En las entrañas de una metrópolis que construye y reconstruye su futuro constantemente, chocan dos visiones irreconciliables sobre qué merece preservarse y qué debe ceder ante el progreso. El caso de Zivals, la legendaria librería y disquería emplazada en la confluencia de Corrientes y Callao, ilustra con claridad meridiana este dilema que trasciende lo comercial para tocar fibras identitarias profundas. Durante más de cinco décadas, este espacio funcionó como refugio de lectores compulsivos, coleccionistas de vinilos, estudiantes, intelectuales y curiosos. Hoy enfrenta la posibilidad de desaparecer del mapa físico para permitir que avance un proyecto de envergadura: la construcción de la Línea F del subterráneo porteño. Lo que comenzó como conversaciones discretas entre autoridades y propietarios escaló recientemente hacia una confrontación pública donde el comercio decidió visibilizar su preocupación, generando un debate que rebasa ampliamente los intereses particulares de una empresa familiar.

Una esquina que ya no es solo un negocio

Corrientes ha sido durante generaciones la columna vertebral del ecosistema cultural porteño. Librerías, disquerías, teatros, bares literarios: toda una arquitectura de la bohemia y el pensamiento se desplegó a lo largo de esa avenida mítica. Zivals no fue meramente un punto de venta, sino un nodo neurálgico donde circulaban ideas, recomendaciones, encuentros fortuitos que resultaban en amistades y proyectos colaborativos. Con un catálogo que superaba los 50 mil títulos entre publicaciones musicales y literarias, el local empleaba a 33 personas cuyas vidas laborales estaban tejidas en ese espacio específico. Aún más: en mayo de 2024, el establecimiento recibió una nueva distinción simbólica cuando el artista Martín Ron inauguró un mural dedicado a Charly García, inspirado en la portada de "Clics modernos". Ese gesto curatorial no fue casual. Representaba el reconocimiento de que Zivals trascendía lo transaccional para constituirse en referente vivo de la memoria cultural de Buenos Aires.

La aniquilación de un espacio como este implica algo más grave que la pérdida de un comercio rentable. Implica la erasure de un territorio donde se materializaba cierta concepción de la vida urbana: el flâneur que entra a explorar, el amante del arte que encuentra lo inesperado, el estudiante que descubre autores, la comunidad que se reúne sin fines estrictamente mercantiles. Estas dinámicas no son replicables en cualquier contexto ni con cualquier formato. Son productos de historicidad, de capas de relaciones acumuladas durante décadas. La avenida Corrientes ya perdió decenas de espacios similares durante las últimas dos décadas. Cada cierre fue presentado como inevitable, como sacrificio necesario en el altar del desarrollo urbano. El patrón se repite: primero llega la promesa de modernización, luego la adquisición inmobiliaria, finalmente la transformación que deja cicatrices.

El proyecto de infraestructura y sus costos invisibles

La Línea F no es un capricho administrativo sino una obra de largo alcance pensada para conectar Barracas con Palermo, atravesando sectores de Constitución, Monserrat, San Cristóbal, Balvanera y Recoleta. Con una extensión aproximada de 9,8 kilómetros y 12 estaciones proyectadas, representa una inversión significativa cuyo cronograma oficial anticipa inicio de operaciones en 2031. Desde el punto de vista de la planificación urbana, la iniciativa responde a necesidades legítimas: descongestión del transporte, integración de zonas periféricas, modernización de una infraestructura de décadas.

Sin embargo, el proyecto revela también las lógicas extractivas que caracterizan ciertos enfoques de desarrollo urbano. Para materializarse, requiere la adquisición completa de 12 propiedades y la afectación parcial de otras 26 parcelas. Estos números seco abstraen la realidad de desalojos, negocios interrumpidos, comunidades dislocadas. El argumento esgrimido por las autoridades porteñas —a través del ministro de Infraestructura y Movilidad, Pablo Bereciartua— enfatiza que se buscan espacios estratégicos para desarrollar accesos amplios a las futuras estaciones, evitando las tradicionales entradas al ras de la vereda. La lógica parece razonable en abstracto: mejor circulación, mejor experiencia del usuario, mejor integración con el espacio público.

Pero aquí emerge la fricción fundamental. Zivals argumenta —con razón no desprovista de lógica— que la demolición del edificio no es una consecuencia inevitable del proyecto sino una opción entre varias. Sostiene que existen alternativas más económicas, más sensatas y menos destructivas. La disyuntiva no es entre construcción de la Línea F o preservación de la librería. Es entre diferentes formas de construir la Línea F, algunas de las cuales permitirían que Zivals continuara operando. Esta distinción es crucial porque desplaza la discusión del plano de la necesidad inexorable hacia el plano de las opciones y las prioridades.

La respuesta oficial y sus promesas

Desde el gobierno de la Ciudad se ha manejado un discurso reconciliador que busca desactivar la polémica sin ceder en los objetivos fundamentales del proyecto. Bereciartua afirmó que "la disquería quedará en ese lugar o en uno mejor del que tienen", señalando que existe un equipo de trabajo analizando distintas alternativas junto con los responsables del establecimiento. Una de esas opciones mencionadas consiste en integrar el comercio a un nuevo desarrollo edilicio construido sobre el mismo terreno, permitiendo que continúe funcionando bajo otras condiciones contractuales.

Esta propuesta no es inocua. Transformaría a Zivals de propietario independiente en inquilino dentro de una estructura inmobiliaria mayor, modificando radicalmente la naturaleza del negocio y su relación con el espacio. Implicaría nuevos costos operativos, nuevas condiciones de ocupación, nuevas dinámicas comerciales. No es lo mismo poseer la cancha donde juegas que alquilarla por temporada. La oferta oficial, aunque presentada como solución, contiene implícitamente una reestructuración que afecta la viabilidad y la autonomía del emprendimiento.

Cuando la resistencia se vuelve comunicación

Fue significativo que Zivals decidiera ir a la opinión pública con su reclamo. Durante años, las conversaciones con autoridades transcurrieron en ámbitos privados. Recién después de estudiar exhaustivamente el proyecto y sus implicancias, el comercio resolvió difundir un comunicado tajante: "Nos quieren expropiar. Es la primera vez que salimos a decirlo en público después de estudiar el proyecto a fondo". La estrategia comunicacional fue deliberada: placas en redes sociales, convocatoria a clientes para que se acercaran al local como muestra de apoyo, visibilización de la amenaza existencial que atravesaba la institución.

Ese pasaje de lo privado a lo público modifica el juego político. Cuando una lucha permanece confinada a negociaciones entre técnicos y funcionarios, el resultado tiende a reproducir las relaciones de poder preexistentes. Cuando trasciende hacia la esfera pública y moviliza la memoria afectiva de una comunidad, abre grietas por donde pueden colarse otras consideraciones, otras voces, otras formas de pensar lo urbano. No es garantía de victoria, pero al menos coloca el tema en el terreno donde la ciudadanía puede intervenir, opinar, presionar.

Las cicatrices de la modernización anterior

Buenos Aires es palimpsesto de sus propios proyectos modernizadores. Podría rastrearse, si alguien lo intentara, la lista de espacios culturales, comercios históricos y referentes bariales que fueron sacrificados en nombre del progreso urbano durante el último medio siglo. Las autopistas urbanas de los años 80. Las torres de oficinas de los 90. Las recalificaciones inmobiliarias de los 2000. Cada vez se prometió que la ciudad ganaría en eficiencia, movilidad, oportunidades. Y ganó, efectivamente, algunas cosas. Pero también perdió capas de identidad, densidad relacional, espacios para el encuentro no regulado por la lógica comercial pura.

Zivals fue testigo de esos procesos de transformación. Vio cómo desaparecieron otras librerías, cómo mutaron los usos del espacio público, cómo cambiaba la composición de quiénes frecuentaban la avenida Corrientes. Sobrevivió porque fue lo suficientemente relevante, lo suficientemente anclado en la memoria colectiva como para mantener viabilidad económica pese a los cambios estructurales del consumo cultural y la distribución del ocio en la ciudad. Su resistencia fue pasiva: simplemente continuar existiendo, ofreciendo lo mismo cuando el mundo exterior se transformaba aceleradamente.

Hoy esa resistencia se vuelve activa, reivindicativa, demandante. Y eso tiene implicancias que trascienden un establecimiento comercial particular. Señala una creciente conciencia de que la modernización urbana, cuando se implementa con cierta ceguera, produce pérdidas cuyo costo no aparece en ningún balance contable. Genera vaciamiento de sentido, erosión de referencias compartidas, homogeneización de experiencias. Una ciudad donde todo es nuevo, donde nada envejece lo suficiente como para acumular significado, donde cada espacio es optimizado según criterios de eficiencia funcional, es una ciudad que ha perdido algo esencial: la capacidad de sorprender, de recordar, de conectarnos con versiones anteriores de nosotros mismos.

Escenarios posibles y consecuencias en disputa

Lo que suceda con Zivals en los próximos meses y años abrirá una gama de posibilidades cuyas consecuencias merecen consideración desde múltiples perspectivas. Si la expropiación se concreta en los términos propuestos por la administración, eliminando el edificio para construir accesos a la estación, la Línea F habrá ganado infraestructura de circulación mejorada mientras que Buenos Aires habrá perdido un ancla de memoria cultural. Los 33 empleados del comercio enfrentarían la necesidad de reconvertir sus trayectorias laborales. Los clientes que durante décadas construyeron rituales de visita en esa esquina perderían un referente geográfico y emocional.

Si, alternativamente, se implementara alguna de las opciones que Zivals sugiere —mantenimiento del edificio compatible con la obra, integración creativa en el desarrollo inmobiliario con términos más favorables que los inicialmente propuestos— la estación funcionaría quizás con accesos menos amplios o configuración distinta, pero la ciudad habría preservado un nodo de continuidad cultural. Los empleados mantendríamos sus empleos en condiciones reconocibles. La avenida Corrientes seguiría siendo algo más que un corredor de tránsito.

Una tercera posibilidad, menos probable pero no imposible: que el conflicto se resuelva mediante negociación creativa donde ambas partes descubren soluciones que ninguna había considerado inicialmente. Esto requeriría disposición de la administración a ver el problema con otros ojos, a reconocer que eficiencia técnica no es lo mismo que sabiduría urbana. Requeriría también que Zivals acepte transformaciones que le permitan continuar viabilidad.

Las implicaciones de cada escenario rebasan lo local. Tocam preguntas fundamentales sobre qué ciudad queremos habitar. ¿Una donde la modernización es sinónimo de borrado, donde cada generación hereda un territorio progresivamente vaciado de historia? ¿O una donde el desarrollo coexiste con la preservación selectiva, donde la memoria no es un obstáculo sino una dimensión constitutiva de lo urbano? No hay respuestas simples. Pero la batalla de Zivals obliga a formular la pregunta de formas que no pueden ignorarse.