El panorama de la cinematografía internacional experimenta estos días un cruce de caminos incómodo cuando directores de renombre mundial aceptan encargos de gobiernos cuestionados por organizaciones defensoras de derechos humanos. Phillip Noyce, el reconocido realizador australiano de setenta y seis años, protagoniza un caso que concentra las tensiones entre el arte, el dinero y la política de la aceptación. Su nuevo proyecto titulado The Watchful Eyes se filmó íntegramente en territorio saudita, respaldado por inversiones directas del Estado, y cuenta la historia de oficiales de seguridad enfrentándose a redes de tráfico de narcóticos. La película está programada para estrenarse durante este año, consolidándose como un producto audiovisual de gran envergadura financiado por la industria del entretenimiento saudita, específicamente por la compañía Sela, respaldada por el fondo soberano de inversión de Arabia Saudita.
La carrera de Noyce ha sido marcada por su versatilidad dentro del género cinematográfico. Sus realizaciones abarcan desde Newsfront, aquella obra de los setenta que exploró la historia del periodismo australiano, hasta thrillers de acción como Patriot Games y Clear and Present Danger, pasando por dramas de profundidad histórica como Rabbit-Proof Fence. Con una trayectoria de décadas consolidada, el director ha construido un nombre respetado en la industria. Sin embargo, su decisión de aceptar este encargo saudita levanta interrogantes sobre los criterios que mueven las decisiones creativas en la era contemporánea. El cineasta justificó su participación argumentando que buscaba desafiarse a sí mismo trabajando fuera de su zona de confort y que le atraía la posibilidad de penetrar en una sociedad tradicionalmente cerrada a observadores externos.
El contexto de represión y números inquietantes
Los números que rodean la política de seguridad saudita en materia de narcóticos resultan escalofriantes cuando se examinan en perspectiva. Durante el año pasado, el reino ejecutó a trescientos cincuenta y seis individuos, de los cuales doscientos cuarenta y tres fueron condenados por delitos relacionados con drogas. Estos números representan una escalada sistemática en la aplicación de penas capitales, tendencia que analistas especializados vinculan directamente con la intensificación de la denominada "guerra contra las drogas" impulsada por las autoridades sauditas. La cifra de ejecuciones por narcotráfico supera ampliamente los porcentajes registrados en décadas anteriores, evidenciando un endurecimiento progresivo de la política penal en este ámbito específico.
La producción de The Watchful Eyes comenzó sus rodajes en diciembre en territorio saudita y se describe oficialmente como una "producción masiva" y una "epopeya saudita de gran alcance". Noyce fue acompañado durante el proceso de filmación por Turki al-Sheikh, un asesor real con cercanía directo al Príncipe Heredero Mohammed bin Salman, quien ostenta la presidencia de la Autoridad General de Entretenimiento del reino. Al-Sheikh ha difundido en redes sociales múltiples imágenes y videos del director, refiriéndose al filme como una producción "inspirada en una historia verdadera extraída de los archivos de casos reales de los oficiales de cumplimiento de la ley contra el narcotráfico saudita". Sin embargo, al-Sheikh ha sido señalado por organismos internacionales por su vinculación a violaciones de derechos humanos, particularmente por la detención de ciudadanos que expresaron críticas hacia su persona en plataformas digitales.
El entretenimiento como estrategia de legitimación política
Expertos que monitorean la situación de derechos humanos en la región señalan que inversiones de esta magnitud en la industria del cine y el entretenimiento responden a una estrategia coordinada. Joey Shea, investigador senior de Human Rights Watch enfocado en Arabia Saudita, caracteriza estas iniciativas cinematográficas como parte de un esfuerzo deliberado por lavar la imagen pública del reino mediante narrativas culturales. Según su análisis, el gobierno saudita despliega enormes recursos en deportes y entretenimiento como mecanismo para contrarrestar la percepción internacional negativa respecto a su historial en materia de libertades fundamentales. Shea expresó que resultaba particularmente preocupante que un filme sobre la represión de drogas se produjera precisamente cuando las ejecuciones por ese concepto han alcanzado niveles históricos, sugiriendo que la narrativa fílmica podría servir para oscurecer la realidad de las muertes judiciales.
El director Noyce, cuando se le cuestionó sobre la ética de aceptar financiamiento de un régimen con un controvertido registro de derechos humanos, esquivó responder de manera directa sobre esos aspectos específicos. En cambio, describió The Watchful Eyes como "un thriller de secuestro de presupuesto bajo, áspero y crudo, filmado completamente en árabe", agregando su predicción de que la película no atraería turismo hacia Arabia Saudita. Cuando se le planteó la cuestión sobre las ejecuciones por delitos de drogas en el reino, Noyce replicó que la narrativa podría interpretarse como transmitiendo un mensaje anti-drogas, pero que la historia que él dirigió se narraba desde la perspectiva emocional del detective protagonista persiguiendo a los responsables de un secuestro infantil. Además, mencionó que Sela nunca interfirió en sus decisiones creativas durante el proceso de producción.
La estrategia saudita de inversión cultural se extiende más allá del cine de ficción. En marzo de este año, la emisora británica BBC enfrentó críticas cuando su brazo comercial estableció asociaciones con autoridades sauditas, siendo acusada de producir "películas de propaganda relucientes". Jeed Basyouni, investigadora especializada en pena de muerte en la región para la organización jurídica Reprieve, caracterizó esta dinámica como "rebranding" del reino, describiéndola como "un intento frágil de disfrazar abusos brutales de derechos humanos". Según Basyouni, lo que denomina "lavado cultural" constituye un mecanismo para legitimar violaciones de derechos humanos mediante las artes, la comedia y el cine, proyectando la imagen de un gobierno tolerante cuando la realidad indica que cualquiera que ofenda a los hombres en el poder corre riesgo de muerte.
Las inversiones sauditas en el entretenimiento global trascienden el ámbito cinematográfico. El fondo soberano de inversión que respalda a Sela ha desembolsado más de cinco mil millones de dólares en el LIV Golf Tour desde dos mil veintiuno, aunque se ha anunciado que este financiamiento cesará al finalizar el año actual, decisión parcialmente atribuida a la escalada de conflictividad en Medio Oriente. Esta pausa financiera podría indicar un reajuste en la estrategia de posicionamiento global del reino, aunque las iniciativas cinematográficas permanecen como proyectos de largo aliento que reflejan la visión económica denominada "Vision 2030", el plan impulsado por el Príncipe Heredero para diversificar la economía saudita y reducir la dependencia del petróleo.
Los efectos a mediano y largo plazo de estas producciones audiovisuales financiadas por gobiernos controvertidos generan perspectivas encontradas en ámbitos académicos y artísticos. Algunos analistas sostienen que las películas son expresiones culturales autónomas cuyo valor estético y narrativo debe evaluarse independientemente de las fuentes de financiamiento; otros argumentan que aceptar dinero de regímenes con registros cuestionados de derechos humanos implica una complicidad tácita que refuerza narrativas estatales problemáticas. La industria cinematográfica internacional enfrenta dilemas que trascienden las decisiones individuales de un director, tocando temas más amplios sobre la relación entre capital, poder político y expresión artística en un mundo globalizado donde los fondos soberanos de naciones autoritarias poseen creciente influencia sobre el contenido audiovisual que consume la audiencia planetaria.


