones y arsenales nucleares a una audiencia compuesta por delegaciones de Bielorrusia, Kazajistán y Uzbekistán. Hubo, también, un desfile de soldados norcoreanos cruzando la plaza: un símbolo del aislamiento internacional y de las nuevas alianzas que Rusia ha debido forjar conforme se profundiza su ruptura con Occidente.
La brevedad misma de la ceremonia —apenas la mitad de la duración de años anteriores— funcionó como confesión implícita. Incluso comentaristas afines al gobierno, como Sergei Markov, reconocieron en redes sociales que se trataba de un desfile "modesto" y que los desafíos futuros seguían siendo "enormes". La admisión pública de medidas de seguridad especialmente diseñadas para proteger al presidente mostró, en sí misma, cuán radicalmente ha cambiado el cálculo de una guerra que el Kremlin esperaba resolver en semanas.
La ironía de Zelenskyy y el respiro de tres días
Los sucesos de los días previos al desfile revelaron un extraño teatro diplomático. Putin había presionado a Volodymyr Zelenskyy para lograr un cese del fuego que coincidiera con la conmemoración, presentando el pedido como una cuestión de respeto histórico. Kiev rechazó inicialmente lo que calificó como un ardid cínico para resguardar las festividades de ataques con drones. La respuesta ucraniana llegó el viernes por la noche a través de un decreto que destilaba ironía: Zelenskyy anunció que Ucrania "permitiría" que Rusia realizara el evento, simplemente optando por no atacarlo, en deferencia a un pedido del presidente estadounidense Donald Trump. El acuerdo estableció un cese de fuego de tres días, prorrogable hasta el 11 de mayo. La maniobra no fue menor: transformó un acto que el Kremlin presentaba como una reivindicación histórica en algo que dependía, en última instancia, de la voluntad del adversario de no golpear.
Este año marca un punto de inflexión histórico que pocas personas han señalado con claridad: es el primer desfile de la Victoria que se lleva a cabo desde que la guerra en Ucrania superó en duración a toda la campaña soviética contra la Alemania nazi. La Segunda Guerra Mundial duró alrededor de cuatro años para la URSS. Lo que Putin llama "operación especial" ya alcanzó esa extensión temporal. El líder ruso ha construido una narrativa que intenta vincular directamente ambas guerras, argumentando falsamente que su invasión es una continuación de la lucha contra el nazismo. El sábado, sin embargo, quien se sentó junto a Putin no fueron veteranos de 1945, sino soldados que habían combatido en territorio ucraniano. El mensaje involuntario resultó más elocuente que cualquier discurso.
El tejido social bajo presión
Más allá de lo que ocurrió en la plaza, la realidad que envuelve a Rusia es la de un país cuyo tejido social se ve cada vez más tensionado. Los apagones de internet masivos en las semanas previas al desfile, justificados por los servicios de seguridad como precauciones necesarias, han generado irritación pública y erosionado los índices de aprobación presidencial. No es un fenómeno aislado: luego de años de crecimiento impulsado por el gasto militar masivo, la economía rusa está mostrando signos de agotamiento. El ritmo de expansión se ha desacelerado de manera aguda. La inflación crece y oprime tanto a ciudadanos comunes como a empresas. El déficit fiscal alcanza máximos históricos.
En el terreno militar, la situación refleja un estancamiento similar. Las tropas rusas avanzan a ritmo casi imperceptible. Ninguno de los bandos parece estar cerca de un quiebre decisivo. Los avances de los últimos meses han perdido velocidad. Ambos ejércitos exhiben signos de agotamiento y sostienen bajas enormes mientras continúan golpeando mutuamente las infraestructuras energéticas. Aún así, no hay indicios de que Putin esté dispuesto a moverse hacia algún tipo de transacción. Un asesor del Kremlin, Yuri Ushakov, afirmó públicamente que Moscú no veía base alguna para nuevas negociaciones trilaterales que incluyeran a Ucrania y Estados Unidos mientras Kyiv no retirara sus fuerzas de la región de Donetsk. Kiev ha rechazado categóricamente esta condición.
La situación que emerger de este escenario presenta capas de complejidad que trascienden lo militar. Por un lado, está la cuestión de si el desgaste económico y la fatiga social pueden traducirse en presión política interna que modifique el cálculo del Kremlin. Por otro, existe la interrogante sobre la viabilidad de una solución negociada cuando las exigencias de una de las partes —la retirada ucraniana de territorios que ha defendido a costa de decenas de miles de vidas— resulta inaceptable para la otra. Los próximos meses dirán si el desfile del sábado fue apenas un anticipo de nuevas reducciones de escala, o si representa el punto de quiebre en el cual las dinámicas internas comienzan a presionar hacia cambios más profundos en la estrategia rusa.



