Los últimos diecisiete años de cobertura electoral en Estados Unidos dejaron en una reportera ucraniana una pregunta incómoda que se resiste a abandonarla: ¿cómo es posible que un país próspero, sin amenazas existenciales aparentes, se debate en la demolición de las estructuras que sostienen a cualquier sociedad moderna? Mientras su propia nación lucha cada día por preservar las instituciones estatales bajo fuego de artillería rusa, esta periodista ha atestiguado cómo en Washington y en los pueblos de Ohio, Florida y Carolina se erosiona deliberadamente la confianza en aquello que, en tiempos de paz relativa, debería ser innegociable: un sistema de salud accesible, educación pública, infraestructura funcional, seguridad social.
El contraste resulta casi irreconciliable. En Kyiv, donde las bombas caen a diario y los recursos escasean brutalmente, ciudadanos de todas las condiciones económicas contribuyen con lo que pueden para sostener a sus vecinos. En Estados Unidos, una sociedad de abundancia relativa cuestiona si es responsabilidad del gobierno garantizar que nadie muera de una enfermedad tratable o que los jóvenes accedan a educación superior sin endeudarse de por vida. La paradoja es tan aguda que desafía cualquier lógica política convencional. Aquella reportera comenzó su recorrido por la política estadounidense en 2008, cuando como corresponsal de un canal televisivo importante de Ucrania logró convencer a sus editores de enviarla a cubrir la campaña presidencial de Barack Obama. Pocos medios de comunicación de su país podían financiar tal despliegue internacional. Su motivación era personal: apenas cuatro años antes había estado en las calles de Kyiv durante la Revolución Naranja, cubriendo una lucha espontánea por el voto honesto y la libertad. El fervor que detectaba en los mítines de Obama le parecía análogo a aquella energía revolucionaria.
La crisis que reveló grietas insospechadas
Cuando llegó a Ohio, especialmente al área de Youngstown en el Rust Belt, descubrió algo que la dejó helada: barrios enteros con casas clausuradas con tablones de madera. A diferencia de la pobreza que conocía en su país, aquella desolación llevaba el sello de un abandono masivo y reciente. Ciudades que habían alimentado la Revolución Industrial americana se vaciaban. En cuatro décadas, Youngstown había visto reducida su población a la mitad. Las acerías cerraron. Las automotrices trasladaron operaciones al exterior. En aquella geografía devastada conoció a Henry Sadinsky, un trabajador jubilado de 77 años que campaña tras campaña predicaba la necesidad de reindustrializar la región. "Lo que está pasando aquí ocurre en todo el país", le dijo Sadinsky con la certeza de quien ve el patrón desde adentro.
En una parada de autobús, una mujer recién despedida le relató entre lágrimas cómo la pérdida de su empleo había arrastrado consigo todo lo demás: su vivienda, su cobertura de salud, cualquier sensación de estabilidad. Para la periodista ucraniana, aquella cascada de pérdidas resultaba casi incomprehensible. En su país, aunque los hospitales no ofrezcan lujos, nadie es rechazado por falta de dinero. No se puede ser desalojado de la noche a la mañana por perder ingresos. Descubrió en aquella campaña de 2008 una verdad americana que la obsesionaría durante años: perder un trabajo aquí significaba perderlo todo. La contraoferta republicana de John McCain atacaba sin tregua lo que denominaba el "socialismo" de Obama, refiriéndose a su promesa de redistribuir el ingreso mediante recortes fiscales para empleados de menores ingresos y aumentos para quienes ganaban más de $250,000 anuales. Para galvanizar el voto, McCain llevó al gobernador de California Arnold Schwarzenegger a un acto en Columbus. El exfisicoculturista bromeó sobre cómo había abandonado Europa cuarenta años atrás porque el socialismo mataba la oportunidad. "Los empresarios huían. Tuve suerte de llegar al mejor país del mundo. Ahora Europa se aleja de políticas de redistribución fallidas. Pero Obama las quiere traer aquí", sostuvo Schwarzenegger, equiparando el bienestar social con la ruina continental.
La ironía no pasó inadvertida a la corresponsal ucraniana. Ella había crecido en los años ochenta cuando Ucrania aún era parte de la Unión Soviética. Socialismo, en su mundo, significaba economía controlada por el Estado, ausencia de propiedad privada, escasez de bienes de consumo, represión religiosa y ausencia de libertades políticas. Luego, en la Ucrania independiente, cuando el mercado funcionaba y los derechos políticos se restauraban, el término servía para describir un Estado que ni cuidaba ni proveía para sus ciudadanos. Su país envidiaba precisamente lo que muchos estadounidenses parecían rechazar: educación pública robusta, salud accesible, infraestructuras confiables, pensiones dignas, protección básica para vulnerables. Sin embargo, en Estados Unidos, la ausencia de un Estado cuidador no se percibía como fracaso sino como preservación de la libertad.
Cuando la realidad compartida se disuelve
En West Virginia, durante aquella misma jornada electoral de 2008, conoció al doctor Vic Wood, quien operaba una clínica de atención prepagada de bajo costo, saltando intermediarios aseguradores. Wood reconocía que el sistema necesitaba cambios urgentes pero rechazaba las propuestas de Obama. "Quiere más control gubernamental para bajar precios", predijo Wood, argumentando que ello degradaría la calidad. "McCain apoya clínicas pequeñas y programas de crédito. No es perfecto, pero más cerca de lo que la gente quiere: menos gobierno". Lo desconcertante era que muchos pacientes de Wood compartían su frustración con el sistema de salud pero priorizaban otros temas. Una maestra de música le confió que para ella solo dos asuntos importaban verdaderamente: el aborto y el matrimonio homosexual. "La Biblia dice que el aborto es asesinato y el matrimonio gay es una enfermedad. Conozco gente curada", declaró la docente.
Para la periodista ucraniana, era como pisar tierra extranjera. En su país, usar retórica religiosa en campañas sería considerado inapropiado, casi bizarro. Los debates políticos más intensos giraban en torno a expandir programas sociales incluso sin financiamiento. El populismo en Ucrania se nutrían de promesas de bienestar. En Estados Unidos, las dinámicas se invertían: el lenguaje religioso era estándar mientras hablar de bienestar social tocaba lo tabú. Cuando retornó a las barbershops de Harlem en Nueva York, especialmente a Denny Moe's Superstar Barbershop, donde se había transformado en centro de registro electoral y congregación de simpatizantes de Obama en 2008, la atmósfera había cambiado para 2012. Denny Moe, un hombre de espaldas anchas y sonrisa contagiosa en quien todos confiaban, insistía que Harlem seguía apoyando al presidente. Pero la esperanza que impregnaba el aire en 2008 se había evaporado. El Movimiento Tea Party, una insurgencia conservadora dentro del Republicanismo, ganaba músculo, demandando la derogación de la reforma sanitaria de Obama, oposición a aumentos tributarios, y restricciones reproductivas draconianas.
Fue también en 2011 cuando Donald Trump amplificó públicamente una teoría conspirativa que había germinado años antes: que Obama no había nacido en suelo estadounidense y, por tanto, era inelegible para la presidencia. Una afirmación completamente falsa, fácilmente refutable, dominó la cobertura mediática y envenenó la política. Creó una duda que nunca se disipó completamente en segmentos del electorado, corrosionando la confianza institucional de manera casi irreversible. Cuando la reportera volvió a la barbershop tras la victoria de Trump en 2016, Moe comparó la situación con heredar una casa sucia: había tomado tiempo limpiarla, pero creía que Obama lo había logrado. Su personal expresaba temor genuino por la polarización y lo que vendría.
El abismo entre narrativas y realidad material
En 2016, la corresponsal enfocó nuevamente en Ohio, particularmente en territorios inmortalizados en el bestseller "Hillbilly Elegy" de JD Vance. Se dirigió a un mitin de Trump en Wilmington, Clinton County, ciudad que se había convertido en símbolo de la desintegración estadounidense tras la crisis financiera de 2008, ubicada apenas treinta y cinco millas de Middletown, donde Vance creció. Allí, las consecuencias del colapso eran visibles: un enorme complejo aeroportuario que alguna vez operaba para la empresa de entregas DHL había quedado semi abandonado cuando la compañía anunció abruptamente en mayo de 2008 su retiro del lugar. Randy Riley, entonces alcalde y posteriormente presidente del consejo municipal, le explicó el impacto: "El condado tiene aproximadamente 42,000 personas. De repente, 8,500 quedaron sin trabajo. Fuimos los primeros en caer." Políticos y celebridades visitaban periódicamente haciendo promesas incumplidas. "Al final", señaló Riley, "logramos recuperarnos".
DHL donó la instalación a la autoridad portuaria local, que la redevelopó. Amazon comenzó vuelos de carga regulares desde allí en 2015, transformando el sitio en un centro neurálgico de Amazon Air para mediados de 2016. La actividad reactivó empleos en la región. El 4 de noviembre de 2016, la reportera presenció el aterrizaje teatral del avión de Trump en aquel aeropuerto, donde había comenzado la recuperación económica. El acto abrió con una oración. Carteles rosas de "Mujeres por Trump" ondeaban desafiantes ante acusaciones de sexismo. El eslogan de la noche: "La mayoría silenciosa es por Trump". Muchos le dijeron que los medios liberales los habían difamado como racistas, xenófobos y misóginos. "Hemos estado callados", expresó un asistente. "Pero hablaremos en las urnas". Cuando preguntó a otro participante qué significaba realmente "Make America Great Again", respondió simplemente: "Solo hazla grandiosa".
Lo que vio después fue revelador. En un restaurante mexicano cercano, popular entre lugareños, Trump supporters comían sin aparente contradicción con el discurso antimigrante que habían escuchado momentos antes. Cuando interrogó a los asistentes si habían experimentado personalmente pérdida de empleos por migración, la mayoría respondió negativamente. Pocos habían conocido migrantes fuera del contexto laboral del restaurante. El miedo no surgía de la experiencia vivida sino que era ambiental, absorbido, una narrativa adoptada. Luego visitó la comisaría de Wilmington donde una exhibición fotográfica celebraba la "resiliencia comunitaria" mediante retratos de granjeros, maestros, veteranos de la Segunda Guerra Mundial y otros residentes. En cafeterías y mercados de productores locales, en un evento en la biblioteca pública, encontró corroboración de la visión de Riley: ocho años después de la crisis que expulsó a DHL, Wilmington se reconstruía. Jóvenes regresaban. Pequeñas granjas y negocios echaban raíces. El centro y suburbios lucían ordenados y mantenidos. Era un retrato diamentralmente opuesto al cuadro de decadencia y criminalidad que Trump había pintado millas más allá, en su mitin político.
La brecha entre la realidad objetiva de la recuperación y lo que las personas percibían como problemas era abismal. Sus nociones sobre soluciones—menos gobierno, particularmente—parecían desconectadas de aquella realidad. El escritor John Baskin, cofundador de una editorial en Ohio rural, reflexionó con ella sobre sus vecinos: votaban contra sus propios intereses. Trabajadores se oponían a aumentar impuestos a los ricos o mejorar servicios para familias de menores ingresos. La reportera recordó haber descrito a sus propios ciudadanos de Ucrania en términos similares. Pero el contexto diferenciaba profundamente los análisis.
Propaganda, desaparición de verdades compartidas y consecuencias globales
Para 2016, Ucrania ya había experimentado más de dos años de agresión rusa e intenso bombardeo propagandístico tras la anexión de Crimea en 2014. En el este ucraniano, activistas respaldados por el Kremlin afirmaban defender intereses regionales, apelando a nostalgia soviética. Sin embargo, buena parte de la decadencia regional provenía de oligarcas rusos o pro-rusos que habían adquirido fábricas, las quebraban estratégicamente para eliminar competencia, e imponían condiciones laborales brutales. A pesar de ello, los trabajadores locales creían la propaganda rusa intensiva y culpaban a Kyiv y Occidente de sus tribulaciones económicas. Esa dinámica le recordó un momento en Crimea, poco después de la invasión de 2014, en un mercado de frutas de Sebastopol. Un vendedor de origen tártaro explicaba cómo los precios se habían disparado post-anexión. Una mujer rusa insistía que no. "Pero yo los subí", respondió él. Ella seguía sin creerle, argumentando que los precios permanecían igual. No era simplemente desinformación: era el colapso de una realidad compartida.
En octubre de 2020, durante la pandemia de COVID-19, asistió a otro mitin de Trump, esta vez en Vero Beach, Florida, localidad costera popular entre jubilados adinerados. Era una de las muy pocas personas usando barbijo. "¡Quítate la mascarilla!", le gritó alguien, añadiendo que no creía en la necesidad del distanciamiento social. "Si es tan importante, ¿por qué mucha gente viviendo en casuchas está bien? ¿Por qué no ha muerto la mitad de México? ¿Por qué millones en India no están muriendo? Tu mascarilla no te protegerá si no eres saludable". Una mujer agregó: "Trump me deja ir a la iglesia. No me envía a China ni me obliga a usar algo en la



