A cinco mil kilómetros de distancia del Parlamento británico, existe un espacio donde Keir Starmer goza de una popularidad que jamás podría soñar en su propio territorio. Se trata de In and Out, un elegante establecimiento ubicado en el corazón de Beijing que experimentó una transformación radical tras la visita del mandatario británico en enero pasado. Lo que comenzó como una cena diplomática se convirtió en un acontecimiento cultural que redefine las dinámicas de la influencia política en tiempos de redes sociales globales. El fenómeno que se desató en torno a esta experiencia culinaria revela mucho más que un simple episodio de marketing viral: expone las contradicciones internas de un líder político cuya influencia internacional contrasta dramáticamente con su posición doméstica.

La primera visita de un primer ministro británico a territorio chino desde hace seis años no pasó desapercibida. Las imágenes de Starmer compartidas masivamente a través de plataformas como Douyin —el equivalente chino de TikTok— generaron un interés sin precedentes en el establecimiento. Lo que resultó particularmente ingenioso fue la decisión del restaurante de crear un menú especial que documentaba cada uno de los platos ordenados por la delegación británica. Entre los manjares seleccionados por Starmer figuraban hojas de menta envueltas en filetes de carne cortada finamente, espárragos a la parrilla con hongos porcini, costillas de cerdo marinadas en salsa de ciruela, arroz dulce con piña y fragmentos crujientes de queso de leche de cabra. Esta lista de ingredientes, aparentemente intrascendente, se transformaría en el catalizador de un fenómeno social sin precedentes en la capital china.

La fascinación por los platillos presidenciales y el poder de la viralidad

El restaurante In and Out —conocido en chino como Yi Zuo Yi Wang— se especializa en la culinaria de Yunnan, provincia situada en el sudoeste chino que limita con Laos, Myanmar y Vietnam. Esta región es célebre por su uso extensivo de hongos exóticos y hierbas aromáticas que crecen naturalmente en sus montañas. Sin embargo, existe un detalle curiosamente relevante: el establecimiento es particularmente famoso por servir hongos alucinógenos conocidos como bolete lurid, los mismos que consumió Janet Yellen, entonces secretaria del tesoro estadounidense, durante su visita en 2023. Starmer, en una decisión que podría interpretarse como prudencia diplomática o simple preferencia culinaria, optó por mantenerse alejado de estas setas notoriamente psicoactivas. Su elección del humilde porcini resultaría, irónica y paradójicamente, en una viralidad mucho más significativa que cualquier escolio fungal.

Desde el instante en que la noticia de la visita se propagó a través de las redes sociales chinas, el restaurante experimentó una saturación de reservas que se mantiene hasta el presente. La estrategia de marketing —deliberada o fortuita— de imprimir menús especiales con una caricatura de un guardia de palacio británico cuyo icónico gorro de piel fue reemplazado por una seta resultó ser extraordinariamente efectiva. Visitantes como Su Yajun y Sun Chen, quienes viajaron desde la provincia vecina de Hebei específicamente para dinar en el lugar, expresaban su razonamiento de manera simple pero reveladora: si el mandatario británico había elegido este sitio, la calidad de la comida debía ser excepcional. "Escuchamos que el primer ministro británico vino aquí a comer, así que pensamos que la comida debía ser realmente buena para que eligiera este lugar," explicaba Su durante un concurrido almuerzo de jueves. Aproximadamente la mitad de los clientes que visitaban el restaurante desde entonces reconocían haber sido influenciados por la visita del funcionario extranjero, según testimonios de personal del establecimiento.

La diplomacia blanda británica en territorio asiático: un fenómeno más allá de Beijing

Lo verdaderamente significativo es que este fenómeno no se limitó a la capital china. A más de mil quinientos kilómetros de distancia, en la propia provincia de Yunnan, otros restaurantes también capitalizaron la visita ejecutando sus propias versiones de menús temáticos vinculados al acontecimiento. Esta propagación geográfica sugiere que el poder simbólico de la visita trascendió los límites de una simple anécdota culinaria para convertirse en un fenómeno cultural amplificado exponencialmente por medios digitales. A pesar de los embates sufridos durante los años posteriores al Brexit, Gran Bretaña mantiene un atractivo de soft power considerable en múltiples regiones del mundo, incluyendo China. Este fenómeno de influencia cultural ha persistido durante décadas: taxistas en ciudades chinas que jamás han abandonado su país natal pueden mantener conversaciones detalladas sobre la evolución de la Premier League durante los últimos treinta años. Actores británicos como Rosamund Pike disfrutan de bases de admiradores desproporcionadamente grandes en territorio chino. La visita de Starmer fue recibida generalmente con calidez por parte del público chino, generando una atmósfera de buena voluntad que contrastaba notablemente con las críticas que enfrentaba en su propio país por buscar un acercamiento más estrecho con Pekín.

La intención detrás de la gira internacional era clara: recalibrar y revitalizar las relaciones diplomáticas entre ambas naciones después de un período de enfriamiento. El mensaje que se intentaba transmitir era uno de apertura y disposición al diálogo constructivo. Sin embargo, existe una realidad política incómoda que acecha en las sombras de este éxito internacional: la buena voluntad acumulada durante estos esfuerzos diplomáticos puede evaporarse rápidamente si circunstancias domésticas deterioran la capacidad del mandatario de mantener su enfoque en asuntos de alcance global. La capacidad de un líder político para proyectar influencia internacional depende fundamentalmente de su estabilidad y autoridad en la esfera política interna. Si esas bases se erosionan, toda la arquitectura de soft power construida pacientemente puede colapsar.

Las implicaciones del fenómeno de In and Out se extienden más allá del ámbito meramente anecdótico. Revelan una verdad compleja sobre la política contemporánea: la influencia y la popularidad no son recursos distribuidos uniformemente. Un líder puede experimentar simultáneamente una acogida entusiasta en mercados internacionales mientras enfrenta desafíos sustanciales en su propio territorio. La paradoja central es que mientras Starmer se beneficiaba de esta inesperada popularidad culinaria en Beijing, su posición política interna experimentaba presiones diversas. Si eventos posteriores lo obligaran a renunciar, o si viese comprometida su capacidad para priorizar asuntos internacionales, toda esta reserva de buena voluntad acumulada en territorio chino se desvanecería como el vapor de un plato recién servido. La lección implícita es que ninguna cantidad de menús virales o imágenes compartidas en redes sociales pueden sustituir la estabilidad política necesaria para construir relaciones diplomáticas duraderas. Starmer podría haber deseado, en retrospectiva, haber probado aquellos hongos mágicos: al menos su sabor efímero habría sido más predecible que las incertidumbres que rodean el futuro de su poder político.