La historia de una banda que decide enfrentarse a sus propios demonios a través de la música tiene un punto de quiebre cuando alguien te apaga el micrófono en el medio de tu presentación. Eso le sucedió a The Mary Wallopers hace poco más de un año en el festival Victorious de Portsmouth, cuando organizadores removieron una bandera palestina de su escenario y cortaron su transmisión de sonido antes de que prácticamente comenzaran a tocar. Lo que vino después —acusaciones cruzadas, videos desmentidores, un pedido de disculpas oficial— se convirtió en el catalizador perfecto para que la banda, oriunda de Dundalk en el condado de Louth, canalizara toda esa energía contrapuesta en lo que sería su tercer álbum de estudio. "Paddywhackery", lanzado el 18 de septiembre, es el resultado de esa catarsis, y marca un giro decisivo hacia composiciones originales mucho más pesadas, urgentes y cargadas de una rabia contenida que sus trabajos anteriores nunca permitieron expresar con semejante crudeza.

Recuperar una palabra, reclamar una identidad

El título del álbum es en sí mismo un acto de desafío. Durante décadas, el término "paddywhackery" —una deformación estereotipada de la identidad irlandesa— fue utilizado tanto por británicos como por los propios irlandeses para burlarse de expresiones culturales consideradas ingenuas, exageradas o poco sofisticadas. Era el arma perfecta para silenciar cualquier manifestación de orgullo irlandés que sonara demasiado colorida, demasiado alegre, demasiado... irlandesa. Los hermanos Charles y Andrew Hendy, quienes lideran la banda como vocalistas, decidieron recuperar esa palabra robada y transformarla en bandera. No se trata de un acto de frivolidad, sino de una decisión deliberada de redefinir qué significa expresarse como irlandés en un mundo que históricamente ha tratado de domesticar esa expresión. Andrew Hendy explicó en sus propias palabras que ya es momento de que los músicos de folk irlandés dejen de avergonzarse de la dimensión humorística, absurda y desenfadada de su tradición. A principios del siglo XIX, artistas irlandeses que emigraban hacia Nueva York creaban canciones que jugaban deliberadamente con la idea de lo irlandés, combinando lo serio con la hilaridad, la melancolía con la diversión. Alguien decidió en algún momento que eso era "demasiado" y la autocensura se instaló. Ahora, treinta bandas después, los Wallopers están diciendo basta: la identidad irlandesa puede ser simultáneamente rebelde, poética, trágica y divertida. Puede ser todas esas cosas sin necesidad de pedir permiso.

El álbum anterior de la banda, lanzado en 2023 bajo el título "Irish Rock N Roll", fue en gran medida una recopilación de temas tradicionales y baladas clásicas del repertorio irlandés. Antes, en 2022, habían sacado su primer disco homónimo, que seguía la misma estructura. Aprender cientos de canciones folclóricas fue el equivalente a una maestría acelerada en la tradición musical de su país. Pero llega un punto en el trayecto de cualquier banda donde aprender ya no es suficiente; es necesario crear. En "Paddywhackery" eso sucede de manera definitiva. Las nuevas composiciones son más rápidas, más contundentes, construidas para explotar en vivo con una intensidad que la música tradicional, por mucho que haya sido reinterpretada, simplemente no podía contener.

Grabación acelerada, energía cruda, James Skelly como copiloto

En tan solo dos semanas, la banda se encerró en estudio con James Skelly, productor y músico oriundo de The Coral, para cristalizar estas nuevas canciones. Esa ventana temporal reducida no fue un accidente ni una limitación impuesta desde afuera, sino una decisión deliberada. Andrew Hendy sabía que el enemigo de la energía en grabación es la perfección: cada toma adicional, cada re-grabación, cada intento por pulir detalles minúsculos mata un poco más el aliento vital que hace que una canción funcione. Por eso pidió presión, pidió límites, pidió apenas dos o tres intentos por tema. Skelly entendió la asignación a la perfección, convirtiéndose en facilitador de esa urgencia en lugar de ser un obstáculo para ella. La elección del productor no fue casual: The Coral también construyó buena parte de su reputación sobre esa combinación de refinamiento técnico y brutalidad emocional. Lo que emergió de esas dos semanas fue un disco que suena como si fuera grabado con los cables calientes, donde los errores menores son parte del ADN sonoro y no enemigos que deban ser eliminados.

El tema titular y primer sencillo, "Crowns Of England", es una descripción de la soledad que experimenta quien vive lejos de casa, especialmente cuando esa casa es un país colonizado y eres obligado a vivir en el país que hizo la colonización. El video, protagonizado por Danielle Galligan (conocida por su participación en "House Of Guinness"), muestra a una mujer irlandesa deambulando de un pub llamado The Crown hacia otro, cada uno saturado de imágenes de Winston Churchill, iconografía imperial, símbolos de poder que se ciernen sobre ella como una atmósfera irrespirable. No es una crítica explícita a Inglaterra en su conjunto, sino una exploración de esa particular melancolía del exiliado que no es técnicamente un exiliado, pero que se siente así de todas formas. En los años sesenta, trabajadores irlandeses que viajaban como obreros hacia Gran Bretaña —los "navvies" que construían carreteras, puentes y ferrocarriles— solían encontrarse en pubs llamados The Crown. Pero ningún pub podía realmente aliviar la sed de comunidad que dejaban atrás. Hay una línea en la canción que resume la paradoja: "No saben si deberían aplaudirme o echarme de nuevo afuera". Eso es exactamente lo que sucede cuando alguien toca canciones de rebelión en una taberna inglesa. Algunos la celebran, la encuentran romántica, folclórica, pintoresca. Pero cuando la banda se atreve a tocar una canción sobre el IRA, la temperatura del lugar cambia. El problema es histórico: mientras que en Irlanda el IRA representó a personas ordinarias oprimidas luchando por derechos básicos en su propio territorio, la prensa inglesa lo pintó como una amenaza extranjera terrorífica. Dos narrativas sobre el mismo fenómeno, dos realidades completamente diferentes según de qué lado del mar de Irlanda se escuche la historia.

La censura en Victorious y el acto de no callarse

Lo que sucedió en Portsmouth hace poco más de un año fue un punto de inflexión tanto para la banda como para cualquiera que crea que el derecho a la libre expresión es negociable en espacios públicos. Durante el festival Victorious, organizadores removieron de manera unilateral una bandera palestina que estaba como parte del setup escénico de los Wallopers, y luego cortaron su sonido casi antes de que el primer sencillo saliera de los amplificadores. A continuación vino lo predecible: acusaciones de que la banda había liderado una "cantada discriminatoria". Los Wallopers, en lugar de aceptar el verso de los organizadores, respondieron con lo que tenían: footage de video que contradecía la narrativa oficial. El festival eventualmente emitió un comunicado pidiendo disculpas, pero el daño a su reputación ya estaba hecho. Andrew Hendy reflexiona sobre esto sin dudas: si crees que decir algo correcto es importante, tienes que hacerlo sin importar las consecuencias profesionales. No puedes ser un artista que se considera políticamente comprometido si estás dispuesto a comprometer esos compromisos por la oportunidad de tocar en un festival. El genocidio en Palestina sigue sucediendo, y una bandera sobre un escenario es un gesto menor en comparación, pero es un gesto. Declina hacer ese gesto es declinar tomar una postura, por más pequeña que sea.

Lo que hizo notable el episodio de Victorious fue la reacción en cadena de otros artistas. The Last Dinner Party, The Architect y Cliffords cancelaron sus presentaciones en solidaridad, mientras que Vampire Weekend hizo una declaración desde el escenario. Nadie le pidió a estas bandas que lo hicieran; lo hicieron por propia iniciativa, lo cual los dice todo sobre dónde estaban parados moralmente. Hendy lo reconoce con gratitud genuina: esos actos de solidaridad no fueron hacia la banda específicamente, sino hacia el principio que estaban defendiendo. Fue una demostración de que en la música todavía hay gente que piensa que hacer lo correcto es más importante que conseguir su slot en un cartel. La ironía final es que al intentar suprimir el mensaje de los Wallopers, Victorious amplificó ese mensaje exponencialmente. A veces, el mejor aliado de la verdad es el intento fallido de silenciarla.

Canciones como armas de verdad histórica

El segundo sencillo del álbum, "Landlord's Demise", es otro ejemplo de cómo la banda convierte la narrativa histórica en materia musical urgente. La canción trata sobre la caída de imperios, específicamente el sistema de terratenientes en Irlanda, pero existe una anécdota real en su núcleo: una mansión señorial que se derrumba junto con su dueño aristocrático. Hendy cita el libro "Guerilla Days In Ireland" de Tom Barry como fuente de inspiración, un texto que documentó la lucha por la independencia desde perspectivas que los libros de historia generales raramente incluyen. Pero la canción no es un ejercicio académico: es un himno para todos aquellos que viven en departamentos baratos, con moho en las paredes, en terror permanente de que el próximo mes llegue un aviso de aumento de alquiler. Es la canalización de una rabia de clase que la música folclórica tradicional siempre tuvo, pero que estaba dormida en los Wallopers hasta que decidieron escribir sus propias canciones.

Lo que Andrew Hendy articula en sus reflexiones sobre la historia es algo que pocos en posiciones de poder quieren que se hable: si la persona inglesa promedio supiera realmente qué hizo el Ejército Británico, qué crímenes cometió Churchill en India, qué devastación causó en países africanos, no estaría tan rápida marchando con banderas de San Jorge. No se trata de una acusación a la gente ordinaria, que en realidad "es decente y buena en todas partes", sino un señalamiento de que la ignorancia histórica es sistemática, es cultivada, es conveniente para ciertos intereses. La música de los Wallopers intenta correguir eso, una canción a la vez, un pub a la vez, un festival a la vez.

De salas pequeñas a arenas masivas

El alcance de la banda ha crecido de una manera que hace apenas unos años habría parecido improbable para un grupo de folk rebelde que canta principalmente en irlandés y sobre historia irlandesa. Su gira en apoyo del álbum "Paddywhackery" incluye presentaciones en venues de primer nivel: London's Brixton Academy, Dublin's 3Arena, O2 Victoria Warehouse en Manchester, OVO Hydro en Glasgow. Eso es un cambio radical respecto a donde estaban hace apenas unos años. La energía en vivo siempre fue su arma letal, el punto donde la banda desplegaba toda su potencia, y todo está diseñado en el nuevo disco para maximizar esa explosión cuando tocan en directo. Las canciones son más rápidas, más contundentes, más adecuadas para llenar espacios grandes sin perder la intimidad que caracteriza al folk. Es un acto de equilibrio: crecer sin traicionarse a sí mismos.

A medida que The Mary Wallopers avanzan en este capítulo de sus carreras, varias preguntas se abren sobre cómo la música política y la indignación histórica pueden coexistir con éxito comercial. ¿Diluye la cercanía con festivales masivos y arenas el mensaje de una banda que fue censurada por llevar una bandera? ¿O la plataforma más grande amplifica ese mensaje de formas que antes no eran posibles? Los Wallopers parecen estar navegando ambos escenarios simultáneamente, sin estar completamente seguros de hacia dónde los lleva el viaje, pero decididos a no cambiar de rumbo por miedo a las consecuencias. El álbum "Paddywhackery" es la documentación sonora de esa decisión.