La tensión que atraviesa actualmente los espacios de decisión en Irán trasciende los típicos debates sobre estrategia militar o diplomacia internacional. Se trata de una pugna más profunda: la que enfrenta a quienes ven en los recientes enfrentamientos con Israel una oportunidad histórica para consolidar una nueva arquitectura de poder regional, contra aquellos que advierten sobre el abismo económico hacia el cual avanza el país islámico. Esta fractura interna, que se ha hecho particularmente visible en las últimas semanas, determina no solo el futuro del conflicto en el Levante, sino también las posibilidades de una solución negociada que permita a Teherán recuperar algo de su maltrecha economía.
Lo que comenzó como un intercambio localizado en febrero ha mutado en algo mucho más complejo y de consecuencias impredecibles. Los recientes ataques directos de Irán contra territorio israelí representaron un quiebre significativo: por primera vez, los enfrentamientos con Israel dejaron de ser una actividad delegada en intermediarios o grupos aliados para transformarse en un acto de Estado. Simultáneamente, los Houtíes de Yemen —el movimiento armado que controla grandes porciones del territorio yemení— han vuelto a la primera línea del conflicto con una capacidad de disrupcióneconómica que nadie había previsto completamente. Este regreso del grupo yemení al enfrentamiento introduce variables que van mucho más allá de lo militar, tocando directamente la salud económica global.
La tentación de la victoria total versus la necesidad de supervivencia
Dentro de los círculos de poder en Teherán coexisten al menos dos narrativas completamente antagónicas sobre cómo proceder. Un sector, energizado por lo que consideran éxitos militares previos y fortalecido por el control que ejerce sobre el Estrecho de Ormuz, aboga por convertir este momento en un punto de inflexión irreversible. Estos actores ven en la escalada una oportunidad para reconfigurar el equilibrio de fuerzas en Medio Oriente de manera permanente. No es un grupo mayoritario, pero posee una voz potente en los espacios públicos y militares. Algunos de sus portavoces han dejado clara su preferencia: el abandono de cualquier negociación con Estados Unidos, un desenlace por el cual han estado cabildando durante semanas en los pasillos de la administración iraní.
Sin embargo, existe otro contingente de analistas, asesores y funcionarios que diagnostica la situación de manera radicalmente distinta. Estos voces señalan que la fragilidad económica y social del país —factor que estuvo en el origen de las protestas de enero— genera condiciones de riesgo para el régimen que trascienden cualquier victoria táctica en el campo de batalla. Personajes como Hesamodin Ashna, asesor durante la presidencia de Hassan Rouhani, han hecho explícito en espacios públicos que la cohesión social y la confianza dentro de Irán permanecen en un estado frágil. Este sector plantea un argumento económico de peso: el descongelamiento de activos iraníes paralizados en el exterior y el desmantelamiento gradual de sanciones estadounidenses son condiciones sine qua non para evitar el colapso de la economía nacional. Desde su perspectiva, la crisis financiera no es una cuestión secundaria sino el caldo de cultivo de la inestabilidad política interna.
La complejidad de esta división quedó de manifiesto durante una conferencia de prensa semanal en la capital iraní, donde Esmail Baghaei, vocero de la cartera de Asuntos Exteriores, debió ejecutar un acto de equilibrismo diplomático particularmente delicado. En varios momentos de su alocución, Baghaei cuestionó la narrativa de que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu hubiese ordenado los ataques en desafío abierto a la administración estadounidense, pero acto seguido sugirió que era plausible que Israel buscara sabotear las conversaciones con Washington por temor a que los términos de un eventual acuerdo la debilitaran estratégicamente. El portavoz fue especialmente enfático al insistir que el diálogo indirecto con Estados Unidos —conducido a través de intermediarios pakistaníes— continuaba sin interrupción y permanecía activo en la agenda.
El control del Estrecho: ventaja militar que se traduce en poder negociador
Baghaei fue categórico respecto de algo: la participación directa de Estados Unidos en los ataques contra Irán. Su argumentación se basó en que ningún actor regional creería que Israel pudiese ejecutar operaciones de esa envergadura sin coordinación previa con Washington. Más aún, citó declaraciones públicas del Departamento de Estado estadounidense durante los conflictos previos que reconocían explícitamente el apoyo norteamericano a Israel como causa justificadora de acciones contra Irán. Refiriéndose al Comando Central estadounidense, Baghaei afirmó que existe cooperación permanente entre esa estructura militar y las fuerzas israelíes en asuntos tanto defensivos como ofensivos. Con todo, en otros momentos de la misma conferencia, el funcionario fue más prudente, admitiendo la posibilidad de debatir si Israel actuaba de manera independiente o simplemente "cabalgando" sobre el respaldo estadounidense. Sea cual fuese la realidad de esa relación, Baghaei advirtió de forma explícita a todos los grupos aliados de Irán en la región contra lo que denominó "desarmamento prematuro", utilizando una comparación literaria con la fábula de Jean de La Fontaine sobre un león que, cegado por el amor, consintió en cortarse las garras solo para ser destrozado por sus enemigos en cuanto bajó la guardia.
La metáfora no era casual. Refleja una realidad que permea los análisis estratégicos iraníes: la creencia en que la capacidad de respuesta escalada es tanto una herramienta diplomática como un instrumento de defensa. Hassan Ahmadian, uno de los comentaristas iraníes más frecuentes en medios de comunicación árabes, expresó esta convicción en términos que no dejaban lugar a ambigüedades. Para Ahmadian, la era de la "paciencia estratégica" ha terminado, y no existe retorno posible. Desde su perspectiva, Irán y sus aliados regionales están decididos a imponer e institucionalizar nuevas reglas de enfrentamiento contra sus adversarios. La retirada frente a quienes practican lo que Ahmadian caracteriza como genocidio, argumenta, solo abriría las compuertas a la "aniquilación" regional generalizada. La respuesta, en cambio, es la "resistencia", presentada no como un acto de violencia sino como la única respuesta "civilizada" con significado real.
El brazo militar iraní, la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), no se quedó atrás en el escalamiento retórico. Anunció públicamente que estaría en condiciones de dirigir ataques contra instalaciones energéticas en estados del Golfo. La declaración fue precisa en su alcance: todas las infraestructuras petroleras y de gas asociadas con Israel, Estados Unidos y sus aliados regionales se convertirían en blancos potenciales de las fuerzas armadas iraníes en caso de que continuaran los ataques. Esta amenaza cobra peso real cuando se considera que el Golfo Pérsico es el corazón del sistema energético global y que cualquier disrupciónsignificativa tendría ramificaciones económicas mundiales casi instantáneas.
Las fichas sobre la mesa: qué quiere realmente Irán
A pesar de la retórica incendiaria y las divisiones internas, la lista de demandas iraníes para una solución negociada ha permanecido con consistencia notable. Teherán ha mantenido cuatro condiciones centrales, sin cambios significativos en semanas: primero, un cese del fuego en el Líbano que incluya la retirada de fuerzas israelíes de ese territorio; segundo, el descongelamiento de aproximadamente 12 mil millones de dólares de activos iraníes actualmente bloqueados en cuentas externas; tercero, una forma de gestión iraní sobre el Estrecho de Ormuz que reconozca su capacidad de control; y cuarto, conversaciones posteriores sobre mecanismos de garantía respecto del programa nuclear iranía, incluyendo el procesamiento a la baja de las reservas de uranio altamente enriquecido que Irán posee.
Lo interesante es que Donald Trump ha estado notoriamente próximo a aceptar estos términos. Pero enfrenta un desafío que podría parecer menor pero que es de importancia crucial: cómo presentar un acuerdo de estas características a su audiencia política doméstica de manera que resulte aceptable. Los mensajes que Trump ha publicado en redes sociales instando a Irán e Israel a dejar de dispararse mutuamente proyectaban la imagen de un líder que no ejerce control total sobre los eventos. Irán, por su parte, anunció de manera estratégica que estaba interrumpiendo sus operaciones militares, pero solo bajo la condición de que no hubiese más ataques israelíes. Esta decisión, lejos de ser un gesto de debilidad, fue interpretada por observadores regionales como una señal de que los partidarios de la guerra total constituyen una minoría dentro del aparato de poder iraní.
La realidad subyacente que explica estas posiciones tiene que ver con un factor que los economistas llaman "equilibrio de bloqueos". La pugna actual no es solo militar sino también comercial y energética. Los inventarios mundiales de petróleo se están agotando lentamente, un proceso que amenaza con desplomar economías desde Japón hasta Brasil. Desde el punto de vista de Irán, eso es más preocupante para Occidente que cualquier presión financiera que Teherán pudiera soportar. Los regímenes autoritarios tienen, históricamente, mayor capacidad para absorber dolor económico que las democracias occidentales, donde existe accountability política directa. La intervención de los Houtíes inclina aún más la balanza a favor de Irán, aunque el alcance exacto dependerá de decisiones futuras que el movimiento yemení todavía no ha tomado públicamente.
Los Houtíes y el escenario de disrupcióntotal: incógnitas que redefinen el juego
El movimiento Houtí, que controla amplias zonas de Yemen tras años de conflicto civil que ha dejado a ese país en ruinas casi completas, mantiene bajo su poder una de las arterias comerciales más críticas del mundo: el Estrecho de Bab al-Mandab, que conecta el Mar Rojo con el Golfo de Adén. Actualmente, los Houtíes han anunciado un bloqueo selectivo: solo navíos con destino a puertos israelíes. Pero este anuncio viene acompañado de una pregunta implícita que genera inquietud en las capitales occidentales y en las monarquías del Golfo: ¿ampliarán los Houtíes su bloqueo a embarcaciones de naciones "hostiles" en general?
La cuestión no es académica. En 2013, estos mismos Houtíes iniciaron un bloqueo selectivo de barcos con rumbo a puertos israelíes que, eventualmente, llevó a la quiebra de la terminal portuaria israelí de Eilat. En 2024, el número de barcos transitando por el Canal de Suez se redujo a menos de la mitad de sus volúmenes normales, un colapso que devastó los ingresos de Egipto. Cuando Israel cerró el Estrecho de Ormuz —mediante una estrategia de saturación de las capacidades defensivas— Arabia Saudita respondió incrementando significativamente el flujo de petróleo a través de su oleoducto este-oeste, que drena hacia el Mar Rojo. Si los Houtíes decidiesen bloquear esta ruta alternativa, el sistema energético global se vería sometido a una presión que los analistas describen como "catastrófica".
Actualmente, la ruta del Mar Rojo es responsable del 15 por ciento del comercio naval mundial, mientras que el Estrecho de Ormuz representa aproximadamente el 20 por ciento. El cierre simultáneo y total de ambas vías obligaría al comercio global a redirigirse hacia la ruta del Cabo de Buena Esperanza, alrededor de Sudáfrica, con consecuencias de demora temporal que multiplicarían los costos logísticos exponencialmente. Los Houtíes, sin embargo, enfrentan sus propias limitaciones. Tras años de participación en el conflicto yemení, sufrieron golpes severos a su estructura de comando el año pasado. El movimiento ha estado involucrado en negociaciones discretas con Arabia Saudita orientadas a poner término a la guerra civil yemení, lo que complica su posición actual. Reincorporarse plenamente al conflicto regional significaría, para los Houtíes, abandonar sus propios objetivos nacionales. La decisión que tomen en próximas semanas —si mantienen el bloqueo selectivo o lo expanden a una estrategia más amplia— será determinante no solo para el conflicto en sí, sino para la economía global.
Lo que viene: certidumbres e incógnitas en el horizonte
Las próximas semanas definirán si Irán logra instrumentar el control que ejerce sobre las arterias comerciales globales como herramienta de negociación para obtener concesiones en la mesa de conversaciones, o si, por el contrario, la tentación de consolidar una victoria regional abrumadora prevalece sobre consideraciones económicas. Ambos escenarios tienen implicancias sistémicas. Un acuerdo negocia permitiría a Irán acceder nuevamente a mercados internacionales, a sus activos congelados y al alivio de sanciones, pero requeriría aceptar límites en su capacidad militar regional. Una escalada indefinida mantendría a Irán como actor hegemónico en el Levante pero aceleraría el colapso económico interno y podría precipitar inestabilidad política. Para Estados Unidos, cualquiera de las dos alternativas presenta dilemas complejos. Para Europa y Asia, la pregunta es más simple: ¿cuánto tiempo pueden sus economías soportar un encarecimiento radical de la energía y una disrupción de las cadenas logísticas globales? La respuesta a esa pregunta, probablemente, resulte ser más determinante que cualquier postura oficial expresada en comunicados diplomáticos.



