A casi siete años de que saliera a la luz el testimonio que cambiaría el rumbo de la industria audiovisual argentina, las voces de quienes compartieron espacio laboral vuelven a resonar con nuevas perspectivas. En el marco de su actual proyecto artístico junto a Laura Esquivel, Brenda Asnicar excavó en sus recuerdos de las giras internacionales de la serie que marcó a toda una generación, trayendo a la superficie dinámicas y comportamientos que, aunque permanecieron en la periferia de la conversación pública, generaban fricciones constantes dentro del equipo de trabajo. Lo significativo radica en que estas evocaciones no buscan simplemente revolver el pasado: reafirman el ecosistema de incertidumbre y desprotección que caracterizó ciertos espacios de la industria del entretenimiento durante esos años.

Durante una conversación reciente, la intérprete expresó su recuerdo de conversaciones entre miembros del equipo técnico que reflejaban un estado de inquietud generalizado. Sin especificar identidades para proteger a quienes compartieron confidencias, Asnicar mencionó el testimonio de una profesional del departamento de maquillaje que describía una sensación persistente de vigilancia incómoda. La frase que reproducía—"Estaba al acecho"—encapsula una experiencia que trasciende lo anecdótico: configura un patrón de comportamiento que aparentemente se extendía más allá de instancias aisladas, permea la convivencia laboral y genera un clima donde ciertos integrantes del elenco debían mantener una guardia permanente.

La confirmación de Asnicar: entre la sorpresa y la certeza

Cuando en diciembre de 2018 la colectiva Actrices Argentinas visibilizó públicamente el relato de abuso sexual, el impacto en la sociedad fue sísmico. Para Asnicar, la revelación llegó envuelta en una paradoja emocional: la noticia le resultaba inesperada, pero simultáneamente, componía un cuadro que de alguna forma ya había estado en formación dentro de su percepción. La actriz enfatizó su completa adhesión al relato de su colega, expresando que nunca existió en ella una sombra de duda. La justificación que proporcionó es reveladora: durante los años de convivencia en el set y en las giras, circulaban comentarios que pintaban un patrón de comportamiento cuyo objetivo parecía ser la búsqueda de encuentros románticos o sexuales con miembros femeninos del equipo técnico, específicamente aquellas que ocupaban roles menos visibles pero igualmente esenciales: maquilladoras, peinadoras, personal de apoyo.

Esta información añade una dimensión crítica a la historia: sugiere que el comportamiento denunciado no representaba una excepción, sino una manifestación visible de un sistema de relaciones de poder asimétricas que operaba dentro del ambiente de producción. Las personas en posiciones de menor jerarquía laboral, cuyas voces tienen históricamente menos resonancia en espacios jerárquicos, eran aparentemente objeto de una atención no solicitada y potencialmente amenazante. El hecho de que Asnicar haya podido corroborar estas dinámicas a través de conversaciones con colegas indica que existía una consciencia compartida sobre estos comportamientos, aunque no se articularan públicamente ni se trasladaran a instancias formales de denuncia en aquel momento.

Perspectivas divergentes sobre una misma realidad

Laura Esquivel, su compañera en la exitosa serie y actual co-protagonista de su proyecto teatral, ofreció un contrapunto revelador durante sus propias declaraciones. La actriz describió su vínculo con Darthés como fundamentalmente paternal, ubicándose a sí misma en una dinámica protectiva de tipo padre-hija que le permitió transitar la experiencia sin las complejidades que atravesaron otros miembros del elenco. Esta disparidad de vivencias resulta ilustrativa de cómo los comportamientos problemáticos se orientaban selectivamente hacia determinadas personas, posiblemente basados en criterios de vulnerabilidad, accesibilidad o poder relativo dentro de la jerarquía del set. Esquivel no cuestionó el relato de Fardin ni contrapesó su experiencia personal como desmentida de lo acontecido; simplemente demarcó que su trayectoria particular en ese contexto había sido distinta, sin negar la realidad de otros. Esta capacidad de reconocer la pluralidad de experiencias dentro de un mismo espacio representa un avance en la forma de procesar estos testimonios.

El 11 de diciembre de 2018 constituye un quiebre en la narrativa pública argentina. Ese día, a través de la plataforma de Actrices Argentinas, Thelma Fardin verbalizó una experiencia de abuso sexual que había permanecido silenciada durante casi una década. En su relato, detallaba que durante una gira de la serie juvenil en Nicaragua, siendo ella una adolescente de dieciséis años y Darthés un actor de cuarenta y cinco, fue agredida sexualmente en el espacio íntimo de una habitación de hotel. El recurso de escape llegó de manera casi accidental: una persona golpeó la puerta en el momento preciso, interrumpiendo la agresión. Este detalle—el golpe en la puerta como factor azaroso de salvación—subraya cuán al borde de catástrofes mayores funcionan frecuentemente estos eventos, y cómo el resultado final depende a menudo de circunstancias ajenas a la voluntad de quien está siendo atacado.

La respuesta inmediata de Darthés fue la fuga territorial: trasladó a su familia a Brasil, territorio que funcionó durante años como refugio. Sin embargo, la justicia argentina no quedó inerte. La Justicia Federal condenó al actor a una pena de seis años por el delito de abuso sexual agravado. Recientemente, en marzo de 2025, Amnistía Internacional Argentina notificó que Darthés accedía a un régimen semiabierto de cumplimiento: una modalidad que permite que el condenado trabaje y se desplace durante las horas diurnas, retornando al establecimiento penitenciario en las jornadas nocturnas. Esta determinación abre interrogantes sobre cómo se articula la cárcel con la reintegración laboral y social en casos de este calibre.

Las consecuencias de estos eventos se despliegan en múltiples dimensiones. Para la industria audiovisual argentina, la visibilización de estas dinámicas intensificó conversations sobre protocolos de seguridad, jerarquías de poder y responsabilidad institucional que continúan evolucionando. Para las personas que vivieron estos episodios, la verbalización tardía representa tanto un acto de agencia como una cicatriz abierta. Para la justicia penal, el caso estableció precedentes sobre cómo se procesan delitos cometidos años atrás, con dificultades probatorias complejas pero con el testimonio como pilar fundamental. Algunos argumentarán que la pena impuesta y el régimen de cumplimiento configuran un equilibrio entre castigo y oportunidad de reinserción; otros considerarán que la severidad es insuficiente frente a la gravedad de los hechos. La verdad es que estas controversias continuarán nutriendo debates públicos sobre justicia penal, protección de menores en espacios laborales y derechos de las víctimas, debates que trascienden ampliamente el caso individual.