Cuando en un espacio de televisión dedicado a la música popular argentina emerge un acto de reconocimiento hacia una figura ya desaparecida, lo que realmente aflora no es solo nostalgia, sino la medida concreta de un legado que continúa moldeando carreras y definiendo identidades artísticas. Eso fue lo que sucedió durante la emisión matutina del domingo pasado, cuando Luciano Pereyra decidió dedicar minutos significativos a evocar a Horacio Guarany, cuyo nacimiento se remonta al 15 de mayo de 1925 en Las Garzas, una localidad del interior santafesino. El gesto trasciende lo ceremonial: expone cómo la influencia de un maestro folklórico puede seguir operando años después de su muerte, determinando no solo las elecciones artísticas sino la forma en que sus discípulos conciben su responsabilidad con la tradición musical del país.

Un vínculo que excede la música

La relación entre Pereyra y Guarany nunca fue reducible a la típica ecuación de músico mentor y aprendiz. Según testimoniaron los propios dichos del artista lujanense en distintos momentos públicos, la conexión establecida entre ambos operó en múltiples dimensiones simultáneamente. Guarany no solo fungió como orientador de las decisiones artísticas de Pereyra, sino que ocupó un lugar de relevancia en su vida personal, transformándose en figura de referencia más allá de los límites de un escenario o un estudio de grabación. Esta característica particular de los vínculos en el mundo del folklore argentino, donde la transmisión de saberes incluye valores, filosofías y formas de estar en el mundo, resulta fundamental para entender por qué décadas después de iniciarse la carrera de Pereyra, el recuerdo de Guarany no se disuelve sino que se reactiva constantemente.

El acto de homenaje que tuvo lugar el fin de semana incluyó un material audiovisual que repasó tanto los inicios como la trayectoria extendida de Guarany en el panorama musical argentino. En esa revisión, Pereyra caracterizó al santafesino usando expresiones que capturan la complejidad de una personalidad que difícilmente podría encasillarse en definiciones simples. Aludió a él como portador de canciones vinculadas con el amor, pero también con la protesta y la denuncia social, cualidades que lo posicionaban como figura carismática, arrolladora, polémica y contradictoria, aunque nunca capaz de suscitar indiferencia en quienes lo escuchaban. Estas caracterizaciones revelan un aspecto crucial de la música folklórica argentina: su capacidad histórica de combinar belleza estética con compromiso social, lirismo con denuncia, entretenimiento con reflexión crítica sobre la realidad.

Las obras compartidas como puentes temporales

Dentro del extenso catálogo que ambos artistas construyeron, existe una composición que permanece como símbolo tangible de su conexión creativa. "Memorias de una vieja canción" representa ese punto de convergencia donde la obra de Guarany y la interpretación de Pereyra se encuentran, generando un espacio en el que la herencia se vuelve palpable, audible y emocionalmente accesible para públicos que tal vez nunca llegaron a presenciar a Guarany en directo. La relevancia de esta pieza se magnifica cuando se considera que Pereyra eligió precisamente esa canción para inaugurar su participación en el Festival Nacional de Folklore de Cosquín durante 2026, uno de los encuentros más prestigiosos de la música tradicional argentina, cuya historia se remonta varias décadas atrás como espacio legitimador de artistas y obras folklóricas.

La decisión curatorial de abrir un show con una composición que lo une directamente a su maestro no es casual. En el contexto de los festivales folklóricos, donde cada presentación constituye una declaración de principios artísticos y una afirmación de filiaciones estéticas, la selección de apertura funciona como presentación de credenciales ante la comunidad de músicos y oyentes. Al elegir "Memorias de una vieja canción" para esa posición estratégica, Pereyra realiza un doble movimiento: rinde tributo explícito a quien le enseñó a transitar los escenarios folklóricos, y simultáneamente afirma que esa herencia sigue siendo válida, vigente y merecedora de ser cantada en los espacios más importantes del circuito argentino. Esta práctica de reactivar obras compartidas constituye uno de los mecanismos mediante los cuales la tradición folklórica se perpetúa a través de generaciones.

La presencia de lo ausente en la escena contemporánea

Guarany falleció en 2017, hace ya varios años, sin embargo su nombre resuena regularmente en actos públicos, programaciones de radio, discos recopilatorios y conversaciones entre músicos. Esta permanencia póstuma no responde a una mera costumbre de homenajear a artistas fallecidos, sino a la solidez de un legado que se resiste a la obsolescencia. En el caso específico de Pereyra, la evocación de Guarany ocurre de manera orgánica, no forzada, como si el aprendizaje transmitido años atrás continuara generando reverberaciones que el propio discípulo amplifica cada vez que sube a un escenario. Pereyra ha manifestado públicamente, en numerosas ocasiones dispersas a lo largo del tiempo, que la influencia de su padrino permanece vigente en cada actuación, en cada interpretación, en las elecciones que realiza sobre qué canciones cantar y cómo abordarlas.

El fenómeno de la influencia póstumo en el folklore argentino merece consideración especial. A diferencia de géneros donde la innovación y la ruptura con lo anterior constituyen valores centrales, la música folklórica ha construido históricamente su identidad en torno a la continuidad, la transmisión de saberes acumulados y el reconocimiento explícito de las deudas contraídas con maestros anteriores. En este contexto, el hecho de que Pereyra siga visitando la memoria de Guarany a través de actos públicos, no representa nostalgia melancólica sino práctica de legitimación y reafirmación de pertenencia a una tradición viva.

Las consecuencias de mantener presente a figuras como Guarany en la contemporaneidad operan en múltiples niveles. Por una parte, garantiza que nuevas generaciones de oyentes accedan a nombres, canciones y propuestas estéticas que de otro modo podrían quedar relegadas a archivos especializados. Por otra parte, ofrece a músicos en actividad como Pereyra la posibilidad de articular públicamente su propia identidad en términos de continuidad con lo anterior. Asimismo, estos actos de reconocimiento contribuyen al sostenimiento de una comunidad de intérpretes y productores que encuentran en la música folklórica un espacio de sentido. Sin embargo, también plantean interrogantes sobre cómo evoluciona un género cuando parte significativa de su energía se dedica a mantener viva la memoria de artistas ya desaparecidos: ¿genera esto condiciones para la innovación dentro de la tradición, o tiende a cristalizar propuestas que alguna vez fueron transformadoras? Las respuestas probablemente sean múltiples y dependan de cómo cada artista negocie personalmente su relación con el pasado que lo fundamenta.