La llegada de una novela irlandesa a las librerías israelíes en idioma hebreo podría parecer un acontecimiento menor en el circuito editorial global. Sin embargo, lo que sucede con la publicación de "Intermezzo" en territorio israelí representa mucho más que una simple transacción comercial entre un autor y una casa editora. Se trata de un quiebre en las prácticas de la industria cultural internacional y un precedente que invita a repensar las responsabilidades éticas de los creadores en un mundo atravesado por conflictos geopolíticos. Lo que cambia es la manera en que los artistas de renombre mundial están evaluando sus decisiones profesionales, pesándolas contra sus compromisos políticos y sus convicciones morales.

La novelista Sally Rooney, autora de obras que han cautivado a millones de lectores en todo el planeta, atravesó un camino sinuoso hasta llegar a esta decisión. Cuatro años atrás, en 2021, rechazó una propuesta de traducción de uno de sus libros previos argumentando su adhesión a un movimiento internacional de boicot cultural. Esa negativa generó debates intensos en los medios, críticas ásperas y predicciones pesimistas sobre el futuro de su carrera. Muchos analistas sugirieron en ese momento que su postura le costaría caro: pérdida de lectores, aislamiento profesional, marginación de las plataformas mainstream. Ahora, casi cinco años después, la autora regresa a las publicaciones en hebreo, pero bajo condiciones radicalmente distintas. Esta vez colabora con November Books, un sello editorial que ha cumplido con criterios específicos y rigurosos establecidos por organizaciones de derechos humanos y movimientos de solidaridad palestina.

El catalizador: un momento de horror que marcó una trayectoria

Para entender cómo una escritora llegó a tomar decisiones que desafían los protocolos convencionales de la industria editorial, es necesario retroceder hasta el año 2014 en las calles de Dublín. En esa época, Rooney participaba activamente en manifestaciones contra una campaña militar que había dejado miles de muertes civiles, incluyendo a cientos de niños. Ese momento de indignación colectiva no fue meramente circunstancial en su vida. La autora explícitamente integró referencias a esas protestas en la estructura narrativa de su segunda novela, reconociendo que era imposible hablar de la vida en la capital irlandesa sin abordar ese acontecimiento político central. Aquella experiencia sembró en ella una consciencia que germinaría durante los años subsecuentes.

Sin embargo, en ese entonces Rooney enfrentaba una brecha entre sus convicciones y sus acciones concretas. Ya había vendido los derechos de traducción de sus primeros dos libros a un publisher israelí cuyos vínculos con estructuras militares descubrió posteriormente. La autora reconoce con franqueza que esta inconsistencia la perturbaba. Buscó orientación en los materiales disponibles sobre el movimiento internacional de boicot, desinversión y sanciones, pero encontró que la información circulante estaba diseñada para consumidores, no para creadores literarios. Además, observaba que la mayoría de los autores que admiraba tenían contratos de publicación en Israel, lo que la llevó a asumir erróneamente que los editores de literatura no formaban parte del elenco de instituciones identificadas como cómplices. Esta conclusión equivocada sobre el alcance real del movimiento la mantuvo, durante años, en una posición de pasividad involuntaria.

El giro: cuando la información se cristaliza en responsabilidad

El panorama se transformó significativamente hacia 2021. Para entonces, organismos internacionales de derechos humanos habían confirmado formalmente lo que organizaciones palestinas llevaban años argumentando: que el sistema de dominación racial en Israel cumplía con la definición legal de apartheid. Simultáneamente, Rooney había alcanzado un estatus de figura pública reconocida globalmente, lo que amplificó su sensación de responsabilidad en las decisiones sobre su obra. Con esta comprensión más clara, cuando se le presentó una nueva oportunidad de venta de derechos de traducción, rechazó la propuesta de un publisher israelí mainstream. Nuevamente, actuó sin comunicar públicamente su decisión, sin hacer anuncios grandiosos. Simplemente dijo que no.

Esa negativa desencadenó reacciones en cascada. Dos de las principales cadenas de librerías en Israel retiraron sus novelas de los estantes en protesta. Hubo denuncias públicas. Múltiples voces auguraban el fin de su carrera internacional. Pero también llegaron mensajes de aliento de activistas y artistas comprometidos con el movimiento. Rooney atravesó un período de incertidumbre inicial, cuestionándose si acaso había perjudicado la causa que buscaba apoyar. Luego, la claridad llegó. A diferencia de lo que los profetas del desastre habían predicho, la autora continuó escribiendo, publicando y siendo ampliamente leída. No perdió el respeto de aquellos cuyo respeto valoraba. No fue silenciada ni marginada del circuito editorial mundial.

Lo que sí sucedió fue algo distinto. Su compromiso público con principios éticos transformó su perfil de escritora en el de una intelectual que estaba dispuesta a asumir consecuencias reales por sus convicciones. Esto, paradójicamente, fortaleció su posición moral en el debate público global sobre responsabilidad cultural. Cuando en el Reino Unido las autoridades proscribieron legalmente un grupo de activistas por Palestina como organización "terrorista", la autora reconoce que enfrentó restricciones de viaje y la suspensión de facto de contratos con empresas británicas. Pero incluso esa consecuencia no la hizo retroceder. Al contrario, enfatiza que jamás se arrepentirá de defender sus principios.

November Books: la excepción que confirma la posibilidad

Ahora entra en escena November Books, un sello editorial basado en Israel que ha cumplido con requisitos específicos establecidos como condiciones para que una institución israelí pueda participar en la traducción de obras de autores comprometidos con los derechos palestinos. Este publisher no opera en asentamientos ilegales. No recibe financiamiento estatal. Reconoce explícitamente los derechos internacionales del pueblo palestino, incluyendo el derecho al retorno de refugiados. Además, la publicación de "Intermezzo" en hebreo se realizará en colaboración con medios independientes israelíes que documentan violaciones de derechos humanos.

Rooney enfatiza que el acto de traducción en sí representa un ideal hermoso: el de poner las historias en manos de lectores en su propio idioma. Su boicot nunca fue contra la lengua hebrea ni contra los lectores hebreoparlantes, sino contra las instituciones que perpetuaban patrones de complicidad. Que su novela aparezca también en árabe con la editorial palestina Tibaq subraya esta distinción crucial. Lo que está en juego no es la circulación de palabras, sino el direccionamiento ético de los recursos y las ganancias, y el reconocimiento de la responsabilidad de quienes participan en estructuras de poder.

La estrategia de November Books presenta un modelo alternativo dentro del ecosistema editorial israelí. En un contexto donde, según datos de 2023, el 94 por ciento de la población judía israelí apoyaba las acciones militares en cuestión, la existencia de instituciones culturales que se distancian públicamente de esa postura mayoritaria adquiere relevancia política. Aunque representan una minoría dentro de su propia sociedad, estas instituciones actúan como grietas en el consenso hegemónico, espacios donde es posible, aunque difícil, transitar hacia alternativas.

Las implicancias amplias de una decisión singular

Lo que sucede con esta publicación trasciende el hecho de que una novela irlandesa esté disponible en una lengua semítica. Representa una reconfiguración de las relaciones de poder dentro del mundo de las letras. Cuando un autor de la magnitud de Rooney establece públicamente que venderá derechos únicamente a instituciones que cumplen criterios éticos rigurosos, está enviando una señal a toda la industria. Otros escritores de renombre internacional —incluyendo ganadores de premios Nobel, Booker, Pulitzer y National Book Award— han seguido caminos similares. Al menos siete mil autores han respaldado públicamente el movimiento de boicot cultural a instituciones israelíes cómplices.

Este fenómeno adquiere mayor densidad cuando se lo sitúa dentro de movimientos más amplios de resistencia. El boicot cultural forma parte del movimiento internacional de Boicot, Desinversión y Sanciones, que desde 2005 ha funcionado bajo el liderazgo de coaliciones de sociedad civil palestina. A diferencia de lo que habitualmente se cree, este movimiento no se dirige contra individuos ni contra identidades, sino contra instituciones y patrones de complicidad. La distinción es fundamental: permite que personas israelíes, incluso figuras públicas, participen del movimiento siempre que cuestionen activamente las estructuras de las que forman parte.

En el terreno concreto, el movimiento ha logrado que al menos dos mil organizaciones artísticas se adhieran al boicot cultural, incluyendo festivales de cine, teatros y museos de relevancia internacional. Cinco cadenas de televisión europeas rechazaron participar en Eurovisión para evitar compartir plataforma con Israel. Decenas de estados han introducido políticas de embargo militar, energético o comercial. Millones de personas participan en boicots de productos de empresas israelíes y colaboradoras. Se trata de un movimiento dinámico que crece, aunque con velocidades dispares según las regiones.

Las tensiones sin resolver: entre radicalismo y alcance público

Rooney reflexiona sobre una paradoja central: ¿Es posible verdaderamente subvertir el poder a través de la palabra escrita, o cualquier mensaje radical termina siendo cooptado por las estructuras que pretendía desafiar? La autora sostiene que desde temprano en su carrera intuyó una verdad incómoda: si algo que escribiera fuera realmente radical, probablemente no le permitirían publicarlo. El simple hecho de que sus novelas fuesen ampliamente reseñadas por medios de comunicación de alcance masivo indicaba que sus posiciones políticas eran percibidas como manejables, no amenazantes.

Sin embargo, los eventos de los últimos años han matizado esa percepción. La proscripción legal de grupos activistas en democracias occidentales ha demostrado que incluso declaraciones políticas consideradas "dentro del espectro aceptable" pueden generar represalias de estado. Paradójicamente, el alcance mainstream de su obra ha permitido que su voz sea escuchada de manera amplificada precisamente cuando más importa. No se trata de una contradicción paralizante, sino de una tensión productiva: la posibilidad de ser políticamente útil desde posiciones de visibilidad, siempre que esa visibilidad se ejerza con responsabilidad.

La autora advierte contra el riesgo de que el debate público se centre en cuestiones de pureza ética individual en lugar de construcción colectiva de poder. Cuando habla con otras personas creativas sobre cómo adherirse al boicot, enfatiza que el ejercicio no debe entenderse como un test de pureza personal ni como un acto de autoflagelación moral. En cambio, propone verlo como una táctica estratégica de construcción de poder: un proceso de preguntar sistemáticamente si una institución participa de violaciones graves del derecho internacional, si se beneficia del sistema de dominación racial y ocupación, si ha tomado posiciones significativas para terminar su complicidad. Se trata de mapear influencia y palancas de cambio, luego actuar con lo que se tiene disponible. Para algunos eso significa actitudes públicas y declarativas. Para otros, en situaciones más vulnerables profesionalmente, puede significar acciones discretas coordinadas con comunidades. La clave es no quedar atrapado en la parálisis del perfeccionismo ético.

Prospectiva: qué se abre y qué permanece en disputa

La publicación de "Intermezzo" en hebreo bajo estas condiciones específicas abre interrogantes sobre el futuro de las prácticas editoriales internacionales. Por un lado, establece un precedente que otros autores de renombre podrían seguir, generando presión sobre instituciones para que modifiquen sus estructuras y posiciones públicas si desean acceder a obras de creadores comprometidos. Por otro lado, algunos argumentarán que esta iniciativa beneficia únicamente a una pequeña minoría de autores con suficiente poder de mercado para establecer estas condiciones, dejando intactas las estructuras más amplias de la industria editorial global.

También permanece sin resolver la pregunta sobre si cambios en los patrones de publicación pueden traducirse en cambios políticos concretos en las realidades de ocupación, asentamientos y conflictividad regional. Hay quienes sostienen que el boicot cultural es una herramienta de presión económica y moral efectiva; otros argumentan que su impacto es simbólico y tangencial frente a dinámicas de poder estatal y militar. Lo que sí es observable es que el movimiento ha crecido, se ha sofisticado estratégicamente y ha logrado adhesiones de figuras públicas de envergadura internacional, lo que indica que está generando algún tipo de gravitación en el espacio público global. Cómo eso se traduzca en cambios institucionales duraderos, en política de estados, en redistribución de poder entre grupos, son preguntas que permanecerán abiertas mientras persistan las condiciones que motivaron estos movimientos en primer lugar.