Existe un punto de quiebre donde la conveniencia se transforma en compulsión. En los últimos años, esa frontera ha comenzado a difuminarse para millones de personas que cargan en sus bolsillos dispositivos diseñados específicamente para capturar cada minuto de atención disponible. Un músico argentino contemporáneo ha decidido vocalizar una inquietud que muchos sienten pero pocos se atreven a nombrar con crudeza: la capacidad adictiva del celular y sus consecuencias sobre la cognición humana. Lo relevante no reside únicamente en la provocación de sus palabras, sino en que esta reflexión ha migrado desde sus preocupaciones personales hacia el núcleo creativo de su próxima producción musical, convirtiendo una angustia contemporánea en materia artística.
Durante una conversación reciente, el artista profundizó en su propia lucha contra la dependencia tecnológica. Describió el fenómeno con términos que escapan a la corrección política: señaló que el consumo desmedido de pantallas genera una degradación cognitiva prácticamente invisible al usuario. La frase que capturó la magnitud de su preocupación fue contundente: comparó la adicción al teléfono como más deshonesta que la dependencia de sustancias ilícitas, justamente porque la primera se camufla bajo la apariencia de normalidad social. Mientras que una adicción convencional suele ser identificable por quienes rodean a la persona, la compulsión digital se integra de manera orgánica en la rutina diaria, invisible bajo el velo de la productividad o la conectividad necesaria.
El mecanismo de la atontamiento progresivo
Lo que el músico denomina como "estupidización" responde a fenómenos que la neurociencia ha comenzado a documentar en los últimos años. La exposición constante a estímulos fragmentados —las notificaciones, los videos cortos, los cambios de contexto perpetuos— altera el funcionamiento de la atención sostenida. El cerebro, sometido a este bombardeo continuo, desarrolla una incapacidad progresiva para mantener la concentración en tareas que requieren pensamiento profundo. El aspecto más perturbador, según su análisis, radica en la imperceptibilidad del proceso. No se experimenta como una caída abrupta en las capacidades cognitivas, sino como un degradarse gradual que pasa desapercibido hasta que la persona ya ha perdido habilidades que antes poseía sin dificultad.
El artista identificó un elemento específico como particularmente problemático: la búsqueda automática de estímulo. Explicó que frecuentemente recurre al teléfono sin una intención clara, movido por una necesidad casi fisiológica de entrada sensorial. Esa conducta refleja cómo los dispositivos han sido ingenierizados para generar dependencia, con mecanismos de recompensa que explotan las vulnerabilidades neurológicas del ser humano. La activación de sistemas de dopamina mediante la retroalimentación social —likes, comentarios, visualizaciones— crea ciclos que entrenan al usuario a buscar constantemente la próxima dosis de validación digital. Lo inquietante es que este proceso ocurre sin que la mayoría de los usuarios sea consciente de estar siendo manipulada por sistemas diseñados precisamente para ello.
Del reconocimiento personal a la creación artística
Lo que distingue el caso de este músico es su decisión de traducir esta preocupación teórica en acción práctica y, posteriormente, en material artístico. Para el proceso de composición de su álbum titulado "La nueva violencia", tomó una medida radical: se alejó físicamente de la tecnología. Se instaló en una vivienda antigua ubicada en San Miguel del Monte, una localidad rural del conurbano bonaerense. En ese contexto, deliberadamente arcaico, se propuso recuperar actividades que había abandonado durante años de vida urbana acelerada: la lectura de libros impresos, la disponibilidad para el aburrimiento, la posibilidad de pensar sin interrupciones. Este retiro voluntario funcionó como un laboratorio donde experimentar cómo se modifican los procesos cognitivos cuando se interrumpe la alimentación constante de estímulos. El descubrimiento no fue académico sino vivencial: experimentó en carne propia cómo la ausencia de pantallas activa capacidades atencionales que parecían perdidas.
Esa experiencia de desintoxicación temporal se convirtió en el sustrato conceptual de su nuevo trabajo discográfico. El álbum no aborda el tema de manera literal o didáctica, sino que incorpora esta reflexión como parte de su arquitectura temática general. Así, lo que comenzó como una inquietud personal —la relación del artista con sus propios dispositivos— evolucionó hacia una exploración artística sobre cómo la tecnología redefine la experiencia contemporánea. La "nueva violencia" del título posiblemente aluda a formas de agresión cognitiva que no dejan cicatrices visibles pero modifican profundamente nuestras capacidades mentales. Es una violencia ejercida a través de pantallas, algoritmos y diseños de interfaz que priorizan el engagement sobre el bienestar del usuario.
Complementariamente, el artista ha extendido su cuestionamiento al territorio de los espectáculos en vivo. Ha manifestado su inquietud respecto a la proliferación de teléfonos levantados durante los conciertos, los miles de pantallas que registran el momento en lugar de experimentarlo. Calificó las transmisiones en directo de conciertos como "antiartísticas", sugiriendo que existe una contradicción inherente entre la mediación tecnológica y la esencia de la experiencia musical en vivo. Su argumento apunta a que cada pantalla interpuesta entre el público y el artista actúa como un filtro que diluye la conexión directa, transformando lo que debería ser un encuentro entre presencias en una mediación por dispositivos. Esta postura no es simplemente nostálgica; refleja una comprensión de cómo la tecnología reconfigura la naturaleza misma de la experiencia compartida.
Implicancias y perspectivas diversas
Las reflexiones expuestas generan interrogantes que trascienden el ámbito personal del músico y adquieren relevancia colectiva. Por un lado, existe una perspectiva que valida su preocupación: investigadores en psicología cognitiva y neurociencia han documentado efectos reales del uso excesivo de dispositivos sobre la capacidad de concentración, el sueño y la salud mental, particularmente en poblaciones jóvenes. Desde esta óptica, voces públicas que articulen críticas hacia los patrones de consumo tecnológico cumplen una función social importante, contribuyendo a una conversación necesaria sobre cómo relacionarnos con herramientas que, si bien ofrecen beneficios innegables, también portan riesgos psicológicos documentados. Por otra parte, existe un contrargumento que enfatiza la necesidad de la conectividad en contextos económicos, laborales y sociales contemporáneos; desde esta posición, culpabilizar al usuario por su dependencia desplaza responsabilidad que debería recaer sobre los diseñadores de plataformas y reguladores de políticas tecnológicas. Entre ambas posiciones, la realidad sugiere que el problema no es binario: ni se trata de una tecnología intrínsecamente maligna ni de usuarios simplemente negligentes, sino de un sistema complejo donde interactúan diseños adictivos, presiones económicas, cambios culturales y vulnerabilidades neurológicas humanas. La incorporación de estas reflexiones en el trabajo artístico de este músico representa un intento de procesar colectivamente una experiencia que define crecientemente la existencia contemporánea, transformando la angustia en lenguaje y la preocupación en creación.


