En las décadas de los setenta y ochenta, el servicio militar obligatorio constituía un rito de pasaje ineludible para los varones argentinos, una etapa que interrumpía proyectos personales, laborales y educativos. Frente a esta realidad institucional, muchos jóvenes buscaban alternativas para evadir o posponer el cumplimiento de esta obligación legal. En ese contexto, Fito Páez recurrió a una maniobra quirúrgica radical: la extracción de siete piezas dentales para lograr quedar exceptuado por incapacidad física. Lo insólito de su confesión no radica únicamente en el acto en sí, sino en los detalles sobre cómo ejecutó la estrategia y las consecuencias físicas que debió soportar. Este relato, compartido durante una charla televisiva, visibiliza cómo ciertos individuos estaban dispuestos a comprometer su integridad corporal con tal de preservar sus aspiraciones profesionales durante una época en que el Estado ejercía un control contundente sobre la movilidad social y laboral de la población masculina joven.

La presión de una generación: evadir la conscripción para seguir adelante

Cuando Páez era un músico emergente, el panorama cultural argentino vivía una transformación significativa. La escena musical rosarina, ciudad natal del artista, germinaba con propuestas innovadoras que contrastarían con el clima represivo de la época. El compositor había iniciado sus colaboraciones con Charly García, una de las figuras más influyentes del rock nacional, y la perspectiva de perder dos o tres años de su vida en una institución militar representaba una amenaza existencial para sus ambiciones artísticas. En ese momento, la industria discográfica argentina estaba en formación, los espacios para nuevos talentos eran escasos, y perder tiempo significaba, potencialmente, perder la oportunidad de consolidarse en un mercado competitivo y en constante transformación.

El contexto histórico es fundamental para comprender la desesperación de una generación. La Argentina de finales de los setenta enfrentaba no solo turbulencias políticas y sociales, sino también una transformación generacional donde la música y el arte comenzaban a articularse como espacios de expresión y resistencia simbólica. Para un joven músico con talento demostrado, la colimba representaba más que un trámite burocrático: era la interrupción de un proyecto de vida en un momento crucial. Las revisaciones médicas funcionaban como filtros que determinaban quién podía quedarse fuera de las filas militares, lo que motivó que muchos buscaran estrategias para modificar sus condiciones físicas o hallar condiciones de invalidez que les permitieran evadir el servicio.

La búsqueda de una salida: de la inanición al procedimiento quirúrgico

Páez explicó que su primer intento fue mucho más convencional y menos traumático. Después de ser declarado apto en una primera evaluación médica, intentó modificar su estado físico mediante un ayuno prolongado. Durante dos semanas renunció a la ingesta regular de alimentos, esperando que una pérdida de peso significativa o una condición de desnutrición lo hiciera inelegible para el servicio. Sin embargo, cuando retornó a una segunda revisación, los médicos militares determinaron que seguía siendo apto para cumplir sus obligaciones. Este fracaso lo obligó a reconsiderar su estrategia y a buscar información sobre otras vías de exceptuación.

El músico confió haber investigado cuáles eran las condiciones médicas que permitían quedar fuera del reclutamiento obligatorio. En el transcurso de esa búsqueda, descubrió que existían ciertos requisitos relacionados con la capacidad masticatoria: la pérdida de muelas podría considerarse una incapacidad que imposibilitara al individuo para funcionar correctamente dentro de la estructura militar. Esto no era infundado; en las normativas de salud de entonces, la capacidad de alimentarse adecuadamente era un factor considerado en las evaluaciones de aptitud física. Páez tomó la decisión de someterse a una extracción dental masiva, pero no lo haría de forma inmediata ni en un único procedimiento que pudiera despertar sospechas.

La ejecución de un plan quirúrgico en 48 horas

Lo que sorprende aún más que la decisión misma es la metodología que empleó. Páez no acudió a un consultorio odontológico convencional donde quedara constancia documentada de un procedimiento sistemático. En su lugar, visitó dos guardias dentales que funcionaban uno frente al otro, locales de atención de emergencias donde los pacientes llegaban con dolores agudos y donde el personal no realizaba preguntas exhaustivas sobre los antecedentes o los motivos de las extracciones. En el lapso de 48 horas, se sometió a cuatro extracciones en una guardia y tres en la otra. El objetivo era distribuir los procedimientos para evitar que un único profesional cuestionara la intención detrás de extracciones múltiples en un paciente aparentemente sano.

El relato del dolor físico que experimentó durante esos dos días resulta particularmente relevante. Páez describió un sufrimiento intenso, caracterizado por llanto y hemorragia continua que superaba los analgésicos disponibles en ese momento. No existían antibióticos de amplio espectro como los de hoy, ni antiinflamatorios tan efectivos, ni técnicas de sedación odontológica desarrolladas. El paciente debía tolerar el dolor de siete extracciones dentales en menos de dos días, comprendiendo que era el precio que debía pagar por preservar su carrera. Esta dimensión del sacrificio personal no debe minimizarse: fue un sufrimiento físico concreto, medible, con consecuencias que probablemente lo acompañaron durante años en términos de molestias funcionales y estéticas.

La tercera revisación y la exceptuación conseguida

Después de recuperarse de los procedimientos quirúrgicos y permitir que las heridas cicatrizaran superficialmente, Páez se presentó a una tercera evaluación médica, esta vez en la ciudad de Paraná. En esa revisación, los evaluadores del ejército determinaron que el músico presentaba una incapacidad relacionada con su dentadura que lo hacía no apto para el servicio militar obligatorio. La estrategia había funcionado. Su condición física modificada lo eximía legalmente de cumplir con la conscripción, permitiéndole continuar con su desarrollo profesional sin la interrupción que habría significado cumplir dos o tres años de servicio.

Lo interesante desde una perspectiva institucional es cómo el sistema de evaluación médica militar operaba. Aparentemente, no existía comunicación efectiva entre las diferentes jurisdicciones que realizaban las revisaciones, o bien los criterios de aptitud variaban según el lugar donde se realizara el examen. Un individuo declarado apto en Buenos Aires podía ser considerado no apto en Paraná. Esto sugiere que el sistema de control no era tan hermético como pretendía serlo, y que existían grietas por las cuales ciertos individuos con recursos, información y disposición a sufrir físicamente podían colarse hacia la exceptuación.

Las implicancias a largo plazo de una decisión extrema

Más allá de lo anecdótico, la confesión de Páez plantea interrogantes sobre las consecuencias irreversibles de decisiones tomadas bajo presión. La pérdida de siete piezas dentales en la juventud no es un asunto trivial. A largo plazo, la ausencia de molares afecta la capacidad masticatoria, modifica la estructura ósea de la mandíbula, puede generar problemas de alineación en otros dientes, complica la instalación de prótesis dentales en la vejez, y afecta tanto la nutrición como la autoestima. El músico rosarino pagó un precio corporal permanente por una libertad temporal. Aunque logró continuar su carrera musical exitosamente, lo hizo con una marca física que lo acompañaría toda la vida.

La reacción del conductor de la entrevista resulta significativa: expresó incredulidad casi burlona ante la magnitud del sacrificio. Esto refleja cómo, incluso décadas después, la decisión sigue pareciendo extrema, irracional, desproporcionada. Sin embargo, desde la perspectiva de un joven músico en los años setenta, en un contexto donde la carrera artística era precaria, donde el servicio militar era obligatorio, donde no existían alternativas legales claras, la ecuación costo-beneficio tal vez no le parecía tan desequilibrada. Lo que hoy vemos como una automutilación voluntaria, entonces pudo haber sido percibido como un sacrificio calculado en favor de un proyecto de vida.

Reflexiones sobre disciplina estatal, libertad individual y los límites del cuerpo propio

La anécdota de Páez abre debates más amplios sobre cómo funciona la coerción estatal, particularmente en contextos donde el Estado reclama el cuerpo de los ciudadanos para sus propios fines. El servicio militar obligatorio, independientemente de su justificación estratégica o política, coloca a los individuos ante una disyuntiva: ceder la libertad de movimiento y disposición del tiempo, o buscar evasión. Cuando las vías legales de exceptuación son limitadas, algunos recurren a alternativas que comprometen su integridad física.

La historia también pone en relieve cómo la información y el conocimiento operan como herramientas de poder. Páez pudo acceder a datos sobre qué condiciones médicas permitían la exceptuación, pudo identificar profesionales dispuestos a realizar procedimientos sin cuestionar motivos, pudo distribuir las intervenciones de manera que evitaran el escrutinio. No todos los jóvenes conscriptos tenían acceso a esa información ni a esos recursos. La capacidad de evadir la obligación militar estaba distribuida desigualmente, favoreciendo a quienes tenían vínculos, dinero, educación, y disposición física a sufrir.

En última instancia, la confesión de Fito Páez ilustra una verdad incómoda sobre los sistemas que se basan en la coerción: generan en los individuos el ingenio para evadir, esquivar, modificar sus propios cuerpos si es necesario. Algunos escaparán a través del sufrimiento autoinfligido, otros a través de conexiones políticas, otros simplemente desaparecerán del radar administrativo. La efectividad real de la conscripción como mecanismo de control social depende no solo de leyes, sino de la disposición colectiva a acatarlas, algo que en la Argentina de esa época evidentemente no era universal. Las decisiones que tomó Páez como joven músico reflejan una realidad compleja: su compromiso con la música fue tan profundo que estuvo dispuesto a mutilar su cuerpo antes que abandonar su carrera. Ello también habla de la precariedad de la vida artística, de cómo proyectos creativos podían desaparecer en un instante si la máquina estatal decidía reclutarlos. Hoy, con décadas de distancia, su historia permanece como testimonio de una generación que vivió bajo presiones que las generaciones posteriores apenas logran comprender.