Hace tres décadas, cuando las tropas estadounidenses abandonaban Somalia, un joven de diecinueve años comenzó a trabajar en lo que parecía ser una profesión estable: cambista de divisas. Treinta años después, Muse Omar Jama, ahora de cuarenta y nueve años, se pregunta cuánto tiempo más podrá seguir en ese oficio. Su historia, junto a la de miles de ciudadanos ordinarios, expone una crisis silenciosa pero devastadora que está reescribiendo las reglas económicas de una nación entera. El detonante no fue una decisión gubernamental, ni una política deliberada de autoridades internacionales: fue un rechazo espontáneo que brotó desde el comercio callejero y que, en pocas semanas, transformó la vida cotidiana de millones de personas.

La escena en la oficina de Jama, ubicada en la intersección de Zoobe en Mogadishu, cuenta por sí sola la magnitud del problema. Dentro de un cubículo compartido con otros operadores de cambio, las cajas de metal abolladas permanecen cerradas y aseguradas, repletas de millones de chelines somalíes que ya no valen nada. Afuera, los tuk-tuks continúan circulando por las calles, pero adentro reina el silencio. El murmullo constante de negociaciones que caracterizaba al mercado de Bakara hace décadas ha desaparecido casi por completo. Los cambistas apenas se hablan entre sí. Lo que sucedió hace apenas un mes fue casi accidental, pero sus consecuencias han sido cataclísmicas: un puñado de comerciantes hastiados de manipular billetes grasientos, rotos y antiguos decidieron simplemente dejar de aceptarlos. No fue una decisión coordinada desde arriba, ni respaldada por ninguna institución. Fue un acto de hartazgo colectivo que se propagó como un incendio incontrolable desde Mogadishu hacia otras regiones del país.

El dinero que ya no compra nada

Cuando los comerciantes comenzaron a rechazar los chelines, los efectos en los precios fueron instantáneos y crueles. Productos básicos como la leche en polvo más que duplicaron su valor en pocas semanas. El transporte público, la medicina, la comida: todo se volvió más caro de repente. Para alguien como Jama, que durante tres décadas había logrado sostenerse a través de este trabajo —pagando alquiler, electricidad, agua— la realidad fue un golpe demoledor. Hoy camina tres kilómetros hasta su oficina porque no tiene con qué pagar el bus. Los billetes que llevaría en el bolsillo ya no sirven para nada.

Somalia representa un caso único en la historia económica moderna: es el único país que no ha impreso moneda oficial desde 1991, cuando el gobierno de Siad Barre fue derrocado y el banco central dejó de funcionar. Durante más de tres décadas, el billete de mil chelines somalíes —la denominación más alta jamás impresa— fue el único reconocido legalmente. Pero en la práctica, la economía ya estaba fracturada. El territorio separatista de Somalilandia lanzó su propia moneda. La presencia masiva de organismos internacionales, fuerzas de seguridad privadas, tropas extranjeras y organizaciones humanitarias reforzó progresivamente el uso del dólar estadounidense. Somalia es, además, uno de los países más dependientes de remesas en el mundo: miles de millones de dólares llegan anualmente desde la diáspora, principalmente a través de operadores informales de transferencias conocidos como hawalad. Este flujo constante de divisas extranjeras selló el destino de la moneda local.

Los que no tienen acceso al dólar caen al abismo

Asha Ali Ahmed, treinta y nueve años, vende vegetales en un puesto que heredó de su madre en el mercado de Mogadishu. Durante décadas, su modelo de negocio fue simple pero funcional: cambiaba chelines somalíes por vegetales frescos en la localidad agrícola de Afgoye, regresaba a la capital y los vendía en el mercado. Ahora los agricultores rechazan los chelines y exigen pagos en dinero móvil, lo que ha disparado los precios de las verduras. Ahmed describe la situación con una precisión desgarradora: "Las verduras ya eran caras por la sequía. El rechazo del chelín solo ha empeorado nuestro sufrimiento." Sus clientes tradicionales eran personas que solo podían permitirse comprar en chelines. Con la exigencia de pagos en dinero móvil, esos mismos clientes simplemente desaparecieron.

La situación se complica cuando se considera el contexto más amplio. Somalia enfrenta una sequía severa que ha causado pérdidas masivas de cosechas. Según datos del Programa Mundial de Alimentos, casi un tercio de la población del país —aproximadamente 6,5 millones de personas— enfrenta hambre severa, mientras que 2 millones de menores de cinco años padecen desnutrición aguda. La inflación de precios causada por el rechazo de la moneda local no es un problema aislado: es una capa más de sufrimiento que se suma a una crisis humanitaria ya devastadora. Jama describe con angustia cómo los mendigos, quienes solían recibir algunos miles de chelines de los transeúntes y podían usarlos para comprar comida, ahora sostienen billetes completamente inútiles. Cuando vienen a su oficina desesperados intentando convertir esos papeles en dinero móvil, él no puede ayudarlos. Sus cajas de seguridad, estantes y mesas están rebosantes de chelines que nadie quiere y que él tampoco puede cambiar por dólares en ningún lado.

El gobierno federal intentó intervenir. En una conferencia de prensa televisada, las autoridades anunciaron que el rechazo del chelín constituiría un delito y ordenaron a comerciantes y negocios continuar aceptándolo. Pero la medida suena hueca en las calles de Mogadishu. Jama y otros cambistas dudan seriamente que un estado tan frágil pueda hacer cumplir tal decreto. "El edicto del gobierno es bueno en teoría, pero necesitamos acciones concretas que lo respalden. No hay policías, no hay nadie ayudándonos," dice Jama con resignación. "Lo que realmente ayudaría sería que el gobierno visitara los negocios y responsabilizara a la gente por rechazar el chelín. Incluso las multas funcionarían." En las calles, los guardias armados montados en ametralladoras permanecen en sus puestos cerca del ministerio de relaciones exteriores, símbolos mudos de una autoridad estatal fragmentada e incapaz.

El cinco de mayo, decenas de cambistas organizaron una protesta en las calles de Mogadishu, ondeando fajos de los viejos billetes mientras gritaban consignas sobre la ausencia de moneda nacional. Jama no tuvo ánimo para unirse a ellos. Su pesimismo es casi palpable cuando afirma: "No parece que las cosas vuelvan a ser como antes. Nuestra moneda está muerta y con ella, nuestro modo de vida." Para los millones que dependen de transacciones en moneda local, que no tienen acceso a cuentas bancarias en dólares ni a servicios de dinero móvil, la perspectiva es abrumadora. Las familias que durante generaciones operaron dentro de economías de subsistencia basadas en el intercambio local ahora enfrentan un abismo imposible de cruzar.

Las implicaciones de este colapso monetario trascienden los números macroeconómicos. Lo que está ocurriendo es una fragmentación de facto de la economía en dos sistemas paralelos: uno dolarizado y accesible para quienes tienen conexiones con la diáspora, el sector internacional o servicios formales; otro, cada vez más obsoleto, donde sobreviven los millones cuya única moneda son los chelines rechazados. Esta bifurcación económica podría acelerar procesos de exclusión social que ya son profundos. Algunos analistas señalan que situaciones como esta generan presión para que gobiernos debilitados busquen soluciones de corto plazo —como la reimpresión de billetes o controles de precios— que históricamente han fracasado. Otros consideran que el colapso de la moneda local podría eventualmente forzar una dollarización formal, eliminando la ficción de una moneda nacional común. Una tercera perspectiva sostiene que el rechazo gradual del chelín refleja una realidad que ya existía: Somalia como entidad política nunca logró consolidar las instituciones necesarias para mantener una moneda nacional viable. Lo que queda por verse es si esta crisis visible y tangible —con sus efectos inmediatos en los precios de alimentos y transporte— genera presión suficiente para que actores internacionales y locales busquen soluciones estructurales, o si simplemente acelera la erosión de lo que quedaba de la economía formal somalí.