La industria musical argentina vive constantemente en la expectativa de nuevas alianzas entre artistas. Cada vez que dos figuras de distintas ramas del espectáculo se encuentran, los seguidores comienzan a especular sobre posibles trabajos conjuntos. Sin embargo, no todas las uniones son viables, y menos aún cuando los criterios artísticos de cada músico responden a filosofías radicalmente diferentes sobre lo que significa crear una canción. Esto es exactamente lo que ocurrió cuando Hernán de Mala Fama fue consultado acerca de la posibilidad de realizar una composición junto a L-Gante, el máximo exponente de la cumbia 420 argentina. Su respuesta no dejó resquicios para la ambigüedad: una colaboración de esa naturaleza simplemente no sucederá.

Durante una conversación que mantuviera con Fede Flowers, el vocalista de Mala Fama fue directo al abordar el grado de conocimiento que posee sobre la trayectoria musical de Valenzuela. Reconoció haber tenido algún tipo de contacto indirecto con el músico años atrás, cuando miembros del círculo cercano a L-Gante buscaron establecer una relación. "No conozco tanto, sé que hace muchos años, el chabón habló con mi gente, que me quería conocer, me admiraba. Lo vi un par de veces, escuché un par de canciones", expresó sin intención de profundizar más en sus referencias del trabajo del rapero platense. Esta declaración inicial servía como preámbulo necesario antes de abordar la pregunta central: ¿estaría dispuesto a hacer música con L-Gante?

Una filosofía del arte sin negociaciones

Lo que resultaría determinante en la respuesta de Hernán no fue simplemente un capricho o una preferencia temporal, sino una postura ideológica respecto a cómo se debe entender la creación musical. Para él, la música no constituye una mera herramienta comercial o un medio para sumar seguidores. "Yo no jodo con la música, es como la familia", afirmó con la seguridad de quien ha construido su carrera sobre convicciones profundas. Esta analogía con la familia no era casual: sugería que su aproximación a la música implica una responsabilidad emocional, un compromiso que trasciende lo meramente profesional. En el contexto de una industria donde frecuentemente se cierran acuerdos entre artistas sin mayor conexión creativa, estas palabras adquieren un peso particular.

Cuando se le pidió que especificara cuál era el obstáculo concreto que impedía una eventual colaboración con el autor de temas como "Bzrp Bzrp Vol. 53", Hernán fue tajante en su explicación: "Jamás haría una canción con él o con nadie por las letras que tiene". Más que una crítica superficial al contenido lírico, esta afirmación revelaba un análisis profundo sobre cómo el mensaje de una canción se perpetúa una vez que es lanzada al mundo. Para el músico, las palabras que se plasman en una composición no son accesorios intercambiables, sino elementos estructurales que definen la esencia misma de la obra. La elección de esta línea argumentativa sugiere que, desde su perspectiva, no existe posibilidad de separar la calidad técnica o melódica de una canción de su contenido lírico y sus implicancias.

Los componentes no negociables de una canción

Para esclarecer aún más su postura, Hernán ofreció una definición minuciosa de qué constituye una canción digna de ese nombre. La comparación que eligió resultó tan contundente como revelatoria de su pensamiento: "Una canción es como un hijo/a y tiene que estar dotada de los tres principales y únicos elementos: buena música, buena melodía, una letra y gente que lo interprete bien". Esta formulación, aunque contiene cierta redundancia al mencionar tanto "buena música" como "buena melodía" por separado, destaca la intención del artista de marcar que cada componente requiere de su propia excelencia. No se trata meramente de que todo esté presente, sino de que cada aspecto alcance determinado nivel de calidad. La metáfora del hijo o la hija refuerza nuevamente esa idea de responsabilidad permanente: una vez que se genera, la obra existe en el mundo y representa a quien la creó de manera indefinida.

La profundidad de esta reflexión se hizo más evidente cuando se le interrogó sobre si consideraba que L-Gante poseía estos elementos fundamentales que él consideraba indispensables. Aunque no respondió de manera explícita a esa pregunta directa, su silencio y la arquitectura general de su discurso permitían inferir que, a su juicio, la alineación necesaria no existía. En una industria donde las colaboraciones entre artistas se utilizan frecuentemente como estrategias de marketing que buscan ampliar audiencias o generar contenido viral, la posición de Hernán representa una contracorriente significativa. Su enfoque sugiere que una asociación musical debería emerger de afinidades artísticas genuinas, de compatibilidades en la visión estética y en los mensajes que se pretenden comunicar, no de cálculos comerciales o de la mera viralidad potencial.

Lo interesante de esta toma de posición es que trasciende la mera relación personal entre dos músicos. Refleja una tensión más amplia dentro del ecosistema musical argentino contemporáneo, donde conviven distintos modelos de entender la práctica artística. Por un lado, existe una vertiente que prioriza la accesibilidad, el entretenimiento masivo y la experimentación con nuevas audiencias mediante colaboraciones estratégicas. Por otro, hay artistas que mantienen criterios selectivos respecto a con quién trabajan, priorizando la coherencia estética y el mensaje por encima de beneficios económicos o de alcance mediático. Ambos enfoques poseen legitimidad dentro de sus propios marcos referenciales, pero operan según lógicas sustancialmente distintas.

Las implicancias de este posicionamiento de Hernán de Mala Fama pueden analizarse desde múltiples perspectivas. Para sus seguidores incondicionales, esta negativa refuerza su imagen como artista de principios, alguien que no transige con su visión creativa por presiones externas. Para otros observadores, podría interpretarse como una actitud purista que potencialmente limita las posibilidades de evolución y experimentación. Algunos podrían ver en sus palabras una crítica velada al estilo de L-Gante, mientras que otros simplemente reconocerían una incompatibilidad artística legítima entre dos músicos que operan en universos muy distintos. Lo que permanece indiscutible es que la música argentina cuenta con espacios para ambas formas de entender la creación, y que las decisiones sobre colaboraciones reflejan, más allá de preferencias individuales, concepciones profundas sobre qué significa ser artista y cuál es la responsabilidad que esto implica.