Después de dos décadas construyendo un imperio del rock alternativo desde Las Vegas, Brandon Flowers ha decidido que llegó el momento de voltear la mirada hacia adentro. No con la intención de hurgar en heridas ya cicatrizadas, sino de validarlas, de elevarlas a la categoría de arte. El viernes 21 de agosto, el frontman de The Killers lanzará "Thrasher", su tercer trabajo en solitario, un registro que marca un quiebre radical con todo lo que el artista ha hecho antes: abandonó los sintetizadores característicos que lo hicieron famoso, se sumergió en la tradición musical que su padre le transmitía en los viajes por las carreteras desérticas de Utah, y se permitió hablar sobre temas que, hasta hace poco, consideraba demasiado privados para compartir con el mundo.

El viaje de regreso: de Nephi a Nashville

El disco fue grabado en Nashville, epicentro espiritual de la música country norteamericana, un destino que podría parecer extraño para quien ganó fama mundial electrocuting estadios con sintetizadores pulsantes y batidas hipnóticas. Sin embargo, para Flowers no representa una desviación sino una reconciliación con sus raíces. "Siempre tuve acceso a esta música", explica el artista refiriéndose a los temas de Johnny Cash, Willie Nelson y John Conlee que su padre reproducía constantemente en los viajes. Esa educación musical dual —la que llegaba del lado británico vía su hermano mayor, quien le pasaba discos de The Smiths, Depeche Mode y New Order, y la que provenía de sus padres con raíces profundas en el patrimonio musical estadounidense— quedó latente durante años. Flowers había elegido un bando en su juventud, el camino seguro hacia la sofisticación indie que le permitiría diferenciarse. Pero conforme avanzó su carrera, esa música rechazada comenzó a llamar desde un lugar más hondo.

Lo que hace diferente a "Thrasher" de sus trabajos anteriores no es simplemente el cambio instrumental. Es la decisión de volver la brújula hacia historias específicas, territoriales, íntimas. Mientras que "Pressure Machine", su anterior álbum en solitario, se centraba en la ciudad de Nephi, Utah, y sus personajes anónimos, "Thrasher" apunta directamente al círculo más cerrado: la familia. Es un gesto de vulnerabilidad que, según el propio Flowers, no habría sido posible años atrás. "Creo que ahora tengo la capacidad de hacerlo", señala. "No creo que fuera capaz como compositor en los primeros días. Siempre quise contar historias, pero no se me daba bien. Pienso que esto es simplemente una evolución de mi oficio, y creo que finalmente estoy listo para hacer esto".

Las sombras que guardó silencio

Durante décadas, Flowers construyó una narrativa pública sobre su infancia que incluía elementos de la tradición americana idealizada: comidas familiares, viajes al golf con su padre, asistencia a la iglesia. Esa descripción no era falsa, pero era incompleta. En "Thrasher" comienza a abordar las capas más oscuras de esa historia: abuso de drogas, violencia doméstica, peleas físicas que marcaron su formación. "Es algo sobre lo que no he sido completamente franco", reconoce. "Siempre dije que tuve una infancia estilo Rockwell, y hasta cierto punto estoy siendo completamente honesto. Amo a mis padres; se quedaron juntos, yo fui a la iglesia, tuvimos muchas cenas familiares. Pero hay otros lados de mi crianza que estoy empezando a explorar y a ser más abierto al respecto".

La pregunta que surge es inevitable: ¿por qué esperar hasta ahora? ¿Por qué no explorar estas grietas cuando formaba parte de The Killers? Flowers ofrece una respuesta que toca aspectos fascinantes sobre la identidad pública y la evolución artística. En los primeros días de The Killers, él se percibía a sí mismo como un representante de la banda, como un embajador de Las Vegas que necesitaba mantener una cierta coherencia de marca. "Escribir una canción sobre mi hermana en 'Hot Fuss' hubiera sido algo completamente fuera de lugar", reflexiona. La banda se vio empujada a convertirse en iconos de la ciudad, aunque nunca buscaron activamente esa posición. "Nos dimos cuenta de que estábamos orgullosos de ser de Las Vegas y que estábamos ondeando la bandera. Simplemente estábamos tratando de escapar al principio, de no trabajar como lo hacían nuestros padres".

Pero existe una segunda verdad en su respuesta, quizá más importante: tampoco estaba equipado emocionalmente para procesar estas memorias. El tiempo, la paternidad, la madurez artística —todos estos elementos convergieron para permitirle no solo recordar, sino transformar esos recuerdos en canciones que honren la experiencia sin traicionar a su familia. Uno de los temas más personales del álbum se titula "Miss America" y trata sobre su hermana. Antes de lanzar el disco, Flowers le mostró la canción. "Si le hubiera odiado o no hubiera querido que saliera a la luz, simplemente no lo hubiera hecho", cuenta. "Es un momento de unión que has compartido con ellos".

Una orquesta de leyendas en Nashville

Para materializar esta visión, Flowers se rodeó de una constelación de músicos que suena casi irreal. Reunió a los productores habituales Shawn Everett y Jonathan Rado, pero además incorporó al guitarrista David Rawlings, al pedal steel player Bruce Bouton, y a Charlie McCoy, un harmónicista de 85 años que participó en los cuatro discos de Bob Dylan grabados en Nashville. La presencia de McCoy en particular funcionó como catalizador de todo el proyecto. "Cuando entré a la sala con estos tipos, toda esa carrera simplemente no importaba", confiesa Flowers con una mezcla de humildad y admiración. "Fue como si me preguntaran: ¿qué traes tú?' Me enamoré de su proceso".

Las sesiones de grabación se estructuraban de manera inusual. Cada día comenzaba con 45 minutos de historias: Charlie McCoy compartiendo anécdotas sobre Leonard Cohen, Simon & Garfunkel, Bob Dylan, Roy Orbison. Flowers estaba no solo grabando un álbum sino siendo educado por vivientes museos de la tradición americana. "Debería ser 'Charlie McCoy featuring Brandon Flowers', porque sus hooks son tan prominentes en el registro", bromea el frontman de The Killers, reconociendo la contribución casi invisibilizada de estos veteranos. Bouton, el pedal steel player, operaba de manera diferente: buscaba una línea lírica de Flowers y luego la reafirmaba musicalmente, encontrando esos "nuggets" que amplificaban lo que se cantaba. "Es simplemente una alegría", describe.

A diferencia de trabajos anteriores, Flowers grabó las voces en vivo con la banda, una decisión que no había tomado desde "Sam's Towns", el álbum de 2006 que estableció la conexión de The Killers con la estética Americana. "Canté mejor", señala sin falsa modestia. "Para 'Miss America', no hay cortes; es simplemente yo y la banda tocando". Esa inmediatez, esa falta de perfeccionismo digital, parece fundamental para la integridad del proyecto. Se trata de capturar un momento en lugar de construir un producto.

El sueño americano reimaginado

"American Dream" funciona como la pieza central del álbum, una canción que invierte la lógica de la mayoría de las composiciones del registro. Mientras que casi todas las otras piezas son específicas, enraizadas en memorias concretas, esta canción abraza la licencia artística. Es una secuencia onírica donde Elvis aparece conduciendo un Tesla —un anacronismo deliberado que genera preguntas sin respuestas fáciles—. "En este sueño, él me recoge en uno", explica Flowers. "Tengo mi propia visión de eso y lo que significa, y espero que las personas capturen esa clase de cosas".

La canción es también la más antigua del registro y trae la presencia de Ronnie Vannucci Jr., el baterista de The Killers, lo que añade una capa sentimental adicional. En cierta forma, es un guiño a la banda que hizo posible todo lo demás, una manera de mantener el hilo conectado entre la identidad solista y la identidad de grupo. Pero hay algo más profundo operando aquí: la necesidad de procesar visiones del futuro, o quizá del pasado revisitado, cuando los mecanismos tradicionales de la narrativa ya no funcionan. Como el propio artista sugiere, el tema invita a múltiples interpretaciones, quizá incluso requiere de "un psiquiatra o un terapeuta que lo disecte".

Paternidad, aislamiento y el costo oculto de la modernidad

Mientras que "Thrasher" mira hacia atrás, Flowers dedica energía considerable a pensar en el futuro, específicamente en cómo su generación está fallando a la siguiente. Padre de tres hijos adolescentes, ha observado cambios que lo inquietan profundamente. Notó que los jóvenes ya no se "dejan llevar" tan libremente porque siempre existe el riesgo de que un amigo cercano grabe el momento con un teléfono. Esa pérdida de espontaneidad, de libertad para cometer errores sin documentación permanente, lo golpea como una tragedia moderna casi invisible.

"Es duro ser optimista sobre el futuro en este momento", admite. "Parece estar volviéndose cada vez más extraño y nos estamos aislando más y más". La ironía es que esta tecnología que supuestamente nos conecta está generando una "epidemia de soledad", frase que Flowers repetirá cuando hable del segundo álbum que está gestando en paralelo a este. Para combatir esa tendencia en su propia casa, sale de excursión con sus hijos, insiste en que guarden los teléfonos, crea espacios para que caigan y se rompan cosas, para que existan momentos que no sean capturados. "Esos momentos son realmente importantes para mí", explica. "Muchas personas no están haciendo eso. Se ha convertido en un lujo, aunque sea gratuito ir a caminar".

Este pensamiento no es tangencial a "Thrasher" sino central a su propósito. Al rescatar historias de su infancia pre-digital, cuando la privacidad era automática y los momentos compartidos no requerían consentimiento de una audiencia virtual, Flowers está preservando algo que siente que se está perdiendo. Su música se convierte en un acto de resistencia silenciosa contra la erosión de la intimidad.

The Killers, envejecimiento y el mapa del futuro

Por supuesto, la pregunta que persigue a cualquier artista solista exitoso es inevitable: ¿cuál es el futuro de la banda original? Flowers es cauteloso pero optimista. "No está grabado, pero los chicos han sido realmente acomodativos sobre venir a Salt Lake para escribir y hacer demos". La ubicación es significativa: ha elegido vivir en Utah para estar presente en la vida cotidiana de sus hijos adolescentes, una decisión que requiere que The Killers se adapte a su calendario de padre, no a la inversa. Están trabajando con productores como Ariel Rechtshaid y Shawn Rado, continuando con colaboradores que entienden la estética de la banda.

Sobre qué sonará The Killers en su próximo capítulo, Flowers es inteligentemente vago. "No hay un objetivo específico, pero tienes que mantenerlo en mente. A veces olvidas hasta que tocas una canción frente a 50.000 personas y te das cuenta de que no es el momento para eso". Es una observación que refleja madurez: no todas las canciones funcionan en todos los contextos, y la responsabilidad de comunicarse con decenas de miles de personas simultáneamente requiere una clase diferente de consideración que la de la intimidad del estudio.

La cuestión del envejecimiento como artista es algo que Flowers ha meditado largamente. No quiere ser de esos músicos que "simplemente no lo logran" e intentan aferrarse a la juventud. Prefiere crecer con gracia, encontrar autenticidad en cada etapa de la vida. "Hay una belleza en eso", afirma, citando implícitamente a John Lennon, quien en sus últimos años produjo trabajo artístico genuino sin necesidad de recrear "I Want To Hold Your Hand". La carrera de Lennon se convirtió en un laboratorio de transformación constante, y es ese modelo el que Flowers parece estar siguiendo.

¿Se imagina siendo miembro de The Killers a los 75? "Espero que sí. De cualquier manera funciona". La música se ha convertido en una parte tan fundamental de su identidad que no puede imaginar existir sin ella. Pero la ruta del país, dice, se siente "más apropiada por la edad", ofreciendo quizá una longevidad que el rock de arena convencional no garantiza.

La epidemia silenciosa y la respuesta romántica

Flowers ya ha revelado planes para un segundo álbum solista que operará como contraparte de "Thrasher". Mientras que este es narrativo y específico, enraizado en la oscuridad y la confrontación, el próximo será "más romántico", una respuesta directa a lo que percibe como una crisis cultural mayor. "Veo el otro disco como una respuesta a la epidemia de soledad", explica. "Es un problema que estoy viendo, donde nos estamos separando unos de otros. Esas cosas hermosas que nos hacen humanos se están perdiendo".

Ese álbum buscará recuperar los momentos que Flowers identifica como la médula de la existencia significativa: ser joven, enamorarse, conectar. "Los momentos más grandes de alegría en mi vida han sido esos momentos. Eso es lo que hace girar el mundo". No es una visión ingenua sino una afirmación de que en medio de toda la complejidad tecnológica y social, ciertos actos de conexión humana siguen siendo el motor de la experiencia. Musicalmente, promete ser menos country que "Thrasher", aunque con inclinaciones hacia ese género, similar a cómo Tom Petty es country