La desaparición de José Luis "Pucho" Ponce representa mucho más que la pérdida de un instrumentista. Se trata del retiro del escenario de una figura que durante más de treinta años fue el sostén rítmico y emocional de una de las instituciones más sólidas de la música popular argentina. Con apenas 68 años, el histórico bajista de Los Tekis cerró un capítulo que transformó no solo la carrera de la banda sino la forma en que se concibe la sección rítmica en el folclore contemporáneo. Su muerte genera interrogantes sobre la continuidad de un proyecto que funcionó durante décadas como un organismo vivo, donde cada integrante era indispensable para el sonido identitario del grupo.

Originario de Villa María, Córdoba, Ponce llegó a Los Tekis en 1995, momento en el cual la banda ya poseía un andar consolidado pero que encontraría en su incorporación un nuevo impulso sonoro. Treinta y un años de permanencia no representan simplemente cifras de antigüedad, sino una etapa constitutiva de la propia identidad musical del conjunto. Durante esa trayectoria, el bajista fue testigo y arquitecto de las transformaciones que sufrió el folclore argentino, los cambios en las preferencias del público, las crisis económicas que atravesaron los artistas de esta rama, y los ciclos de mayor y menor visibilidad mediática. Su permanencia en la banda durante todo ese lapso sugiere no solo una estabilidad laboral rara en el mundo de la música, sino una relación profunda con sus compañeros que trascendía los compromisos contractuales.

Una presencia que iba más allá de las notas musicales

Lo que los comunicados de colegas subrayan constantemente no es solo su habilidad técnica como instrumentista, sino su condición de persona. En una industria donde frecuentemente predomina la competencia y donde muchas bandas experimentan rupturas y realineamientos, que un bajista permanezca tres décadas con el mismo grupo habla de algo más profundo: una capacidad de convivencia, una generosidad con el espacio de otros músicos, y probablemente un sentido de pertenencia que iba más allá de lo profesional. Los integrantes de Los Tekis lo describieron como alguien cuya presencia "trasciende en cada canción", reconocimiento que apunta a la influencia invisible pero omnipresente del bajo en cualquier composición musical. Ese instrumento, a menudo subestimado por el público general que se enfoca en las voces y las melodías, es sin embargo el que establece las bases armónicas y rítmicas sobre las que todo lo demás descansa.

La comunicación oficial de la banda reveló también otra dimensión poco explorada públicamente: Pucho era dibujante y artista visual, faceta que según sus compañeros había intensificado en años recientes. Esta cualidad no es trivial; sugiere a una persona cuya sensibilidad estética se manifestaba en múltiples lenguajes, alguien para quien la creatividad no se reducía a un único medio de expresión. En el contexto del folclore, donde la tradición y la identidad cultural son centrales, un músico que además cultiva otras formas de arte probablemente aportaba perspectivas enriquecedoras a las dinámicas internas del grupo. Los Tekis, en su mensaje de despedida, enfatizaron justamente esa polifacética naturaleza de su compañero, describiendo "su alma creativa, alegre, optimista, el artista, el poeta".

El eco de un legado en las voces de sus pares

Las reacciones de figuras destacadas del folclore y la música popular argentina evidencian la magnitud del impacto que generó la noticia. Luciano Pereyra, Soledad Pastorutti, Nicolás Sattler de Q'Lokura, y otros artistas se sumergieron rápidamente en expresiones de dolor y solidaridad. Lo relevante aquí no es tanto el carácter de los mensajes como lo que revelan: que Ponce gozaba de respeto y afecto en círculos amplios del universo musical folclórico. Estos testimonios no provenían de amigos ocasionales o conocidos superficiales, sino de músicos que claramente habían compartido tarimas, giras, encuentros, conversaciones. La frase de Pastorutti —"Que pena tan grande... como vamos a extrañar a este gran compañero"— sintetiza una perspectiva común: la percepción de Ponce como un colega fundamental, no intercambiable, cuya ausencia dejará un vacío específico en la comunidad.

Un detalle particularmente relevante es que apenas ocho meses antes de su fallecimiento, el bajista había participado en una entrevista televisiva donde compartió anécdotas y reflexionó sobre su trayectoria y los proyectos en marcha. En esa ocasión, demostró "la misma pasión y entusiasmo" que lo había acompañado durante más de treinta años. Este dato temporal confiere una cualidad peculiar a su muerte: no se trata de una desaparición de alguien alejado del ambiente, sino de una persona que continuaba activa, creativa, proyectándose hacia el futuro. El hecho de que hablara de sueños y objetivos hace poco más de seis meses intensifica la sensación de interrupción abrupta, de un proceso que parecía tener continuidad establecida.

La despedida que Los Tekis formuló a través de sus redes sociales sintetiza una filosofía particular respecto a la muerte, enlazada probablemente con las tradiciones carnavaleras que forman parte de su identidad: "Hasta el otro carnaval, ya nos reencontraremos, cuando sea la hora". Esta expresión evita la frialdad de otras formulaciones; en su lugar, propone una perspectiva donde la separación es temporal, donde existe la expectativa de un encuentro futuro enmarcado en la dimensión mítica del carnaval. En el contexto de la música folclórica, particularmente la vinculada con festividades tradicionales, esta forma de despedir a un compañero resulta coherente con la cosmovisión que subyace en la cultura que estos artistas cultivan y representan.

Interrogantes sobre la continuidad y el futuro

La muerte de un integrante fundamental de un proyecto artístico de larga trayectoria siempre genera cuestiones prácticas y simbólicas. En términos concretos, queda pendiente cómo Los Tekis encarará su actividad futura, si es que decide continuar. La búsqueda de un nuevo bajista plantea un desafío particular: no se trata únicamente de encontrar alguien capaz de reproducir las líneas musicales que Ponce tocaba, sino de incorporar a alguien que pueda articularse con un grupo que ha funcionado como un organismo integrado durante tres décadas. Históricamente, las bandas de larga trayectoria enfrentan dilemas similares; algunas optan por continuar con nuevos integrantes, otras se disuelven, algunas entran en períodos de inactividad o realizan presentaciones esporádicas con carácter retrospectivo.

Más allá de las cuestiones operativas, la desaparición de Ponce plantea reflexiones sobre la fragilidad de los proyectos humanos, incluso aquellos que parecen asentados y duraderos. Los Tekis llevaba más de treinta años construyendo un legado, generando un sonido reconocible, acumulando una discografía y un conjunto de experiencias compartidas. Ese legado no desaparece con la muerte de uno de sus miembros, pero sí se transforma, se resignifica. Las canciones que Ponce tocó durante décadas seguirán existiendo en registros, en la memoria de quienes los escucharon, en la práctica de músicos que se inspiraron en ellos. Sin embargo, la dimensión viva, el acto de la performance, la interacción cotidiana entre compañeros, la capacidad de crear música nueva sobre las bases construidas, todo eso enfrenta ahora una interrogante sobre cómo proseguirá.

Los próximos meses determinarán cómo la comunidad folclórica argentina y Los Tekis en particular procesan esta pérdida. Algunos señalarán la necesidad de una renovación generacional en el folclore, otros enfatizarán la importancia de preservar la memoria de figuras como Ponce, otros simplemente guardarán el duelo de manera privada. Lo que parece claro es que la figura del bajista cordobés ha dejado una marca que persistirá en la música que otros continúen tocando, en los relatos que se repitan sobre aquella etapa dorada del grupo, en la nostalgia de quienes lo conocieron y compartieron con él las alegrías y los desafíos de una carrera musical en una Argentina que cambió profundamente durante los treinta y un años en que Ponce fue parte de Los Tekis.