Un escenario que parecía congelado en el tiempo acaba de resquebrajarse. El pasado jueves, miles de activistas judíos irrumpieron en la explanada religiosa más sensible de Jerusalén, en una acción que trasciende los límites de una simple visita y configura un punto de inflexión en la precaria arquitectura que ha mantenido en pie—aunque con fisuras permanentes—uno de los lugares de mayor volatilidad geopolítica del planeta. Lo que ocurrió no fue apenas un acto de devoción: fue un despliegue político de poder inscrito en territorio sagrado, ejecutado bajo la custodia de fuerzas armadas y bajo la égida de un funcionario de rango ministerial. El quiebre de equilibrios que habían permanecido en suspenso durante décadas abre interrogantes sobre qué vendrá después, cuán lejos se está dispuesto a llegar y cuáles serán las consecuencias de pisar terreno que la historia ha demostrado ser detonante de ciclos de violencia regional.
Los límites de un pacto silencioso que se derrumba
Desde hace casi cuarenta años, una suerte de acuerdo tácito—aunque frágil como el papel mojado—regía los protocolos en torno al espacio conocido por musulmanes como al-Haram al-Sharif y por judíos como el Monte del Templo. El precepto fundamental era austero y claro: la rezo no judío quedaba proscrito en esas tierras. Un límite que, aunque respetado formalmente durante décadas, nunca dejó de generar tensiones subterráneas. Itamar Ben-Gvir, titular de la cartera de Seguridad Nacional, ha convertido los últimos años en una campaña sistemática de erosión de ese pacto. Acompañado por guardias fuertemente armados, participó el jueves de ceremonias religiosas, izamientos de banderas y entonaciones del himno nacional en una exhibición que ningún observador podría calificar de discreta o devocional en el sentido estricto del término. Se trató, en esencia, de una demostración de poder político desplegada en territorio sagrado.
Las medidas unilaterales se han multiplicado bajo su administración. Ben-Gvir autorizó que los visitantes judíos ingresaran con prendas religiosas impresas y textos de devoción, violaciones menores pero acumulativas del status quo. En enero pasado, un paso más decisivo: colocó a un aliado ideológico al frente de la policía de Jerusalén, un movimiento de mano de obra que suavizaba el terreno para cambios posteriores. Durante la mañana del jueves, 3.228 israelíes cruzaron los portales del sitio, con expectativas de que miles más lo hicieran en el turno vespertino. Los números, vistos desde cierta perspectiva, parecen casi abstractos. Pero cada cifra representa un visitante más en un lugar donde la presencia tiene significado político acentuado.
La liturgia de la provocación y sus antecedentes históricos
El jueves coincidió con Tisha B'Av, fecha en el calendario hebreo que conmemora la destrucción del Primer Templo en el siglo X antes de nuestra era y la del Segundo Templo en el año 70 de nuestra era, ambos erigidos en el mismo sitio. La elección de la fecha no fue accidental: fue una sentencia política enunciada mediante acto de culto. Ben-Gvir escribió en redes sociales que se observaba "un progreso enorme" y que los judíos que oraban allí "se sienten como dueños". Sus ambiciones declaradas incluyen izar la bandera israelí de manera permanente en la explanada y edificar una sinagoga en sus límites, declaraciones que funcionan como una hoja de ruta explícita de intenciones futuras.
La historia pesa como una losa sobre estos territorios. En el año 2000, una visita del entonces líder de la oposición Ariel Sharon a ese mismo sitio encendió la mecha de lo que se conocería como la Segunda Intifada, un ciclo de violencia que se extendería durante cinco años consecutivos y marcaría generaciones. Hamas, en octubre de 2023, nombró como "Inundación de al-Aqsa" a su operativo de ataque contra territorio israelí—que resultó en aproximadamente 1.200 muertes—alegando que las violaciones israelíes contra el sitio religioso constituían el detonante provocador. El peso de los precedentes no es anécdota: es estructura. Los cambios históricos en el equilibrio del status quo han desencadenado sistemáticamente ciclos de conflictividad en Jerusalén y Palestina, con ondas expansivas que alcanzaron dimensiones globales.
En la noche del jueves, miles de personas desfilaron por las arterias de la Ciudad Vieja cercanas a la explanada. En algunos puntos del recorrido, grupos atacaron a palestinos que se cruzaban en el camino. También se reportaron actos de vandalismo contra un cementerio de culto islámico situado cerca de la puerta de los Leones, uno de los accesos tradicionales. Las fuerzas de seguridad realizaron dieciséis detenciones entre los activistas implicados en los actos de violencia, aunque los números sugieren una respuesta selectiva o tardía sobre un fenómeno que rebasó los espacios de culto para invadir las calles.
El juego político que sostiene la escalada
En las alturas del poder estatal, los cálculos son diferentes. El Primer Ministro Benjamin Netanyahu había respaldado públicamente meses atrás la rezo judía en el sitio, afirmando que los cambios impulsados por Ben-Gvir operaban con su coordinación explícita. Simultáneamente, Netanyahu insistió en que Israel no había violado el acuerdo status quo, una posición que desafía la lógica elemental pero que opera en el terreno de la narrativa política. Su funcionario ha trazado un horizonte ambicioso: modificar los protocolos de manera progresiva, ir dilatando los márgenes de lo permitido, acostumbrar a los actores internacionales a nuevas realidades sobre el terreno. Es una estrategia de avance incremental que busca normalizar mediante la repetición.
Los actores palestinos, por su parte, han respondido con lenguaje directo. El ministerio palestino de asuntos religiosos caracterizó los hechos como "prácticas provocadoras emanadas de los niveles políticos más altos del gobierno ocupante", destinadas a "encender una guerra religiosa en toda la región". El departamento islámico de Waqf, que administra oficialmente la explanada, constató los números y los registró. Jordania, potencia vecina con responsabilidades históricas en el lugar, elevó su voz ante la comunidad internacional pidiendo una "postura firme que obligue a Israel, como potencia ocupante, a detener sus violaciones continuas contra los santuarios islámicos y cristianos en Jerusalén". Voces de activismo por la paz dentro de Israel, como la organización Peace Now, denunciaron la acción como "provocación peligrosa" perpetrada por extremistas decididos a encender una conflagración religiosa, subrayando que la práctica viola directamente el frágil equilibrio que prohíbe el rezo no musulmán en el espacio sagrado.
Lo que sucedió el jueves representa menos un acontecimiento aislado que un punto de quiebre en una tendencia. Los cambios administrativos ejecutados durante meses—la designación de funcionarios afines en estructuras de seguridad, la permisividad progresiva con visitas y prácticas religiosas, la retórica pública que desafía los límites anteriores—convergen en una acción que materializa en territorio lo que hasta hace poco parecía retórica política. La participación de un ministro de gobierno, no como observador sino como actor ceremonial, transforma el evento en declaración de política de Estado, aunque sea contradictoriamente negada desde las estructuras superiores. Los números de participantes, el despliegue de símbolos nacionales, la presencia de figuras legislativas, la escala de la convocatoria: todo apunta a un operativo coordinado que busca establecer nuevas normas de facto en un espacio donde los precedentes demuestran que cada modificación en los acuerdos ha tenido capacidad explosiva.
Las ramificaciones de estos hechos escapan fácilmente de los límites de Jerusalén. El conflicto en Gaza, desatado tras los eventos de octubre de 2023, permanece en fase activa. Las tensiones en otras regiones de Oriente Medio alcanzan niveles elevados. Las movilizaciones ciudadanas en distintos puntos del planeta reaccionan a las acciones en el terreno. Desde una perspectiva, las acciones del jueves pueden ser interpretadas como un ejercicio de soberanía y seguridad en territorio bajo control estatal, con referencias legítimas a tradiciones históricas milenarias. Desde otra óptica, los hechos representan un deliberado avance sobre espacios compartidos cuyo equilibrio ha sido el precio de la relativa estabilidad en una de las regiones más volátiles del planeta. Lo que permanece sin respuesta es si los actores dispuestos a ejecutar estos cambios han calculado adecuadamente el costo potencial de pisar un terreno que la historia ha demostrado que reacciona con violencia ante cada ruptura de sus equilibrios precarios.



