La magnitud de una catástrofe humanitaria rara vez se percibe en su totalidad hasta que los números se transforman en rostros, en historias cotidianas de supervivencia. En El Obeid, capital de la provincia norteña de Kordofan, eso sucede cada amanecer. Desde mediados de julio, más de 15.000 familias han llegado a esta ciudad y sus alrededores, huyendo de un conflicto que ha desgarrado Sudan durante más de tres años. Se trata de una oleada que se suma a los 200.000 desplazados que ya habían arribado en la primera mitad del año, según cifras del gobierno. Lo que está ocurriendo en este territorio sudanés va mucho más allá de simples estadísticas: representa el colapso de un sistema de acogida que nunca fue diseñado para semejante envergadura, y marca un punto de inflexión en cómo la guerra está reconfigurando la geografía humana de la región.

Una ciudad que no reconoce sus propios límites

El Obeid no es un destino elegido por casualidad. Antes de que estallara la violencia que enfrentó al ejército regular sudanés contra las milicias de la Fuerza de Apoyo Rápido, la ciudad albergaba a aproximadamente medio millón de habitantes. Era un centro urbano con cierta capacidad de absorción, con infraestructuras básicas y una vida económica funcional. Hoy, esa realidad ha desaparecido casi completamente. Los testimonios de quienes trabajan en terreno pintan un cuadro de saturación extrema. Una voluntaria humanitaria, cuya identidad fue protegida por razones de seguridad, describió la situación con crudeza: la ciudad recibe desplazados internos diariamente, el espacio está "shockingly overcrowded" —expresión que en inglés adquiere tonos casi apocalípticos—, y quienes llegan lo hacen a pie, despojados de casi todas sus pertenencias. No vienen huyendo de la violencia únicamente: vienen traumatizados, hambientos, y portando historias de pérdidas que van más allá de lo material. La sobrepoblación ha generado una cascada de problemas conexos que agravan la condición de cada nuevo grupo que ingresa a la ciudad.

Para dimensionar la velocidad de esta transformación, basta observar el trabajo de análisis satelital realizado por el laboratorio de investigación humanitaria de Yale. En uno de los dos campamentos principales que rodean el perímetro urbano, aparecieron 800 nuevas carpas entre el 4 y el 25 de agosto. Eso significa que en menos de tres semanas se triplicó la capacidad de alojamiento precario de una sola zona de asentamiento. Un coordinador del Consejo Danés de Refugiados, quien visitó El Obeid la semana anterior al análisis satelital, presenció personalmente la magnitud del fenómeno: durante una sola mañana de su visita observó la llegada de 450 personas procedentes de pueblos circundantes. Su análisis demográfico reveló un dato que define la composición del éxodo: el 85% de estos nuevos llegados eran mujeres y niños. Los hombres, en su mayoría, permanecen en las zonas rurales porque es la única época disponible para las tareas agrícolas. La decisión de quiénes se van y quiénes se quedan responde, entonces, a una lógica de supervivencia económica tan urgente como la huida misma.

La guerra que vino del norte y se propagó como incendio

Para comprender la escala de lo que sucede en El Obeid, es necesario remontarse al origen del conflicto. A 250 millas (aproximadamente 400 kilómetros) al noreste, en Jartum, la capital sudanesa, estalló una guerra civil el 15 de abril de 2023. Lo que comenzó como una pugna de poder entre las fuerzas armadas regulares y las milicias de la Fuerza de Apoyo Rápido derivó en un enfrentamiento que hoy consume al país entero. Las cifras de desplazamiento son de una magnitud pocas veces vista en conflictos contemporáneos: aproximadamente 11,3 millones de personas han sido forzadas a abandonar sus hogares, representando más de la quinta parte de la población total de Sudan. En términos de mortalidad, los estimados varían considerablemente, oscilando entre decenas de miles hasta cientos de miles de muertos. La imprecisión de estas cifras no minimiza el horror: refleja, más bien, la dificultad de documentar una tragedia que ocurre en múltiples frentes simultáneamente.

El Obeid no fue siempre una zona de conflicto directo intenso, pero se convirtió en refugio precisamente porque era percibida como más segura que otras regiones. Sin embargo, esa relativa estabilidad fue interrumpida de manera brutal. En octubre de 2025, cuando las milicias de la Fuerza de Apoyo Rápido tomaron la ciudad de El Fasher, ubicada en la región occidental de Darfur tras un sitio de dieciocho meses, cometieron una masacre que dejó a más de 10.000 personas muertas en apenas dos días. La brutalidad de esa operación encendió todas las alarmas respecto a lo que podría suceder en El Obeid. En junio de ese año, los ataques con drones en la ciudad y sus alrededores se intensificaron significativamente, lo que llevó a las Naciones Unidas a advertir públicamente que El Obeid podría experimentar un destino similar al de El Fasher. Aunque la frecuencia de estos ataques ha disminuido desde entonces —gracias en parte a que las fuerzas regulares recuperaron en julio una ruta vial clave hacia el norte que conecta con Jartum, levantando parcialmente la amenaza de un cerco total—, los drones continúan siendo una presencia letal y omnipresente en el cielo de la región.

Tecnología de guerra y tácticas que transforman el terror en rutina

Lo que diferencia a este conflicto de guerras anteriores es el papel absolutamente central que han adquirido los drones. Desde el comienzo del enfrentamiento en 2023, su uso ha crecido exponencialmente. Según datos de Acled, un grupo especializado en el monitoreo de conflictos, los drones representaban el 4% de todos los incidentes violentos al inicio de la guerra, pero esa proporción se ha multiplicado hasta alcanzar hoy la mitad de todos los casos documentados. Ambos bandos despliegan esta tecnología, pero la estrategia de la Fuerza de Apoyo Rápido ha mostrado cambios tácticos significativos desde que interrupciones en las cadenas de suministro global —derivadas del conflicto entre Estados Unidos e Irán iniciado en febrero— limitaron su acceso a drones. Ante la escasez, han optado por una táctica que sacrifica cantidad por precisión: menos ataques, pero más concentrados y letales.

Una práctica particularmente terrorífica ha comenzado a documentarse en El Obeid: los ataques de "doble golpe", donde un primer dron impacta un objetivo y un segundo ataque ocurre minutos después, cuando civiles y rescatistas se congregan en el sitio para asistir a los heridos. Esta táctica de ataque coordinado amplifica el número de bajas y genera un efecto psicológico devastador: paraliza a las personas, las desalienta de intentar rescatar a víctimas, y normaliza una paranoia colectiva. Una voluntaria local describe la experiencia vivencial de esta realidad: "Es difícil, tan difícil, vivir con esto, escuchar el sonido de un dron golpeando en algún lugar. Es muy perturbador." En la región más amplia de Kordofan, los números de violencia reflejan esta intensidad creciente. Solo en lo que va del año se han registrado 322 incidentes de violencia que afectaron a civiles, en comparación con los 388 incidentes de todo el año anterior. Aunque la Fuerza de Apoyo Rápido es responsable de aproximadamente la mitad de estos eventos, las fuerzas armadas regulares también han ocasionado bajas civiles. Un ejemplo documentado ocurrió el 10 de agosto, cuando fuerzas armadas y una milicia aliada mataron a cinco civiles e hirieron a otros diez a unos 60 millas al noreste de El Obeid.

El colapso invisible de la vida cotidiana: agua, comida y dignidad básica

Mientras la guerra escribe su guión en el cielo, en tierra la vida se degrada silenciosamente. La infraestructura de El Obeid, golpeada por los bombardeos aéreos de junio, nunca se recuperó completamente. El sistema hídrico de la ciudad sufrió daños severos en su fuente principal, ubicada al norte, y las tuberías que distribuyen agua por el perímetro urbano fueron impactadas. Las reparaciones, que en circunstancias normales llevarían semanas, en medio de una guerra siguen siendo inacabadas. La consecuencia es que tanto los hospitales como los campamentos de desplazados dependen casi exclusivamente de camiones cisterna para obtener agua, y esa provisión es insuficiente. Una coordinadora de emergencias de Médicos Sin Fronteras en Sudan sintetizó el problema con precisión: la infraestructura dañada obliga a confiar en abastecimiento por camiones, que nunca alcanza para satisfacer las necesidades de una población que ha triplicado su tamaño en cuestión de meses.

Las condiciones sanitarias en los campamentos rondan lo inimaginable. La proporción de letrinas respecto a la población alcanza un ratio de una instalación por más de 100 personas. Cuando existe una relación de ese tipo, el concepto mismo de saneamiento colapsa: la defecación al aire libre se vuelve inevitable, no por ignorancia o negligencia, sino por la imposibilidad matemática de hacer de otra manera. Este colapso sanitario genera un escenario casi perfecto para la propagación de enfermedades transmisibles, desde diarrea hasta cólera. La escasez de alimentos ha adquirido dimensiones económicas alarmantes. Los datos del Programa Mundial de Alimentos documentan la aceleración de la inflación de precios en Kordofan del Norte: en julio de este año, un litro de aceite de maní costaba 17.000 libras sudanesas (alrededor de 21 libras esterlinas), comparado con 13.000 en junio y apenas 7.700 hace un año. La harina de trigo y la carne de cabra u oveja han más que duplicado sus precios en el último año. Estos incrementos no responden únicamente a la escasez de oferta: las amenazas contra los camiones de reparto, la inseguridad en las rutas y los bloqueos informales hacen que trasladar alimentos sea una empresa cada vez más costosa y peligrosa.

El testimonio de quienes permanecen: voluntarios en el corazón de la tormenta

En medio de este panorama de descomposición sistemática, existen personas que optan por quedarse y trabajar. Los voluntarios humanitarios locales continúan sus tareas a pesar de las dificultades, motivados por una combinación de compromiso ético, raíces comunitarias y, probablemente, la comprensión de que abandonar es ceder ante lo inevitable. Una voluntaria entrevistada sobre su experiencia expresó tanto la dureza del presente como una esperanza frágil pero persistente: "La situación se está deteriorando, pero estamos tratando de mantenernos unidos, de permanecer fuertes frente a los ataques aéreos y la llegada de desplazados internos. Estamos viviendo con esto y esperamos que las cosas mejoren." Sus palabras no prometen que mejore, sino que simplemente expresan la disposición a seguir adelante mientras mantienen la posibilidad abierta de que algo cambie.

Los datos sobre la naturaleza del conflicto proporcionan contexto para entender por qué El Obeid se ha convertido en epicentro de una crisis humanitaria. Según análisis de conflictos, ciertos factores territoriales, demográficos y logísticos hacen que ciertas ciudades se conviertan en destinos de desplazados: ubicación estratégica, capacidad previa de absorción, y la percepción relativa de seguridad comparada con otras alternativas. El Obeid cumplía con esos criterios antes de junio de 2025. Ahora, esa ciudad funciona como contenedor de una población que excede ampliamente su capacidad, creando un escenario donde cada nuevo día trae no soluciones sino nuevos desafíos superpuestos. La cuestión de fondo que emerge es si una ciudad puede reinventarse a sí misma como espacio de refugio cuando sus propias estructuras de sustento están dañadas y cuando los recursos internacionales para reconstrucción brillan por su ausencia.

Perspectivas sobre el futuro inmediato: entre la estabilización y el colapso

La trayectoria futura de El Obeid y sus campos de desplazados dependerá de múltiples variables que operan en diferentes escalas. En el corto plazo, la cuestión más inmediata es si la reducción de ataques aéreos que se ha observado desde finales de junio se consolidará o si representa únicamente un paréntesis táctico. Una estabilización de los patrones de violencia permitiría al menos que los esfuerzos humanitarios no sean constantemente interrumpidos por emergencias de seguridad. Sin embargo, incluso en un escenario de violencia reducida, la brecha entre recursos disponibles y necesidades humanitarias seguirá siendo abismal. La reconstrucción de la infraestructura hídrica, el aumento de instalaciones sanitarias, y la importación de alimentos a precios que la población pueda costear requerirían inversiones que, en el contexto de un país en guerra, son difíciles de justificar presupuestariamente. Por otra parte, algunos analistas sugieren que el conflicto podría transitar hacia una nueva fase donde ciertos territorios se estabilizan bajo el control de uno u otro bando, permitiendo algo de recuperación institucional. En ese escenario, El Obeid podría potencialmente beneficiarse de una reconstrucción dirigida, aunque ello implicaría también ciertas dinámicas políticas sobre quién controla y cómo se gobiernan esos procesos. La realidad más probable, sin embargo, es que la ciudad continúe en una suerte de estabilidad precaria: violencia episódica en lugar de combate generalizado, pero sin los recursos suficientes para que la población desplazada acceda a condiciones dignas de vida. En ese contexto, el rol de los voluntarios humanitarios locales y las organizaciones internacionales seguirá siendo crítico para evitar que la crisis sanitaria derive en epidemias masivas.