Los cambios políticos profundos no siempre llegan acompañados de estruendos o quiebres abruptos. A veces se deslizan en las costumbres cotidianas, en los discursos públicos que antes eran impensables, en la normalización de lo que años atrás hubiera sido rechazado de plano por una sociedad. Eso es precisamente lo que ha sucedido en Suecia durante la última década, transformando a uno de los países europeos que históricamente se había posicionado como defensor de valores progresistas en una nación donde las fuerzas políticas de extrema derecha han ganado terreno electoral y, con ello, capacidad de influencia sobre decisiones de gobierno. Este giro ha generado inquietud entre activistas y ciudadanos que esperaban un derrotero distinto para su país, especialmente ante las elecciones previstas para mediados de septiembre en las que se espera que la derecha radical obtenga la segunda votación más importante del país.

La trayectoria de esta transformación puede rastrearse, paradójicamente, a través de una imagen que en su momento fue celebrada globalmente como símbolo de resistencia. En el año 2016, en la ciudad sueca de Borlänge, una mujer de ascendencia africana se plantó frente a cientos de militantes uniformados del Movimiento de Resistencia Nórdica, uno de los grupos neonazis más grandes del país. Con el puño en alto, su cuerpo se convirtió en una barrera física contra el avance de la extrema derecha. El fotógrafo David Lagerlöf, perteneciente a Expo, fundación dedicada a la lucha contra el racismo, capturó ese instante que luego recorrería el mundo. Los medios de comunicación suecos la compararon con otra fotografía histórica de 1985, cuando en la ciudad de Växjö una mujer golpeaba a un skinhead con su bolso. Ese acto de valentía provocó que personas en las calles reconocieran a la protagonista y la agradecieran, aunque también significó recibir amenazas de muerte y acoso en línea.

De símbolo de resistencia a testigo de un cambio incómodo

El nombre de esa mujer es Tess Asplund, quien actualmente cuenta 52 años y ha dedicado buena parte de su vida a campañas contra el racismo. Una década después de aquel momento que le otorgó visibilidad global, Asplund reflexiona sobre lo que ha ocurrido en su país con una mezcla de confusión y desazón. En una entrevista realizada en un café del centro de Estocolmo, expresó su perplejidad ante la metamorfosis política de Suecia. "Hace diez años, la gente decía 'Oh, no nos gusta la extrema derecha, despreciamos a los nazis'. Ahora se han normalizado. ¿Qué pasó?", señaló. Sus palabras no son simples lamentos nostálgicos, sino diagnósticos de una realidad política que se ha vuelto tangible y, para muchos como ella, alarmante.

Lo que Asplund observa es que los Demócratas de Suecia, partido que mantiene raíces neonazis y ha estado permanentemente acusado de albergar elementos racistas violentos y simpatizantes nazis, ha logrado algo que hace una década parecía imposible: legitimarse dentro de las instituciones. En las elecciones de 2022, este partido obtuvo la segunda mayor cantidad de votos, lo que le permitió jugar un papel de apoyo fundamental en una coalición de gobierno minoritaria. Su influencia ha sido decisiva para implementar políticas migratorias de una severidad extrema, dirigidas contra personas que buscan asilo, así como contra la población musulmana. Las consecuencias se han materializado en hechos concretos: jóvenes que habían vivido toda su vida en Suecia han sido deportados a los países de nacimiento de sus padres tras no poder cumplir con nuevos requisitos de ingresos económicos. Este endurecimiento representa un quiebre con la tradición sueca de las últimas décadas.

La paradoja de cómo los extremistas terminan en el gobierno

Lo inquietante del fenómeno sueco es que la ruta hacia la normalización de la extrema derecha no ha sido lineal ni necesariamente visible. Un estudio académico realizado en 2023 reveló algo contrarresolutivo: la coexistencia del Movimiento de Resistencia Nórdica —que en 2024 fue designado como grupo terrorista por Estados Unidos— y los Demócratas de Suecia probablemente refuerza las causas de ambos. Mientras el primero permanece en la clandestinidad del activismo violento, el segundo actúa en el espacio institucional legítimo, manteniendo vivos los temas de inmigración e integración en la agenda pública de formas que erosionan la aceptación hacia los migrantes. Mohammad Aluaudt Allah, un refugiado sirio golpeado hasta perder el conocimiento en las calles de Estocolmo hace poco más de un año, interpretó ese fenómeno de manera cruda: los políticos que culpan a los inmigrantes de todos los problemas nacionales han "creado un sentido de impunidad para los grupos nazis violentos". Como si la retórica política fuera una puerta abierta para la violencia de calle.

Asplund comparte esa lectura. En su perspectiva, los nazis no necesitan ser mayoritarios cuando los Demócratas de Suecia ocupan espacios de poder ejecutando la agenda que aquéllos defienden desde la clandestinidad. "Los nazis están en las sombras", afirma. El premier Ulf Kristersson alimentó esa preocupación cuando, a inicio de este año, sugirió públicamente que si su coalición ganaba las próximas elecciones, la extrema derecha podría ingresar directamente al gobierno. Ese comentario fue interpretado como un punto de quiebre en la política sueca, un reconocimiento de que lo impensable estaba comenzando a volverse plausible. Las encuestas actuales indican que la oposición de centroizquierda lidera en intención de voto, lo que podría significar un cambio de administración. Sin embargo, los Demócratas de Suecia mantienen su posición como segunda fuerza política del país, demostrando que la penetración electoral de la extrema derecha no es coyuntural sino estructural.

Asplund también señala que parte de la responsabilidad recae en el rol de ciertos actores mediáticos que han amplificado, sin espíritu crítico, los argumentos de la derecha radical responsabilizando a la inmigración por los males económicos y sociales de la nación. Ese discurso ha permeado la conciencia pública de modo que lo que antes generaba indignación ahora provoca indiferencia. "Hace treinta años estaríamos en las calles peleando contra esto. Ahora es como 'Qué lástima para esa persona'. Es un cambio que realmente me asusta", expresó. Su referencia a Olof Palme, el asesinado líder del Partido Socialdemócrata sueco que construyó las políticas progresistas que durante décadas definieron a Suecia —desde un robusto sistema de bienestar social hasta una postura acogedora hacia refugiados que huían de dictaduras y guerras—, subraya la magnitud del giro que ella percibe. Si Palme estuviera vivo, agregó, "estaría dando vueltas en su tumba".

¿Normalización o cambio de época?

Lo que distingue el diagnóstico de Asplund de otras críticas políticas es que ella no sostiene que Suecia sea unánimemente racista. Reconoce que existen "muchas, muchas personas aquí luchando por los derechos humanos y contra el racismo". Lo que la desmoraliza es la sensación de que esos esfuerzos están siendo arrollados por una inercia política más potente. Cuando conversa con conocidos, se encuentra con respuestas como "por el amor de Dios, olvida eso, hace veinte años que no hay nazis ni skinheads, eso se fue". Esa amnesia deliberada o inconsciente, esa capacidad de olvidar lo reciente, es quizás el cambio más profundo: la normalización no de los nazis mismos, sino de aceptar que su presencia es parte inevitable del paisaje político sueco. "No es mi Suecia segura, no es la Suecia que conozco", concluye con resignación.

La fotografía que la convirtió en símbolo global de resistencia hace diez años ahora funciona, en su propia interpretación, como documento de una derrota en cámara lenta. Aquella imagen parecía congelar un momento donde los valores humanitarios de la Suecia progresista triunfaban sobre la extrema derecha. Una década después, esa misma fotografía podría leerse de otra forma: como el último momento de certeza antes de que lo inimaginable se convirtiera en rutina política. Las próximas elecciones de septiembre pondrán a prueba si esa transformación continuará profundizándose o si existe aún la posibilidad de un giro en sentido contrario. Lo que está en juego no es simplemente la distribución de poder entre partidos, sino qué Suecia emergará de las urnas: la que imaginó Palme o la que está moldeando la derecha radical.