La música televisiva argentina tiene memorias fragmentadas. Quienes siguieron las tramas de ficción que poblaron las pantallas de El Trece durante la década del 2010 pueden recordar melodías pegadizas, voces que se convirtieron en banda sonora de sus tardes y canciones que trascendieron el contexto narrativo para quedarse grabadas en la memoria colectiva. Sin embargo, pocas veces se conoce la trama detrás de esas composiciones: quién las escribió, en qué contexto nacieron, cuántas manos trabajaron para que llegaran hasta la audiencia. Esa brecha entre la autoría y el reconocimiento público salió a la luz durante un programa transmitido por internet hace poco más de un año, cuando dos figuras del espectáculo argentino se reencontraron y uno de ellos reveló un dato que parecía olvidado: que había sido el responsable de crear una de las canciones más identificadas con una telenovela que marcó a millones de televidentes.
El descubrimiento en tiempo real
El encuentro ocurrió en el formato íntimo que caracteriza a las transmisiones en vivo por plataformas digitales: dos personas, un micrófono compartido, la posibilidad del diálogo espontáneo. Luciano Pereyra, quien a lo largo de su trayectoria se ha desempeñado tanto como intérprete como compositor, conversaba con Ángela Torres cuando sacó a colación un dato que la actriz desconocía o había olvidado: que él había escrito "No juegues con mi corazón", la pieza musical que ella había popularizado en Simona, la novela que circuló por pantalla en 2018. La sorpresa fue evidente. Torres reaccionó con incredulidad ante la revelación, cuestionando si realmente él era quien había compuesto esa melodía que ella había interpretado en la ficción.
Lo que sucedió a continuación fue una prueba vivida de esa autoría. Pereyra comenzó a entonar los versos y la melodía de la canción, demostrando su dominio sobre la composición. Torres, lejos de quedarse como espectadora, se sumó a la performance vocal. El dato más relevante fue que, a pesar de los años transcurridos desde que interpretara la canción en el contexto de la telenovela, logró acompañar la melodía con naturalidad y precisión, evidenciando que el tema se había inscripto profundamente en su memoria muscular como cantante. El intercambio se transformó en un momento de conexión artística que trascendió lo anecdótico para convertirse en un registro que luego circuló ampliamente en redes sociales, llegando a nuevas audiencias que no habían sido testigos del encuentro en vivo.
Más allá de "No juegues con mi corazón": el catálogo invisible de un compositor
La labor compositiva de Luciano Pereyra se extiende más allá de este episodio singular. Su trayectoria como creador de canciones para otros intérpretes ha generado material que quedó integrado a la memoria televisiva argentina, aunque frecuentemente sin que la audiencia asocie el producto final con su nombre. Uno de esos trabajos fue "Me enamoré de ti", una composición que ganó visibilidad internacional cuando fue interpretada por David Bisbal y se convirtió en la canción principal de Los ricos no piden permiso, otra telenovela de El Trece que se emitió en 2016. Esta ficción marcó un punto de inflexión en la televisión dramática del país, y la canción fue un componente central para establecer el tono emocional de la narrativa.
Con el correr del tiempo, la historia de "Me enamoré de ti" se ramificó hacia nuevas interpretaciones. Pereyra decidió incorporar la pieza a su propio repertorio, llevándola a sus recitales y grabaciones. La canción volvió a ganar relevancia cuando el músico realizó una versión colaborativa con Lang Lang, el reconocido pianista de origen chino, en una grabación que se produjo a través de un formato híbrido: las voces y la música se registraron a distancia, mientras que el videoclip posterior se filmó en Luján, el municipio bonaerense que es tierra natal de Pereyra. Esta decisión de grabar en su ciudad de origen fue una forma de conectar la canción con su biografía personal, dotándola de una capa adicional de significado.
La trayectoria de "Me enamoré de ti" no se detuvo allí. Años después, la composición experimentó una nueva transformación cuando Pereyra decidió grabar una versión en ritmo de cumbia, un género que representa uno de los lenguajes más vivos y populares de la música argentina contemporánea. Para esta reinterpretación, convocó a Sebastián Mendoza, un músico que aportó su perspectiva al arreglo. La grabación terminó siendo incluida en Ahora las bailamos, un proyecto discográfico que permitió que la canción circulara una vez más, pero esta vez en un contexto sonoro completamente diferente al de sus versiones previas. De esta manera, una composición nacida como tema central de una telenovela se transformó en un objeto artístico con múltiples vidas, cada una de ellas diseñada para públicos y contextos distintos.
El papel de la música en la construcción narrativa televisiva
La presencia de canciones originales en telenovelas ha sido, históricamente, uno de los elementos que más ha contribuido a generar engagement emocional con las audiencias. En el caso de Simona, la música no fue un mero acompañamiento decorativo, sino que formó parte integral de la construcción del personaje que Ángela Torres encarnaba. La canción que ella interpretó dentro de la ficción se convirtió en un vehículo para profundizar aspectos emocionales de su rol, permitiendo que la audiencia accediera a dimensiones de la trama que las palabras habladas quizás no hubieran comunicado con la misma intensidad. Este es un fenómeno que puede rastrearse en muchas producciones televisivas argentinas: la música como lenguaje que amplifica la narrativa.
El hecho de que una actriz pueda años después mantener la capacidad de interpretar una canción con la soltura que mostró Ángela Torres durante su encuentro con Pereyra habla sobre cómo ciertas experiencias artísticas se graban profundamente en el cuerpo y la memoria de los intérpretes. No es simplemente que recuerde la letra y la melodía; es que su voz sigue sabiendo dónde ir, cómo respirar, cuándo acelerar o desacelerar. Esa memoria inscripta en la musculatura vocal es el resultado de horas de ensayo, de repetición, de hacer propia una canción hasta el punto de que forma parte de la identidad artística de quien la canta. En este sentido, el papel de los compositores como Luciano Pereyra es crucial: escriben las herramientas que otros artistas utilizarán para contar historias.
La circulación del video del encuentro en redes sociales también revela algo sobre cómo funcionan actualmente los mecanismos de visibilidad cultural. Lo que sucedió en un programa de streaming, un formato que muchas veces se percibe como efímero o destinado únicamente a quienes sintonizaban en vivo, fue capturado, compartido y replicado hasta llegar a personas que no habían sido parte de la audiencia original. Esto sugiere que existe una demanda constante por contenido que reconecte a la audiencia con materiales de su pasado reciente, que genere esos momentos de identificación nostálgica que caracterizan a la experiencia de ver televisión en común durante años.
Implicancias y proyecciones del acto de hacer visible lo invisible
El reconocimiento tardío de la autoría compositiva de Luciano Pereyra plantea interrogantes sobre cómo se distribuye el crédito y la visibilidad en la industria televisiva y musical argentina. Cuando una canción se asocia principalmente con el intérprete que la canta en pantalla, muchas veces el trabajo creativo detrás de ella queda oscurecido. Esto no significa que los directores creativos, productores y otros miembros de los equipos de ficción ignoren quién escribió cada tema; pero en el imaginario del público masivo, la canción suele ser propiedad mental de quien la canta. Este fenómeno tiene consecuencias concretas: afecta la cantidad de veces que una canción se asocia con su compositor en búsquedas en internet, en las plataformas de streaming de música, en las conversaciones de fans. La visibilización del rol de Pereyra mediante un encuentro casual en una transmisión digital es, en este sentido, un correctivo pequeño pero significativo de esa brecha.
Asimismo, el hecho de que un compositor argentino haya logrado crear material que se incorporó a la memoria televisiva colectiva del país, que haya visto sus canciones interpretadas por figuras de renombre internacional como David Bisbal, y que haya tenido la oportunidad de reinventar sus propias composiciones mediante colaboraciones con artistas de diferentes géneros y procedencias geográficas, habla sobre las posibilidades que ofrece el ecosistema cultural argentino cuando funciona de manera integrada. Las telenovelas de la década del 2010 fueron laboratorios donde se probaron diferentes combinaciones de narrativa, música, actuación y producción. Los resultados de esos experimentos permanecen en la memoria de millones de personas y continúan siendo accesibles a través de plataformas digitales.
La multiplicidad de versiones que "Me enamoré de ti" ha experimentado —desde su debut como tema central de una ficción, pasando por su reinterpretación por el propio compositor, su colaboración con Lang Lang, y su reformulación en ritmo de cumbia— sugiere que una buena composición puede funcionar como una estructura flexible, capaz de adaptarse a contextos, géneros y colaboradores distintos sin perder su identidad fundamental. Esto es especialmente relevante en un contexto donde los artistas deben diversificar constantemente sus productos y encontrar nuevas formas de conectar con audiencias que consumen contenido de maneras cada vez más fragmentadas y especializadas. La canción como formato sigue siendo un vehículo poderoso para esa conexión, pero su vida ya no termina en el momento de su lanzamiento original.
Las consecuencias del acto de hacer pública y visible la autoría de estas composiciones pueden analizarse desde distintas perspectivas. Por un lado, genera un reconocimiento justo del trabajo creativo, permitiendo que compositores como Luciano Pereyra reciban el crédito que les corresponde y que eventualmente puedan capitalizar su catálogo de maneras que las plataformas de distribución musical contemporánea permiten. Por otro lado, refuerza la idea de que la música de ficción televisiva es trabajo artístico serio y valioso, no simplemente decoración sonora. Al mismo tiempo, también plantea preguntas sobre cómo se documentan, se preservan y se valorizan estos trabajos en una industria que ha experimentado transformaciones profundas en los últimos años. La circulación de momentos como el del encuentro entre Pereyra y Torres subraya la importancia de mantener viva la memoria de estas creaciones y de reconocer a todos los agentes involucrados en su producción.


