La ventana de oportunidad se cierra. Esa es la advertencia que resonó esta semana en los salones parisinos donde más de 150 activistas israelíes y palestinos convergieron para dirigirse directamente a los líderes de las naciones más industrializadas del mundo. No se trata de un llamado abstracto ni de una declaración sin consecuencias: los grupos de la sociedad civil de ambos lados de un conflicto que lleva décadas sin resolverse presentaron un conjunto de demandas concretas, detalladas y urgentes, justamente cuando la diplomacia oficial parece estancada en reproches mutuos y posiciones irreconciliables.

El mensaje fue inequívoco y, sobre todo, compartido. Pese a las profundas divisiones que caracterizan la realidad cotidiana en la región, palestinos e israelíes que trabajan por la paz dieron la espalda a los titulares de confrontación para construir un diagnóstico común: "Gaza está devastada, Israel sigue bajo amenaza", resumieron en un comunicado conjunto que representa meses de trabajo colaborativo. Pero el comunicado iba más allá de la retórica: identificaba con precisión los obstáculos que impiden avanzar. La violencia de colonos en Cisjordania, la expansión de asentamientos, la anexión de facto, el debilitamiento de la Autoridad Palestina, el miedo mutuo, la inseguridad generalizada y el trauma acumulado en ambas poblaciones. Todo ello, dijeron, configura un escenario donde la viabilidad de un futuro estado palestino se erosiona día tras día.

Una oportunidad que se desmorona

Lo que distingue a este movimiento de activistas de los anteriores intentos de diálogo es su pragmatismo y su determinación de no permitir que la diplomacia de cúpula siga ignorando las voces que trabajan sobre el terreno. La reunión de París fue convocada estratégicamente antes de que los líderes del G7 se reúnan en Évian-les-Bains, localidad francesa que próximamente albergará a los gobernantes de las economías más poderosas del planeta. Los organizadores esperaban que sus propuestas no quedaran relegadas a una nota al pie en la agenda internacional, sino que influyeran directamente en las decisiones de estas potencias.

El comunicado de los activistas presentaba una arquitectura diplomática alternativa a la que han intentado sin éxito los gobiernos. Proponía, en primer lugar, un cese del fuego permanente y monitoreado que permitiera romper el ciclo de violencia que ha caracterizado especialmente los últimos meses. Pero no se trataba de un alto al fuego ingenuo: incluía mecanismos de verificación y consecuencias reales para quienes incumplieran. En segundo lugar, abordaba el espinoso tema del desarme de Hamas, problema que ha paralizado todas las negociaciones recientes. Los activistas no esquivaban la cuestión, sino que la planteaban dentro de un marco donde el grupo palestino entregara sus armas pesadas restantes a una organización palestina aún sin especificar, reconociendo así las complejidades políticas internas que rodean esta exigencia. En tercer lugar, demandaban que la reconstrucción de Gaza, tema que permanece "oculto de la vista pública", se convirtiera en un proceso transparente, multianual y con participación real de palestinos, incluida la sociedad civil local.

Lo que emerge del análisis de estas propuestas es un reconocimiento que falta en los espacios de poder oficial: que los actores de la sociedad civil en Israel y Palestina poseen una comprensión más matizada y profunda de lo que realmente funcionaría en el terreno que la que demuestran muchos gobiernos. John Lyndon, director ejecutivo de la Alianza para la Paz en Oriente Medio, una coalición que agrupa a más de doscientas organizaciones no gubernamentales, identificó con precisión el problema de fondo. La diplomacia, señaló, se ha vuelto demasiado elitista, demasiado vertical, cada vez más desconectada de la realidad vivida por israelíes y palestinos comunes. Pero también subrayó algo que suena casi paradójico en tiempos de polarización extrema: existe una apertura real en la sociedad israelí hacia la solución de dos estados que simplemente no se refleja en las posiciones de los partidos políticos que gobiernan.

El rol ignorado de actores que conocen el terreno

El contexto en el que esta reunión parisina cobra relevancia es el de un estancamiento profundo que ya lleva seis meses sin avances significativos. Desde que se presentó el plan de veinte puntos para resolver el conflicto, las negociaciones han quedado congeladas en un punto muerto: Israel exige que Hamas se desarme primero; Hamas demanda la retirada israelí de Gaza. Mientras ambas partes se culpan mutuamente por no cumplir los pasos establecidos, la situación humanitaria en Gaza se deteriora y las tensiones en Cisjordania se intensifican. Una reunión paralela de grupos palestinos celebrada en El Cairo la misma semana logró apenas avances limitados en persuadir a Hamas de entregar su armamento pesado restante.

Quienes participaron en el encuentro parisino no ignoraban que las probabilidades de que el G7 emita una declaración conjunta sobre Gaza son vanishingly pequeñas. Tampoco desconocían que sus llamados podrían ser ignorados por gobiernos enfocados en sus propias prioridades geopolíticas. Sin embargo, presentaron algo que trasciende las limitaciones de la diplomacia de corto plazo: un programa de integración de todos los procesos de paz anteriores en un único marco coordinado, bajo el paraguas de la sociedad civil que ha demostrado ser capaz de trabajar conjuntamente incluso en las peores circunstancias. Entre los asistentes se contaban ministros de Relaciones Exteriores árabes y europeos, destacándose Kaja Kallas, máxima responsable de política exterior de la Unión Europea, lo cual otorgaba a la reunión un peso diplomático que no debe ser subestimado.

La iniciativa llegó además acompañada de movimientos financieros concretos. Reino Unido, Canadá y Australia anunciaron esta misma semana el establecimiento de una corriente de financiamiento largamente reclamada para apoyar organizaciones de paz en la región. Se trata de recursos que, aunque modestos en comparación con los gastos militares, representan un reconocimiento de que la construcción de paz requiere inversión sostenida en actores locales. Esto contrasta dramáticamente con la situación de la Autoridad Palestina, que sufre una crónica escasez de fondos y carece de legitimidad democrática para desafiar el arraigo de Hamas en Gaza, mientras que Israel, en el preludio de elecciones previstas para más adelante este año, aparentemente tolera niveles crecientes de violencia de colonos en Cisjordania.

El plan presentado por los activistas en París también incluía demandas específicas sobre gobernanza y participación. Pedían que se garantizara acceso humanitario real a Gaza, que existieran consecuencias significativas para los actos de violencia de colonos, que se realizaran elecciones palestinas durante el año, que la Autoridad Palestina recibiera fondos adecuados y que la reconstrucción fuera gestionada mediante un mecanismo transparente de múltiples años con participación genuina de palestinos, incluidos actores de la sociedad civil. En paralelo, advirtieron que sin una adecuada financiación de la Autoridad Palestina, la inestabilidad en Cisjordania profundizaría el arraigo de Hamas en Gaza, dejando a Israel atrapada en una crisis de seguridad expansiva sin salidas políticas viables.

Lo que ocurra en las próximas semanas determinará si los gobiernos escuchan o ignoran estos llamados de quienes realmente viven y trabajan en la búsqueda de soluciones. La paradoja que señaló Lyndon es perturbadora: a veces resulta más fácil reunir a estos grupos en París bajo el amparo del gobierno francés que hacerlo en el mismo Israel, debido a restricciones impuestas por las autoridades locales. Esto sugiere que los obstáculos para la paz no son únicamente ideológicos ni históricos, sino también políticos y estructurales, y que removerlos requiere voluntad de actores que hoy parecen enfocados en otras prioridades. Las consecuencias de ignorar estas advertencias y propuestas serán múltiples: la radicalización podría profundizarse, la integración regional que podría catalizar una solución permanente podría nunca concretarse, la viabilidad de un estado palestino podría transformarse en una aspiración definitivamente imposible, y ambas poblaciones seguirían atrapadas en ciclos de inseguridad sin horizonte de resolución.