Lo que sucedió la noche del 19 de junio en las inmediaciones de la avenida Costanera trascendió el formato convencional de un recital. Cuando David Lebón y Pedro Aznar pisaron el escenario del Movistar Arena, no estaban simplemente interpretando canciones: estaban reinstalando en el presente un capítulo fundamental de la historia sonora argentina, uno que muchos creían confinado al pasado. El acto marcó el inicio de una serie de presentaciones con entradas completamente vendidas, donde dos de los principales arquitectos de Serú Girán se propusieron la tarea de que decenas de miles de personas revivieran —o descubrieran por primera vez— el universo que construyó una banda que redefinió el rock de habla hispana durante la década del setenta y principios de los ochenta.
La confluencia de generaciones en torno a un sonido intemporal
Desde que el primer acorde resonó en la sala, quedó evidente que no se trataba de un evento nostálgico convencional. La audiencia que se congregó bajo el techo del estadio porteño presentaba una composición demográfica que habría resultado impensada hace apenas unos años: junto a quienes habían experimentado el fenómeno Serú Girán en directo durante su apogeo, se encontraban adolescentes y adultos jóvenes que descubrían en tiempo real por qué sus padres o abuelos guardaban con tanta reverencia el catálogo de la agrupación. Esta heterogeneidad generacional no fue accidental, sino resultado de una discografía cuyas características —complejidad armónica, profundidad lírica, sofisticación arreglística— la colocan en una categoría que trasciende las modas efímeras del entretenimiento musical.
La estructura del concierto de dos horas se ordenó de manera que permitiera a los músicos desplegar tanto la epicidad de sus composiciones más ambiciosas como los momentos de intimidad que caracterizaron el trabajo más introspectivo del conjunto. La apertura con "Parado en el medio de la vida" funcionó como una declaración de intenciones: un viaje que no sería únicamente hacia atrás, sino hacia adentro, hacia esos espacios donde la música y la existencia se tocan.
El recorrido por los territorios de la memoria sonora
A lo largo de la velada, se desplegó un itinerario que atravesó prácticamente todos los registros de la obra de Serú Girán. "Frecuencia Modulada", "El mendigo en el andén" y "Canción de Alicia en el país" conformaron una secuencia que ubicó al público en los territorios donde la banda había establecido sus primeras bases creativas. Posteriormente, el show continuó con piezas que mostraban la evolución de su lenguaje: "Perro andaluz", "Nos veremos otra vez" y "Cinema Verité" demostraban cómo los músicos habían expandido constantemente sus horizontes compositivos, incorporando influencias provenientes del pop británico, la música progresiva y las texturas más experimentales del rock de los setenta. La inclusión de "Desarma y sangra" y "Viernes, 3 A.M." cerró esta primera sección, enfatizando la capacidad de la banda para alternar entre lo épico y lo íntimo sin perder coherencia narrativa.
Uno de los instantes de mayor carga emocional llegó durante la ejecución de "Cinema Verité", momento en el cual el concierto trascendió su carácter de mero ejercicio musical para convertirse en un acto de homenaje hacia Charly García, figura colosal del rock argentino cuya trayectoria intersectó de múltiples maneras con la de Serú Girán. La respuesta del público resultó prácticamente instantánea: miles de gargantas entonaron al unísono una dedicatoria que hizo vibrar los muros del recinto. Este pasaje ilustró algo fundamental sobre la importancia del concierto: no se trataba de un acto de nostalgia pasiva, sino de una celebración activa donde los asistentes se convertían en participantes de una liturgia musical que conectaba con dimensiones profundas de su identidad cultural.
La estructura dramática de la función incluyó, además, un segmento dedicado a exhibiciones solísticas. David Lebón protagonizó un momento de introspección con "En la vereda del sol", mientras que Pedro Aznar ofreció su propio instante de vulnerabilidad con "Déjame entrar". Estos intervalos sirvieron múltiples propósitos: permitieron que la audiencia experimentara las particularidades del timbre y la sensibilidad individual de cada músico, mientras que simultáneamente enfatizaban la complementariedad que siempre caracterizó al trabajo conjunto. El retorno de ambos al escenario para continuar el periplo por la catálogo de Serú Girán funcionó como una metáfora de la relación que mantenían: capaces de brillar independientemente, pero alcanzando dimensiones superiores cuando convergían.
La presencia de las ausencias y la vigencia del legado
Entre los pasajes más elocuentes de la noche figuró la aparición de Juan Moro, hijo de Oscar Moro, quien fuera baterista fundamental en la construcción sonora de Serú Girán. Su presencia no fue meramente simbólica: representó la continuidad de un legado que se transmite también por vías familiares y generacionales, recordando que detrás de cada tema grabado existieron seres humanos con historias particulares, contribuciones específicas y un lugar en la genealogía musical del grupo. La ovación que recibió su entrada al escenario reflejó el reconocimiento del público hacia su padre y hacia aquella época formativa donde cada integrante aportaba elementos decisivos a la construcción colectiva.
Un momento particularmente revelador llegó cuando Lebón expresó ante la multitud una reflexión sobre su propia trayectoria: confesó que nunca hubiera imaginado llenar estadios a los 73 años. Esta declaración, más allá de su valor anecdótico, articulaba algo esencial sobre el significado del evento. No se trataba de músicos que buscaban prolongar su carrera o reeditar glorias pasadas mediante una nostalgia mercantilizada. Era, en cambio, un reconocimiento genuino de que la música que habían creado décadas atrás mantenía una capacidad de conmoción que ninguno de ellos había previsto completamente. La perplejidad del artista ante la respuesta del público sintetizaba la paradoja fundamental: una obra que en su momento fue vanguardista, experimental y frecuentemente resistida por los circuitos comerciales, se había convertido en un clásico lo suficientemente monumental como para justificar presentaciones multitudinarias.
El cierre de la velada consistió en una sucesión de himnos finales que dejaron poco margen para la contención emocional. "No llores por mí, Argentina" operó como un puente entre el universo de Serú Girán y una cierta iconografía más amplia del rock argentino. "Peperina" y "Seminare" cerraron la función con piezas que reunían prácticamente todos los elementos que habían definido al grupo: sofisticación melódica, arranques de energía desenfrenada y una sensibilidad poética que rara vez se encuentra en el rock de cualquier latitud. La ovación que acompañó el final no fue efímera: perduró lo suficiente como para que quedara claro que se trataba de una celebración de un capítulo completamente clausurado en la historia, sino de un reconocimiento a su permanencia en el presente.
La proyección futura de un fenómeno inesperado
Con varias funciones ya agotadas y una gira que se proyecta hacia otras ciudades del país, la iniciativa de Lebón y Aznar de celebrar el legado de Serú Girán ha adquirido una dimensión que trasciende lo meramente comercial. La persistencia de una demanda tan robusta por parte del público sugiere que existe un segmento poblacional significativo que reconoce en el catálogo de la banda una importancia que permanece incólume al paso del tiempo. Esto plantea interrogantes sobre cómo una música que en ciertos períodos fue considerada demasiado compleja o demasiado intelectual para los circuitos masivos ha logrado conquistar una audiencia tan numerosa y diversa.
La continuidad del proyecto a través de múltiples ciudades podría fortalecer el reconocimiento de Serú Girán en comunidades que no tuvieron acceso directo al fenómeno en sus años de formación. Alternativamente, la extensión de la gira podría diluir la intensidad del evento si la repetición excesiva lo convierte en un espectáculo más de catálogo que en una experiencia de reencuentro genuino. De igual manera, la consolidación de estas presentaciones como un hito en la carrera de Lebón y Aznar abre debates sobre cómo las figuras del rock argentino encontraban en los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI nuevas formas de relevancia en un panorama musical transformado por la tecnología y la globalización. Lo que resulta indiscutible es que la noche del 19 de junio en el Movistar Arena funcionó como un recordatorio de que ciertos actos creativos poseen una profundidad que los protege de la obsolescencia, permitiendo que generaciones posteriores encuentren en ellos resonancias que sus creadores originales apenas pudieron anticipar.



