La diplomacia tiene sus tiempos y sus lugares. A veces, también tiene sus cancelaciones. Mientras la tinta aún estaba fresca en los acuerdos pendientes, Donald Trump decidió frenar en seco la misión que había anunciado apenas 48 horas antes. Los enviados estadounidenses no viajarían a Islamabad. La orden cayó como un balde de agua fría justo cuando Teherán y Washington parecían estar buscando una rendija por donde seguir hablando. El mandatario norteamericano comunicó personalmente su decisión a través de un medio de comunicación televisivo, con el tono desenfadado que le caracteriza: si Irán quería dialogar, podía llamar directamente.

Los hechos sucedieron en rápida sucesión. El viernes anterior, la Casa Blanca había confirmado que Steve Witkoff y Jared Kushner viajarían a la capital paquistaní para retomar las negociaciones sobre un alto al fuego que había quedado prácticamente congelado. La expectativa era alta: Pakistán, en su rol de mediador regional, había presionado para que se extendiera el cese de hostilidades y se abrieran nuevas oportunidades de diálogo. Pero el sábado por la noche, Abbas Araghchi, el ministro de Relaciones Exteriores de Irán, abandonaba Islamabad tras varias horas de encuentros con las autoridades militares y civiles paquistaníes. Apenas horas después, Trump anulaba el viaje de sus representantes. El timing no era casualidad.

Encuentros fallidos y desconfianza estructural

Lo que sucedía en las sombras de estas negociaciones reflejaba un problema más profundo: la desconfianza fundamental entre Washington y Teherán. El diálogo indirecto había sido la modalidad acordada, donde intermediarios paquistaníes transmitirían mensajes de un lado al otro. Sin embargo, el historial reciente no alentaba optimismos. Apenas una semana antes, representantes estadounidenses liderados por JD Vance habían participado en conversaciones directas que se extendieron por más de 20 horas. Fue el encuentro de mayor nivel entre ambas naciones desde la Revolución Islámica de 1979, pero no produjo resultados concretos. Luego, a fines de febrero, Araghchi y los enviados de Trump habían estado juntos en Ginebra durante horas de negociaciones indirectas. Aquello tampoco prosperó. Al día siguiente, Israel y Estados Unidos escalaron militarmente el conflicto.

Los iraníes tenían razones profundas para cuestionarse la viabilidad de cualquier acuerdo. ¿Cómo confiar en compromisos diplomáticos cuando los bombardeos y los ataques aéreos estadounidenses e israelíes continuaban? La pregunta no era retórica. Desde la perspectiva de Teherán, los precedentes eran desalentadores. Las conversaciones sobre el programa nuclear que habían avanzado meses atrás terminaron con la república islámica siendo golpeada militarmente. Durante sus encuentros en Islamabad, Araghchi había presentado lo que calificaba como las "líneas rojas" de su país para futuras negociaciones, señalando que Irán estaba dispuesto a participar en los esfuerzos de mediación paquistaní siempre que existiera un compromiso genuino. Pero la cancelación de Trump sugería que esa disposición no encontraba reciprocidad en Washington.

El costo económico de la guerra que no termina

Mientras los diplomáticos jugaban al ajedrez político, la economía mundial sufría las consecuencias de una guerra que formalmente estaba en pausa pero seguía afectando el comercio global. El petróleo Brent, referencia internacional, mantenía precios casi 50% superiores a los niveles previos al conflicto. La razón: Irán controlaba el Estrecho de Ormuz, una ruta crítica por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial en tiempos de paz. El cierre casi total de este paso obligado generaba perturbaciones en cascada. No solo el crudo se veía afectado. El gas natural licuado, los fertilizantes y otras materias primas esenciales quedaban atrapadas en una especie de embotellamiento geográfico sin precedentes.

Las tensiones en el Estrecho se mantenían elevadas. Irán había atacado tres buques comerciales durante esa misma semana, mientras que Estados Unidos mantenía un bloqueo sobre los puertos iraníes e impartía órdenes explícitas a su marina para disparar contra cualquier embarcación sospechosa que pudiera estar colocando minas. Alemania, preocupada por las implicaciones para la seguridad marítima mundial, anunciaba el envío de barcos dragaminas hacia el Mediterráneo con el objetivo de limpiar el estrecho una vez que las hostilidades cesaran definitivamente. Los efectos de esta guerra ya cruzaban océanos: el comercio marítimo global sufría disrupciones, incluso a través del Canal de Panamá, literalmente al otro lado del planeta.

En medio de este caos, pequeñas señales de normalización comenzaban a emerger. Irán reanudó los vuelos comerciales desde su aeropuerto internacional el mismo sábado en que su canciller regresaba de Pakistán. Las aeronaves se dirigían a Estambul, Mascate y Medina. Había sido el primer servicio comercial desde que comenzara la guerra hace dos meses. El país había ampliado parcialmente su espacio aéreo hace algunas semanas gracias al alto al fuego, pero la reanudación de vuelos sugería una cierta confianza en que la tregua se mantendría, al menos temporalmente. Irónicamente, esto ocurría exactamente cuando la diplomacia estadounidense se retiraba de la mesa de negociaciones.

El saldo de sangre pintaba un panorama desolador. Más de 3.375 personas habían perdido la vida en Irán, mientras que en Líbano la cifra superaba los 2.490 muertos. El conflicto se había extendido geográficamente: 23 muertes en territorio israelí, más de una docena en estados del Golfo Pérsico. Los militares tampoco escapaban: 15 soldados israelíes en Líbano, 13 miembros del ejército estadounidense desplegados en la región y seis cascos azules de las Naciones Unidas en el sur libanés habían caído en combate. Una semana antes de la cancelación de Trump, se había acordado una prórroga de tres semanas en el cese de fuego entre Israel y Hezbolá, brokered por Washington. El grupo armado respaldado por Irán no había participado en las gestiones diplomáticas estadounidenses, un detalle que complicaba aún más cualquier solución integral.