La mayor asamblea musulmana de Reino Unido se desarrolla este fin de semana bajo un operativo de seguridad sin precedentes, mientras el país enfrenta un aumento acelerado de crímenes de odio dirigidos contra comunidades islámicas. Jalsa Salana, el encuentro anual que congrega a decenas de miles de participantes, decidió mantener su realización a pesar de los riesgos documentados y el contexto de violencia religiosa que atraviesa la nación. Esta decisión representa un acto de resistencia deliberada frente a quienes buscarían silenciar o desplazar a las minorías musulmanas del espacio público, un gesto que trasciende la mera celebración religiosa para convertirse en una declaración política sobre inclusión y pertenencia.

Los números que respaldan esta tensión son contundentes. En los últimos doce meses hasta marzo del año en curso, los delitos de odio contra musulmanes en Inglaterra y Gales experimentaron un incremento del 19 por ciento. Más aún, las agresiones dirigidas contra lugares de culto islámicos ocurren con una regularidad alarmante: una mezquita es atacada cada cinco días en territorio británico. Estas cifras no son abstractas; representan la geografía concreta de un miedo que ha permeado las comunidades musulmanas y que podría haber justificado, razonablemente, el cancelamiento del evento. Sin embargo, los organizadores de Jalsa Salana eligieron un camino diferente, incrementando el despliegue de efectivos de seguridad en centenares de personas adicionales y estableciendo coordinaciones reforzadas con fuerzas policiales, servicios de emergencia y autoridades locales.

El contexto inmediato que rodea esta decisión incluye un incidente ocurrido hace poco más de un mes, cuando otra gran reunión islámica fue interrumpida prematuramente tras la detención de doce individuos, tres de los cuales enfrentaban acusaciones relacionadas con una presunta conspiración para cometer asesinato, vinculada a una amenaza de extrema derecha. Semejante precedente podría haber sembrado dudas razonables sobre la viabilidad de continuar con encuentros de esta magnitud. No obstante, Rafiq Hayat, máxima autoridad de la rama británica de la Comunidad Musulmana Ahmadía —organización responsable de Jalsa Salana— fue categórico al abordar esta pregunta: la cancelación nunca fue considerada, ni siquiera transitoriamente.

Seis décadas de continuidad en tiempos de incertidumbre

Jalsa Salana alcanza en esta edición su sexagésimo aniversario, un hito que subraya la solidez institucional de esta iniciativa. El evento reúne alrededor de cincuenta mil asistentes originarios de más de cien naciones en un terreno provisional de 208 acres situado en Hampshire, donde durante el fin de semana se despliegan instalaciones temporales diseñadas para albergar esta multitud internacional. La ceremonia inaugural incluyó oraciones, discursos de relevancia y un acto simbólico: el izamiento de la bandera británica en el centro del predio, gesto que condensaba el mensaje central de la comunidad respecto a su integración y lealtad a la nación. Entre los oradores figuró Hazrat Mirza Masroor Ahmad, líder global de la comunidad ahmadía, cuya presencia subrayó la importancia del encuentro para esta rama del islam. Parlamentarios, obispos y otras personalidades públicas se encuentran entre los asistentes previstos, lo que amplifica el carácter de evento de envergadura nacional.

Comprender la determinación de la comunidad ahmadía exige retroceder en la historia británica. Esta comunidad religiosa estableció su presencia en Reino Unido hace más de un siglo, con su radicación formal en 1913. En 1926, inauguró una de las primeras mezquitas construidas especialmente para tal propósito en Londres, un logro que ejemplifica su integración temprana en la sociedad británica. Hayat, quien reside en Londres desde 1967, ha sido testigo directo de múltiples olas de hostilidad política y social: desde movimientos de extrema derecha organizados hasta discursos políticos xenófobos, pasando por la movilización de grupos como el Partido Nacional Británico. Durante los años noventa, cuando la comunidad ahmadía construía una mezquita en Morden, centenares de simpatizantes del Partido Nacional Británico protestaron en las sesiones de planificación municipal. En lugar de replegarse, la comunidad tomó una decisión estratégica: invertiría activamente en tejer relaciones con sus vecinos.

La arquitectura del diálogo como respuesta a la confrontación

La estrategia implementada en Morden estableció un modelo que perdura tres décadas después. Hayat y su comunidad crearon un grupo de enlace que incluía representantes de iglesias locales, organizaciones comunitarias, autoridades municipales y fuerzas policiales. Convocaron a reuniones mensuales realizadas en la mezquita, con la presidencia compartida por un concejal local. Los encuentros iniciales fueron, por admisión del propio Hayat, profundamente tensos. Sin embargo, el compromiso persistente transformó las dinámicas: treinta años después, las autoridades y actores locales no toman decisiones relevantes sin la participación activa de la comunidad ahmadía. Este antecedente constituye la brújula que orienta la respuesta actual frente al resurgimiento de hostilidad religiosa.

El enfoque de la comunidad ahmadía frente a la crisis contemporánea se articula en torno a una premisa fundamental: la visibilidad y el diálogo como antídotos contra el miedo y la desinformación. Durante seis décadas, sostiene Hayat, su comunidad ha dedicado esfuerzos deliberados a congregar personas de distintas creencias, orígenes étnicos y trasfondos. Esta labor se sustenta en una interpretación del islam que enfatiza la lealtad al país de residencia como componente integral de la fe religiosa, un principio que atribuye al fundador de su movimiento. Hayat rechaza explícitamente la estrategia del repliegue defensivo, abogando en cambio por una mayor presencia en la esfera pública. Instruye a miembros de su comunidad a no avergonzarse de su identidad musulmana en territorio británico, convencido de que los prejuicios contra el islam solo pueden combatirse mediante encuentros personales auténticos que humanicen la experiencia religiosa.

Un aspecto que matiza el panorama y que frecuentemente permanece ausente del debate público es la dimensión de persecución que proviene de sectores musulmanes extremistas. Los ahmadíes han soportado, durante décadas, ataques y discriminación procedentes de grupos islámicos fundamentalistas, particularmente en Pakistán pero también en suelo británico. En 2016, Asad Shah, un hombre ahmadí, fue asesinado fuera de su comercio en Glasgow en un ataque motivado religiosamente perpetrado por otro musulmán. Hayat, con un matiz de tristeza, señala que en ocasiones resulta más sencillo gestionar la hostilidad de extremistas de derechas que la de musulmanes radicalizados. Simultáneamente, reconoce la diversidad dentro de la comunidad musulmana más amplia: muchas personas que crecieron en entornos islámicos tradicionales permanecen como amigos cercanos de miembros ahmadíes, aunque existan sectores con posturas ideológicas extremas. De manera significativa, cuando la comunidad organiza eventos de magnitud, como un iftar ceremonial en su mezquita principal, aproximadamente el sesenta por ciento de asistentes son jóvenes musulmanes no ahmadíes, evidencia de que existe una hambre de espacios inclusivos entre la juventud islámica británica.

Las amenazas concretas que enfrenta la comunidad trascienden la retórica y alcanzan la dimensión física. En períodos recientes, una de sus mezquitas fue atacada directamente. Simultáneamente, el odio religioso ha encontrado en las plataformas digitales un vehículo de propagación particularmente eficaz y difícil de contener. A pesar de esta realidad palpable, Hayat mantiene su convicción de que los encuentros personales genuinos permanecen como la herramienta más potente para construir coexistencia pacífica. Relata el caso de una visitante que, antes de ingresar a la mezquita, compartió su ubicación en vivo con su esposo bajo la premisa de que le enviara actualizaciones cada quince minutos por temor a sufrir algún incidente. Tras su experiencia en el templo, donde fue recibida con calidez, la visitante expresó su deseo de regresar acompañada por su familia. Su reflexión posterior condensaba la filosofía de Hayat: "Ya no ves mi color. Ves al ser humano detrás de él. Esta es la clave para la coexistencia pacífica."

Las implicancias de esta postura de la comunidad ahmadía se proyectan hacia múltiples direcciones. Por un lado, su decisión de mantener Jalsa Salana bajo condiciones de seguridad reforzada podría interpretarse como un acto de normalización que desafía la lógica del terrorismo: no permitir que el miedo determine el calendario público y las prioridades comunitarias. Por otro lado, algunos analistas podrían argumentar que la mayor presencia de fuerzas de seguridad refleja, en sí misma, una realidad de vulnerabilidad que requiere soluciones estructurales más profundas que encuentros dialogales. La perspectiva de las autoridades locales y fuerzas policiales, que establecen coordinaciones con los organizadores, sugiere un reconocimiento institucional de la legitimidad del evento simultáneamente con la necesidad de mitigación de riesgos. Los debates públicos en torno a estos hechos continúan explorando tensiones fundamentales: cuán efectivo es el diálogo intercultural como respuesta al extremismo, qué responsabilidades recaen sobre el estado para proteger minorías religiosas, y si la estrategia de mayor visibilidad pública constituye una solución sostenible o una expresión de determinación que no resuelve los factores estructurales que generan hostilidad.