Los gustos musicales funcionan como espejos de quiénes somos, reflejos de nuestras historias personales y las influencias que nos rodean durante la formación de nuestra identidad. En este contexto, Marta Fort —conductora del programa Fort Night Show— abrió recientemente las puertas de su universo sonoro, desvelando las capas de una preferencia musical que trasciende las categorías convencionales y abraza la heterogeneidad como principio rector. Lo que emerge de su testimonio no es simplemente una lista de canciones favoritas, sino un documento vivo sobre cómo ciertos espacios de crianza generan patrones de consumo cultural que perduran en el tiempo, moldeando decisiones estéticas que acompañan la trayectoria de una persona a lo largo de sus distintas etapas vitales. Esta revelación cobra relevancia porque permite visualizar las dinámicas familiares y sociales que configuran el imaginario musical de quienes crecen en ambientes atravesados por la diversidad de géneros y perspectivas.
Las raíces del sonido: una infancia atravesada por íconos del pop global
Cuando Marta Fort explicita sus orígenes musicales, coloca en el centro de su narrativa una figura determinante en su desarrollo auditivo: la influencia de un adulto significativo identificado como gay que acompañó su crianza desde la infancia más temprana. Este factor resulta crucial para comprender la arquitectura de sus preferencias, ya que señala cómo ciertos espacios domésticos actúan como incubadoras de gustos que trascienden las divisiones generacionales convencionales. La banda sonora de su infancia no estuvo compuesta por artistas locales únicamente, ni por las propuestas musicales masivas dirigidas específicamente al público infantil de su época, sino que incorporó desde el inicio nombres que ocupaban un lugar destacado en la cultura pop internacional de las décadas anteriores.
Los artistas que menciona —Michael Jackson, Cher, Madonna y Lady Gaga— funcionan como pilares de un edificio sonoro que trasciende las fronteras nacionales y generacionales. Estos nombres comparten características comunes: fueron iconoclastas en sus respectivas épocas, desafiaron convenciones sobre la presentación escénica, la identidad de género, la orientación sexual y las estructuras tradicionales de la industria musical. Su presencia constante en la playlist de Fort sugiere que la formación musical no fue casual, sino deliberada, expuesta a un repertorio que privilegiaba la experimentación y el cuestionamiento de normas establecidas. Esta dinámica familiar específica, en la cual un tutor gay ejercía influencia directa sobre las preferencias auditivas de una niña en desarrollo, constituye un ejemplo de cómo ciertos núcleos familiares no convencionales generan ecosistemas culturales particulares donde la transgresión estética se naturaliza como parte del consumo cotidiano.
La multiplicidad como identidad: un mapa sonoro sin fronteras de género
Lo que distingue el testimonio de Fort no es meramente la acumulación de nombres conocidos en su historial musical, sino la insistencia con la que ella misma subraya la característica de la diversidad como rasgo definitorio de su identidad auditiva. Al utilizar la palabra "multifacética" para describirse a sí misma en relación con sus elecciones musicales, establece un posicionamiento que rechaza explícitamente la idea del encasillamiento género a género. Esta postura resulta particularmente significativa en un contexto cultural donde la segmentación de públicos y la especialización de géneros musicales constituyen estrategias comerciales predominantes. Las plataformas de streaming, los algoritmos de recomendación y la industria discográfica operan, en general, bajo la premisa de que los oyentes deben ser categorizados, que sus preferencias pueden predecirse y reproducirse dentro de patrones limitados. La resistencia implícita de Fort a esta lógica, su afirmación de que puede transitar sin conflicto desde Amy Winehouse —artista de soul británico con influencias de jazz— hasta Adele —cantante de pop-soul contemporáneo— representa una forma de agencia cultural que cuestiona silenciosamente las estructuras binarias del consumo musical.
La inclusión de rock "medio melódico" en su descripción personal introduce otro elemento de complejidad. Este género, caracterizado por una aproximación menos extrema que el rock puro, con elementos melódicos prominentes que lo hacen más accesible que sus variantes más ásperas o experimentales, sugiere que Fort no simplemente acepta cualquier propuesta sonora indiscriminadamente, sino que posee criterios de selección que navegan entre lo experimental y lo accesible. Esta capacidad de discernimiento, esta sofisticación implícita en el acto de elegir qué escuchar en qué momento, indica que su "multifacetismo" no es ausencia de criterio sino, por el contrario, presencia de un criterio lo suficientemente flexible y educado como para apreciar matices y variaciones dentro de múltiples categorías.
El contexto como variables: la música como herramienta adaptativa
Una de las revelaciones más interesantes en el relato de Marta Fort radica en su explicitación del principio contextual que rige sus decisiones de escucha. No se trata simplemente de poseer una playlist diversa, sino de activar distintos segmentos de esa playlist según las circunstancias específicas en las cuales ella se desenvuelve. Cuando se encuentra en espacios de ocio nocturno —identificados coloquialmente como "ir de joda"—, su selección se inclina hacia Bad Bunny, exponente de la música urbana y trap latino, géneros caracterizados por ritmos elevados, narrativas de la vida contemporánea urbana y una energía diseñada para el movimiento corporal y la socialización acelerada. Este cambio de preferencia no es arbitrario; responde a funciones específicas que la música cumple en ese contexto: activación, sincronización con el ambiente circundante, facilitación de la interacción social.
Contrariamente, cuando Fort describe situaciones de viaje —experiencias que típicamente involucran desplazamiento, transición, cambio de espacios y, frecuentemente, introspección—, su elección se reorienta hacia Whitney Houston, cantante de soul y pop que alcanzó su apogeo en los años ochenta y noventa, conocida por voces potentes, emotividad lírica y composiciones que tienden hacia la introspección emocional o el empoderamiento personal. Este cambio sugiere una comprensión intuitiva de cómo distintos géneros musicales satisfacen diferentes necesidades psicológicas y contextuales. La música urbana de Bad Bunny opera en una lógica de exterioridad, de movimiento hacia afuera; mientras que el soul de Whitney Houston facilita una lógica de interioridad, de reflexión profunda. Ambas responden a diferentes momentos vitales, a diferentes estados emocionales requeridos por situaciones distintas.
Genealogía cultural: cómo se construye una identidad musical en la Argentina contemporánea
El panorama que emerge del testimonio de Marta Fort refleja también transformaciones más amplias en la manera en que la cultura musical opera en la Argentina y en Latinoamérica durante las últimas décadas. A diferencia de generaciones anteriores, donde el acceso a la música internacional requería mecanismos específicos —adquisición de discos físicos, escucha radiofónica limitada a programas especializados, intermediación de publicaciones especializadas—, las generaciones nacidas en los años noventa y dos mil crecieron con acceso sin precedentes a repertorios globales. Las plataformas digitales de distribución musical, presentes masivamente desde la década del dos mil en adelante, democratizaron el acceso a catálogos anteriormente inaccesibles. Este fenómeno implicó que jóvenes en Buenos Aires, Córdoba o cualquier punto del territorio nacional pudieran acceder prácticamente simultáneamente a las mismas propuestas sonoras que sus pares en Nueva York, Londres o Shanghái.
Sin embargo, el testimonio de Fort también sugiere que este acceso globalizado no reemplazó las mediaciones locales, sino que se superpuso a ellas. Su formación musical temprana fue directamente mediada por una figura familiar específica, por alguien que realizaba curaciones activas de qué escuchar, cuándo escuchar y cómo aproximarse a esa música. Esta mediación humana, personal, íntima, persiste como factor determinante incluso en contextos de acceso global democratizado. No es lo mismo que un algoritmo recomiende Michael Jackson a que un adulto significativo ponga deliberadamente sus canciones mientras comparte tiempo con una niña. La carga emocional, el contexto relacional, las asociaciones personales que se construyen alrededor de esa música, no pueden ser replicadas por sistemas automáticos de recomendación. La modernidad digital, entonces, no erradica las formas tradicionales de transmisión cultural, sino que convive con ellas en relaciones complejas de complementariedad.
Implicaciones y aperturas: lo que significa esta diversidad en contextos contemporáneos
El hecho de que una figura pública joven como Marta Fort sienta la libertad y la confianza suficiente para revelar públicamente una identidad musical tan heterogénea, sin defensas, sin explicaciones justificatorias, sin necesidad de demarcarse hacia un solo género "serio" o "válido", representa un cambio cultural notable en relación a décadas anteriores. Históricamente, la construcción de identidad en torno a preferencias musicales respondía a dinámicas de afiliación ideológica o grupal bastante rígidas: quién escuchaba rock progresivo se diferenciaba del que escuchaba música disco; quién prefería la música clásica se posicionaba diferente del que disfrutaba del tango; quién accedía al pop internacional experimentaba presiones para explicar o justificar esa preferencia frente a discursos nacionalistas que privilegiaban la música local. La narrativa actual de Fort, donde múltiples géneros coexisten sin tensión, donde la música urbana de Bad Bunny puede ocupar el mismo espacio mental que Whitney Houston o Michael Jackson, sugiere una flexibilización de estas fronteras históricamente bien delimitadas.
Esta flexibilización posee múltiples interpretaciones posibles. Por un lado, puede leerse como síntoma de una mayor libertad individual, de una ruptura con sistemas clasificatorios que operaban restrictivamente sobre las identidades. Desde esta perspectiva, la capacidad de Fort para transitar múltiples géneros sin sentirse obligada a elegir uno como definitorio constituye una emancipación respecto a estructuras culturales previas. Por otro lado, la misma fenómeno podría interpretarse como manifestación de una fragmentación más profunda, donde la ausencia de criterios unificadores y la aceptación de la multiplicidad reflejan una pérdida de direccionalidad colectiva, una predominancia de la lógica del consumo sobre la de la construcción de sentido compartido. Ambas lecturas tienen validez analítica; ambas describen aspectos reales del fenómeno. Lo cierto es que la cartografía sonora trazada por Marta Fort —compuesta de íconos del pop global de múltiples décadas, géneros urbanos contemporáneos, soul emocional y rock melódico— constituye un documento involuntario de cómo operan las mediaciones culturales, los procesos de formación de gusto y las dinámicas de consumo musical en la Argentina del siglo veintiuno.



